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49.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

49.

|Orson|

El silencio de la villa a oscuras resultaba ensordecedor. Me quedé sentado en uno de los sillones de la sala, con un vaso de whisky entre las manos y la sola compañía de la penumbra. El líquido dorado me quemaba la garganta a cada trago, pero no lograba deshacer el nudo amargo que llevaba atascado en el pecho desde hacía horas.

Sus palabras seguían retumbando en mi cabeza. «No me pidas que piense en el futuro de nosotros dos ahora».

Me lo había dicho sin rabia, sin alzar la voz, con una neutralidad tan aplastante que dolía más que cualquier insulto.

Apreté el cristal del vaso hasta que me dolieron los nudillos. Me sentía desesperado, asfixiado por la impotencia.

¿Qué más podía hacer? Había intentado estar presente, cuidar cada detalle de su salud, llevarla a despejarse, comprarle flores, aliviarle el cansancio con mis propias manos... y nada parecía atravesar ese muro que había construido a su alrededor. Si la presionaba, corría el riesgo de que se cerrara por completo o de hacerle daño; pero si me quedaba de brazos cruzados, sentía que la distancia nos consumiría hasta que no quedara absolutamente nada.

Dejé el vaso vacío sobre la mesa central y me puse de pie despacio. Caminé por el pasillo en penumbras hacia su recámara, empujando la puerta que había dejado entornada.

La luz de la luna entraba por el ventanal, iluminando la cuna portátil. Me acerqué a pasos cortos para no hacer ruido. Valeria dormía plácidamente, hecha un bulto suave entre sus cobijas, respirando con una tranquilidad envidiable. Verla me trajo un segundo de paz, un respiro en medio de tanta tormenta. Pero al girar la mirada, mis ojos terminaron en Elena.

Estaba acostada de lado, con el rostro despejado y una expresión serena que rara vez me mostraba cuando estaba despierta. Se veía tan tranquila, tan inocente, ajena a todo el peso que llevaba cargando sobre las espaldas por mi culpa.

Me acerqué al borde de la cama y me arrodillé al lado del colchón. Estiré la mano con dudar, temiendo despertarla, y con la yema de mis dedos rocé la calidez de su mejilla. Su piel era suave.

Deslicé el pulgar con una delicadeza extrema, conteniendo el aliento para no romper su descanso. Me quedé allí sentado sobre el suelo durante un tiempo largo, en silencio, contemplándola mientras el reloj marcaba las horas de la madrugada, sabiendo que ese era el único momento del día en que podía estar tan cerca de ella sin ver frialdad en sus ojos.

Solo cuando el cansancio me pesó en los párpados me puse de pie, le acomodé la cobija sobre el hombro y salí de la habitación sin hacer el menor ruido.

Días después, el viaje llegó a su fin y regresamos a la ciudad.

En el fondo, guardaba la tonta ilusión de que esa semana cerca del mar hubiera cambiado las cosas entre nosotros, pero la realidad se encargó de poner todo en su lugar. Todo volvió a la misma rutina de antes.

Lo único que realmente sirvió de aquel viaje fue fortalecer el vínculo con mi hija; aprendí a cuidarla a la par con Elena, a repartirnos los desvelos y a coordinarnos como padres sin necesidad de cruzar muchas palabras. En esa faceta logramos construir un equipo funcional. Pero como pareja, el vacío seguía exactamente igual.

Así continuaron pasando los días, las semanas y los meses. El tiempo voló frente a nuestros ojos, devorando el calendario con una rapidez abrumadora, pero yo no bajé los brazos.

Me mantuve firme en mi postura. Seguí siendo el mismo hombre atento, calculando cada detalle para facilitarle la vida. Con el paso del tiempo, Elena recuperó por completo sus fuerzas: la herida sanó, volvió a moverse con agilidad, a encargarse de Valeria por su cuenta, a salir de compras y a manejar los asuntos de la casa como solía hacerlo.

Sin embargo, yo no dejé de cuidarla. Le preparaba el café por las mañanas, su desayuno y a veces la cena, me aseguraba de que no cargara objetos pesados y permanecía al pendiente de cualquier cosa que pudiera necesitar.

Y ella se dejaba cuidar.

Con el transcurrir de esos meses, su trato comenzó a suavizarse. La coraza dura y cortante de los primeros días fue dando paso a una convivencia mucho más amable. Ya no me respondía con monosílabos helados ni me evadía cuando me sentaba a cenar con ella.

A veces, mientras hablábamos sobre el crecimiento de la bebé o compartíamos algún momento, sonreía de forma genuina. Su mirada ya no reflejaba esa distancia impenetrable, y el ambiente en la casa dejó de sentirse tenso para volverse cálido y tranquilo.

Verla sonreír de nuevo a mi lado, escucharla conversar con frescura sobre temas cotidianos y notar que no rechazaba mi presencia me llenó el pecho de una ilusión renovada. Pensé que el tiempo, la constancia y la paciencia finalmente estaban dando frutos. Llegué a creer con firmeza que estaba logrando ablandar su corazón y que, muy pronto, tendríamos una oportunidad real de empezar de cero.

Eso era lo que yo creía.

La noche transcurría con una tranquilidad apacible, de esas que en los últimos meses se habían vuelto habituales entre nosotros. Cenábamos en el comedor principal bajo una luz cálida mientras Valeria dormía en su habitación.

Me sentía en paz, convencido de que la tormenta había quedado atrás y que por fin pisábamos terreno firme.

—Mañana por la mañana vendrán los abogados —dijo Elena de pronto, con un tono casual mientras cortaba un trozo de vegetal en su plato.

Los cubiertos se me escaparon de las manos, impactando contra la porcelana con un estruendo seco que resonó en todo el comedor. Sostuve el borde de la mesa mientras sentía cómo la sangre se me congelaba en las venas y el aire se me atascaba en los pulmones.

—¿Los... abogados? —pregunté, escuchando mi propia voz quebrada por el terror—. ¿De qué hablas, Elena?

Ella dejó la servilleta sobre la mesa, con una calma que me resultó aterradora, y me sostuvo la mirada sin un solo atisbo de duda.

—Hice todos los trámites necesarios desde antes. La documentación para el divorcio está lista. Mañana traen los papeles para la firma definitiva.

Sentí un golpe violento en el pecho, como si la estructura entera de mi vida se derrumbara en un segundo.

—No —solté, negando con la cabeza frenéticamente mientras el corazón me martillaba las sienes—. No, Elena, por favor... No puedes estar hablando en serio. ¿Un divorcio? ¿Ahora?

—El contrato de matrimonio vence esta semana, Orson —respondió con una serenidad pasmosa, sin elevar el tono ni mostrar una pizca de rencor—. Cumplimos con el plazo estipulado. Los términos están redactados exactamente como se acordó desde el primer día.

Me puse de pie de golpe, echando la silla hacia atrás.

—¡No voy a firmar nada! —exclamé, paseando la mirada por el comedor mientras el pánico me dominaba—. ¡No me voy a divorciar de ti! ¡No te voy a dejar ir! ¿Qué pasa con nuestra familia? ¿Qué pasa con nuestra hija? ¿Piensas alejarme de Valeria?

Elena suspiró despacio, permaneciendo sentada. No había ira en sus ojos, solo una firmeza absoluta que me destruía por dentro.

—Nadie te va a alejar de tu hija —aclaró—. El acuerdo de custodia que redactaron mis abogados te otorga todos los derechos de paternidad. Tendrás régimen de visitas abierto, podrás tener a Valeria los fines de semana y participar en cada decisión de su vida. Legalmente nada cambia en tu rol de padre.

—¡No me refiero a las leyes! —dije, rodeando la mesa para acercarme a ella, cayendo prácticamente de rodillas a su lado—. Te hablo de nosotros, Elena. Mira cómo estuvimos estos meses... Salimos de viaje, compartimos la casa, nos reímos, criamos a la niña juntos. Pensé que estabas dispuesta a darnos una oportunidad.

—Te dejé cuidar de mí porque necesitaba sanar y porque eras el padre de mi hija —contestó, mirándome con una mezcla de lástima y claridad—. Fui amable porque no tengo intención de vivir en guerra contigo, pero nunca te dije que esto cambiaría el final. El contrato fue muy claro, Orson. Tú mismo estipulaste las cláusulas y las penalizaciones si alguna de las partes no cumplía con la disolución al término del plazo.

—¡Eso fue antes! —grité en un murmullo desesperado, agarrándome la cabeza—. ¡El contrato fue una estupidez, un error gigante! Tú sabes todo lo que pasamos, todo lo que cambió. Sabes que me enamoré de ti, que estoy arrepentido de cada maldito error del pasado...

—Precisamente por todo lo que pasamos es que esto tiene que terminar —me interrumpió, manteniendo la compostura—. El contrato tiene validez legal binding. Si te niegas a firmar o pones trabas al proceso, incurres en un incumplimiento grave que puede derivar en una demanda formal. Y no creo que a la junta directiva de tu firma le convenga un escándalo de esa magnitud.

Me quedé helado. Escucharla hablar con esa precisión técnica, usando las mismas herramientas frías que yo solía utilizar contra ella, me atravesó el alma.

—Elena, te lo suplico... —murmuré con la voz ahogada por las lágrimas que amenazaban con salir—. No me hagas esto. Te prometo que puedo ser mejor, que puedo hacerte feliz de verdad. Dame tiempo.

Ella se puso de pie, rompiendo la cercanía entre los dos. Por primera vez en la noche, vi una chispa de molestia cruzar por sus facciones.

—Habíamos quedado en algo, Orson. Me lo prometiste cuando estaba en esa cama de hospital. Dijiste que si aceptaba tus cuidados y me recuperaba, me darías mi libertad sin pelear. Me diste tu palabra.

—¡Es que no puedo! —exclamé, con la voz rota por la desesperación—. ¡Simplemente no puedo! ¡No puedo estar lejos de ti, no puedo volver a esta casa vacía sin ustedes dos!

Elena tomó aire y me miró por última vez antes de dar la vuelta.

—Tendrás que aprender a hacerlo, Orson.

Se dio la vuelta y caminó a pasos firmes por el pasillo directo a la habitación, dejándome solo en medio del comedor.

Me dejé caer en la silla más cercana, sintiendo cómo las piernas me temblaban sin control. Me llevé las manos a la cabeza, hundiéndome los dedos en el cabello mientras la opresión en el pecho se volvía insoportable. Visualizar esta casa a oscuras, sin el murmullo de su voz, sin el llanto tierno de mi hija, sin la sola presencia de Elena recorriendo los pasillos, me provocaba un dolor punzante en el centro del corazón.

¿Por qué demonios tuve que redactar ese maldito contrato? Maldije mil veces el día en que firmé ese papel, la soberbia con la que estipulé cada cláusula pensando que tenía todo bajo control. Si tan solo pudiera regresar el tiempo... Si tuviera la oportunidad de volver atrás para hacer las cosas bien desde el principio, para recuperar a la Elena de antes, a esa esposa que me miraba con un afecto inocente y me esperaba al final del día. Pero el tiempo no volvía. Este era mi castigo por haber sido ciego.

Me puse de pie de un brinco, impulsado por una desesperación ciega. No podía quedarme cruzado de brazos aceptando mi sentencia sin pelear. Caminé a paso rápido por el pasillo hasta llegar a su puerta y llamé con los nudillos.

—Elena, abre por favor —supliqué, apoyando la frente contra la madera fría—. Hablemos un minuto más. No puedes tomar una decisión así sin escucharme.

El silencio del otro lado fue absoluto. Volví a tocar, esta vez con más insistencia.

—Elena, te lo ruego... Sé que estás despierta. Solo dime qué puedo hacer. Danos una oportunidad más, la última. No nos hagas esto.

Pasaron los minutos y la respuesta nunca llegó. No hubo un solo ruido, ni un paso, ni un murmullo. Me di cuenta de que no me abriría la puerta; hacía meses que habíamos dejado de compartir la habitación y ella no pensaba ceder ahora. Desvalidado, dejé resbalar la espalda por la pared y me senté en el suelo, justo frente a su puerta, a esperarla.

La noche avanzó lenta y fría. Las horas transcurrían mientras yo permanecía ahí, con las manos apretadas contra la sien, recordando el calvario de mis propios errores.

Me había enamorado de ella demasiado tarde, cuando el daño ya estaba hecho y su corazón se había cerrado bajo llave. Si Elena no me hubiera mostrado aquella faceta de esposa entregada durante nuestros primeros meses... Si no se hubiera dedicado a atenderme, a buscar mi compañía, a compartir esas cenas y esa intimidad que yo jamás había experimentado con nadie más, tal vez mi vida seguiría siendo la misma rutina vacía de antes.

Pero lo hizo.

Con esa farsa de paz perfecta, sin saberlo, me había hecho caer en sus redes mucho antes. Había despertado en mí un sentimiento profundo que ahora me estaba destruyendo por dentro.

Pero de nada servía lamentarlo. Ella ya no estaba para recibir mi amor, y la puerta frente a mí seguía tan cerrada como su corazón.

Hola, lectoras ;) tantos días jeje estoy preparando un maratón como recompensa y para agilizar, dije que terminaría este mes, pero se está haciendo imposible si no me da tiempo de subir tan seguido. Mañana domingo les traigo más, gracias por la paciencia y la espera 🎀