53.
|Orson|Un golpe seco resonó, seguido por el sonido metálico de la puerta principal al abrirse. El ruido me atravesó el cerebro como una aguja. Me sobresalté en el sillón de la sala donde estaba tirado, cubriéndome la cara con el brazo de inmediato. La luz de la mañana entró a la estancia, lastimándome los ojos con una violencia insoportable.
—Maldita sea... —gruñí con la voz rasposa, girándome hacia el respaldo para ocultarme del resplandor.
—¿Pero qué carajos pasó aquí? —la voz de Mateo retumbó en la habitación, cargada de incredulidad y enojo.
Escuché sus pasos esquivando objetos en el suelo. El hedor a alcohol rancio, comida fría y encierro inundaba toda la planta baja.
—Orson, mírame —exigió Mateo, sujetándome del hombro para obligarme a sentarme—. Llevo tres días haciéndote miles de llamadas. Te mandé decenas de mensajes y no respondías ninguno. Hoy fui a tu oficina y tu secretaria me dijo que no te has presentado en toda la semana, que cancelaste las reuniones sin avisar. ¿Qué te pasa?
Abrí los ojos a duras penas. Mi amigo estaba de pie frente a mí, con el traje impecable contrastando de forma grotesca con el desastre a nuestro alrededor: latas de cerveza aplastadas, botellas de whisky vacías, cajas de comida rápida a medio comer y prendas de vestir tiradas por la alfombra.
—Se fue... —murmuré, sintiendo que la garganta me ardía al hablar—. Me dejó, Mateo. Se fue y se llevó a la niña.
El nudo en el pecho volvió a apretarse con la misma fuerza del primer día y los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez. Estiré la mano con torpeza hacia la mesa de centro, buscando una lata de cerveza que aún tenía líquido, pero Mateo me la quitó de un manotazo antes de que pudiera tocarla.
—¿Cómo que te dejó? —preguntó él, frunciendo el ceño mientras observaba la lata vacía que sostenía—. ¿Ya se divorciaron? Mierda, Orson... sabía que el contrato estaba cerca de vencer, pero creí que aún faltaban semanas para el plazo. El tiempo pasa tan rápido.
—Firmamos el lunes —confesé, dejándome caer de espaldas contra los cojines mientras me cubría el rostro con las manos para ocultar el llanto—. Las extrañó demasiado, Mateo... No lo soporto. Cierro los ojos y las escucho, pero abro los ojos y no hay nadie. Me estoy volviendo loco.
Mateo soltó un suspiro pesado. Sus ojos se fijaron en un marco de plata que yo había estado sosteniendo antes de quedarme dormido: una fotografía que le tomé a Elena en el jardín unos meses atrás, donde salía sonriendo con Valeria dormida en sus brazos. Me lo quitó del pecho.
—Hey, dame eso —protesté, intentando quitárselo, pero no tenía fuerzas ni para ponerme de pie.
—No, Orson. Ya basta —sentenció, colocando el retrato sobre la mesa—. Mira cómo estás. Das lástima.
—¡No sabes lo que se siente! —le grité con la voz quebrada, sintiéndome miserable—. ¡Me enamoré de mi esposa cuando ya la había destruido! Le rogué de rodillas, me humillé como nunca en mi vida lo había hecho, y aun así me dijo que no. Me perdonó, pero me dejó. Me dijo que era lo mejor para la niña y para ella. No voy a poder superar esto, Mateo... Me duele todo el cuerpo, siento que me ahogo.
Mateo se cruzó de brazos y me miró con severidad, aunque en sus ojos había una clara nota de preocupación.
—¿Y crees que poniéndote como un pordiosero vas a arreglar algo? —me regañó, alzando el tono de voz—. ¿Crees que si Elena entra por esa puerta y te ve tirado en tu propia mugre, emborrachándote hasta perder el conocimiento, va a pensar: "Qué gran hombre me perdí, voy a volver con él"? ¡Por favor, Orson! Lo único que lograrías es confirmarle que tomó la decisión correcta al alejarse de ti.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua helada, pero el dolor era tan denso que ni siquiera tuve fuerzas para discutirle.
—No me importa lo que piense de mí... solo quiero verla, la extraño —susurré, encogiéndome en el sillón.
—Pues así no vas a ver a nadie —replicó Mateo con firmeza—. Estás demacrado, estás flaco, tienes unas ojeras que te llegan a los pómulos y apestas a alcohol a tres metros de distancia. Si el abogado de Elena te ve en este estado, te quita el régimen de visitas en cinco minutos por incapacidad. ¿Eso es lo que quieres?
Negué con la cabeza despacio, apoyando la frente contra mis rodillas.
Mateo soltó otro largo suspiro, flexionó las piernas y se pasó una mano por la nuca.
—Escúchame bien —dijo, bajando el tono pero manteniéndolo serio—. Cometiste errores gravísimos durante tu matrimonio, fuiste un imbécil y pagaste el precio. Ella se fue porque tenía todo el derecho de buscar su paz. Pero eres el padre de esa niña. Tienes una responsabilidad con Valeria y tienes una empresa que mantener para asegurarle un futuro. ¿Acaso crees que a Elena le gustaría ver al padre de su hija destruyéndose de esta manera?
—No... —admití en un murmullo.
—Entonces compónte —ordenó, poniéndose de pie—. Levántate de ese sillón ahora mismo.
Caminó hacia la cocina y escuché el ruido del grifo abrirse. A los pocos minutos regresó con un vaso grande con agua fría y me lo puso en la mano.
—Bébete esto completo —me mandó—. Mientras te bañas y te quitas esa ropa apestosa, voy a pedir que limpien esta casa y te voy a preparar algo de comer. No te vas a volver a servir un solo trago de alcohol en mi presencia.
Tomé el vaso con las manos temblorosas y me lo llevé a los labios, bebiendo a sorbos lentos mientras la frialdad del agua me aclaraba un poco la mente.
—Gracias, Mateo —dije en voz baja, sin alzar la mirada.
Él me miró desde arriba, con una mezcla de lástima y afecto sincero.
—No me des las gracias. Hazlo por ti, Orson. Y hazlo por la niña. Elena te dio tu libertad y la suya; ahora te toca aprender a vivir con las consecuencias como un hombre, no como un cobarde oculto en una botella.
Asentí despacio. Me puse de pie con torpeza, tambaleándome un poco, y caminé hacia la escalera para ir al baño. El dolor en el pecho seguía intacto, punzante y pesado, pero Mateo tenía razón.
Era simplemente que... no lograba asimilar que ella ya no estuviera. Mi yo del pasado jamás imaginó que sufriría su ausencia de esta manera.
Me quité la ropa apestosa, la tiré al cesto de la lavandería y me metí a la regadera. Dejé que el agua cayéndose helada sobre mi cabeza me devolviera a la realidad. Me froté la piel con fuerza para quitarme el hedor a encierro y me rasuré la barba crecida que llevaba días descuidadamente en el rostro.
Al salir, me miré al espejo. El rasurado y la ropa limpia me devolvieron un aspecto más decente, pero el deterioro físico seguía ahí: estaba demacrado, con las mejillas hundidas y unas ojeras oscuras que delataban la falta de sueño. Con razón Mateo se había horrorizado al verme.
Bajé los escalones despacio. El olor a comida caliente inundaba el recibidor. Mateo me esperaba en el comedor con un plato de sopa de verduras y pollo sobre la mesa.
—Siéntate y come —dijo, señalando la silla—. Comida de verdad, no las chucherías que tenías acumuladas.
—Gracias —murmuré, tomando la cuchara. Sentí el calor del caldo en el estómago y me di cuenta de lo débil que estaba.
Mateo se sentó frente a mí, apoyando los antebrazos en la mesa.
—Estaba pensando... deberías ir a ver a un especialista, Orson. Un psicólogo o un terapeuta. Te haría mucho bien para procesar y asumir esta separación con más facilidad.
Hice una mueca de rechazo de inmediato.
—No necesito un terapeuta. Sé perfectamente qué fue lo que hice mal.
—No se trata solo de saber qué hiciste mal, se trata de sanar —insistió él—. Piénsalo. Deberías aprovechar todo este tiempo para avanzar, no para retroceder. Prepárate, sé un mejor hombre. Demuéstrale a Elena que cambiaste y que puedes hacer las cosas bien.
Levanté la mirada, sorprendido.
—¿Tú crees que sea posible? —pregunté con un hilo de esperanza.
—Estoy seguro —asintió Mateo—. Pero tu crecimiento no tiene que ser solo para demostrarle algo a ella; tiene que ser por ti mismo, por tu propia paz y por tu hija. Y por favor, no vayas a olvidar ir a ver a Valeria solo porque estás ocupado lamentándote de haber perdido a una mujer a la que tú mismo despreciaste.
Sentí una punzada punzante en el pecho.
—No me lo recuerdes, por favor... —pedí, bajando la cabeza.
—Lo siento —respondió con tono suave pero serio—, pero es necesario que tengas plena conciencia de dónde estás parado para que no vuelvas a tropezar.
Me quedé en silencio procesando sus palabras. Mateo tenía razón. Quedarme tirado en el suelo no me devolvería nada; tenía que actuar.
Los meses siguientes fueron una prueba constante de disciplina. Decidí quedarme a vivir en la misma casa. Muchos me aconsejaron venderla o mudarme para "cerrar el ciclo", pero me negué rotundamente; prefería vivir rodeado de los recuerdos de Elena que irme a un lugar neutro. Sentía que si dejaba esta casa, perdería hasta el último vínculo que tuve con ella.
Le hice caso a Mateo y empecé a asistir a terapia dos veces por semana. Volví a mi oficina en la empresa, recuperé el control de mis proyectos y canalicé mi energía en trabajar de manera responsable.
Lo más importante eran los días de visita. Cada semana asistía puntualmente a la casa de Elena para ver a Valeria. Casi siempre, cuando yo llegaba, Elena ya no estaba en la residencia para evitar cruzarse conmigo o generar momentos incómodos. Aunque me dolía no verla, no protestaba: me conformaba plenamente con sostener a mi hija en brazos, juguetear con ella en el espacio asignado y llenarla del amor de un padre que finalmente había despertado.
Un sábado por la tarde, sostuve a Valeria junto al ventanal antes de dejarla de nuevo al cuidado de quien la atendía en esa casa. La contemplé en silencio, fijándome en cómo crecía semana a semana y en el enorme parecido que guardaba con su madre.
—Te amo, mi niña —le susurré al oído, besándole la mejilla antes de acostarla con delicadeza.
Caminé hacia mi auto bajo la lluvia ligera de la tarde. No sabía si algún día Elena volvería a mirarme con los ojos de antes, pero al menos sentía que estaba caminando en la dirección correcta.
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En el próximo capítulo ya tendremos un salto en el tiempo 🤧❤️🩹 espero que les haya gustado este maratón de hoy, se lo tenían merecido después de tanta espera. Leo sus comentarios :)