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54.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

54.

|Elena|

Revisé por última vez la carpeta de análisis financiero sobre mi escritorio, comprobando que las proyecciones para el siguiente trimestre estuvieran perfectamente consolidadas. Tras dos años en la compañía del señor Vance, mi esfuerzo me había permitido ascender hasta el puesto de Directora de Gestión Estratégica.

Era un cargo de alta responsabilidad, pero me brindaba la estabilidad y la independencia económica por las que tanto había luchado.

Cerré el expediente, me puse de pie y caminé hacia la oficina principal.

—Señor Vance, aquí tiene el informe de auditoría listo —dije, colocando la carpeta de cuero sobre su escritorio.

El señor Vance alzó la vista, acomodándose los anteojos mientras echaba un vistazo rápido al contenido. Sonrió con aprobación.

—Excelente trabajo como siempre, Elena. Impecable. Ya puedes retirarte por hoy, sé que tienes un compromiso importante.

—Muchas gracias, señor. Nos vemos el lunes —respondí con una sonrisa cordial.

Miré el reloj de pulsera: la tarde avanzaba rápido y debía llegar a casa cuanto antes para afinar los últimos detalles antes de que llegaran los invitados.

Salí del edificio corporativo, abordé mi auto y conduje a través de la ciudad hacia nuestra nueva residencia. Hace un año habíamos dejado la pequeña casa a la que llegamos tras el divorcio. Con los ingresos de mi cargo ejecutivo y los rendimientos de mis ahorros, había logrado comprar una propiedad más amplia en un vecindario residencial tranquilo.

Era un lugar espacioso, con un gran jardín donde Valeria podía correr libremente, habitaciones iluminadas y un ambiente cálido que se sentía verdaderamente nuestro.

Al cruzar la puerta, el aroma a pastel recién horneado me dio la bienvenida.

—¡Elena, ya llegaste! —exclamó la nana, saliendo de la cocina con un paño en las manos.

—Justo a tiempo, nana —dije, dejando el bolso y las llaves sobre la consola del recibidor—. ¿Cómo estuvo todo por aquí? ¿No estás cansada? Te dejé a cargo de todo.

—Para nada, mi niña —respondió con una sonrisa afectuosa—. Estuve terminando de hornear el pastel y acomodando la cocina. Pero mírate a ti, vienes del trabajo a todo prisa. Descansa un minuto.

—No hay tiempo para descansar —sonreí, quitándome el saco del traje para ponerme manos a la obra—. Hay que dejar todo listo, se está haciendo tarde.

Nos pusimos a trabajar en equipo de inmediato. Sacamos las cajas con las decoraciones que habíamos comprado la tarde anterior: guirnaldas en tonos pasteles, globos dorados y blancos, y un letrero grande con letras brillantes que enunciaba la celebración de los dos años de Valeria.

La nana se encargó de vestir las mesas en el jardín con manteles limpios y acomodar los bocadillos, mientras yo me dedicaba a inflar los globos y armar el arco decorativo en el porche.

El reloj del recibidor marcó las cinco y media de la tarde cuando la nana y yo colocamos el último tazón de fruta fresca en la mesa del jardín. El espacio lucía radiante: las guirnaldas rosa pastel flotaban suavemente con la brisa vespertina, los globos dorados marcaban el camino desde la entrada y la mesa de postres lucía impecable con el pastel casero justo en el centro.

—Terminamos a tiempo —comentó la nana, limpiándose las manos en el delantal con una sonrisa de satisfacción—. Todo quedó precioso. A Vale le encantará.

—No me queda duda. Muchísimas gracias por ayudarme tanto —respondí, mirando todo con el corazón lleno—. Voy a subir rápidamente a cambiarme antes de que empiecen a llegar.

Subí a la planta alta. Entré a mi recámara, abrí el armario y saqué el vestido que había seleccionado especialmente para esta tarde: un diseño sencillo de lino en tono rosa suave, ajustado en la cintura y con una caída fluida que llegaba justo por debajo de las rodillas. Valeria estaba fascinada con ese color, así que quise combinar con ella para su día especial.

Me maquillé de forma natural, me dejé el cabello suelto con ondas suaves y me puse unos pendientes dorados pequeños. Antes de salir de la recámara, pasé al cuarto de mi hija. Sobre la cama dejé cuidadosamente extendido su vestido de fiesta: un diseño de tul rosa con pequeños bordados de estrellas y una coronita ligera de tela a juego.

Al volver a mi habitación, tomé el teléfono de la mesita de noche y le redacté un mensaje breve a Orson:

"Ya está todo listo en la casa y los invitados están por llegar. Ya pueden regresar cuando gusten."

Presioné enviar y bajé las escaleras justo cuando el timbre de la entrada sonó por primera vez.

Al abrir la puerta, me encontré con mis primeros invitados. Eran colegas del área de finanzas de la empresa del señor Vance, quienes venían acompañados por sus parejas y sus hijos pequeños. Los saludé con un abrazo afectuoso y los guié hacia el jardín, donde la nana los recibió para ofrecerle bebidas frescas a los adultos y juguetes a los niños.

A los pocos minutos, el timbre volvió a sonar. Al abrir nuevamente, una enorme sonrisa se me dibujó en el rostro.

—Elena —saludó Julián con entusiasmo, abriendo los brazos para darme un abrazo cálido.

—Julián. Qué alegría que ya estén aquí —dije, correspondiendo el gesto con sinceridad.

Julián había llegado a la ciudad hacía una semana para asegurarse de no perderse el cumpleaños de la pequeña. A su lado estaba Beatriz, su novia desde hacía un año. Ella era una mujer encantadora, de carácter risueño y amable, a quien había conocido en una de las visitas de Julián y con quien mantenía una amistad lejana pero muy cordial a través de mensajes y llamadas ocasionales.

—Qué guapa estás, Elena. El rosa te sienta de maravilla —dijo Beatriz con calidez, acercándose para darme un beso en la mejilla.

—Gracias, Beatriz. Tú también te ves increíble —respondí, dándole espacio para entrar—. Pasen, por favor.

Julián sostenía en las manos una caja grande envuelta en papel brillante con un moño enorme.

—Traemos el regalo de la reina de la casa —dijo él guiñándome un ojo—. ¿Dónde está la cumpleañera?

—Orson la llevó a pasear por la mañana al nuevo parque de atracciones que inauguraron en la ciudad —expliqué mientras caminábamos hacia el jardín—. Le mandé mensaje hace un momento, así que no deben tardar en llegar.

—Nos parece excelente —comentó Beatriz, mirando el jardín con admiración—. ¡Elena, este lugar está hermoso! De verdad te luciste con la decoración.

—La nana y yo estuvimos toda la tarde en esto —admití entre risas—. Vengan, les presento a los demás.

Los acomodé en el área del porche, sirviéndoles copas de limonada fresca. Durante los siguientes veinte minutos, la casa se llenó del ambiente festivo propio de una reunión íntima: conversaciones amables, niños correteando por la hierba verde y risas compartidas.

De pronto, el sonido de un motor estacionándose en la acera atrajo la atención de todos.

—¡Ya llegaron! —anuncié con entusiasmo.

Caminé hacia la entrada principal y abrí la puerta justo cuando Orson cruzaba el pequeño caminito del jardín delantero. Venía vestido de manera casual con una camisa azul arremangada y pantalones oscuros.

En una de las manos sostenía una bolsa con juguetes que seguramente le había comprado en el parque, y en la otra llevaba un hermoso ramo de flores frescas en tonos blancos y rosados.

En sus brazos venía Valeria. La niña vestía una playera cómoda, pero traía puestas unas orejitas de ratón brillantes y sostenía un globo de helio amarrado a su muñeca.

—¡Sorpresa! —exclamamos los que estábamos cerca de la entrada.

La pequeña dio un respingo de asombro, abrió los ojos enormes y soltó una risueña risa al ver la casa llena de globos y gente.

—¡Mamá! —gritó, agitando las manitas en el aire con pura emoción.

—Feliz cumpleaños, mi amor —dije, acercándome para tomarla en brazos.

Valeria me rodeó el cuello con fuerza, dándome un beso en la mejilla antes de señalar hacia la calle con entusiasmo.

—¡Papá me llevó a los caballos que dan vueltas y me compré este globo gigante! —me contó de corrido, mostrándome orgullosa la cinta amarrada a su mano.

—¡Qué divertido! Te portaste muy bien, ¿verdad?

—¡Síp!

Orson sonrió al ver la emoción de la niña y me tendió el ramo.

—Se la pasó increíble todo el recorrido —dijo él—. Esto es para ti, Elena. Para la mamá de la festejada.

—Están hermosas. Muchas gracias —respondí, oliendo las flores antes de entregárselas a la nana que venía saliendo de la cocina—. Nana, ¿las pones en agua, por favor?

—Claro que sí, mi niña —asintió, llevándose el arreglo.

Bajé a Valeria al suelo y ella corrió de inmediato hacia el porche al ver a Julián.

—¡Tío Julián, mira mi globo! —canturreó, mostrándoselo con emoción.

—¡Pero qué cumpleañera tan hermosa! —dijo Julián, agachándose para darle un abrazo—. Mira el regalo que te trajimos Beatriz y yo.

—¡Es enorme! ¿Lo puedo abrir ya? —preguntó Valeria, mirando la caja brillante con los ojos abiertos de par en par.

—En un rato más, mi amor, cuando vayamos a partir el pastel —le respondí, acercándome a ella—. Ven, vamos arriba un momento a ponerte tu vestido de fiesta.

—¡Sí! ¡El vestido rosa! —chilló, tomándome de la mano.

Miré a Orson antes de subir.

—Pasa al jardín, ahí están los demás.

—Gracias —asintió él, caminando hacia el porche para reunirse con los invitados.

Subí con Valeria a mi habitación. Le quité la ropa del parque, le di un baño y le puse el vestido de tul rosa con la coronita de tela. En cuanto se vio en el espejo, se agarró la falda y empezó a dar vueltas sobre sí misma.

—¡Mira, mami, parezco una princesa de verdad! —dijo fascinada.

—Te ves hermosísima —le sonreí, dándole un beso en la frente antes de tomarla de la mano—. Vamos a jugar con los niños.

Al bajar al jardín, los niños la recibieron con gritos y aplausos. Valeria corrió directo al césped a unirse a los juegos, mientras la tarde transcurría entre pláticas, risas y el sonido de la música infantil de fondo.

|Orson|

La música del jardín se detuvo cuando el reloj marcó pasadas las ocho de la noche. Los colegas de la empresa de Elena fueron los primeros en marcharse, cargando a sus hijos adormilados hacia sus autos.

Me acerqué a la zona de juegos para buscar a Valeria. Estaba sentada en la hierba junto a su pequeña mesa de madera, con la corona de tela medio ladeada sobre la frente y los párpados pesados. El globo de helio seguía atado a su muñeca, flotando perezoso a un costado.

—Alguien se quedó sin batería —dije, agachándome frente a ella.

Valeria levantó la mirada despacio, restregándose los ojos con el puño cerrado.

—No tengo sueño, papá... solo estoy descansando los ojos —murmuró con la voz arrastrada, dejando caer la cabeza contra mi hombro en cuanto la levanté en brazos.

Me reí en voz baja mientras me la acomodaba contra el pecho. La cargué con cuidado para no aplastar el faldón de tul de su vestido y caminé hacia el interior de la casa.

En la entrada, Elena terminaba de despedir a Julián y a Beatriz en el porche.

Subí las escaleras y al entrar a su habitación, la recosté sobre la cama. Valeria soltó un suspiro profundo y se giró hacia la pared, murmurando algo incomprensible entre sueños.

—¿Qué dijiste, mi amor? —le pregunté, inclinándome para escucharla.

—El caballo rosa... corría muy rápido —musitó sin abrir los ojos, arrugando la nariz.

Sonreí, besándole la mejilla tibia y acomodándole la cobija sobre los hombros.

—Descansa, mi princesa —le susurré al oído antes de salir del cuarto en penumbras, dejando la puerta entreabierta.

Al bajar los escalones, encontré a la nana Soledad juntando los platos vacíos y los vasos de cristal de la mesa del recibidor para llevarlos a la cocina.

—Deje eso ahí, nana, yo me encargo de llevar lo pesado —dije, tomándole la bandeja de las manos.

—Ay, señor Orson, no se preocupe, entre Elena y yo lo resolvemos en un momento —protestó la mujer con amabilidad.

—Para nada, déjeme ayudarles. Ya hicieron bastante en todo el día.

Entré a la cocina y dejé la bandeja sobre la isla. Elena estaba junto a la tarja, guardando en recipientes de plástico los sobrantes del pastel y algunos bocadillos. Se había quitado las zapatillas y caminaba descalza sobre la baldosa fría, con el cabello recogido en un broche improvisado.

Durante los minutos siguientes, los tres nos dedicamos a limpiar. Llevé las sillas plegables del jardín al depósito de la entrada, junté los globos desinflados y limpié las mesas exteriores mientras ellas terminaban con la vajilla.

—Bueno, yo me retiro a mi recámara —anunció la nana Soledad, secándose las manos con un trapo—. Ya dejé la cafetera lista para mañana. Descansen.

—Gracias por todo, nana, hasta mañana —dijo Elena.

—Buenas noches, nana —me despedí.

Cuando la puerta del pasillo se cerró tras sus pasos, el espacio quedó sumido en un silencio sereno, interrumpido únicamente por el zumbido suave del refrigerador.

Me quedé de pie junto a la barra de madera, observando a Elena mientras acomodaba un par de copas en la alacena. Con la luz cálida de la cocina dándole de lleno, me resultaba imposible no fijarme en lo bien que le sentaba el paso del tiempo.

Tenía una postura distinta, más madura, y un brillo en la mirada que la hacía lucir especialmente hermosa.

Elena abrió un vino tinto que había quedado a la mitad sobre la encimera, sirvió un poco en una copa y me miró desde el otro lado de la isla.

—¿Quieres? —ofreció, sosteniendo la botella en el aire.

—Claro —respondí, acercándome más a la barra.

Sirvió el líquido oscuro en una segunda copa y me la tendió sobre la superficie de granito. Tomé un sorbo lento mientras ella apoyaba los codos en la barra, exhalando un largo suspiro de cansancio.

—Valeria disfrutó mucho su día —comentó con una sonrisa suave, mirando hacia la copa—. Dios, dos años ya.

—Crece demasiado rápido —comenté—. A veces me cuesta creerlo.

—Sí, pero es una niña sana y alegre, eso es lo importante.

Nos quedamos unos segundos en silencio, disfrutando del vino en una atmósfera tranquila.

—Oye, escuché algo afuera mientras platicaban —mencioné, rompiendo el estancamiento de la conversación—. ¿Es verdad que Julián se va a casar?

Elena soltó una pequeña risa y asintió con la cabeza.

—Sí, es verdad. Me lo contó hace unos días cuando llegó a la ciudad. Le va a pedir matrimonio a Beatriz el mes que viene durante un viaje que tienen planeado a la playa.

—Se le ve muy convencido —comenté—. Y algo inquieto.

—Está aterrorizado —reveló con cierta diversión en la voz—. Quiere que todo salga perfecto. La quiere muchísimo, pero los nervios de la propuesta lo tienen al borde de un ataque.

—Bueno, no lo culpo —reí—. Yo también estaría aterrorizado si estuviera en su lugar.

Ella me miró por encima del borde de su copa, manteniendo la expresión serena, y luego desvió su atención.

—¿Y Mateo? —preguntó con curiosidad—. Tengo tiempo de no saber de él. Pensé que vendría contigo hoy.

Dejé salir una leve sonrisa y negué con la cabeza.

—Ese hombre no sienta cabeza —respondí—. Está de viaje en Italia desde la semana pasada con su nueva conquista.

Elena sonrió de lado, negando suavemente.

—Algunas cosas no cambian.

La vi vaciar la copa de un trago y servirse un poco más. Se estaba embriagando; la conocía demasiado bien. Tenía la punta de la nariz enrojecida y empezó a hipar de forma suave.

—Y… ¿cómo te fue en tu cita de ayer? —rompí el silencio.

Elena me miró con el ceño fruncido.

—¿Tú cómo sabes de eso? —cuestionó.

—Un pajarito me contó —desvié la mirada.

—¿Me estás siguiendo?

—No —mentí—. Pero los chismes vuelan. Los empleados del señor Vance parecen periódico matutino.

Se echó a reír y le dio otro sorbo a su vino. Meses atrás, Vance me había invitado a colaborar con él, así que al pasarme de vez en cuando por las instalaciones donde ella trabajaba, terminaba enterándome de una que otra cosa. Como esa cita, por ejemplo. Y no tuve más remedio que ir a comprobarlo por mí mismo.

Tampoco iba a negar que me revolvió las tripas verla con alguien más, pero hasta el momento lograba disimularlo bastante bien.

No tenía derecho a reclamarle ni a meterme en su vida privada; en terapia había aprendido a no exigirle nada a una mujer libre ni a ahogarla con interrogatorios. Si ella quería contarme algo, bien; si prefería guardárselo, también. Más de un año de sesiones me ayudaron a sobrellevar la separación sin tanto dolor, aunque eso no significaba que me la hubiera sacado del corazón.

Tampoco era esa la idea.

—En realidad, mis amigas me organizaron todo —explicó entre un hipo—. Me dio pena decir que no, estaban muy entusiasmadas.

—¿Y?

—¿Y qué? —me miró sin entender.

—¿Qué tal te pareció?

Se tomó unos segundos para pensar. Apreté sutilmente la copa con la mano, temiendo lo que fuera a decir. No tenía idea de cuál era su prototipo de hombre ahora, y el sujeto era atractivo y elegante.

—Era simpático —dijo al fin—. Me dejó su tarjeta.

—Ah —asentí.

—Pero no sé ni dónde la dejé —se rascó la cabeza—. Sinceramente no me gusta hacer las cosas presionada, así que dudo que haya una segunda vez.

Un leve aliento de alivio me recorrió el pecho, aunque procuré que no se me notara en la cara.

La plática continuó durante varios minutos sobre temas del trabajo y asuntos sin importancia, hasta que la botella de vino llegó a su fin. Y no fui precisamente yo quien se la terminó.

—Ya fue suficiente —la reprendí cuando hizo ademán de ir por otra—. Es tardísimo. ¿Por qué no vas a descansar? Mañana trabajas.

—En realidad tengo el día libre… —bostezó, arrastrando las palabras—. Lo pasaré con Valeria.

—¿Puedo acompañarlas?

Se encogió de hombros sin darle mayor importancia y empezó a cabecear por el cansancio. El alcohol nunca fue su fuerte, lo sabía de sobra, y aun así le gustaba arriesgarse.

—A la cama —dije, levantándola en brazos.

No se quejó; al contrario, soltó una pequeña risa y un hipito mientras apoyaba la cabeza en mi hombro.

Subí las escaleras con ella y la acomodé con cuidado sobre su cama. No me parecía buena idea que durmiera con ese vestido, pero tampoco iba a desvestirla sin su consentimiento, así que me limité a arroparla bien entre las sábanas.

—Es muy tarde… —murmuró sin abrir los ojos—. Quédate en la habitación de invitados.

—¿De verdad puedo?

—Mmm… A Valeria le va a encantar verte aquí en la mañana.

—De acuerdo, me quedo. Duérmete ya.

Esperé a que su respiración se volviera profunda y tranquila, pero no me marché de inmediato. Me quedé a su lado observándola descansar, acariciándole la mejilla para apartarle un par de mechones sueltos del rostro.

Me costaba trabajo procesar que ya habían pasado dos años desde la separación. En este tiempo jamás tocamos el tema de una posible reconciliación, pero Elena tampoco me mantuvo al margen como al principio.

Los primeros meses tras el divorcio fueron devastadores; me evitaba a toda costa y prácticamente no nos veíamos. Con el tiempo, y gracias a Valeria, esa pared se fue desmoronando. Mis visitas se volvieron regulares y ella comenzó a recibir sin reservas cualquier gesto o detalle de mi parte.

No lo hacía con la intención calculada de que me abriera las puertas de su vida de nuevo, simplemente me nacía. Con el paso de los meses, la cercanía se dio de forma tan natural que empezó a permitir que me quedara a dormir ocasionalmente: en fechas especiales para la niña o cuando la hora se me pasaba de largo.

Aun así, varias dudas me rondaban la cabeza a diario: ¿seguía sintiendo algo por mí en lo más profundo de su corazón? ¿Me permitiría dar un paso más si me atrevía a intentarlo? Aunque supe de algunas citas, jamás la vi formalizar con nadie.

¿Estaría lista para una relación o le temía a tropezar de nuevo? Era un pensamiento constante en mis noches.

—Buenas noches —le susurré, besándole la frente antes de salir y cerrar la puerta sin hacer ruido.

Caminé a la habitación de invitados, abrí el closet donde ya tenía guardadas algunas prendas de dormir, limpias y dobladas. Me tomé un baño rápido, me cambié y me metí entre las cobijas con la mirada fija en el techo, empezando a planear a dónde las llevaría a pasear al día siguiente.