55.
|Elena|El sol atravesaba los resquicios de las persianas cuando abrí los ojos. Me quedé unos segundos inmóvil en la cama, sintiendo una leve pesadez en las sienes por las copas de vino de la noche anterior. El silencio de la planta alta se interrumpió por el murmullo bajo de la televisión encendida abajo y un aroma tibio a mantequilla y café recién colado que subía por el pasillo.
Me puse una bata ligera, me recogí el cabello con un broche y bajé las escaleras despacio.
Al doblar hacia la cocina, me detuve en el marco de la puerta. Orson estaba descalzo, vistiendo únicamente un pantalón cómodo y una camiseta blanca, con las mangas enrolladas. Tenía la espalda apoyada contra el borde de la estufa mientras revisaba la sartén. A su lado, la nana Soledad terminaba de pelar unas fresas sobre la barra.
Valeria, instalada en su silla alta con un pijama de monitos puesto, arrastraba un crayón azul sobre un folio de papel con concentración.
—¡Mami! —exclamó la niña al levantar la cabeza, agitando el crayón en el aire—. ¡Mira, papá me hizo un panqueque que parece una cara!
—Buenos días —dijo Orson. Se giró sin prisa, sosteniendo la espátula en una mano. Me recorrió con la mirada un segundo antes de señalar con la cabeza hacia el extremo de la isla—. Te serví café. Todavía está caliente.
—Buenos días… —murmuré, acercándome a la barra para tomar la taza. El humo suave que subía del cristal me dio de lleno en la cara—. Veo que madrugaron bastante.
—El señor Orson bajó antes de las siete —comentó la nana con una sonrisa mientras acomodaba el plato de fruta frente a la niña—. Nos pusimos a organizar el desayuno mientras te despertabas.
—No quería que la mañana se nos fuera volando —añadió Orson, sirviendo el último panqueque en un plato amplio antes de apagar el fuego. Se acercó a la isla, dejó la fuente en el centro y se sirvió un vaso de agua—. Es mejor si salimos temprano.
—¡Sí! ¡A los patos! —interrumpió Valeria, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Y a ver los juguetes gigantes que me dijiste, papá!
—A los dos lugares vamos a ir, pero primero te terminas la fruta —le respondió él, agachándose a su altura para acomodarle el babero.
Se movía por mi cocina con una familiaridad que no debería sentirse tan natural después de tanto tiempo. Sin embargo, no había aspereza entre nosotros.
Desayunamos los tres en la barra, compartiendo espacio entre el parloteo incesante de Valeria sobre sus dibujos y el sonido de los cubiertos contra la porcelana.
Cuando Orson se inclinaba para limpiarle la barbilla a la niña o para pasarme la jarra de leche, el aroma fresco de su jabón de afeitar llenaba el espacio entre nosotros. No me decía nada fuera de lugar, pero cada vez que me alcanzaba algo, sus dedos rozaban los míos con una deliberación pausada que me obligaba a mantener la atención fija en mi plato.
Terminado el desayuno, la nana se encargó de recoger la mesa mientras yo subía a vestir a la niña. Le puse una jardinera de mezclilla y una playera cómoda, y me cambié con un pantalón claro y un suéter delgado. Cuando bajamos, Orson ya nos esperaba en el recibidor, guardando una botella de agua en su mochila de mano.
Salimos en su auto. El trayecto hasta el parque del lago tomó unos veinte minutos. El sol de la mañana estaba limpio y la brisa que venía del agua mantenía el ambiente fresco.
Caminamos por el sendero pavimentado que rodeaba la orilla. Valeria iba en medio, tomando una de mis manos y una de las de Orson, dando pequeños saltos cada vez que los dos la balanceábamos ligeramente en el aire.
Al llegar al pequeño embarcadero de madera, Orson se acercó a un puesto de madera y compró una bolsa con granos de alimento para aves. Se arrodilló sobre las maderas del muelle, llamando a los patos que nadaban cerca con un chasquido suave de la lengua.
—Ven, Valeria, despacio —le dijo, sosteniéndola por la cintura para que no se inclinara demasiado sobre la orilla—. Pon la mano plana, así, para que no te den un picotazo.
La niña obedeció, conteniendo el aliento de la emoción mientras un pato de cuello verde se acercaba a comer directamente de su palma. Orson la mantenía firme contra su pecho, rodeándola con los brazos, y me miró por encima del hombro de la niña. La luz del sol le daba de lleno en los ojos, resaltando las arrugas finas que se le formaban en las esquinas cuando sonreía de verdad.
—Mira, mami, ¡no muerde! —chilló Valeria sin mover la mano.
—Lo veo, mi amor, eres muy valiente —le contesté, apoyándome contra el barandal de madera.
Orson no retiró la vista de mí. Mantuvo la mano apoyada en la espalda de la niña, pero su mirada se quedó fija en mi cara, recorriendo las facciones de mi rostro con una lentitud que me erizó los brazos a pesar del suéter. No había prisa en su forma de mirarme; era una atención total, tranquila y persistente. Me llevé las manos a los bolsillos para disimular la inquietud y desvié la cabeza hacia el agua.
Paseamos casi dos horas por el parque hasta que el sol empezó a apretar. Valeria empezaba a arrastrar los pies, fatigada de tanto correr tras las palomas, así que Orson la cargó en sus hombros para dirigirnos al centro comercial cercano donde pensábamos almorzar y hacer algunas compras.
El lugar estaba concurrido a esa hora de la tarde. Entramos a una tienda departamental grande de dos pisos. Mientras caminábamos por los pasillos, Valeria se deslumbró con la zona infantil, así que nos detuvimos junto a un recinto cercado donde una supervisora del establecimiento organizaba dinámicas de modelado de plastilina para los niños.
—¿Quieres quedarte un ratito a jugar ahí? —le preguntó Orson, bajándola de sus hombros.
—¡Sí! ¡Quiero hacer un perro amarillo! —pidió nuestra hija, corriendo hacia la mesita donde otros niños trabajaban.
Nos quedamos junto a la valla de madera observándola un momento mientras la encargada le entregaba sus materiales.
—Voy a aprovechar para buscar un vestido para la cena de la junta directiva de la próxima semana —le dije a Orson, señalando la sección de damas que quedaba a unos pocos metros de la zona de juegos, perfectamente visible desde allí.
—Te acompaño —asintió él, cruzándose de brazos mientras me seguía entre los percheros.
Pasé los dedos por varias telas hasta dar con un diseño de seda pesada en color verde oliva, de corte recto y espalda descubierta. Me pareció elegante. Tomé la prenda y me dirigí hacia la hilera de vestidores de madera al fondo del pasillo.
—Entra, yo me quedo aquí afuera echando un ojo a la niña y esperando —dijo Orson, recostándose contra el marco de la entrada del área de probadores.
Ingresé al cubículo, colgué el vestido y me desvestí. Me pasé la seda verde por la cabeza y deslicé la tela sobre mi cuerpo. Caía a la perfección, pero cuando llevé las manos hacia atrás para subir la cremallera invisible que comenzaba en la cadera, el carril de metal se atascó a la altura de la cintura.
Intenté jalarlo con suavidad, luego con un poco más de fuerza, pero la tela del forro se había metido en los dientes del cierre.
—Maldita sea… —murmuré, frustrada.
Asomé la cabeza entre las cortinas del vestidor. Orson estaba de pie a un par de metros, de espaldas a mí, mirando hacia donde Valeria jugaba con la plastilina.
—Orson —lo llamé en voz baja.
Se giró de inmediato y caminó hacia mí.
—¿Qué pasó? ¿No te quedó?
—Se atoró el cierre atrás y no alcanzo a destrabarlo sin jalar la seda —expliqué, sujetándome la parte delantera del vestido contra el pecho—. ¿Me ayudas un segundo?
Sin decir nada, Orson empujó la cortina y dio un paso hacia el interior del probador. El espacio era reducido, diseñado apenas para una persona frente a un espejo de cuerpo entero. La cortina volvió a caer detrás de él, dejándonos a los dos encerrados bajo la luz cálida del foco superior.
Se colocó a mi espalda. Sentí el cambio de temperatura inmediato en la piel de los hombros y el cuello, que habían quedado al descubierto.
—Déjame ver —dijo. Su voz sonó más grave en ese espacio cerrado.
Levantó las manos. Sus dedos estaban templados cuando tocaron el borde del escote en mi espalda. Un temblor involuntario me recorrió la espina dorsal en cuanto su pulgar rozó mi piel desnuda. Sostuve el aliento, mirando nuestro reflejo en el espejo de enfrente.
Orson sujetó la tela con la mano izquierda para darle firmeza y con la derecha empezó a manipular el pequeño carril de metal. Estaba extremadamente cerca; podía sentir la tibieza de su pecho rozando la parte posterior de mis hombros con cada movimiento que hacía.
—Está bien metida la tela —murmuró, concentrado. Sus nudillos me rozaron la cintura una y otra vez mientras trabajaba en el atasco—. No te muevas.
—No me muevo —respondí en un hilo de voz, fija en la imagen del espejo.
Él tenía la mirada puesta en mi espalda, pero al cabo de unos segundos, alzó los ojos y se encontró con los míos a través del cristal. Ninguno de los dos pestañeó. La presión de sus dedos sobre mi cintura se volvió más firme, ya no para sostener la seda, sino por inercia. Despacito, el cierre cedió con un chasquido suave y subió sin interrupciones hasta la nuca.
Sin embargo, Orson no retiró las manos. Dejó las palmas apoyadas en la parte alta de mis hombros, aprisionándome suavemente. Inclinó la cabeza hacia adelante hasta que su frente rozó mi cabello.
—Te ves increíble, Elena —susurró cerca de mi oreja.
El corazón me dio un vuelco violento. Me giré despacio sobre mis talones para encararlo dentro del probador. Quedamos a escasos centímetros. La respiración de Orson era pausada, pesada, y sus ojos oscuros bajaron lentamente de mi mirada hacia mis labios. El aire entre los dos se volvió tan denso que la necesidad de dar un paso atrás o cortar la distancia se convirtió en una lucha física.
—¡Papá! ¡Mira mi perro! —el grito de Valeria desde la cerca de juegos cruzó la tienda con claridad.
El sonido nos cayó como un jarro de agua fría. Me pegué de inmediato contra la pared del vestidor, acomodándome la tela sobre el pecho con las manos frías.
—Tengo que... quitarme esto —dije, tratando de que la voz no me temblara.
Orson tragó saliva, dio un paso atrás, abrió la cortina y salió sin agregar una sola palabra.
Tardé un par de minutos en cambiarme. Salí con el vestido colgado en el brazo, pagué en la caja con el pulso todavía alterado y nos fuimos al restaurante de la terraza para almorzar.
Nos acomodaron en una mesa redonda junto al ventanal que daba a la plaza central. Valeria se instaló feliz a comer sus papas fritas y a dibujar en las hojas que la casa ofrecía para los niños. A los pocos minutos, una mesera joven se acercó a nuestra mesa con la carta.
—Buenas tardes, ¿qué les puedo ofrecer? —preguntó la chica.
Desde el primer segundo, la atención de la joven se centró de forma evidente en Orson. Le dirigía sonrisas amplias, mantenía el cuerpo inclinado hacia su lado de la mesa y modulaba la voz cada vez que le hablaba a él.
—Para el caballero, ¿tenemos alguna preferencia con el término de la carne? —dijo, mirándolo directamente a los ojos mientras anotaba en su libreta.
—Término medio, por favor. Y un agua con gas —respondió Orson de manera totalmente neutra, sin alzar la vista del menú infantil que le estaba explicando a Valeria.
La chica tomó mi orden de prisa y sin el mismo entusiasmo, pero durante el resto de la comida volvió a la mesa tres veces bajo pretextos absurdos: cambiar el cenicero decorativo, ofrecer más servilletas y preguntar si la bebida de Orson estaba a la temperatura adecuada.
Él no le daba entrada, pero tampoco parecía inmutarse; estaba acostumbrado a llamar la atención sin hacer el menor esfuerzo. A mí, en cambio, una molestia amarga comenzó a asentárseme en la base del estómago con cada visita de la empleada.
Cuando terminamos de comer, pedí la cuenta. La mesera regresó a los pocos minutos y colocó la carpeta de cuero negra en la mesa, deslizándola exactamente frente a las manos de Orson.
—Aquí tiene, señor. Que tenga una excelente tarde —dijo con una voz suave, dedicándole una última mirada antes de dar media vuelta.
Miré la carpeta. En la esquina superior del boleto de consumo, sobresalía un trozo de papel blanco donde se leía claramente un nombre anotado en pluma azul junto a diez dígitos y un corazón dibujado al final.
Una ráfaga de calor me subió directo a las mejillas. Antes de que Orson pudiera mover un solo dedo hacia la mesa, tomé la libreta con brusquedad, saqué mi tarjeta de crédito de la cartera, la tiré sobre el ticket y doblé el papel del número en dos, aplastándolo con la palma de la mano.
Orson se me quedó viendo. Recargó los antebrazos sobre la mesa, entrelazó los dedos y alzó una ceja. Una chispa de burla calculada se le encendió en la mirada.
—¿Pasa algo con la nota? —preguntó en tono bajo.
—Nada —respondí con la mandíbula apretada, manteniendo la mano firme sobre el papel doblado—. Solo me molesta la falta de profesionalismo. Este es un restaurante, no un lugar para andar dejando recados personales.
—Entiendo —dijo él, inclinándose un poco más hacia mí por encima de la mesa. Valeria estaba ocupada intentando meter una papa frita en la boca de un muñeco en el otro extremo—. Aunque el recado no era para ti, Elena.
Le sostuve la mirada, irritada por su tono pausado y por la torpeza de mi propia reacción, que no había logrado esconder a tiempo.
—Me da igual para quién fuera —reproché con frialdad, cruzándome de brazos—. Simplemente me parece de mal gusto.
Orson no respondió, pero una sonrisa de medio lado le transformó el rostro. Se quedó observándome en silencio durante todo el tiempo que tardó el cobrador en procesar el pago, disfrutando visiblemente de mi malestar. Sabía que la escena lo había divertido y, lo que era peor, sabía que a mí me ardía por dentro la sola idea de que cualquier mujer asumiera que él estaba disponible.
Nos levantamos de la mesa y caminamos hacia la salida. Mientras Orson llevaba a Valeria de la mano y nos dirigíamos al estacionamiento, no pude evitar recriminarme mentalmente la falta de control. Habían pasado dos años, teníamos una vida resuelta y dividida, pero la sola presencia de ese hombre en mi rutina diaria seguía teniendo el poder de desordenarme por completo.