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46.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

46.

|Elena|

El trayecto de vuelta a la residencia transcurrió entre un silencio denso. El auto avanzaba lento, sorteando cada bache del camino para evitarme tirones molestos en el vientre. Llevaba a Valeria acomodada en el portabebé a mi lado, envuelta en una colcha clara. Físicamente me sentía agotada, cargando un dolor punzante en la parte baja del abdomen y los músculos entumecidos tras el esfuerzo en el quirófano.

Orson mantuvo una atención constante durante el viaje. Ajustó el aire acondicionado para evitar corrientes frías y me sostuvo la mano para ayudarme a bajar del vehículo. Luego cargó a la niña hasta nuestra habitación.

Opté por mantener la mente neutra. La ausencia de Orson durante el parto quedó atrás; carecía de energías para armar reclamos, entablar discusiones o revivir viejos reproches. En este punto de mi vida, teniendo a Valeria sana entre mis brazos, la prioridad era una sola: conseguir tranquilidad.

A la mañana siguiente de haber llegado, me desperté por el murmullo de la puerta al abrirse. Orson entró a la recámara sosteniendo una bandeja de madera cargada con fruta fresca, tostadas, jugo natural y té caliente.

—Buenos días —saludó, acomodando el plato sobre las cobijas—. Te preparé esto. No quiero que te levantes de la cama hoy.

La situación me resultaba bastante incómoda. Verlo asumir esa faceta de hombre atento me generaba una tensión extraña.

—Gracias —dije, tomando la taza de té entre las manos—. Pero Orson, esto no es práctico. Deberíamos contratar a una empleada doméstica de tiempo completo. Alguien que pueda atender la casa, apoyarme con los cuidados de la bebé y permitirte regresar a tus labores en la empresa.

Él negó con la cabeza, sentado a la orilla del colchón.

—Por favor, no pidas eso —suplicó—. Déjame hacerlo a mí. Es mi deber hacerme cargo de tu recuperación y estar pendiente de Valeria en esta etapa. No necesito que nadie más venga a ocupar este lugar.

—Tienes una empresa que dirigir —insistí, buscando un punto medio—. No puedes descuidar tu trabajo por esto.

—La empresa puede esperar, Elena —aseguró—. Nada de lo que pase allá afuera es más urgente que ustedes dos. Dame la oportunidad de cuidar de ambas estos meses.

Suspiré, asentí resignada y continué comiendo. Mantuvo la vista sobre mí durante todo el proceso. Resultaba extraño presenciar su atención minuciosa y la preocupación constante; parecía una inversión total de papeles. Tiempo atrás esa actitud me habría ilusionado, pero ahora resultaba intrascendente. La apatía ocupaba el lugar donde solía residir el afecto.

Al terminar, recogió la bandeja para llevarla abajo. Regresó a los pocos minutos, justo cuando un llanto agudo resonó en la habitación.

—Tiene hambre —comenté, incorporándome sobre la cama.

Orson se dirigió a la cuna, tomó a Valeria con delicadeza y me la entregó. Acomodé a la niña contra mi pecho para alimentarla. Rozar la mejilla de mi hija y contemplar sus facciones finas me sacaron sonrisas genuinas.

Al alzar la cabeza, tropecé de nuevo con su presencia fija al borde de la cama. La intensidad de sus ojos me causaba cierta incomodidad, dejándome sin saber cómo pedirle espacio sin sonar grosera.

—¿Sientes dolor cuando la bebé succiona? —indagó él, rompiendo el silencio.

—No —respondí, ajustando la manta—. Hay una ligera molestia, pero me dijeron que es normal.

Asintió despacio, concentrado en mirar cómo la pequeña continuaba alimentándose.

Valeria se quedó dormida en mis brazos, relajada después de comer. En cuanto la vi cerrar los ojitos, Orson se acercó a la cama. Se inclinó despacio, la tomó con delicadeza para no despertarla y caminó hasta la cuna para acostarla suavemente.

—Ya puedes irte a trabajar si quieres —le dije mientras me acomodaba entre las sábanas—. Aprovecharé para dormir un rato.

Él me miró un segundo, suspiró y bajó la cabeza.

—Está bien. Descansa —contestó con un murmullo.

Salió del cuarto caminando despacio, como si llevara un peso enorme encima. No le di más vueltas al asunto. Me acurruqué de lado, cerré los ojos y me dejé llevar por el cansancio que todavía sentía.

No supe cuántas horas pasaron, pero cuando abrí los ojos, la luz del sol ya había cambiado. Me incorporé en la cama, frotándome la cara con las manos para espantar el sueño, cuando escuché ruidos extraños del otro lado de la habitación.

Al mirar bien, me quedé helada.

Orson estaba parado cerca de la ventana, acomodando un escritorio de madera gigante que no estaba ahí cuando me dormí. Tenía encima su computadora portátil, un par de pantallas extras, cuadernos de notas, carpetas llenas de documentos y hasta un teléfono de la empresa.

—¿Qué es todo esto? ¿Qué estás haciendo? —pregunté, sin entender nada.

Él se giró rápidamente, un poco nervioso, casi dejando caer unos papeles que tenía en la mano.

—Perdón, no quería despertarte —dijo, pasándose una mano por el cabello—. Es solo que... estuve hablando con los directivos. Logré organizar todo para trabajar desde aquí. Fue un enredo pasar las reuniones a llamadas virtuales, pero ya quedó listo. Este va a ser mi espacio de trabajo ahora.

Lo miré con el ceño fruncido, totalmente incrédula.

—¿Vas a trabajar desde la habitación?

—Sí. Así puedo cuidarlas a ti y a Valeria sin tener que moverme de aquí —explicó, acomodando un teclado sobre la mesa—. Si necesitas agua, si la bebé llora, o si te sientes mal, voy a estar al lado tuyo. No tendrás que hacer ningún esfuerzo.

—Orson, esto es demasiado —solté, negando con la cabeza—. Es una locura que traigas tu oficina a la recámara. No tienes que llegar tan lejos.

—No es demasiado, Elena —insistió, y en sus ojos vi una mezcla rara de terquedad y desesperación—. Necesitas recuperarte y no quiero dejarte sola. Te juro que no voy a hacer ruido ni a molestarte. Si tengo reuniones, me pondré audífonos.

Me quedé mirándolo sin saber muy bien qué decir. Se le veía tan empeñado en quedarse, tan desesperado por no despegarse de nosotras, que entendí que discutir iba a ser un desgaste inútil. Al final me resigné y no le dije nada más. Aunque por dentro sentía una presión enorme al saber que lo tendría instalado aquí, mirándome prácticamente todo el día.

Para cuando cayó la noche, la situación ya me tenía harta.

Había pasado todo el día tirada en esa cama. Lo único que hice en horas fue comer lo que Orson me traía, alimentar a Valeria cada vez que despertaba y volverme a acostar. Me sentía torpe, atontada de tanto estar acostada y fastidiada de no poder moverme ni hacer nada por mi cuenta.

Estar encerrada entre esas cuatro paredes, con él a unos metros tecleando en silencio y pendiente de cada uno de mis movimientos, me estaba volviendo loca.

No aguanté más. Separé las cobijas y giré el cuerpo para sacar las piernas de la cama. En cuanto mis pies tocaron el suelo helado y me impulsé hacia arriba, un dolor agudo en el periné me hizo soltar un quejido. El vientre me tiró hacia abajo con una presión ardiente y las piernas me temblaron, pesadas, como si estuvieran llenas de plomo.

Me agarré del mueble de noche con todas mis fuerzas, respirando por la boca mientras esperaba que el mareo pasara. Tenían razón los médicos en dar reposo, el cuerpo quedaba molido después de un parto.

La puerta de la habitación se abrió en ese instante. Orson entró trayendo una bandeja con la cena y, al verme parada, se puso muy pálido. Dejó los platos sobre la mesa más cercana y corrió hacia mí.

—¡Elena! ¿Qué haces de pie? Te vas a lastimar —dijo, estirando los brazos para sostenerme de la cintura.

—Necesito ir al baño —respondí entre dientes, apretando los dedos contra el mueble para no caerme.

—Debiste avisarme —murmuró.

Sin pedirme permiso, me pasó un brazo por la espalda, me levantó en brazos y caminó rápido hacia el sanitario. Gruñí por el tirón en el abdomen, molesta por la falta de control sobre mi propio cuerpo.

Me dejó sobre mis pies justo frente al lavamanos. Apoyé las manos en el mármol y lo miré por el espejo. Él no se movía de la puerta.

—Quiero bañarme y cambiarme de ropa —le dije, abriendo la llave del agua.

—¿Te vas a bañar sola? —preguntó, dubitativo—. Todavía estás muy débil. Te puedes resbalar.

—No me voy a caer, Orson —protesté, girándome hacia él con fastidio—. Puedo sostenerme sola. ¿O piensas quedarte a ver cómo me baño?

Él dio un paso atrás.

—Está bien, pero no le pases el seguro a la puerta. Cualquier cosa me gritas.

Salió y cerró despacio. Me tomé mi tiempo, lavándome con cuidado para no rozar las zonas más adoloridas. El agua caliente me alivió un poco el cansancio muscular. Me vestí lentamente con una bata holgada y limpia, me cepillé el cabello y abrí la puerta.

Orson estaba parado justo afuera, esperándome. Me tomó del brazo con delicadeza para ayudarme a caminar hasta la silla que había acomodado junto a la mesa.

—La cena se va a enfriar —comentó, guiándome para que me sentara—. Te hice algo ligero.

—Puedo comer sola, gracias —le aclaré antes de que intentara darme la comida en la boca.

Tomé el cubierto y empecé a cenar mientras él se quedaba de pie a un lado.

—La doctora insistió mucho en el reposo los primeros días —comentó—. El tejido tarda en cicatrizar. No te levantes así de la nada. Si necesitas ir al baño o moverte, solo dime y yo te llevo. Para eso estoy aquí.

—Está bien —asentí sin mirarlo, masticando—. Solo necesitaba sentirme limpia y estirar las piernas.

Terminé la cena bajo su atenta mirada. La comida estaba buena, caliente, pero el ambiente cargado hacía que los bocados pasaran con dificultad. Al terminar, Orson recogió los platos sin decir nada, mientras yo me acomodaba de nuevo para alimentar a Valeria. La pequeña funcionaba con la rutina exacta de una recién nacida: comer, llenar el pañal y quedar dormida en cuestión de minutos.

Sentir su calorcito en mi pecho aplacaba un poco la tensión que se respiraba dentro del cuarto.

Llegó la hora de dormir. Orson terminó de ordenar su escritorio improvisado y apagó la computadora. Me quedé observándolo de reojo, preguntándome qué pensaba hacer. Él parecía ser completamente consciente de mi rechazo; sabía que no lo quería cerca y mucho menos compartiendo la cama conmigo.

Sin decir una sola palabra, caminó hacia el closet, sacó una almohada larga y una manta gruesa, y se fue hacia el sofá de tres plazas que estaba junto a la ventana. Acomodó las sábanas sobre el tapizado, se acostó con torpeza acomodando sus largas piernas como pudo y apagó la lámpara principal.

—Que descanses —dijo desde la penumbra.

No respondí. Me giré hacia el otro lado y cerré los ojos. No tenía ánimos para pensar en su gesto ni para compadecerme de su incomodidad; estar distante era lo mejor para los dos.

A medianoche, un instinto extraño me hizo abrir los ojos. El pecho me pesaba un poco y me pareció raro que la bebé llevara tantas horas en silencio sin pedir alimento. Me incorporé despacio sobre los codos para buscarla, pero me detuve al vislumbrar una luz tenue alumbrando el fondo de la habitación.

Orson estaba de pie frente a la mesa auxiliar. Había colocado una almohada suave para apoyar a Valeria, quien se movía inquieta pataleando suavemente en el aire.

Él estaba concentrado, sujetando el teléfono con una mano para mirar la pantalla, donde se reproducía un video en silencio a modo de tutorial. Con la otra mano intentaba pegar las cintas adhesivas de un pañal limpio, frunciendo el ceño con una seriedad casi cómica cada vez que el plástico se le doblaba entre los dedos.

Estuve a punto de hablar, de decirle que lo estaba haciendo al revés, pero me guardé la voz. Romper su concentración solo habría arruinado el momento. Me quedé en silencio, viéndolo luchar a oscuras con los broches y limpiar a la bebé con torpeza pero con una paciencia infinita.

Estaba viviendo su propia etapa de padre, a su manera, intentando descifrar un mundo del que nunca formó parte. Volví a recostar la cabeza en la almohada y cerré los ojos, dejándolo a solas con su tarea.