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47.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

47.

|Orson|

Asumir este rol de padre no ha sido una tarea sencilla. Al principio, el temor de cometer un error irreparable me carcomía la cabeza a cada segundo; sostener un cuerpo tan frágil generaba un pánico constante. Sin embargo, las madrugadas en desvelo mirando decenas de videos y tutoriales en el teléfono rindieron sus frutos. Aprendí a sostener su cabeza, a medir la temperatura del agua y a cambiar pañales sin torpeza.

Valeria se convirtió en el centro de mi existencia. Verla dormir o sentir cómo buscaba el calor de mi pecho me producía una alegría desconocida, un tipo de felicidad que jamás estuvo en mis planes ni en mis horizontes. Nunca proyecté ser padre tan pronto, pero tener a mi hija entre los brazos redefinió por completo mis prioridades.

Lamentablemente, esa dicha se apagaba al notar la cuerda floja sobre la que caminaba con Elena.

Ella se comportaba como un autómata. Hablaba únicamente cuando era indispensable y limitaba nuestras interacciones al bienestar de la niña. Aunque me permitiera pasar todo el tiempo del mundo con la bebé, ella se mantenía al margen, envuelta en un caparazón impenetrable.

Asumí cada cuidado físico, preparé sus comidas y me pasé las noches durmiendo en un sofá incómodo que me deja la espalda entumecida con tal de respetarle el espacio. Nada de eso pareció acortar la distancia.

Extrañaba a la Elena de antes.

Echaba de menos a esa esposa que interpretaba su papel con dedicación para mantener la fiesta en paz. Aunque sabía que sus atenciones, sus sonrisas y su amabilidad formaban parte de un acuerdo formal, al menos compartíamos cenas, paseos y conversaciones que se sentían vivas. Ahora no quedaba nada de aquello. Solo silencio.

No encontraba la manera de acercarme. Las flores, los obsequios o las invitaciones a salir resultarían ridículos a estas alturas. Cada intento de aproximación tropezaba contra un muro invisible de frialdad. Lo que más me atormentaba era que al mirarla a los ojos ya no encontraba rabia ni resentimiento; solo percibía un vacío helado y un cansancio profundo, la señal inequívoca de que algo dentro de ella se quebró definitivamente por mi culpa.

Pero lo seguiría intentando. No podía darme por vencido todavía. Quedaban meses por delante y... me aferraba a la idea de que en su corazón aún quedara un poco de cariño por mí. ¿Verdad? O quizás no quedaba nada, pero no me resignaba a perderla.

Aquella mañana, al entrar a la habitación cargando la bandeja con el desayuno como todos los días, me detuve en el umbral. Elena no estaba acostada; permanecía incorporada, sentada en el borde del colchón. Me acerqué con prisa al notar la palidez de su rostro.

—Elena —dije, apoyando la bandeja sobre la mesa de noche—. Estás muy pálida. ¿Te sientes bien?

Estiré la mano y le toqué la frente. Tenía calentura. El calor de su piel me encendió todas las alarmas.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? —pregunté, sintiendo un vuelco en el estómago.

Ella me apartó la mano despacio y suspiró con pesadez.

—Tanto encierro me tiene cansada, Orson —respondió con la voz apagada—. No me dejas hacer nada, ni moverme. La cama también me enferma; necesito cambiar de aire y caminar un poco. No soy una inválida.

—Pero... ¿no se supone que debes guardar reposo? —insistí, frunciendo el ceño—. La doctora dejó claro que necesitabas descansar para sanar bien.

—Guardar reposo no significa estar postrada en una cama todo el día como si padeciera algo grave —protestó, levantando los ojos hacia mí.

La culpa me cayó encima como una bolsa de plomo. Pensé que estaba haciendo lo correcto al evitarle cualquier esfuerzo, pero con mi afán de controlarlo todo solo logré asfixiarla y deteriorar su salud.

—Lo siento mucho —dije en voz baja, tragándome el malestar—. Es la primera vez que paso por esto y creí que mantenerte en cama era lo mejor para tu recuperación. De verdad, no quise hacerte daño.

Me quedé en silencio un momento, buscando una forma de enmendar mi error.

—¿Quieres salir a pasear después del desayuno? —propuse—. Podemos llevar a Valeria en su cochecito por el jardín un rato. Te vendrá bien el sol.

Elena me miró durante unos segundos. No hubo entusiasmo en su gesto, pero terminó asintiendo en silencio.

—Está bien —murmuró.

Le acerqué la bandeja como lo había hecho durante toda esa semana que llevé cuidándola. Ella tomó los cubiertos sin agregar una palabra, mientras yo me quedé a su lado, esperando el momento de sacarla de esas cuatro paredes.

***

Tiempo después, bajamos al jardín. Elena vestía un vestido holgado de mangas largas y tela suave que caía hasta sus tobillos, acompañado por un suéter ligero para protegerse de la brisa. Insistió en empujar ella misma el cochecito de Valeria, que iba cubierta cuidadosamente con una manta fina para resguardarla del sol directo.

Caminé a un par de pasos detrás de ella, observando sus movimientos. Noté cómo el color regresaba paulatinamente a sus mejillas y cómo su postura se erguía al respirar el aire fresco. Verla avanzar a paso firme me confirmó que tenerla encerrada la estaba consumiendo lentamente.

Nos detuvimos cerca del área de los rosales y ella se acomodó en una banca de madera a la sombra de un gran árbol, con el cochecito estacionado a su lado. Me senté a una distancia prudente en el mismo banco, contemplando la tranquilidad del entorno.

—Mi madre y mi hermana han estado insistiendo en conocer a Valeria —comenté, rompiendo el silencio.

Al instante noté cómo su espalda se tensó.

—No se los he permitido —aclaré de inmediato—. Después de todo lo que ocurrió, las he mantenido al margen. No han puesto un pie en la casa.

Elena soltó un suspiro largo y dirigió la vista hacia el cochecito.

—Tu madre, al menos, estuvo al pendiente del embarazo y de los cuidados de la bebé —dijo—. Deberías dejar que venga a verla un día de estos... pero solo eso. En cuanto a tu hermana, sinceramente no me sentiría cómoda teniéndola cerca. Ella también se encargó de demostrarme mucho odio, así que dejo esa decisión a tu discreción.

—Entiendo. Gracias —respondí—. Sé perfectamente el daño que te hizo y lo mejor es mantener esa distancia de manera indefinida.

Ella se limitó a asentir, acomodando el borde de su suéter. Me quedé jugando con mis propias manos, dudando por un momento si debía tocar el siguiente tema.

—Sé que probablemente no te interese, pero... me enteré de que Chloe se va a casar.

Elena giró el rostro hacia mí y frunció el ceño con ligera sorpresa.

—¿Se va a casar? —preguntó.

—Sí. Con un hombre mayor —expliqué—. Por lo que parece, su madre la entregó en matrimonio; debían de estar muy desesperadas por dinero. Su nuevo esposo es de Milán y planea llevársela allá pronto. Es lo que se rumora en el círculo empresarial. El sujeto no es una figura de gran peso; tiene una firma modesta que apenas va saliendo de una bancarrota.

—Vaya, qué final tuvo —murmuró, posando su mirada perdida en los arbustos frente a nosotros.

—Sí —respondí, soltando una risa amarga—. Me hace recordar... aquello que dijiste una vez. Que a ti también iban a casarte con un hombre mayor por dinero. Supongo que las cosas dieron un giro.

En ese momento noté cómo apretaba las manos sobre su regazo, juntando los nudillos hasta ponerlos blancos.

—Supongo que estás bastante decepcionado —dijo ella—. Chloe era la mujer con la que realmente querías casarte.

—No es así, Elena —repliqué de inmediato, alzando la mano para desmentirlo.

Ella me sostuvo la mirada con tanta severidad que me congeló en el sitio. El peso de su juicio fue demasiado; no pude sostener el contacto visual y bajé los ojos hacia mis zapatos.

—Sí... en su momento vi un futuro con ella —admití, sintiendo un nudo opresivo en la garganta—. Nos conocíamos desde niños, crecimos juntos y llegué a creer que lo que sentía por ella era algo muy profundo. Creé expectativas. Pero fui engañado; jamás imaginé que Chloe y su madre solo me buscaban por mi posición y mi dinero. Querían usarme.

Hice una pausa, tomando aire antes de continuar.

—Pero Elena, incluso antes de descubrir toda la verdad... me di cuenta de que aquello no era lo que pensaba. Si de verdad la hubiera amado, no me habría cansado de ella tan rápido. Si eso era amor, ¿por qué el sentimiento se evaporó sin más? Confundí el cariño de una amistad de años con algo diferente. Ese fue mi gran error.

La miré de nuevo, buscando al menos una señal de empatía en su rostro cansado.

—Sé que no quieres escuchar nada de esto y que tampoco te importa ya —añadí en un murmullo—, pero necesitaba aclararlo. Fue una decepción enorme. Y ahora te entiendo más que nunca... experimentar esa sensación de ser usado por alguien es horrible.

Elena no me dijo nada. Desvió la cara hacia el camino del jardín y dejó que las palabras flotaran en el aire sin darme una sola contestación. Entendí el mensaje: no obtendría consuelo ni opinión de su parte. Sin embargo, en el fondo sentí un pequeño alivio al haber expresado por fin esa parcela de sinceridad que llevaba atragantada.

Tras permanecer unos minutos más respirando el aire fresco de la mañana, acomodamos a Valeria de vuelta en el cochecito y regresamos al interior de la residencia.

En la recámara, mientras Elena se acomodaba despacio sobre las cobijas de la cama para descansar las piernas, noté que el pañal de la niña necesitaba un cambio urgente. Me acerqué al cambiador, saqué los suministros y comencé el proceso con cuidado.

En ese instante, el tono de llamada del teléfono de Elena rompió el silencio de la habitación.

Ella estiró el brazo hacia la mesa de noche y respondió. Al escuchar la voz del otro lado, su rostro cambió por completo. La palidez y el gesto apático que la acompañaron toda la semana se disiparon en un segundo.

—¡Julián! —exclamó con un entusiasmo que no le escuchaba desde hacía meses—. Sí, estoy bien, recuperándome. Gracias por llamar.

Me puse rígido frente al cambiador. Apreté los dientes con fuerza, fijando la vista en las cintas del pañal para ocultar la tensión que me recorrió el cuerpo entero. Tuve que tragarme el impulso violento de pedirle que colgara.

—Me alegra mucho escucharte —continuó ella, soltando una risa suave, cristalina, totalmente viva—. Cuando me recupere un poco más lo veremos juntos.

Cada palabra animada, cada tono cálido y cada sonrisa que le regalaba a la pantalla me clavaban un aguijón helado en el pecho. Escuchar la frescura de su voz cuando hablaba con él, en contraste con los monosílabos secos y la distancia impenetrable que me reservaba a mí, me despedazaba por dentro.

¿Volvería a tener alguna vez la oportunidad de que me hablara de esa manera? ¿De recibir aunque fuera un destello de esa calidez?

Terminé de ajustar el pañal de Valeria, la tomé en brazos y la pegué a mi pecho. Miré a Elena de reojo mientras continuaba su conversación fluida con Julián, y una certeza amarga me oprimió la garganta: a medida que los días avanzaban, sentía con más fuerza que esa oportunidad jamás regresaría.

***

Los días transcurrieron en esa misma monotonía. Me mantuve enfocado en atender los requerimientos de la casa, supervisar la empresa desde el escritorio de la recámara y velar por el bienestar de ambas. Sin embargo, la brecha entre Elena y yo seguía intacta; ella permanecía encerrada en su mundo, hablándome únicamente lo justo y necesario.

Al inicio de la siguiente semana se presentó una oportunidad inesperada. Un viaje de negocios indispensable solicitaba mi presencia fuera de la ciudad por varios días. La logística habitual exigía mi partida en solitario, pero la sola idea de dejarla atrás me resultaba difícil de aceptar.

Entré a la habitación esa tarde, la encontré sentada cerca de la ventana con Valeria dormida en el regazo y me acerqué despacio.

—Elena, necesito hablar contigo de un asunto importante —comencé, deteniéndome a un par de pasos.

Ella alzó la vista, fría como de costumbre.

—Dime.

—Tengo un viaje de trabajo programado para estos días —expliqué, tomando aire—. Quiero que vengas conmigo. Podemos llevar a la bebé, alquilar una villa tranquila y asegurarme de que recibas todas las comodidades. Necesito seguir al pendiente de tus cuidados.

Elena frunció el ceño y negó con la cabeza.

—De ninguna manera, Orson. Un viaje en mi estado no tiene sentido. Ve tú a resolver tus asuntos y déjame tranquila aquí con la niña.

—No me voy a ir dejándolas solas —insistí, dando un paso hacia ellas—. Puedo coordinar un vuelo privado para que no sufras desgastes ni traslados pesados. El clima allá te vendrá bien para la recuperación.

—No necesito que me lleves como si fuera un equipaje más —protestó—. Estoy perfectamente bien aquí.

—No se trata de eso —repliqué—. Se trata de cumplir con lo que me corresponde. No pienso despegarme de ustedes en esta etapa, Elena. Si me voy, vienen conmigo.

Ella apretó los labios y guardó silencio durante un largo minuto. Miró hacia el jardín a través del cristal y soltó un suspiro cargado de pesadez.

—Está bien —cedió finalmente—. Iré. Pero no lo hago por ti, Orson. Necesito cambiar de aires y salir de esta casa.

—Como desees —respondí—. Me encargaré de todos los preparativos.

Me giré hacia mi escritorio para comenzar las gestiones de los pasajes y el hospedaje. Aún me quedaban dos meses de matrimonio por delante antes de que el contrato caducara. Dos meses que estaba dispuesto a aprovechar hasta el último segundo para intentar reconstruir lo que había destruido.