LNCrawler

48.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

48.

|Elena|

El viaje en el avión privado resultó menos pesado de lo que temía. Orson coordinó todo de tal forma que no tuve que hacer el menor esfuerzo: un chofer nos dejó al pie de la pista, la tripulación se encargó del equipaje y la nave contaba con un espacio amplio donde la cuna portátil de Valeria quedó fija y segura.

Durante el trayecto de un par de horas, él pasó la mayor parte del tiempo cargando a la niña, meciéndola cuando ella se ponía inquieta o ayudándome a acomodar las cobijas. Casi no conversamos, salvo para lo indispensable sobre la temperatura del aire o los horarios de las tomas de leche.

Sin embargo, no pude ignorar la calma que me daba no tener que cargar con todo el trabajo físico.

Al aterrizar en la costa, el cambio de ambiente me dio un respiro inmediato. Dejamos atrás el frío de la ciudad y el encierro de la residencia. La casa que Orson alquiló era una propiedad amplia, de una sola planta, rodeada de palmeras y con ventanales enormes que dejaban entrar la brisa del mar.

La primera mañana allí me levanté temprano. Por primera vez en semanas, el peso en el vientre había cedido lo suficiente para dejarme caminar sin punzadas agudas. Salí al porche cubierto a respirar el aire salado mientras la casa seguía en silencio.

—Te traje esto —dijo Orson, apareciendo a mi espalda sin hacer ruido.

Traía una taza de té caliente y un plato con fruta picada. Lo dejó en la mesa pequeña junto a la mecedora donde me había sentado.

—Gracias —murmuré, tomando la taza. El calor de la cerámica me reconfortó las manos.

—El médico del pueblo viene en camino para hacerte la revisión de rutina de esta semana —comentó, apoyándose contra la barandilla—. Solo para asegurarnos de que el viaje no te afectó la cicatrización.

Lo miré de reojo. Traía la camisa remangada y el cabello un poco revuelto por el viento.

—No hacía falta buscar a nadie de aquí, me siento mejor.

—Es solo por precaución. No quiero sorpresas —contestó.

No le discutí. La verdad era que la fruta estaba en su punto y estar sentada viendo el tono azul del agua a lo lejos me producía una tranquilidad que no experimentaba desde hacía tiempo. Si él quería pagar consultas a domicilio para quedarse tranquilo, no me iba a desgastar discutiéndole la idea.

El médico llegó a media mañana. Era un hombre mayor, amable, que revisó mis puntos, la presión arterial y confirmó que la recuperación marchaba por buen camino. Le recetó una crema para la piel y le dio a Orson indicaciones estrictas sobre las horas de sol que podíamos tomar con la bebé. Orson anotó todo en su teléfono, haciendo preguntas puntuales sobre el tipo de protector solar adecuado para mi tipo de piel actual.

Por la tarde, mientras Orson atendía sus conferencias de trabajo en una de las salas del fondo, me quedé en la terraza cuidando a Valeria. La pequeña parecía estar tan a gusto como yo con el clima cálido; dormía tramos más largos y casi no lloraba.

Cerca de las cinco, cuando el calor empezó a bajar, la puerta de la terraza se abrió. Orson salió vistiendo ropa ligera, guardando el teléfono en el bolsillo.

—Terminé los pendientes de hoy —anunció, acercándose al cochecito—. ¿Quieres salir a dar un paseo por la orilla? El doctor dijo que caminar sobre la arena plana te ayudaría con la circulación.

—Valeria acaba de dormirse —señalé.

—Puedo llevarla yo. Tú solo camina a tu ritmo.

Acepté. Nos quitamos el calzado y bajamos la pequeña rampa que conectaba el jardín directamente con la playa. El contacto de la arena tibia bajo la planta de los pies me produjo un alivio instantáneo. Caminamos despacio. Él empujaba las ruedas gruesas del cochecito apto para terreno irregular, manteniendo un paso lento que se adaptaba por completo al mío.

—Es bonito este lugar —admití en un momento, viendo cómo las olas morían a pocos metros de nosotros.

—Lo es —coincidió él, mirándome un breve instante antes de devolver la vista al camino—. Pensé que necesitarías un espacio donde el aire no se sintiera tan cargado.

—Ayuda bastante —reconocí, sincerándome—. En la otra casa sentía que los muros se me venían encima.

Él no aprovechó mi comentario para meterse en explicaciones ni para pedir disculpas. Se limitó a asentir y guardó silencio, dejando que el rumor del agua llenara el espacio entre los dos. Esa moderación en su actitud era algo nuevo. Antes habría intentado usar cualquier brecha para justificarse o buscar una reconciliación rápida; ahora parecía entender que la mejor forma de estar a mi lado era, simplemente, no estorbar.

Al caer la noche, la empleada que Orson había contratado para la cocina dejó la cena servida en la mesa de la terraza. Era una comida fresca, a base de pescado y verduras al vapor.

Comimos juntos bajo la luz tenue de un par de faroles. Valeria descansaba en su moisés al lado de la mesa. El ambiente resultaba extraño, pero no desagradable. La distancia física seguía ahí, inalterable, pero la tensión punzante de las primeras semanas había dado paso a una especie de tregua silenciosa.

—Mañana tengo que ir dos horas a la oficina local para firmar unos documentos —comentó él mientras servía agua en mi vaso—. Regresaré antes del mediodía. Dejé coordinado para que la señora de la limpieza se quede cerca por si necesitas que cargue algo pesado.

—No te preocupes. Puedo arreglármelas solo un par de horas.

—De todos modos se quedará en la cocina —reiteró, dejando la jarra en su sitio—. Si Valeria llora mucho o necesitas agua, no quiero que te agaches a levantar bolsas ni nada parecido.

—Está bien —cedí, dándole un bocado a la cena.

Me observó comer durante unos segundos, con una sombra de duda en el rostro, como si quisiera decir algo más. Al final se guardó las palabras, tomó sus cubiertos y continuó con su plato.

Aceptaba sus atenciones porque facilitaban mi día a día y beneficiaban a mi hija, pero no me hacía ilusiones ni permitía que las cosas fueran más allá. Él estaba haciendo méritos, cumpliendo con la parte que le tocaba tras meses de errores, y yo simplemente me dejaba cuidar mientras recuperaba las fuerzas.

A la tercera noche en la villa, Valeria tuvo un episodio de cólicos. Empezó a llorar pasadas las dos de la mañana con un tono agudo que me desveló. Me incorporé en la cama, todavía un poco torpe por el sueño, e intenté mecerla contra mi pecho. La niña se arqueaba, incómoda, sin calmarse con la leche ni con el chupete.

La puerta de mi habitación se abrió unos minuto después. Orson entró a medio vestir, con cara de preocupación.

—¿Qué tiene? —preguntó, acercándose rápido a la cuna.

—Parece que son cólicos —dije, tratando de mantener la calma mientras la paseaba por el cuarto—. Tiene la barriguita dura.

—Dámela a mí —pidió, estirando los brazos—. Tú descansa, llevas todo el día despierta.

—Orson, tú tienes reuniones temprano.

—No importa. Dámela.

Le entregué a la bebé. Él la acomodó boca abajo sobre su antebrazo, apoyándole la cabecita cerca del codo y usando la otra mano para darle masajes suaves en la espalda, tal como había visto en uno de sus tantos tutoriales. Empezó a caminar a pasos lentos por toda la estancia, murmullándole cosas en voz baja para tranquilizarla.

Me quedé sentada en el borde de la cama, observándolos. La escena tenía una calidez innegable. La figura alta de Orson paseándose por la habitación, sosteniendo con torpeza a una criatura tan pequeña, mostraba un esfuerzo real por estar presente.

Tardó cerca de cuarenta minutos en calmarla. Valeria terminó soltando un par de gases, se relajó y apoyó la mejilla contra el hombro de su padre, totalmente vencida por el cansancio.

Orson se quedó inmóvil a mitad del cuarto durante un largo rato, asegurándose de que la pequeña estuviera profundamente dormida antes de intentar moverla. Se acercó a la cuna con un cuidado extremo, la acostó muy despacio y le acomodó la cobija hasta el pecho.

Cuando se giró hacia mí, vio que yo seguía despierta.

—Ya se durmió —dijo en un susurro, pasándose la mano por la nuca—. El masaje en la espalda funcionó.

—Gracias —le dije con sinceridad.

Él asintió despacio, quedándose un momento parado a un metro de mi cama. Por un instante pareció que la cercanía del momento abría la puerta a algo más personal, pero no intentó avanzar.

—Voy a dejar la puerta entornada por si acaso —murmuró—. Que descanses, Elena.

—Igualmente.

Salió en silencio. Me recosté en la almohada y cerré los ojos, escuchando el sonido distante del mar. El viaje nos estaba sentando bien a las dos, y aunque el futuro del matrimonio seguía siendo una cuenta regresiva que no pensaba detener, al menos el presente era lo bastante pacífico como para dejar recuperarme.

***

La luz del sol entrando por la ventana de la terraza me despertó temprano. Me quedé un rato en la cama disfrutando del silencio, con la brisa marina colándose entre las cortinas de lino. El dolor en la zona baja del vientre se sentía cada vez más lejano; la caminata de la tarde anterior me había ayudado a soltar los músculos.

Orson regresó de sus reuniones al mediodía, justo cuando yo terminaba de cambiar a Valeria. Entró a la villa dejando su maletín sobre la mesa del recibidor, se desabrochó el cuello de la camisa y se acercó a la cuna portátil donde la niña pateaba el aire.

—¿Cómo se portó mientras no estuve? —preguntó, bajando el tono de voz para hablarle directamente a la bebé.

—Durmió casi todo el tiempo —respondí, ajustándole las mangas al mameluco de la pequeña—. La señora de la cocina me ayudó a preparar los biberones.

Él asintió, mirándome tras unos segundos de dudar.

—Terminé las firmas pendientes. No tengo más llamadas por el resto del día —comentó—. Hay una zona comercial bonita cerca de la marina, al aire libre. Pensé que podríamos ir a dar una vuelta y comprarle algunas cosas a la niña.

Lo pensé un instante. La idea de quedarme en la casa otra tarde entera no me atraía en lo absoluto, y salir a ver tiendas de bebés sonaba como un plan tranquilo.

—Está bien —acepté—. Solo déjame alistar la bolsa de la niña.

El paseo comercial estaba ubicado a un costado del puerto deportivo, con pasillos de piedra rodeados de palmeras, tiendas boutique y cafeterías con terrazas frente al agua. Orson se encargó del cochecito de Valeria, maniobrando entre los transeúntes con un cuidado minucioso mientras yo caminaba a su lado.

Entramos a una tienda de ropa infantil que olía a lavanda y algodón limpio. La variedad de prendas era enorme y, para mi sorpresa, Orson fue el primero en acercarse a los estantes con un entusiasmo genuino.

—Mira este —dijo, tomando un conjunto pequeño de color amarillo claro con bordados de flores en las mangas—. Es de algodón orgánico. ¿Crees que le quede bien el talle?

Me acerqué a revisar la prenda, tocando la textura del tejido.

—Le va a quedar un poco grande, pero es mejor así. Crece rápido.

—Nos llevamos tres de este tamaño y dos más grandes para cuando cumpla los tres meses —decidió él, entregándole las prendas a la vendedora—. ¿Qué opinas de este gorrito para el sol?

—El borde es amplio, le cubrirá bien las orejas —admití, observando cómo seleccionaba un sombrero de ala ancha con un lazo beige.

Orson siguió recorriendo los pasillos, pidiéndome aprobación para cada cosa que llamaba su atención: sonajeros de madera suave, cobijas de lino, zapatos de tela fina que la bebé ni siquiera podía usar todavía y un móvil musical para la cuna con figuras de animales marinos.

—Orson, es demasiado —le frené cuando vi que la vendedora ya llevaba una pila considerable sobre el mostrador—. La mitad de esas cosas las va a dejar intactas en dos semanas.

—Es el primer viaje de la niña, Elena —respondió, revisando una manta de tejido abierto—. Déjame comprarle lo que necesite. Nunca le he comprado nada por mi cuenta.

No insistí más. Al final del día, era su dinero y el gesto no le hacía daño a nadie.

Cuando terminamos en la sección de recién nacidos, la vendedora empacó todo en bolsas de papel grueso. Mientras Orson pagaba en la caja, su mirada se desvió hacia la boutique contigua, que exhibía ropa de lino para mujer y sombreros de verano.

—Acompañame un momento a la tienda de al lado —dijo al guardar la tarjeta.

—¿A la de ropa? Yo no necesito nada.

—Solo vamos a mirar —insistió, tomándome del codo con delicadeza para guiarme fuera del local de bebés.

La tienda de al lado era amplia y fresca. Orson caminó directo a los percheros y sacó un vestido largo de color marfil, de tirantes anchos y corte holgado que parecía extremadamente cómodo.

—Te vendría bien algo así para las tardes —comentó, mostrándomelo—. Tu ropa de antes te queda ajustada por la recuperación y los vestidos largos que trajiste son pesados. Este es fresco.

Miré la prenda. La tela era suave al tacto y el diseño no presionaba la zona del vientre ni la cintura.

—Pruébatelo, por favor —pidió.

Entré al vestidor solo para salir del paso. Al ponérmelo, me di cuenta de que tenía razón: la tela caía floja sin rozar las incisiones y la ligereza del lino hacía que el calor del puerto resultara imperceptible. Salí del probador y Orson me miró desde el sillón de espera, donde tenía el cochecito de la niña a un lado.

—Te queda muy bien —dijo, poniéndose de pie de inmediato—. Llevamos este. Y el sombrero de ala ancha que está en el aparador.

—Orson, no me hace falta...

—Considéralo un detalle práctico para el viaje —interrumpió, hablándole ya a la encargada del lugar para que cobrara las prendas.

Salimos de las tiendas con varias bolsas que Orson acomodó en la parte inferior del cochecito y en sus manos. El sol de la tarde comenzaba a caer, pintando el cielo de tonos anaranjados y rosados sobre el muelle.

—¿Se te antoja un helado? —preguntó mientras pasábamos frente a una heladería artesanal con mesas al aire libre.

—Un vaso de limón estaría bien —respondí.

Compró los helados y buscamos una mesa en la orilla de la terraza, protegida por una sombrilla grande. La brisa del mar llegaba directa, trayendo un olor a sal y vegetación húmeda. Valeria dormía plácidamente en su cochecito, arrullada por el murmullo lejano de las olas y las voces de la gente que paseaba por el puerto.

Me tomé una cucharada del helado, disfrutando de la sensación fresca tras el paseo. Orson permanecía sentado frente a mí, removiendo el suyo sin comer gran cosa, con la vista fija en las embarcaciones atracadas a lo lejos.

—¿Cómo van las cosas con tu empresa? —pregunté, rompiendo el silencio—. ¿Se recuperaron de la crisis?

Él alzó la mirada, sorprendido de que fuera yo quien iniciara la conversación sobre sus asuntos.

—Van progresando —explicó, dejando la cuchara en el recipiente—. La reestructuración que iniciamos el mes pasado dio resultados. Cerramos dos contratos de distribución en el norte y la liquidez se estabilizó bastante. Ya no estamos en la zona de riesgo en la que caímos a principios de año.

—Me alegra —dije con sinceridad—. Sé cuánto tiempo y esfuerzo le dedicaste a levantar esos números tras la crisis.

—Tuve que delegar la parte operativa en el equipo de confianza para poder estar en la casa estas semanas —añadió, observándome con detenimiento—. Al principio temía que la junta directiva me pusiera peros por no estar en la oficina, pero entendieron la situación.

—No tienes que descuidar tu patrimonio por nosotras, Orson. Ya te lo he dicho.

—No es un descuido, Elena. Es establecer prioridades. Durante mucho tiempo puse la empresa por encima de todo lo demás, y los resultados de esa ceguera están a la vista. No voy a cometer el mismo error dos veces.

Mantuve la vista en mi vaso de helado, evitando engancharme en ese terreno. Cada vez que él sacaba a relucir sus arrepentimientos o las lecciones aprendidas de sus fallos pasados, prefería guardar distancia. El cambio en sus acciones era evidente: estaba presente, asumía responsabilidades y cuidaba cada detalle de nuestro bienestar físico, pero mis emociones seguían congeladas en el mismo punto.

Quizás necesitaba una desintoxicación, lejos de él.

Mientras caminábamos de regreso al vehículo estacionado al final del paseo, un puesto de flores locales llamó la atención de Orson. Se detuvo sin previo aviso frente al mostrador de madera donde un anciano acomodaba ramos recién cortados.

—Espérame un segundo —pidió.

Se acercó al puesto y seleccionó un ramo sencillo de jazmines blancos y follaje verde, sin envoltorios ostentosos ni lazos llamativos. Pagó al vendedor y regresó a mi lado, extendiéndome las flores.

—Huelen muy bien —dijo en voz baja—. Pensé que te gustaría tenerlas en la mesa de la villa.

Tomé el ramo. El aroma dulce del jazmín impregnó el aire a nuestro alrededor de inmediato.

—Gracias. Son muy bonitas —respondí, acomodando el ramo sobre mi pecho mientras él comenzaba a empujar el cochecito de nuevo.

Me miró durante un segundo, buscando quizás algo más en mi reacción, una sonrisa más amplia o una muestra de cercanía que quebrara la pared entre los dos. Al no encontrarla, simplemente asintió y continuó guiando el paseo hacia el auto.

Al regresar a la villa, la jornada de compras y la caminata por el puerto comenzaron a pasarme factura. La humedad del ambiente y las horas que pasé de pie hicieron que mis pies y tobillos se hincharan considerablemente.

Tras cenar una ensalada ligera en la terraza y dejar a Valeria limpia y alimentada en su cuna, me retiré a mi recámara. Me senté en el borde de la cama, retirándome las sandalias con molestia. Los tobillos se veían marcados por las tiras del calzado y sentía una pesantez punzante que me subía por las pantorrillas.

Orson tocó a la puerta entornada y entró trayendo un florero de cristal con agua, donde acomodó el ramo de jazmines que habíamos comprado por la tarde. Dejó el recipiente sobre la peinadora.

—¿Te sientes mal? —preguntó al verme frotarme los tobillos.

—Solo se me hincharon un poco los pies —contesté, apoyando la espalda contra los almohadones—. Caminé más de la cuenta hoy.

Él caminó hacia el baño contiguo y regresó a los pocos minutos con un bote de crema humectante y una toalla pequeña. Se arrodilló sobre la alfombra, justo frente al borde de la cama donde yo estaba sentada.

—Pon los pies aquí —dijo, acomodando la toalla sobre sus muslos.

—No es necesario, Orson. Puedo elevarlos con una almohada y se me pasa.

—Elena, déjame ayudarte —pidió, levantando la vista hacia mí con una expresión serena pero firme—. Has estado cargando con el esfuerzo de la caminata toda la tarde. Solo serán diez minutos.

Dudé un segundo, pero el cansancio físico terminó ganando. Coloque mis pies sobre la toalla en su regazo.

Orson aplicó una cantidad generosa de crema en sus manos y comenzó a hacer presión en la planta de mis pies con los pulgares. Su contacto era firme y pausado, sin brusquedades, ascendiendo con movimientos circulares hacia los tobillos y las pantorrillas para activar la circulación.

Un suspiro de alivio se me escapó sin querer al sentir cómo la tensión acumulada en los músculos empezaba a ceder.

—El médico dijo que esto pasaría con frecuencia durante el primer mes —comentó él, concentrado en masajear la zona del empeine—. El cuerpo tarda un tiempo en desinflamarse por completo.

—Se siente mejor —admití en un murmullo, cerrando los ojos un momento para disfrutar de la comodidad.

Él continuó con el masaje en silencio durante un rato largo. Sus manos estaban cálidas y se tomaba el tiempo necesario en cada pierna, asegurándose de deshacer los nudos de cansancio en mis pantorrillas.

En un momento dado, detuvo el movimiento de sus manos pero no retiró el contacto. Sus dedos permanecieron rodeando suavemente mi tobillo. Al abrir los ojos, me encontré con su mirada fija en mí. Había una intensidad distinta en su rostro, una mezcla de anhelo contenido y una necesidad evidente de acortar la brecha que nos separaba.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando una mano en el borde del colchón, muy cerca de mi pierna.

—Elena... —murmuró, con la voz un poco más baja de lo habitual—. Sé que no me has pedido nada de esto y sé que el pasado no se borra con un par de semanas de atenciones. Pero estar aquí contigo, ver cómo cuidamos a Valeria juntos... me hace desear con todas mis fuerzas haber abierto los ojos mucho antes.

No me moví. Sostuve su mirada en silencio, sintiendo la firmeza de su mano aún apoyada cerca de mí.

—No espero que me perdones de la noche a la mañana —continuó, buscando alguna señal en mis ojos—. Solo quiero que me permitas demostrarte que puedo ser el hombre que ustedes dos necesitan. No por obligación ni por guardar las apariencias, sino porque verdaderamente quiero estar a tu lado.

El aire dentro de la habitación se volvió pesado. Sus palabras eran sinceras; podía notarlo en la tensión de sus hombros y en la forma en que esperaba una respuesta de mi parte. Sin embargo, por más que valorara los masajes, los regalos para la niña o los paseos por la playa, dentro de mi pecho no se encendía ninguna chispa. El afecto que alguna vez le tuve se había consumido por completo durante los meses de desprecio y frialdad.

O tal vez, mis sentimientos seguían ahí, latentes, pero fueron muy lastimados y temían salir a flote. Así me sentía.

Retiré los pies de su regazo despacio, rompiendo el contacto físico.

—Aprecio lo que estás haciendo por mi salud y por la bebé, Orson —dije con voz calmada, manteniéndome neutral—. Has sido muy atento y no voy a negar que tu ayuda en este viaje ha sido fundamental. Pero no me pidas que piense en el futuro de nosotros dos ahora. Mi única prioridad en este momento es recuperar mi cuerpo y criar a Valeria en paz.

El rostro de Orson decayó. Una sombra de decepción le cruzó los ojos, pero se tragó el malestar rápidamente. Asintió con la cabeza, tragando saliva antes de ponerse de pie sobre la alfombra.

—Lo entiendo —contestó, limpiándose los restos de crema de las manos con la toalla—. No voy a presionarte.

Tomó el frasco de crema y la toalla para llevarlos de vuelta al baño. Cuando salió, caminó hacia la puerta de la habitación y se detuvo con la mano en el picaporte.

—Dejé la lámpara del pasillo encendida por si necesitas levantarte a ver a la niña durante la madrugada —mencionó—. Si sientes molestia en las piernas otra vez, avísame.

—Está bien. Que descanses, Orson.

—Descansa, Elena.

Salió y cerró la puerta despacio, dejando tras de sí el aroma suave de los jazmines del florero. Me recosté en la cama, estiré las piernas sobre la cobija y cerré los ojos. La noche era fresca y tranquila, y aunque el camino por recorrer seguía siendo incierto, me sentía en absoluta paz conmigo misma.