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45.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

45.

|Orson|

Llegué al hospital con la camisa desabotonada en el cuello y el aliento cortado. El trayecto en el auto fue un martirio constante, torturándome por haber cometido la estupidez de dejar el teléfono móvil sobre el escritorio de la oficina durante la reunión. Tanto tiempo deseando avanzar un milímetro en la confianza de Elena, intentando demostrarle que podía contar conmigo, para terminar retrocediendo mil pasos de golpe en el momento más decisivo de nuestras vidas. La dejé sola cuando más me necesitaba.

Crucé las puertas automáticas a toda prisa, dirigiéndome a la recepción con el pulso acelerado.

—Necesito información sobre mi esposa, Elena Bottomer —le dije a la empleada, apoyando las manos en el mostrador para sostener el temblor de mis dedos—. Dio a luz hace poco, me dijeron que la trajeron aquí.

—Orson.

La voz sonó a mis espaldas. Me giré de inmediato y me topé con Julián. Lucía despeinado, con la camisa arrugada y manchas de líquido seco en los pantalones.

—¿Dónde está? —le exigí, dando dos pasos rápidos hacia él—. ¿Cómo está Elena? ¿Dónde está mi hija?

—Están bien. Ambas están perfectamente —respondió él con un tono extrañamente calmado—. El parto se complicó bastante, pero Elena fue muy fuerte. La bebé ya nació.

Un peso enorme se me quitó del pecho, pero la culpa volvió a golpearme al instante.

—Tengo que verla. Dime en qué habitación está.

—Elena no quiere verte —soltó sin rodeos—. Me pidió expresamente que te dijera que, si querías ver a la bebé, fueras a la sala de recién nacidos. Ella está agotada y no quiere recibirte ahora.

—Es mi esposa —retruqué de inmediato, apretando los puños a los costados—. No vas a venir tú a decirme cuando puedo o no puedo ver a mi mujer.

Julián no se alteró. Dio un paso a un lado, despejando el pasillo, y me miró con desdén.

—Adelante. Ve a su habitación. Si quieres ir a perturbar la calma de una mujer que acaba de pasar tres horas sufriendo en un quirófano para traer a tu hija al mundo, no te voy a detener. Haz lo que quieras.

Sus palabras me congelaron la sangre. La rabia se me evaporó en un segundo, dejándome solo con la cruda realidad. Tenía razón. No podía ir a imponer mi presencia a la fuerza después de haberle fallado.

Tragué saliva, aplacando el impulso, y di un paso atrás.

—¿Dónde está la bebé? —pregunté con la voz apagada.

—En el área de neonatología, al fondo del pasillo a la derecha —indicó él.

Caminé por el corredor sintiendo las piernas pesadas. Al llegar a las puertas dobles del área, una enfermera me pidió ponerme una bata esterilizada y un cubrebocas antes de dejarme pasar. Me guió por un pasillo iluminado con luces suaves hasta detenerme frente a una cuna térmica transparente.

—Aquí está su hija, señor —dijo la mujer con una sonrisa amable antes de alejarse para darme espacio.

Me acerqué despacio, casi sin atreverme a respirar.

Al mirar dentro de la cuna, el mundo entero se detuvo. Era diminuta. Tenía la piel rosada, un cabello fino y oscuro pegado a la cabeza y los puños apretados cerca de sus mejillas mientras dormía plácidamente. Era la criatura más perfecta y hermosa que había visto en mi vida. Tenía los rasgos finos de Elena, la misma curva delicada en los labios.

No me permitieron tocarla todavía, pero la sola vista de su pequeño cuerpo respirando despacio me atravesó el alma de una forma que jamás experimenté. Un calor desconocido me llenó el pecho, e inmediatamente las lágrimas me nublaron la vista. Se me escapó un sollozo ahogado detrás del tapabocas. No podía creerlo. Era mi hija. Valeria estaba ahí, viva, real.

Me quedé pegado a la cuna durante minutos enteros, incapaz de apartar los ojos de ella, pidiéndole perdón en silencio por no haber estado en su primer minuto de vida y prometiéndole que jamás volvería a dejarla sola.

Cuando finalmente salí de la sala de recién nacidos, despojándome de la bata, regresé al pasillo principal. Julián estaba sentado en una de las sillas de la sala de espera con los brazos cruzados y la cabeza recostada contra la pared.

Me acerqué despacio. Él escuchó mis pasos y levantó la vista.

Tragándome cada gramo de orgullo que me quedaba y dejando de lado la tirantez entre nosotros, lo miré directamente.

—Gracias por llamarme —dije con la voz ronca, sosteniéndole la mirada—. Y gracias por no dejarla sola.

Julián me sostuvo la mirada por un par de segundos. No había rabia ni arrogancia en sus ojos, solo un agotamiento profundo.

—No tienes nada que agradecer —contestó—. Hice lo que tenía que hacer. Elena no estaba en condiciones de pasar por esto sola.

Apreté los labios y, sin decir nada más, me dejé caer en la silla metálica a su lado. El silencio entre los dos se volvió denso, interrumpido solo por el constante rumor de las pisadas de los enfermeros y el murmullo lejano de los monitores. Fijé los ojos en el piso, juntando las manos entre las rodillas.

—¿Cuándo crees que me deje entrar a verla? —pregunté, rompiendo la calma sin levantar la cabeza.

Julián soltó un suspiro cansado y acomodó la espalda contra el respaldo.

—Hasta que ella lo decida, Orson. No lo sé, no depende de mí. Elena casi no tiene fuerzas ahora mismo. Lo mejor es no presionar.

Asentí despacio, apretando las manos con fuerza sobre mis muslos. Si tenía que quedarme sentado en esta silla helada toda la noche, lo haría. Esperaría el tiempo que fuera necesario para que ella me permitiera poner un pie en esa habitación.

Las horas empezaron a arrastrarse con una lentitud agonizante. La luz natural de los ventanales fue desapareciendo hasta que los pasillos quedaron iluminados únicamente por las lámparas blancas del techo. En algún punto de la tarde, Julián se puso de pie, caminó hacia la máquina expendedora y regresó con dos vasos de café humeantes. Me tendió uno sin decir palabra. Lo tomé en silencio, sintiendo el calor del vaso en mis dedos congelados.

Cerca de las siete, el teléfono de Julián sonó. Contestó a un lado, hablando en voz muy baja, y al colgar se giró hacia mí.

—Tengo un asunto en la oficina —dijo, poniéndose la chaqueta—. Me voy a retirar.

—Ve tranquilo —respondí, mirándolo de frente—. Yo me quedo aquí.

—No le des dolores de cabeza, Orson —advirtió antes de dar la vuelta y alejarse por el pasillo.

Me quedé solo. La sala de espera se volvió un desierto. Cada minuto que pasaba se sentía más pesado que el anterior. El arrepentimiento y la angustia me quemaban por dentro mientras me imaginaba a Elena descansando al otro lado de esas paredes.

Iban a dar las ocho cuando el sonido de unos pasos ligeros me hizo levantar la cabeza. Una enfermera madura, con un expediente en los brazos, se detuvo frente a mí.

—¿Señor Orson? —preguntó revisando la hoja.

Me puse de pie de inmediato.

—Sí, soy yo.

—La señora Elena acaba de despertar y estamos realizando la primera revisión de la recién nacida. Ya le trasladamos a la bebé a su habitación para que comience con la lactancia.

El corazón me dio un vuelco violento en el pecho.

—¿Puedo... puedo ir a verlas?

La enfermera me dedicó una sonrisa pausada y asintió.

—La paciente está despierta. Puede pasar a la habitación 204, pero por favor, mantenga la calma. Necesita mucho descanso.

—Entendido. Muchas gracias.

Caminé por el pasillo con las manos sudorosas y la respiración contenida. Al llegar frente a la puerta con el número 204, me detuve unos segundos. Me acomodé el cuello de la camisa, tomé aire y empujé la puerta muy despacio, evitando que hiciera cualquier ruido.

Elena estaba reclinada sobre la cama, luciendo pálida y con ojeras marcadas bajo los ojos, pero sosteniendo con los dos brazos un pequeño bulto envuelto en una manta rosada.

Al escuchar la puerta, Elena levantó la mirada. El ambiente en la habitación se congeló al instante. No había gritos ni reproches en su rostro, solo un cansancio infinito y una distancia abismal.

Giré la manija para cerrar la puerta a mis espaldas y di un par de pasos cautelosos, quedándome a una distancia prudente de la cama.

—Elena... —murmuré con la voz rasposa, sintiendo un nudo apretándome la garganta—. ¿Cómo te sientes?

Ella no respondió de inmediato. Bajó los ojos hacia la bebé, acariciándole la mejilla con la yema del dedo antes de volver a fijar su mirada en mí.

—Cansada, Orson —contestó neutra, seca—. Muy cansada.

—Sé que no querías verme —continué, dando un paso más, midiendo cada uno de mis movimientos para no alterarla—. Y entiendo perfectamente por qué. Solo... necesitaba ver con mis propios ojos que las dos están bien. Perdóname. Dejé el teléfono en la oficina y cuando me avisaron...

—No des explicaciones —me interrumpió de forma pausada, alzando una mano débil para frenar mis palabras—. Ya no importa. Valeria nació bien, que es lo único que me interesa.

Me tragué las ganas de acercarme a tocar a la bebé o a tomarle la mano a Elena. Me quedé parado ahí, frente a la cama.

—Es hermosa —dije, mirando a la niña en sus brazos—. Se parece mucho a ti.

Ella apretó levemente a la bebé contra su pecho.

—Lo es.

—¿Puedo... cargarla? —pregunté, temiendo que su respuesta fuera un no.

—Es tu hija, Orson. Claro que puedes —contestó enseguida.

Me acerqué a la orilla de la cama y me incliné con extremo cuidado. Introduje mis manos debajo del diminuto cuerpo de Valeria, sintiendo su peso pluma y el calor que emanaba de la manta. La acomodé contra mi pecho, sosteniendo su cabeza con torpeza pero con delicadeza.

Apenas la tuve en mis brazos, una ola de emoción incontrolable me recorrió la espina dorsal. Sonreí, sintiendo cómo se me humedecían los ojos.

La bebé se movió ligeramente, soltó un pequeño gemido y abrió una de sus manitas hasta envolver mi dedo índice con sus dedos diminutos. Apretó con una fuerza sorprendente.

—Hola, mi niña... —susurré, acariciándole la cabeza con el pulgar.

Pasaron unos minutos suspendidos en el tiempo hasta que la bebé empezó a inquietarse, buscando a tientas.

—Tiene hambre —dijo Elena despacio.

Asentí y, con todo el cuidado del mundo, me incliné para devolvérsela. Elena la acomodó entre sus brazos, desabrochó su bata y acercó a Valeria a su pecho para alimentarla. Me giré un poco hacia un lado para darle privacidad.

—¿Cuándo les darán el alta? —pregunté, rompiendo el silencio.

—La doctora me revisó. Dijo que si todo sigue bien, mañana por la mañana nos podemos ir.

—Perfecto. Me quedaré aquí con ustedes hasta mañana.

Elena levantó la mirada.

—Orson, no es necesario. Puedes irte a descansar a la casa o a la empresa, yo puedo quedarme sola con las enfermeras.

—No me voy a ir, Elena —le discutí—. No las voy a dejar solas en este hospital.

Ella suspiró, acomodando a la bebé que succionaba con tranquilidad. Me miró fijamente durante varios segundos antes de hablar.

—Orson... ¿sí te acuerdas de que tenemos un contrato, verdad? —dijo con una calma que me congeló la sangre—. Digo, ya sabes perfectamente lo que viene después del nacimiento de Valeria.

Mi cuerpo se puso completamente tenso. Sabía exactamente a qué se refería: la separación definitiva, el divorcio.

—Todavía queda tiempo —respondí rápido, intentando frenar la angustia que sentía—. Todavía no se cumple el año del acuerdo. Faltan tres meses. En este tiempo me voy a hacer cargo de cuidarte; acabas de pasar por un parto muy duro y no vas a poder atender a Valeria tú sola. Necesitas recuperarte.

Elena sostuvo mi mirada sin pestañear, manteniendo esa distancia insalvable.

—Está bien. Pero quiero que tengas algo muy claro: después de que pasen esos tres meses, este matrimonio se acaba. Espero que cuando llegue ese momento no intentes retenerme, porque no me voy a quedar.

Cada una de sus palabras me atravesó el pecho como una estocada helada. El dolor me oprimió el corazón, dejándome sin aire para formular una sola objeción. La realidad me estaba aplastando.

Tragué saliva con dificultad y asentí en silencio, incapaz de decirle que no.