5.
|Orson|El eco del portazo de los Carvajal todavía vibraba en el aire cuando descargué toda mi rabia. Agarré el vaso de cristal que estaba sobre el escritorio y lo estallé contra la pared. El impacto hizo ruido y los pedazos saltaron por todos lados. El whisky empezó a chorrear por el muro, dejando una mancha sucia, idéntica a la que esa familia quería ponerle a mi apellido.
—¡Malditos bastardos! —grité, mandando al suelo los archivadores y la lámpara con un manotazo. Todo se estrelló abajo en un desastre total.
Miller entró corriendo al despacho, alerta, pero lo frené levantando la mano. No quería que nadie me viera así.
En ese momento tuve la certeza absoluta, fría y clara: esa noche en el club no me falló la resistencia al alcohol. Me pusieron algo en la bebida. Armaron la trampa paso a paso, metiendo alguna sustancia en mi copa para anularme y poniéndome a Elena enfrente en el momento exacto.
Toda esa supuesta inocencia de la chica, el cuento de que entró al baño de hombres por error y las lágrimas que me lloró hace un rato eran parte del guion de su padre. Usó a su propia hija como un anzuelo para frenar la compra de sus empresas, el negocio con el que yo pensaba destruirlos. Me habían acorralado usando un embarazo.
Masticando la rabia, manejé directo a la casa de mi familia, una propiedad grande en las afueras de la ciudad. El silencio de la medianoche se terminó cuando entré hecho una furia al salón. Mi madre, Victoria, estaba leyendo cerca de la chimenea y mi hermana menor, Olivia, revisaba unos datos en su tableta.
Las dos levantaron la vista de inmediato y notaron que algo andaba mal.
—Orson, ¿qué pasa? —preguntó mi madre, dejando el libro de lado—. Tienes una cara terrible.
—Los Carvajal estuvieron en mi oficina —solté, abriéndome el cuello de la camisa porque sentía que me ahogaba—. Me voy a casar. El mes que viene.
Olivia soltó una carcajada, pensando que era una broma, y dejó la tableta en la mesa.
—¿Qué dices? Si odias a esa gente. ¿Con quién te vas a casar?
—Con Elena —dije, mirando el fuego—. Está embarazada.
La noticia dejó la habitación helada. Mi madre se levantó, indignada, y Olivia se quedó con la boca abierta, sorprendida.
—¿Elena Carvajal? —mi madre levantó la voz, perdiendo la calma—. ¿Te volviste loco, Orson? ¡Ese hombre solo quiere hundirnos! ¿Cómo dejaste que esa chica se metiera en tu cama?
—Me drogaron, mamá —respondí, aguantando el sermón—. Pasó hace un mes en un club. Perdí el control y ella apareció para aprovecharse de la situación. Desperté con ella en la suite por la mañana.
—¿Y por qué no dijiste nada antes? —me reclamó Olivia, acercándose molesta—. ¡Tuviste que denunciarlo, revisar las cámaras, destruir a esos estafadores enseguida!
—No quería recordar ese momento tan humillante ni armar un escándalo que hiciera caer las acciones de la empresa —les expliqué—. Pensé que todo quedaría como un error que ellos ocultarían por vergüenza. Jamás imaginé que saldrían con esto.
—No lo voy a permitir —dijo mi madre con firmeza—. No vas a ceder a ese chantaje. Esa boda se cancela, no vas a casarte.
—No puedo hacer nada —zanjé, serio—. El papel de la clínica es real. El viejo Carvajal tiene las pruebas y si no piso un altar con su hija, mañana la prensa financiera publicará que abandoné a Elena embarazada. Los inversores nos van a dejar solos por un problema de este tamaño y la compañía se irá a la quiebra. Me tienen atrapado.
—¿Y Chloe? —preguntó mi hermana, preocupada—. ¿Qué pasa con ella? ¿No la amabas?
Escuchar el nombre de Chloe me dolió en el alma.
Ella era la amiga de siempre, mi primer amor y la única mujer con la que de verdad quería un futuro limpio, lejos de los negocios. Ahora todo estaba arruinado. El barro de los Carvajal lo manchaba todo. Tendría que buscarla, decirle la verdad, contarle que me pusieron algo en el trago y pedirle que me entendiera.
Ella era lo bastante madura para comprender que me armaron una jugada sucia, pero este matrimonio destrozaba todos nuestros planes.
Sin embargo, una idea fría empezó a tomar forma en mi cabeza mientras veía lo mal que estaban mi madre y mi hermana. Iba a aguantar esto. Soportaría estar casado por un año, el tiempo justo para que nazca el bebé y pueda proteger los bienes de mi empresa. Una vez que el niño tenga mi apellido y los Carvajal ya no puedan amenazarme con nada, pediré el divorcio, sacaré a Elena de mi vida y buscaré a Chloe para recuperar lo nuestro.
***
Le avisé a mi madre y a mi hermana que llamaría a Chloe; tenía que enterarse por mí antes de que el rumor corriera. Subí a mi habitación, saqué el teléfono y marqué su número.
—Hola, ¿Tienes tiempo esta noche? Quiero hablar contigo —le dije, tropezando con las palabras.
—Justo estoy saliendo del spa de mi madre, estamos cerrando —respondió ella, algo extrañada por mi tono—. Si quieres, puedes pasar a buscarme.
Acepté enseguida. Conduje por las calles pensando en la mejor manera de estructurar mis palabras, sintiendo una opresión en el pecho que no me dejaba respirar. Al llegar, la vi salir del local. La llevé a cenar a un restaurante reservado, un sitio discreto y elegante en la planta alta de la ciudad.
Mientras nos acomodaban en la mesa, me quedé mirándola. Estaba hermosa, con el cabello rubio cayéndole sobre los hombros y esos ojos color canela que siempre transmitían paz. Una punzada de culpa me atravesó el estómago; sentía que estaba traicionando el afecto más limpio y honesto que había construido en mi vida.
Ella notó mi rigidez a los pocos minutos, dejó la copa sobre el mantel y me observó con fijeza.
—¿Qué tienes, Orson? Te noto rarísimo. Me citas de imprevisto y solo te quedas ahí, callado y tenso.
Me aclaré la garganta, forzando la postura.
—En realidad, necesito contarte algo muy grave.
Chloe suavizó la expresión y sonrió levemente, intentando aliviar el ambiente.
—Adelante, me estás asustando. Dime.
—Me voy a casar —solté, directo, sin anestesia. La sonrisa se le borró del rostro en un segundo. Se puso completamente seria.
—¿Cómo? —preguntó, parpadeando.
—Con la hija de Carvajal, con Elena. El mes que viene, como muy pronto.
Chloe dejó el cubierto en el plato, soltando una risa nerviosa y carente de gracia.
—Orson, por favor, no bromees con eso. No tiene el menor sentido. Detestas a esa familia.
—No es ninguna broma, Chloe. Es la verdad —me incliné hacia adelante, bajando la voz para mantener la discreción del lugar—. Hace un mes, en un club, me puse mal de repente. Estoy seguro de que me drogaron. Elena apareció justo en ese momento, se aprovechó de la situación y pasó lo que tuvo que pasar, yo no estaba consciente de nada. Hoy vinieron a mi despacho. Ella está embarazada.
Chloe se quedó helada, asimilando la información mientras el color abandonaba sus mejillas.
—Me buscaron esta tarde para amenazarme —continué, con la mandíbula apretada—. El viejo Carvajal tiene los papeles de la clínica. Me exige que me haga cargo, y tengo que hacerlo por el bienestar de mi familia y de la empresa. Si no firmo, mañana destruyen mi reputación en los medios. Me lanzarán falsas injurias.
Ella tomó un sorbo largo de su copa, manteniendo la mirada fija en un punto indeterminado de la mesa. Sonrió con amargura, negando con la cabeza.
—Así que embarazada… y te tienes que casar. Qué increíble.
—Perdóname, Chloe. De verdad, lo siento —le dije, estirando la mano hacia ella, pero la retiró.
—¿Por qué tendrías que pedirme perdón? —cuestionó, con la voz algo quebrada pero firme.
—Porque tú sabes perfectamente lo que siento por ti. Sabes lo que ha ido creciendo entre nosotros con el tiempo.
—Nosotros no somos nada de todos modos, Orson —soltó, doliéndose con sus propias palabras.
—Somos algo, Chloe, lo sabes bien. Pero ahora las cosas se han complicado de la peor manera...
Ella no quiso escuchar más. Se levantó de la silla, agarró su bolso y se dispuso a abandonar el lugar. Reaccioné rápido, me puse de pie y la sujeté del brazo con suavidad para detenerla.
—Por favor, no te vayas así. Dame tiempo.
—¿Tiempo? —se giró a mirarme, con los ojos empañados por la rabia—. ¿Esperar a que te cases, formes un hogar con ella, cries a tu hijo y después qué, Orson? ¿Qué se supone que debo hacer yo?
—Me voy a casar solo por ese bebé, porque me tienen acorralado —le aseguré, mirándola con desesperación—. Te juro que no voy a tocar a esa mujer. En cuanto el niño nazca y la empresa esté a salvo del escándalo, la voy a dejar. Cumpliré con el apellido y pediré el divorcio.
Chloe se soltó de mi agarre con un movimiento seco, tomando distancia.
—Quiero estar sola ahora. No me sigas. Pediré un taxi abajo.
La vi caminar hacia la salida sin mirar atrás, perdiéndose entre las mesas del restaurante. Me volví a sentar, frustrado, y descargué un puñetazo contra la madera de la mesa que hizo temblar la vajilla. La furia me quemaba el pecho.
Me prometí a mí mismo que Elena Carvajal iba a pagar cada lágrima de Chloe y cada minuto de esta humillación. Esa maldita arribista iba a descubrir lo que era vivir con un enemigo bajo el mismo techo.