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52.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

52.

|Elena|

El viaje en el auto de Julián fue completamente silencioso. A mi lado, en la silla de bebé bien asegurada en el asiento trasero, Valeria dormía plácidamente. Miré por la ventana cómo las calles conocidas se iban quedando atrás, cediendo paso a un vecindario mucho más tranquilo, arbolado y alejado del bullicio del centro.

Cuando Julián detuvo el vehículo frente a una casa de dos pisos con fachadas blancas y un pequeño jardín al frente, dejé salir un suspiro de alivio que llevaba retenido en los pulmones desde la mañana.

—Llegamos, Elena —dijo él, apagando el motor y mirándome por el espejo retrovisor con una sonrisa serena.

—No sabes el peso que me quitas de encima, Julián —respondí, abriendo la puerta.

Él se bajó de inmediato para sacar las maletas del maletero, mientras yo sacaba con cuidado a Valeria de su asiento. La bebé apenas se removió entre mis brazos, acomodando su cabecita contra mi hombro.

La casa era justo lo que había buscado: un espacio propio, luminoso y sin el peso del pasado. Al cruzar el umbral, el olor a pintura fresca y a madera limpia nos dio la bienvenida. El primer piso tenía una sala de estar pequeña, integrada a un comedor modesto con una mesa de cuatro sillas y una cocina abierta hacia el fondo, equipada con lo básico para comenzar.

No había grandes lujos ni adornos ostentosos, solo muebles funcionales en tonos neutros que hacían que el espacio se sintiera despejado y fresco.

Julián entró cargando las dos maletas más grandes y las dejó a un lado de la entrada.

—Iré subiendo el equipaje a las habitaciones para que no tengas que cargar nada —se ofreció, tomando de nuevo las asas de las maletas.

—Te acompaño para mostrarte cómo quedó todo —le dije, ajustando a la niña en mi regazo.

Subimos por la escalera de madera clara. En la planta alta había dos habitaciones principales conectadas por un pasillo corto. Mi dormitorio estaba amueblado con lo indispensable: una cama matrimonial vestida con sábanas blancas, una peinadora sencilla de madera clara frente a la ventana y un armario amplio donde cabría toda mi ropa.

A través de una puerta corrediza se comunicaba directamente con la recámara de Valeria.

Ese cuarto era el que más empeño me había tomado organizar. Había mandado a colocar una cuna de madera clara en el centro, una cuna colecho a un costado para los primeros meses, un sillón mecedora tapizado en gris para amamantar y un cambiador amplio con repisas organizadoras para sus pañales y cremas. Las paredes estaban pintadas de un tono crema muy suave que le daba mucha luz al espacio.

Julián dejó las maletas en mi cuarto y luego se acercó a la puerta del cuarto de Valeria, mirando el lugar con los brazos cruzados.

—Te quedó hermoso —comentó, mirando a la niña que empezaba a abrir los ojos despacio—. Es un buen lugar para que crezca tranquila.

—Eso es lo único que pido —contesté, acercándome a la cuna para acostar a la bebé con suavidad—. Julián... de verdad no sé cómo pagarte todo lo que has hecho por mí estos meses.

Él negó con la cabeza y dejó salir una risa baja.

—¿Pagarme qué, Elena? Quien debería estar agradecido soy yo —dijo—. Me dio mucho gusto ver cómo ponías las cosas en su lugar, cómo te armabas de valor y cómo le dabas fin a ese divorcio. Me alegra enormemente que te hayas separado de Orson. Te mereces algo mucho mejor y sé muy bien que vas a salir adelante con la niña.

Le sonreí, sintiendo un nudo en la garganta ante sus palabras de apoyo.

—Entonces... ¿es un hecho que te vas mañana? —pregunté, mirándolo.

—Sí, ya no tengo nada que hacer aquí —respondió con firmeza pero sin amargura—. Cumplí mi objetivo. Vine a apoyarte en lo que necesitaras mientras solucionabas tu situación, y ahora que estás instalada y firmaste los papeles, debo volver a mi vida. Mis asuntos allá no pueden seguir esperando.

Me acerqué a él.

—Prométeme que no me vas a olvidar —le dije, dejando ver la nostalgia de saber que se marchaba—. En serio gracias por haberte quedado estos tres meses a mi lado. Sin tu ayuda creo que no habría tenido la fuerza suficiente para aguantar todo este proceso.

Julián dio un paso al frente y me envolvió en un abrazo cálido y protector. Pasó sus brazos alrededor de mis hombros y me apretó con cariño durante varios segundos.

—Fue un honor —murmuró cerca de mi oído al separarse—. Sabes que siempre puedes contar conmigo, no importa la distancia.

—Lo sé —asentí con una leve sonrisa—. Cuídate mucho en tu viaje.

Él me dio un último apretón en la mano, echó un vistazo rápido a la cuna donde Valeria empezaba a balbucear y luego caminó hacia las escaleras. Lo acompañé hasta la puerta principal, donde nos despedimos con un gesto antes de verlo subir a su auto y alejarse por la calle.

Apenas unos veinte minutos después de que Julián se fuera, un taxi se detuvo frente al jardín. Me asomé por la ventana y vi bajar a mi nana, sosteniendo su maleta de mano con fuerza. Salí de inmediato a recibirla.

—¡Ay, mi niña! —exclamó la mujer al verme, abriendo los brazos de par en par.

La abracé fuerte, sintiendo el aroma familiar a talco y lavanda que siempre la acompañaba. Tenerla allí me dio una sensación de refugio que me hacía mucha falta.

—Entra, nana. Bienvenida a nuestra nueva casa —le dije, ayudándole a cargar su equipaje.

Caminamos hacia el interior y la nana se detuvo en medio de la sala, mirando todo a su alrededor con ojos atentos.

—Qué bonita y qué iluminada está —comentó, pasando la mano sobre el respaldo del sillón—. Se siente paz aquí adentro. Nada que ver con esa casona fría donde vivías con tu padre.

—Sí, a mí también me gusta —admití—. Ven, sube a conocer tu cuarto y a ver a la bebé.

Subimos al segundo piso y le mostré su habitación, ubicada al fondo del pasillo, amueblada con una cama individual, un buró y un clóset pequeño. Después, la llevé al cuarto de la niña. Valeria estaba despierta en la cuna, moviendo las manitas en el aire.

La nana se acercó, se inclinó sobre la cuna y soltó una exclamación de ternura.

—¡Pero qué preciosidad! —dijo, tomando los peques dedos de la bebé entre los suyos—. Mira nada más qué gordita y qué chula está. Se parece tanto a ti cuando eras una criatura.

Valeria le regaló una pequeña sonrisa involuntaria y la nana se llevó las manos al pecho, encantada.

—Vas a ver que entre las dos la vamos a criar muy bien —me aseguró, volteando a mirarme con determinación—. Tú concéntrate en descansar y en recuperarte de todo este ajetreo, que yo me encargo de la cocina y de ayudarte con las madrugadas.

—Gracias, nana.

La extrañaba mucho. Mi padre la había despedido de casa y enviado a su pueblo natal cuando mi nana se entrometía en su trato hacia mí. No le gustaba cuando me golpeaba o me gritaba, pero qué bueno que ya no estaba. Me olvidaré que ese hombre alguna vez fue mi padre.

Durante el resto de la tarde, la nana y yo nos dedicamos a desempacar la ropa, acomodar los artículos de limpieza en el baño y organizar la despensa. Ella preparó una cena sencilla pero caliente mientras yo alimentaba a Valeria y la acostaba a dormir en su cuna.

Cuando la noche cayó por completo, el silencio volvió a instalarse en la casa. La nana se fue a su habitación a descansar, cansada por el viaje, y yo me quedé sola en la sala de estar.

Me senté en el sillón junto a la ventana, observando la calle iluminada por los faroles del alumbrado público. La casa era tranquila y todo estaba en orden, tal como lo había planeado durante meses. Era la libertad que tanto había exigido, la oportunidad de empezar de nuevo sin ataduras, sin discusiones y sin un contrato de por medio.

Sin embargo, en el fondo del pecho, sentía un sabor amargo que no lograba desvanecerse.

Recordé la imagen de Orson tirado de rodillas en el recibidor de su casa, llorando sin control, abrazado a mis piernas y pidiéndome perdón. Recordé la mirada rota con la que me sostuvo el rostro y la desesperación en su voz al confesarme que me amaba. Había esperado tanto tiempo por ver un gesto de humanidad en él, por sentir que le importaba, que recibirlo justo el día de la firma del divorcio resultaba una ironía cruel.

Sabía que había tomado la decisión correcta. No podíamos volver a estar juntos; el matrimonio había nacido roto y nos habíamos hecho demasiado daño como para pretender que unas disculpas a última hora arreglarían años de frialdad. Pero eso no quitaba que el entorno me resultara extraño, ajeno y triste. Estaba en una casa nueva, en un barrio distinto, sola con mi hija y comenzando desde cero.

Suspiré, saqué el celular de mi bolsillo y busque el contacto de Orson.

Tal como se lo había prometido antes de salir, redacté un mensaje breve y directo con la dirección exacta de la propiedad y una nota indicando que a partir del lunes nuestros abogados se pondrían de acuerdo para fijar los días de visita de Valeria.

Presioné enviar.

Pantalla abajo, vi confirmarse la entrega del texto. Apagué el teléfono, lo dejé sobre la mesa de centro y me recosté contra el respaldo del sillón, mirando hacia el techo. Tenía que acostumbrarme a esta nueva realidad. Esto era lo que había elegido, lo que siempre quise para mi hija y para mí, y me tocaba aprender a caminar por este nuevo camino, aunque el comienzo se sintiera tan pesado.

De pronto, el teléfono sonó con una llamada y creí que era Orson, por eso lo tomé enseguida sin darme cuenta, pero me topé con un número privado.

—¿Hola?

—¿Señorita Elena? Habla Arthur Vance —me quedé sin aliento por un momento—. El señor Julián me facilitó su número, espero no sea una molestia.

—No, no... para nada —contuve un jadeo.

—El desempeño en su trabajo la última vez me dejó sumamente satisfecho —agregó—. Y tengo una propuesta para usted, ¿Estaría interesada en escucharla?

En ese momento, una nueva oportunidad abrió sus puertas para mí.