56.
|Orson|Llevábamos casi dos horas revisando los ajustes del presupuesto para la nueva fase de expansión. Al estar colaborando de manera externa con la firma del señor Vance, mi agenda se cruzaba con la de Elena al menos dos veces por semana, un arreglo que, al principio, ambos abordamos con cautela, pero que con los meses se había vuelto parte de nuestra rutina.
Elena estaba de pie al frente, proyectando unas gráficas financieras. Traía un traje sastre en tono beige que le estilizaba la figura y el cabello recogido en una coleta baja. Su voz sonaba firme, precisa, con ese dominio que siempre lograba concentrar la atención de todos en la mesa.
A su lado estaba Gabriel, uno de los analistas sénior de su departamento. Cada vez que Elena terminaba una idea, él se inclinaba hacia ella para murmurarle algo al oído o señalarle un punto en su carpeta, manteniendo una cercanía física que me revolvía el estómago.
—Si ajustamos el margen operativo en esta división, no afectaremos la liquidez del trimestre —explicó Elena, haciendo una pausa para mirar a la mesa.
—Coincido totalmente con Elena —intervino Gabriel, dedicándole una sonrisa abierta mientras le acomodaba un folio en la mesa—. Lo revisamos ayer por la tarde y los números encajan perfectos.
Apreté el bolígrafo con fuerza entre los dedos. No me pasó desapercibido el gesto ni la manera en que él la miraba. En terapia había aprendido a no buscar fantasmas donde no los había, pero ver a otro hombre orbitando tan cerca de ella me despertaba un instinto posesivo que me costaba horrores controlar.
Al terminar la reunión, los asistentes comenzaron a recoger sus laptops y carpetas. Caminé hacia el extremo de la mesa donde Elena guardaba sus documentos.
—Buen trabajo con la exposición —le dije, manteniendo la voz neutra.
—Gracias —respondió sin alzar la vista, concentrada en cerrar su maletín.
En ese momento, Gabriel se acercó a nosotros, colocándose justo al lado de ella.
—Elena, saliendo de aquí voy a revisar el informe que me pediste. Si quieres, te lo llevo a tu oficina más tarde y pedimos algo de comer allá para avanzar.
Sentí cómo la mandíbula se me tensaba de inmediato. Elena alzó la mirada hacia él y le regaló una sonrisa amable.
—Te lo agradezco, Gabriel, pero hoy salgo temprano. Llévalo a mi escritorio y lo reviso mañana a primera hora.
—De acuerdo, quedamos así entonces —asintió el tipo, rozándole el hombro con la mano de manera afectuosa antes de retirarse.
Me quedé rígido en mi lugar, fijando los ojos en el punto donde él la había tocado. Elena notó mi postura y me miró con una ceja sutilmente alzada, en silencio.
Antes de que pudiera decir una sola palabra, Mariana, una de las arquitectas del equipo de proyectos que llevaba meses intentando entablar conversación conmigo más allá del trabajo, se acercó a la mesa. Traía su maletín al hombro y una sonrisa coqueta.
—Orson, qué buena reunión —dijo Mariana, colocándose de frente a mí—. Oye, un par de compañeros y yo vamos a ir a cenar a un restaurante de pastas cerca del centro comercial. Me acordé de que dijiste que te gustaba la comida italiana. ¿Por qué no vienes con nosotros?
Iba a declinar la invitación de inmediato; no tenía ningún interés en salir a cenar con la gente de la oficina. Sin embargo, al desviar la mirada hacia Elena, vi que nos estaba observando atentamente mientras cerraba el broche de su maletín.
Un impulso infantil e irracional me dominó. Quería ver su reacción, quería saber si a ella le pesaba lo mismo que a mí me había pesado ver a Gabriel a su lado.
—Me parece una excelente idea, Mariana —respondí, asegurándome de que mi voz sonara clara y afable—. Me vendría muy bien una buena cena hoy. Vamos.
Le sostuve la vista a Elena esperando encontrar un destello de molestia o un gesto de celos similar al del restaurante días atrás. Pero Elena no se inmutó. Me miró fijamente durante dos segundos con una indiferencia absoluta, se acomodó el maletín bajo el brazo y caminó hacia la salida de la sala de juntas.
—Nos vemos mañana, Orson —dijo al pasar por nuestro lado, con una voz helada y profesional, sin detener su paso.
Ver su total desapego me cayó como un balde de agua fría. Me sentí como un idiota. Había caído en mi propio juego y ahora estaba atado a un compromiso que no deseaba en absoluto.
Unas horas después, me encontraba sentado en una mesa de la terraza de una trattoria con Mariana. Para mi mala suerte, los otros dos compañeros de la oficina cancelaron a última hora por carga de trabajo, dejándome a solas con ella.
El ambiente era agradable, pero yo no podía concentrarme. Escuchaba a Mariana hablar sobre sus proyectos y sus viajes mientras jugaba con el tallo de mi copa de vino, sintiendo una culpa pesada en el pecho por estar ahí por las razones equivocadas.
—Y bueno, por eso prefiero diseñar espacios abiertos... —explicaba Mariana sonriendo—. Pero cuéntame tú, Orson, casi no hablas de tus pasatiempos.
—Suelo ser bastante tranquilo... —empecé a decir, buscando una excusa cortés para irme temprano.
En ese preciso instante, el teléfono celular me vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó con una llamada entrante de FaceTime.
Elena.
El corazón me dio un brinco. Le pedí disculpas a Mariana con un gesto rápido de la mano y contesté la videollamada de inmediato.
—¿Elena? ¿Pasa algo?
La imagen se aclaró en la pantalla. Elena estaba en la cocina de su casa, vistiendo una playera cómoda y con el cabello despeinado. Detrás de ella, Valeria estaba sentada en la isla con un berrinche de aquellos, con los mofletes rojos y las mejillas manchadas de lágrimas.
—Orson, necesito que hables con tu hija —dijo Elena de entrada, con la voz visiblemente alterada y una mano en la cadera. Se le notaba agotada y bastante molesta.
—¡Papá! ¡Quiero a papá! —gritaba Valeria al fondo, estirando las manitas hacia la pantalla en cuanto escuchó mi voz.
—¿Qué tiene, Elena? ¿Está bien? —pregunté preocupado.
—No quiere cenar la sopa que le hizo la nana porque dice que tú le prometiste helado de fresa —explicó Elena, clavándome la mirada a través de la cámara con evidente irritación—. Llevo media hora intentando que coma y no hay forma. Está encaprichada en que quiere que tú se lo traigas.
—Papá, trae helado de fresa. Por favor, papá —suplicó mi pequeña en la pantalla, sorbiéndose las lágrimas.
—Mi amor, cálmate —le dije a Valeria con tono suave, sintiendo que se me derretía el pecho al verla así—. Papá está en una reunión de trabajo.
Elena acercó la cámara a su cara para que solo yo la escuchara, apretando los labios.
—Pues dile a tu "reunión" que tu hija no va a comer hasta que estés aquí con lo prometido. Y hazlo rápido, Orson, porque estoy perdiendo la paciencia.
Elena sabía perfectamente que no estaba en una reunión de trabajo común. El ruido de fondo del restaurante y la copa de vino en mi mesa me delataban. Su tono era helado, distante, pero la firmeza con la que me exigía resolver el problema de nuestra hija me dejó en claro que no me la iba a pasar fácil.
—Pásame a la niña, Elena —pedí.
Elena le enfocó la cara a Valeria.
—A ver, Valeria, mírame —le dije a la pequeña—. Si te comes tres cucharadas de la sopa que te hizo la nana, mañana por la tarde voy por ti y te llevo por ese helado de fresa. ¿Trato hecho?
La niña se limpió las lágrimas con el puño de la manga, mirando la pantalla con desconfianza.
—¿Papas también? —preguntó hipando.
—Papas también —asentí sonriendo—. Pero tienes que portarte bien con mamá y comerte la cena ahorita.
—Está bien... —murmuró la pequeña, rindiéndose.
Elena volvió a tomar el teléfono. Me miró a través de la pantalla con los ojos entrecerrados y una tensión palpable que traspasaba la línea.
—Ya escuchaste. Mañana te espero, no llegues tarde.
—Ahí estaré, Elena. Que descansen.
Sin decir más, Elena cortó la llamada.
Me quedé mirando la pantalla negra del teléfono durante unos segundos. Me pasé la mano por el rostro sintiéndome tonto por esta metida de pata. Me giré hacia Mariana, quien me observaba en silencio con curiosidad.
—Mariana, lo siento mucho —dije sacando la billetera para dejar dinero suficiente sobre la mesa—. Surgió un asunto familiar urgente con mi hija y tengo que retirarme de inmediato.
—No te preocupes, Orson... entiendo —respondió ella, un poco desconcertada.
—Gracias por la compañía. Nos vemos mañana en la oficina.
Salí del restaurante a paso rápido hacia mi auto. Al subirme y encender el motor, me quedé unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante, mirando hacia la calle iluminada. La llamada no solo me había librado de una cena incómoda a la que nunca debí aceptar ir, sino que me daba la excusa perfecta para ir directo hacia donde realmente quería estar.
Busqué una heladería abierta cerca de la zona y compré un bote helado de fresa, además de una bolsa de papas fritas en un autoservicio cercano. Coloqué las cosas en el asiento del copiloto y arranqué hacia la casa de Elena.
En menos de quince minutos estacioné el auto en la acera de su residencia. La luz del salón principal y de la cocina seguían encendidas. Caminé hacia la entrada, subí los dos escalones del porche y toqué el timbre con suavidad para no alterar la tranquilidad de la noche.
Escuché pasos apresurados desde el interior. La puerta se abrió despacio y Elena apareció al frente. Traía una playera holgada de algodón, el cabello recogido de forma improvisada y una expresión de franca sorpresa al verme parado ahí.
—¿Orson? —preguntó, frunciendo el ceño mientras cruzaba los brazos sobre el pecho—. ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en tu cena.
—Se canceló —dije, alzando la bolsa de papel que traía en la mano—. Dijiste que la niña quería helado y papas fritas. Cumplo lo que prometo.
Elena se me quedó viendo, evaluándome desde el marco de la puerta. Sus ojos recorrieron mi rostro buscando alguna grieta en la excusa, pero después se hizo a un lado.
—Pasa —murmuró, cerrando la puerta a mis espaldas—. Valeria ya se terminó la sopa, pero sigue despierta arriba.
—Bien.
—Voy a guardar el helado en el congelador —dijo ella, tomándome la bolsa de las manos. Al hacerlo, sus dedos rozaron los míos de forma inevitable, y ambos nos quedamos inmóviles un instante antes de que ella diera un paso atrás.
—Sube a verla un momento —añadió, dándome la espalda para caminar hacia la cocina—. Pero no la desveles más de la cuenta.
La observé alejarse por el pasillo, notando cómo su serenidad impostada se tambaleaba apenas un poco con mi presencia inesperada. Con una sonrisa ligera que no pude disimular, me giré y subí las escaleras para ver a mi hija.
|Elena|Caminé de un lado a otro por la cocina, sirviéndome dos bolas de helado de fresa en un tazón pequeño mientras me maldecía mentalmente en todos los idiomas posibles. Todavía no podía creer la estupidez que había hecho. Usar el berrinche de Valeria como pretexto para hacerle esa videollamada a Orson era caer demasiado bajo, pero el estómago se me revolvía desde que los vi salir juntos de la oficina.
Desde que puse un pie en la casa no pude estar tranquila. Me la pasé rondando entre el recibidor y la cocina, preguntándome qué estarían haciendo. ¿A Orson le gustaban ese tipo de mujeres? Mariana era ruidosa, extravagante y coqueta sin ningún tipo de filtro. Todo lo contrario a mí.
Se me venían a la cabeza mil preguntas absurdas que no me dejaban respirar. ¿Cómo les habría ido? ¿De qué estarían hablando? ¿Se habrían besado ya al salir del restaurante? Al menos me quedaba el consuelo amargo de que no se había quedado con ella toda la noche; apareció en mi puerta apenas quince minutos después de mi llamada.
No creí que eso pasaría.
Apreté la cuchara de metal entre los dedos. En las pocas citas que yo había tenido en estos dos años, la cosa no pasaba de una charla respetuosa, una cena tranquila y un intercambio de números que terminaba en la nada. No iba a más.
Pero Mariana era diferente; era una mujer lanzada, desinhibida, segura de sí misma. Con un hombre como Orson al lado, no dudaría ni un segundo en comérselo vivo si le daba la más mínima oportunidad.
Traté de razonar conmigo misma.
Era perfectamente normal si Orson tenía una vida romántica y sexual activa, ¿no? Estaba soltero, era un hombre libre. Jamás lo había visto en citas ni me enteré de que tuviera parejas en este tiempo, ¿pero y si lo mantenía en secreto para no afectar a la niña o para no generar incomodidades?
No, Orson no era de los que escondían las cosas, iba de frente. Aun así, pensar en él acostándose con otra me producía una punzada visceral de malestar en el pecho que no lograba apagar con nada.
Me llevé una cucharada grande de helado a la boca, buscando enfriar la cabeza, cuando una voz sonó a mis espaldas.
—¿En qué tanto piensas?
El susto me hizo dar un brinco. El helado se me atoró en la garganta y solté una tos ahogada, llevándome la mano al pecho mientras trataba de recuperar el aire.
—¡Dios santo, Orson! —exclamé con la voz rasposa, limpiándome la comisura de los labios con una servilleta—. Casi me matas del susto. No pienso... en nada.
Él estaba apoyado contra el marco de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y esa mirada atenta que me analizaba cada movimiento.
—Perdón, no quise asustarte —dijo, dando un par de pasos hacia la isla—. Valeria ya se durmió. Bastaron unos cuantos mimos para que se quedara rendida.
—Vaya, qué fácil —murmuré, dando un pequeño sorbo a un vaso de agua para pasar el mal trago.
Me apoyé contra la barra, tratando de adoptar una postura relajada y totalmente casual, aunque el pulso me iba a mil por hora. Miré el bote de helado sobre la barra y luego lo miré a él.
—Y... ¿qué tal estuvo la cena? —pregunté, intentando que la voz me sonara desinteresada—. Supongo que la interrumpí en el mejor momento.
Orson me observó en silencio un segundo. Una sombra de diversión cruzó por sus ojos antes de responder.
—Estuvo bien —dijo—. El lugar era agradable. Mariana es una mujer muy entretenida, no paró de hablar en todo el tiempo.
Sentí que la sangre se me subía a las mejillas. Apreté la cuchara dentro del tazón con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
—Ah, qué bien —asentí, desviando la mirada hacia la ventana de la cocina y soltando una risita falsa—. Qué bueno que te la hayas pasado tan divertido. Mariana es... muy expresiva.
—Sí, bastante —continuó él, dando un paso más hacia mí—. Estábamos a mitad de una conversación muy interesante sobre sus viajes cuando sonó tu llamada.
Tragué grueso, sintiendo que la rabia me quemaba la garganta. Intenté mantener la cara neutral, pero la mandíbula apretada me delataba por completo.
—Lamento haber sido un estorbo para tus planes románticos —solté con una ironía que no pude contener.
Orson cortó la distancia que nos separaba, recargando los codos sobre la isla para quedar justo frente a mí. Me miró fijamente, con una sonrisa ladina
—Elena... ¿estás enojada?
—¿Enojada yo? —alcé la voz un tono más alto de lo normal, cruzándome de brazos bruscamente—. ¿Por qué tendría que estar enojada? Haz lo que quieras con tu vida, Orson. A mí me da exactamente igual.
—No parece que te dé igual —musitó él en voz baja, sin quitarme los ojos de encima.
—Pues te equivocas —reproché, dando media vuelta para dejar el tazón en la tarja, incapaz de sostenerle la mirada un segundo más sin terminar explotando—. Buenas noches. Si quieres quédate o vete, lo que quieras.
Después me fui apurada a mi habitación para que mi cara no me siguiera delatando.
—"Mariana es una mujer muy entretenida" —repetí sus palabras con una mueca de fastidio mientras me metía en la cama—. Como si me importara.
Genial, no pude pegar el ojo en toda la noche.