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51.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

51.

|Orson|

Me quedé petrificado en la silla del comedor. Miré mis propias manos sobre la mesa pulida, contemplando los dedos que apenas unos segundos atrás habían sostenido la pluma. Los nudillos me temblaban sin control. La firma estaba ahí, estampada en tinta negra, cerrando de un plumazo este año de matrimonio y cualquier remota posibilidad de arreglar lo que destruí.

El sonido de la puerta principal cerrándose tras la salida de los abogados dejó la casa en un silencio aplastante. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí sentado, incapaz de ponerme de pie, sintiendo cómo el pecho me ardía por dentro con una presión que me ahogaba. Todo se sentía irreal, como una pesadilla de la que no lograba despertar. La nada absoluta se adueñó de las habitaciones, y la casa, de repente, me pareció un espacio inmenso, helado y grotesco.

El choque amortiguado de una maleta pesada contra el suelo del recibidor me sacó de mi letargo. Ese ruido fue el verdadero golpe de gracia.

Me puse de pie, tambaleándome un poco porque la cabeza me daba vueltas, y caminé hacia el vestíbulo. Elena estaba al pie de la escalera. Acababa de colocar dos maletas grandes junto al primer escalón y sostenía la pañalera de la bebé sobre el hombro.

La desesperación me nubló la vista. Avancé rápido, estiré la mano y la tomé del brazo con torpeza.

—¿Te vas hoy? —pregunté, sintiendo que la voz se me desgarraba en la garganta—. ¿Enseguida? ¿Ya? Pero si acabamos de firmar hace nada, Elena. Por favor...

Elena miró mi mano sobre su tela hasta que la retiré despacio, avergonzado de mi propio contacto.

—Sí, Orson —respondió con tranquilidad—. Preparé todo para que coincidiera con este día. No tiene ningún sentido alargar la estancia aquí ni hacernos pasar por este dolor de cabeza una noche más.

—Pero... ni siquiera me has dicho a dónde vas a ir exactamente —insistí, dando un paso más hacia ella, casi tapándole el paso hacia la puerta—. No puedes irte así, de la nada, sin darme una referencia, un lugar. ¿Cómo voy a saber que están bien?

—Te mandaré la dirección exacta por mensaje en cuanto me instale y ordene las cosas de la niña —aclaró—. De esa forma podrás ir a ver a Valeria. Como quedó estipulado en los papeles, coordinaremos los días en los que te quedarás con ella. No voy a ponerte trabas para que ejerzas tu rol de padre, jamás haría eso.

—Elena... por favor, no hables como si fueras un juez ejecutando una sentencia —murmuré, buscando desesperadamente algo a qué aferrarme en sus ojos—. Mira este lugar. Mira lo que estamos haciendo.

Ella me siguió mirando a mí. Su rostro no reflejaba rabia, ni reproche, ni ese desprecio que tanto me aterraba al principio; solo una serenidad absoluta, llana y vacía.

—Gracias por firmar los documentos sin llevar esto a los tribunales, Orson —dijo en cambio—. De verdad. Y gracias por la ayuda que me diste estos últimos meses. Por cuidarme después del parto, por estar al pendiente de la casa, por los paseos y por atender a la niña en las madrugadas. Estoy muy agradecida por todo eso, no lo olvido.

Escuchar su gratitud se sintió como una estocada directa al corazón. No quería su agradecimiento formal; quería su perdón, su permanencia, su afecto.

—¡No lo hice para que me dieras las gracias! —exclamé con los ojos nublados por las lágrimas que ya no podía contener—. ¡No lo hice para ganarme una nota de buen comportamiento! Lo hice porque te quiero de corazón, Elena. Cuidé de ti y de la niña porque me nacía del alma, porque ustedes dos se convirtieron en lo único que me importa en este mundo.

—Orson, por favor —pidió ella, dando un paso atrás para marcar distancia—. No te hagas más daño. Esto ya terminó. Las firmas están puestas y el ciclo se cerró.

—¡No, escúchame! ¡Tienes que escucharme una sola vez sin esa barrera que pones! —exclamé, perdiendo por completo la compostura que me quedaba.

Me dejé caer de rodillas sobre el suelo de mármol del recibidor. Sin importarme el orgullo, la dignidad, las apariencias o la posición que siempre me había obstinado en mantener, me abracé a sus piernas, pegando la frente contra la tela de su pantalón.

—Perdóname... Por favor, perdóname por todo —supliqué entre sollozos ásperos, sintiendo cómo las lágrimas me empapaban las mejillas y el rostro—. Fui un estúpido, un miserable, un ciego. Tienes razón en todo lo que dijiste: he sido un egoísta de mierda durante todo este tiempo. Pensé solo en mi comodidad y en mi maldito orgullo. Pero tengo miedo, Elena. Estoy muerto de miedo de perderlas.

—Orson, levántate —dijo ella, con la voz por primera vez alterada por la sorpresa y el choque de verme en el suelo—. Por favor, no hagas esto. No te humilles así. Levántate.

Elena intentó agacharse para tomarme de los hombros, haciendo fuerza hacia arriba para que me erguiera, buscando a toda costa evitar que permaneciera derribado a sus pies. Pero yo no me solté.

Apreté el agarre alrededor de sus piernas, llorando descontroladamente como nunca en mis treinta años de vida lo había hecho.

—Tengo miedo porque estoy enamorado de ti —confesé con la voz rota, sacando toda la verdad que llevaba guardada—. Te amo, Elena. Te amo de verdad. Sé que es tarde, sé que suena ridículo y patético decírtelo ahora que firmamos esos papeles en la mesa, pero tenía que decírtelo o me iba a morir con esto atravesado. Sé que no me vas a creer, que no confías en mí ni en lo que siento después de todo el infierno que te hice pasar, y no te culpo... pero te amo con toda mi alma.

—Orson, mírame —pidió ella, logrando finalmente tomarme del rostro con sus dos manos para obligarme a alzar la cabeza.

La miré desde abajo, encogido, con la visión borrosa por el llanto y el pecho agitado. Sus manos estaban cálidas contra mis mejillas húmedas, pero sus ojos permanecían limpios, firmes, sin una sola grieta de duda.

—Te perdono —dijo con una voz suave.

Me quedé helado. El llanto se me atascó en la garganta y la miré sin entender.

—Te perdono, Orson —repitió, mirándome fijamente a los ojos—. Claro que te perdono. Lo hice desde hace mucho tiempo. No te tengo odio, ni rencor, ni ninguno de esos sentimientos amargos que crees que guardo. Si me los quedara, la única perjudicada sería yo. Por eso estoy en paz. Por eso estoy sanando, y por eso tú tienes que hacer exactamente lo mismo. Tienes que perdonarte a ti mismo por los errores que cometiste.

—Elena... si me perdonas, entonces danos una oportunidad...

—Tienes que dejarme ir —interrumpió, sin soltar mi rostro, remarcando cada palabra—. Debes alejarte y permitir que tomemos rumbos diferentes. Te perdono por todo el pasado, pero de ahí a volver a estar juntos en este matrimonio que solo nos trajo dolor y sombras... no. No voy a regresar a eso. No es bueno ni sano para ninguno de los dos, y mucho menos para Valeria. Nuestra hija merece crecer en un ambiente sano, sin tensiones disimuladas, sin un matrimonio que nació roto por un contrato.

Cada palabra suya era una verdad irrefutable que me aplastaba el alma. Tenía razón. Toda la razón del mundo. Volver a intentarlo solo habría sido arrastrar las cadenas de un pasado lleno de cicatrices que jamás terminarían de cerrar si nos quedábamos pegados el uno al otro.

Pero entenderlo con la mente no hacía que el corazón doliera un poco menos.

Elena soltó mi rostro con delicadeza, me tomó del brazo y me ayudó a ponerme de pie. Me sostuvo un segundo hasta que me aseguré sobre mis piernas.

En ese momento, el claxon de un auto resonó desde la acera.

—Tengo que irme ya —dijo ella, mirando hacia la puerta.

Subió rápido la escalera hacia la recámara y bajó a los pocos minutos trayendo a Valeria en brazos, bien abrigada. Se acercó a mí y me tendió a la pequeña por un momento.

—Despídete de ella —murmuró.

Tomé a Valeria en brazos con las manos temblorosas. Pegué su cabecita a mi pecho, sintiendo su olor a colonia de bebé, y le besé la frente con el corazón destrozado.

—Te amo, mi niña —le susurré al oído, sabiendo que tardaría días en volver a sostenerla.

Elena me la retiró con delicadeza, acomodó a la bebé en su brazo, tomó las maletas con la otra mano y avanzó hacia la entrada.

La seguí hasta el umbral. Al abrir la puerta principal, vi a Julián esperando al pie del vehículo. Él caminó de inmediato hacia ella, le tomó las maletas para llevarlas al maletero y le abrió la puerta del copiloto con atención.

Ver que era él quien venía a llevársela fue el golpe definitivo. Elena acomodó a Valeria en el asiento, se giró hacia mí una última vez desde la distancia y dijo:

—Te mandaré la dirección más tarde.

Después subió al auto, Julián cerró la puerta y dio la vuelta para ponerse al volante. El vehículo arrancó a los pocos segundos, perdiéndose calle abajo.

Me quedé de pie bajo el marco, viendo la calle vacía hasta que el motor dejó de escucharse. Me cubrí la cara con las manos y me dejé caer de espalda contra la pared.

***

El auto de Julián llevaba horas fuera de la vista, pero yo continuaba estático en la entrada, sintiendo cómo el frío de la acera me calaba los huesos. Cuando por fin logré mover las piernas, arrastré los pies hacia el interior y cerré la puerta.

Transcurrió la tarde sin que pudiera concentrarme en una sola tarea. Intenté ponerme a trabajar en el despacho para apagar el ruido de mi cabeza, pero los informes financieros sobre el escritorio parecían escritos en un idioma ajeno. Fui incapaz de leer un solo párrafo.

Caminé sin rumbo por los pasillos, pasando por la cocina vacía, el comedor limpio y la estancia en penumbras. En cada rincón había una huella invisible de su presencia: la mesa donde solíamos cenar, la terraza por donde caminábamos despacio tras el parto, el espacio al lado del sillón donde solía colocar el cochecito de Valeria. Cada rincón me devolvía la misma certeza de que se habían ido.

Al caer la noche, la penumbra de la residencia se volvió abrumadora. Incapaz de lidiar con la soledad a puerta cerrada, busqué la única vía de escape que tenía a la mano: serví un vaso alto de whisky de la licorera del despacho y me lo tragué. El alcohol descendió ardiendo por mi garganta, pero no alivió en absoluto el dolor atascado en el pecho. Serví un segundo vaso. Luego un tercero.

Con el cuerpo entumecido y la cabeza dándome vueltas por el efecto de la bebida, sostuve la botella por el cuello y salí al pasillo. Los escalones de la escalera me parecieron interminables. Subí con pasos torpes, apoyándome en el pasamanos, impulsado por una necesidad masoquista de constatar con mis propios ojos la magnitud de lo que había perdido.

Al llegar al piso superior, me detuve frente a la puerta de su recámara. Estaba entreabierta. La empujé despacio y me adentré en la oscuridad.

Presioné el interruptor de la pared. La luz cálida iluminó la estancia y el impacto me dejó sin aliento.

El cuarto estaba desmantelado. La cuna portátil de Valeria ya no estaba en la esquina; en su lugar quedaba únicamente la marca vacía sobre la alfombra. El armario principal permanecía abierto de par en par, exhibiendo percheros pelados y cajones desocupados. No había ropa, no había biberones, no había juguetes sobre las mesas auxiliares.

El aroma habitual a lavanda y a colonia de bebé que solía impregnar el aire se había esfumado, reemplazado por un olor neutro a polvo y encierro.

Avancé a trompicones hacia la peinadora de madera. Allí, acomodados con un orden impecable en el centro de la superficie, se encontraban los objetos que Elena había decidido no llevarse.

Me acerqué y los toque con dedos temblorosos. Estaba la cajita de terciopelo con las joyas finas que le obsequié, el vestido de lino marfil que le compré en el puerto durante nuestro viaje a la costa y el pequeño ramo de jazmines secos que le regalé en el paseo marítimo.

Lo había dejado todo. No se llevó un solo detalle que proviniera de mí; rechazó cada regalo, cada recuerdo y cada gesto con el que intenté ganarme su afecto durante los últimos meses.

Ver esas cosas intactas sobre la peinadora dolía. Era la prueba definitiva de que mi dinero, mis detalles y mis arrepentimientos no tenían el menor valor para ella. Todo lo que provenía de mi mano pertenecía a una etapa que ella acababa de tachar de su vida sin contemplación.

Me dejé caer de rodillas junto a la peinadora, abrazando el vestido de lino contra mi pecho mientras el alcohol terminaba de nublar mi razón. Apoyé la frente contra la madera fría y solté un sollozo áspero que resonó en el vacío de la recámara.

Le había fallado cuando me necesitó, fui ciego cuando la tuve a mi lado y me enamoré desesperadamente cuando ya la había perdido para siempre.

De la nada el teléfono resonó en mi bolsillo con la notificación de un mensaje de texto. Con la vista borrosa, saqué el aparato y leí la pantalla. Era el mensaje de Elena.

Cumpliendo su palabra al pie de la letra, me enviaba la dirección exacta de la nueva casa donde se hospedaba con nuestra hija, junto con un breve recordatorio de que coordinaríamos las visitas a través de nuestros abogados a partir del lunes.

Un texto limpio, preciso y distante.

Guardé el teléfono en el bolsillo, me recosté de espaldas contra el borde de la cama vacía y dejé volar la mirada hacia el techo en la penumbra.

La botella de whisky yacía tendida a mi lado sobre la alfombra. La cuenta regresiva del contrato había llegado a su fin, la libertad que tanto le prometí era finalmente suya, y a mí me tocaba aprender a respirar en medio de las ruinas de mis propias decisiones.