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50.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

50.

|Elena|

La luz del amanecer comenzó a colarse por las rendijas de la persiana, trayendo consigo el inicio del día más esperado y difícil a la vez. No había pegado el ojo en toda la noche. Me levanté en silencio, caminé hacia el armario y saqué las maletas.

Empecé a empacar con serenidad. Separé la ropa que yo misma había comprado antes del matrimonio y la que adquirí con mi propio dinero durante los últimos meses. Sin embargo, al abrir el cajón donde guardaba las joyas, los vestidos costosos y los detalles que Orson me había regalado —incluyendo el vestido de lino marfil y las flores secas del viaje a la costa—, me detuve. Dejé cada uno de esos objetos intactos sobre la peinadora.

No quería llevarme nada que perteneciera a esta etapa, ningún recuerdo que me vinculara a la vida que estábamos cerrando.

Luego me dediqué a empacar las pertenencias de Valeria. Llené la pañalera con su ropa, sus cobijas favoritas y sus biberones. Miré el reloj de la pared: faltaban poco menos de dos horas para que los abogados llegaran con la documentación final.

Un nudo opresivo me apretó el pecho. No iba a negar que sentía un peso amargo por todo esto; ver los cajones vacíos y a mi hija dormida en una cuna que pronto quedaría abandonada me causaba una tristeza inevitable. Pero no iba a retroceder. No había soportado meses de humillaciones, frialdad y desprecio para terminar estancándome en un matrimonio que nació roto. Esto era lo mejor para las dos.

Acomodé las maletas cerca de la puerta y me dispuse a salir. Al girar la cerradura y abrir, me topé con algo inesperado.

Al asomarme, vi a Orson encogido en el suelo del pasillo, apoyado contra el marco de madera. Tenía la camisa arrugada, el cabello desordenado y las sombras del cansancio marcadas bajo los ojos. Se había quedado allí toda la noche.

—Orson —dije, tocándole el hombro con firmeza para despabilarlo.

Él dio un brinco ligero, abriendo los ojos con dificultad. Al verme de pie con la ropa cambiada, su mirada somnolienta se llenó de un pánico inmediato.

—Elena... —murmuró, intentando ponerse de pie con torpeza mientras las piernas le temblaban un poco—. Por favor, dime que pensaste bien las cosas... No te vayas, te lo suplico.

—Basta, Orson —lo interrumpí con tono seco, tomándolo del brazo para ayudarlo a erguirse—. Ya basta de esto.

Lo guié a pasos lentos por el pasillo hacia su recámara. Él dejaba caer parte de su peso sobre mí, balbuceando palabras atropelladas entre la somnolencia y la desesperación.

—Podemos arreglarlo, de verdad... Déjame intentarlo una vez más —insistía con la voz quebrada.

—Entra a tu habitación —le ordené al llegar a su puerta, empujándolo suavemente hacia el interior—. Báñate, cámbiate de ropa y prepárate. Los abogados van a llegar en un par de horas y necesito que estés presente y lúcido para firmar los documentos.

—No quiero firmar —respondió, mirándome desde el centro de su cuarto con los ojos rojos.

—Vas a hacerlo porque me diste tu palabra —sentencié antes de dar un paso atrás—. Te espero abajo.

Cerré la puerta de su habitación sin darle espacio a replicar. Respiré hondo para estabilizar el pulso y bajé la escalera en dirección a la cocina.

Me preparé un desayuno ligero y un vaso de agua, comiendo despacio en la barra de la cocina mientras procesaba la cuenta regresiva. A los pocos minutos, escuché los chillidos suaves de Valeria llamando desde el piso de arriba.

Subí por ella, la tomé en brazos y regresé a la planta baja para acomodarme en el sillón de la estancia.

Le di el pecho mientras la contemplaba en silencio. Ella comía con tranquilidad, ajena por completo a los papeles que estaban a punto de cruzarse en esa misma sala y al rumbo diferente que tomarían nuestras vidas a partir de hoy. La mecí despacio, aferrándome a su calor para mantener la compostura firme que necesitaría en las próximas horas.

El sonido de unos pasos descendiendo por la escalera me hizo alzar la mirada un segundo antes de volver a concentrarme en la bebé. Orson bajaba despacio.

Llevaba una camisa blanca y el pantalón del traje, pero no se había molestado en peinarse ni en arreglarse la barba de varios días. Se le veía muy mal con aquella postura derrotada.

Evité sostenerle la mirada. Acomodé a Valeria sobre mi hombro para sacarle el aire, manteniendo la atención fija en sus pequeños movimientos.

Él no fue hacia la cocina ni nada. Caminó directo al centro de la sala y se detuvo a pocos metros de donde yo estaba sentada.

—¿A dónde vas a ir? —preguntó. Su voz sonaba áspera, desgastada—. ¿Dónde van a vivir? ¿De qué vas a sobrevivir, Elena? No me has dicho nada de tus planes.

—Tengo todo resuelto —respondí, dándole palmaditas suaves en la espalda a la niña.

—¿Resuelto cómo? —insistió, dando un paso más cerca—. Cuidar a una recién nacida requiere tiempo, dinero y ayuda constante. No puedes hacerlo sola.

—No voy a estar sola. Mi antigua nana viene en camino desde el pueblo para instalarse conmigo y ayudarme con Valeria. Ya hablé con ella hace días.

Orson frunció el ceño, apretando los puños a los costados.

—¿Y el lugar? No me digas que vas a alquilar cualquier departamento improvisado.

—Tengo una casa lista —aclaré, mirándolo de frente por fin—. Julián me ayudó a conseguir la propiedad. Es un lugar tranquilo, seguro y tiene todo lo necesario para la niña.

Escuchar el nombre de Julián pareció causarle un choque físico; dio un leve paso atrás y apretó la mandíbula con amargura.

—¿Y el dinero? —volvió a la carga, buscando desesperadamente un punto débil en mi estructura—. Mantener una casa y a una niña no es barato.

—Tengo los fondos del fideicomiso y el pago del contrato millonario que ayudé a cerrar hace meses —le recordé—. Es mi dinero, está en mi cuenta y es más que suficiente para vivir holgadamente por varios años. Cuando la niña crezca un poco más, buscaré un empleo o emprenderé algo por mi cuenta. No me hace falta nada de ti, Orson.

El silencio volvió a instalarse en la sala, denso y pesado. Él se quedó ahí parado, mirando al suelo sin saber qué otro argumento utilizar. Cada pregunta que lanzaba encontraba una respuesta calculada, lógica y sin margen para la duda.

Un par de toques firmes en la puerta principal rompieron la tensión.

—Son ellos —dije.

Me puse de pie, subí las escaleras y acomodé a Valeria en su cuna con su sonajero cerca. Le acaricié la cabeza un instante, bajé de nuevo y me dirigí a abrir la puerta.

Dos hombres de traje oscuro y portafolios de cuero ingresaron a la residencia. Eran los representantes legales encargados de la disolución. Los guié hacia la mesa del comedor principal, donde Orson ya se encontraba de pie, inmóvil como una estatua.

—Buenos días —saludó el abogado principal, desplegando varias carpetas sobre la madera pulida—. Si les parece bien, procederemos a la lectura rápida de las cláusulas finales de la rescisión de contrato y el convenio de divorcio por mutuo acuerdo.

Nos sentamos en la mesa. Los abogados repasaron cada punto durante varios minutos: la división de bienes, la renuncia a pensiones alimenticias entre cónyuges, el establecimiento de la custodia compartida y los horarios abiertos de visita para el padre. Todo estaba redactado al pie de la letra, tal como se pactó en el acuerdo prenupcial.

—Si no hay ninguna objeción por ninguna de las partes, procederemos con las firmas finales —anunció el licenciado, deslizando el primer juego de documentos hacia mi lado junto con un bolígrafo de tinta negra.

Tomé el bolígrafo. Recorrí con la mirada la línea marcada con mi nombre y firmé de inmediato. Pasé la hoja a la siguiente sección y repetí la firma en cada uno de los tres ejemplares.

El abogado tomó los folios firmados, los acomodó y los deslizó hacia la posición de Orson.

—Su turno, señor.

Pasó un minuto. Luego dos.

Orson no se movió. Tenía la vista fija en las hojas blancas sobre la mesa, con las manos apoyadas en sus muslos bajo la madera. La pluma permanecía intacta a un costado del papel. El espacio se llenó de un estancamiento incómodo.

—Orson —dije, llamando su atención con tono de advertencia.

Él no reaccionó. Ni siquiera parpadeó.

—Señor —intervino el abogado—. Es necesario su sello y firma en este momento para dar por concluido el trámite administrativo. De lo contrario, la contraparte podrá interponer una notificación por incumplimiento de contrato en los tribunales.

Orson continuó paralizado, con la mandíbula trabada y la mirada perdida en las letras impresas.

Respiré profundo, me puse de pie y miré a los dos representantes legales.

—Disculpen un momento, por favor —pedí con amabilidad—. Necesito hablar con él a solas un instante.

Los licenciados asintieron en silencio y se retiraron hacia el vestíbulo para darnos privacidad. En cuanto la puerta del comedor se cerró, me acerqué a la silla de Orson y me paré a su lado.

—¿Qué estás haciendo? —le reclamé—. Quedamos en que esto se resolvería hoy, Orson.

—No puedo firmar eso, Elena —dijo en un murmullo roto, sin alzar la cabeza—. Si firmo, se acabó.

—¡Claro que se acabó! —solté, perdiendo un poco la paciencia—. ¿Vas a ser tan egoísta hasta el último momento? ¿No estás pensando en todo lo que tuve que pasar para llegar a este día? ¿No te basta con todo el daño que causaste al principio?

Él levantó los ojos. Los tenía rojos, llenos de lágrimas contenidas.

—No soy egoísta... solo quiero una oportunidad para arreglar lo que rompí.

—Si te niegas a firmar y me obligas a llevar esto a un juicio largo y miserable, lo único que vas a lograr es que te resienta para toda la vida —sentencié—. Cada día que me tengas atrapada aquí por la fuerza va a alimentar el odio hacia ti. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que te recuerde solo como el hombre que me quitó la libertad dos veces?

Orson pareció recibir un impacto físico con esas palabras. Contrajo el rostro por el dolor y negó con la cabeza despacio.

—No... No quiero que me odies.

—Entonces toma ese bolígrafo y firma —le exigí con firmeza—. Yo merezco recuperar mi vida. Merezco mi libertad, Orson. Tú me diste tu palabra de que me la darías. Cumple con tu parte por una sola vez.

Él sostuvo mi mirada durante varios segundos agónicos. Pude ver el combate interno librándose en su mente, la lucha entre su terquedad y la aplastante certeza de que si no cedía, me perdería de la peor manera posible.

Finalmente, bajó la cabeza y asintió con un movimiento lento y lleno de amargura.

—Está bien —susurró.

Llamé a los abogados de vuelta a la sala. Los dos hombres tomaron sus lugares en la mesa sin hacer comentarios sobre la escena anterior.

Orson estiró la mano temblorosa, tomó el bolígrafo de la mesa y lo sostuvo durante un instante sobre la línea punteada. Soltó un aire pesado por la boca y estampó su firma en el primer documento. Luego en el segundo. Y finalmente en el tercero. El sonido de la pluma raspando el papel fino fue lo único que resonó en la sala durante ese minuto.

Uno de los abogados tomó las hojas, las revisó minuciosamente para comprobar que no faltara ninguna rúbrica y las guardó dentro de los expedientes de cuero.

—Muy bien —dijo el licenciado, cerrando el portafolios con un chasquido metálico—. La documentación está completa. Nos encargaremos de ingresar los registros al juzgado esta misma tarde. A efectos legales y prácticos, los señores quedan oficialmente divorciados. Las copias certificadas del dictamen llegarán a sus respectivos domicilios la próxima semana.

Los dos profesionales se pusieron de pie, nos estrecharon la mano a ambos de manera formal y se encaminaron hacia la salida. Los acompañé hasta la puerta, escuché el choque seco del cerrojo al cerrarse tras su partida y me quedé un momento sola en el recibidor, sintiendo cómo un aire completamente nuevo me llenaba los pulmones. Estaba hecho. Era libre.