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57.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

57.

|Orson|

Estacioné el auto frente a la reja negra de la casa de mi familia. Apagué el motor y me quedé un momento en silencio, escuchando el leve golpeteo de la lluvia fina contra el parabrisas. Habían pasado varios meses desde la última vez que pisé esta propiedad. Durante mi proceso de terapia y los cambios que había hecho en mi vida, descubrí que necesitaba mantener cierta distancia con mi madre y mi hermana.

Era vital para mí encontrar mi propio equilibrio sin la constante influencia de las dinámicas familiares del pasado. Sin embargo, nunca faltaba a los eventos verdaderamente importantes. Y esa noche era la cena por el cumpleaños número cincuenta de mi madre.

Tomé la botella de vino que había comprado y caminé por el sendero de piedra hasta la puerta principal. Antes de que pudiera sacar mis llaves, la puerta se abrió.

—¡Orson! —exclamó Olivia, mi hermana, recibiéndome con un abrazo apretado—. Qué bueno que ya llegaste, la carne casi está lista.

—Huele muy bien desde afuera —dije, devolviéndole el abrazo y entregándole la botella mientras entrábamos al recibidor.

Mi madre salió de la cocina secándose las manos con un paño de tela. Llevaba un vestido elegante y el cabello perfectamente arreglado. Se le iluminó el rostro al verme y caminó rápido para abrazarme.

—Feliz cumpleaños, mamá —le dije, besándole la mejilla.

—Gracias, hijo —respondió. Al separarse, su mirada se desvió instintivamente hacia la puerta abierta a mis espaldas, buscando algo más en la oscuridad del porche. Al ver que yo venía solo, sus hombros cayeron un poco y una sombra de decepción le cruzó los ojos—. No vinieron...

Suspiré, cerrando la puerta.

—Conoces su posición, madre —le respondí—. No la voy a presionar para que venga a un lugar donde no se siente lista para estar.

Ella bajó la mirada hacia el paño en sus manos, triste.

—Lo sé, lo sé... es solo que tenía la esperanza. Solo he visto a Elena y a la niña un par de veces en estos dos años, Orson. Y de lejos. Pensé que tal vez, por ser mi cumpleaños, harían una excepción.

Sentí una punzada de culpa, pero me mantuve en mi sitio. Le había enviado un mensaje a Elena el miércoles pasado mencionando la cena y extendiéndole la invitación de manera casual, pero el mensaje se quedó sin respuesta. Asumí que, al igual que el año pasado, ella prefería mantenerse al margen, lo cual respetaba por completo.

—Vamos al comedor —interrumpió Olivia, notando la tensión y tratando de aligerar el ambiente—. La mesa ya está puesta y la comida se va a enfriar.

Asentí y seguí a las dos hacia el comedor. La mesa larga de caoba estaba impecablemente decorada con velas, copas de cristal y una vajilla fina. Me quité el saco, lo colgué en el respaldo de mi silla y me dispuse a sentarme cuando el timbre de la casa resonó fuerte por todo el pasillo.

Olivia y mi madre se miraron extrañadas.

—¿Esperaban a alguien más? —pregunté.

—No —negó mamá, frunciendo el ceño—. Todos los tíos vienen hasta mañana al almuerzo.

—Yo abro —dije, dándome la vuelta hacia el recibidor.

Caminé por el pasillo, quité el seguro y abrí la pesada puerta de madera. Me quedé helado.

En el umbral, bajo la luz cálida de la lámpara del porche, estaba Elena. Llevaba un abrigo color camello abierto sobre un vestido azul marino de corte sencillo pero elegante y el cabello suelto. De su mano derecha, bien abrigada con un suéter de punto y un moño en el cabello, estaba Valeria.

—Hola —dijo Elena, con una sonrisa ligera y totalmente natural—. Había mucho tráfico en la autopista, siento la tardanza.

Me quedé sin palabras. Mis ojos fueron de ella a la niña y luego de nuevo a su rostro. Creí que no vendría. Estaba cien por ciento seguro de que pasaría la noche en su casa.

—¡Papá! —exclamó Valeria, soltando la mano de su madre para abrazarse a mi pierna.

Ese grito me sacó del trance. Me agaché de inmediato para cargar a mi hija, besándole la mejilla fría por la brisa, y miré a Elena, aún procesando que estuviera parada en la puerta de mi familia.

—No... no es ninguna tardanza —logré articular, haciéndome a un lado—. Pasen, por favor. Hace frío afuera.

Elena entró, quitándose el abrigo. La guie hacia el comedor. Cuando cruzamos el arco, mi madre y mi hermana, que estaban a punto de servir el vino, se quedaron petrificadas junto a la mesa.

Olivia dejó la botella sobre la madera. Mamá se llevó una mano al pecho, abriendo los ojos de par en par sin disimular su impresión.

Elena no titubeó. Sin un gramo de incomodidad o de postura defensiva, caminó directamente hacia mi madre. Llevaba una pequeña bolsa de regalo en la mano.

—Feliz cumpleaños, señora Victoria —dijo, ofreciéndole una sonrisa cálida y genuina—. Espero que esté teniendo una noche muy bonita. Le trajimos este detalle.

Mi madre parpadeó varias veces, intentando contener las lágrimas que se le acumularon en los ojos en cuestión de segundos. Tomó la bolsa con las manos temblorosas.

—Elena... —murmuró, con la voz rota por la emoción—. Qué sorpresa tan hermosa. De verdad... no sabes lo feliz que me hace verlas aquí.

—Hola, Olivia —saludó Elena a mi hermana, girándose hacia ella con la misma tranquilidad.

—Hola, Elena. Qué gusto verte, en serio —respondió ella, acercándose para darle un abrazo breve.

Me acerqué con Valeria en brazos. La niña miraba a las dos mujeres con curiosidad, jugando con el cuello de mi camisa.

—Mira, mi amor —le susurré, acercándola a mi madre—. Ella es la abuela Victoria.

Mi madre se secó una lágrima rebelde con rapidez y le sonrió a la niña, acercándose con delicadeza para no asustarla.

—Hola, pequeña preciosa. Eres igualita a tu mamá —susurró mi madre.

—Hola —respondió Valeria con su vocecita aguda, escondiendo un poco la cara en mi cuello, pero mirándola de reojo—. Hoy vi un pato.

Las tres soltaron una pequeña risa. El hielo se rompió por completo y yo también me reí.

—Vamos a sentarnos —indiqué.

Le aparté una silla a Elena a mi lado derecho y acomodé a Valeria en medio de los dos, apilando un par de cojines gruesos que Olivia trajo del sofá para que la niña alcanzara la mesa.

Mi hermana sirvió el vino, mi madre empezó a pasar los platos con la carne y las guarniciones, y la conversación fluyó de una manera que yo jamás habría imaginado.

No hubo tensiones, no hubo comentarios con doble sentido ni miradas de reproche. La regla silenciosa que todos adoptamos en ese mismo instante fue el respeto por el presente; nadie hizo la menor mención al pasado, al divorcio o a los años de distanciamiento. Todo quedó enterrado bajo el tintineo de los cubiertos.

—Y cuéntame, Elena, ¿cómo van las cosas en la empresa del señor Vance? —preguntó Olivia, pasándole la panera—. Orson nos comentó hace poco que ahora eres la Directora de Gestión Estratégica. Qué gran logro.

Elena tomó un trozo de pan y le sonrió.

—Ha sido un reto enorme, la verdad —respondió, dándole un sorbo a su copa de vino tinto—. Las proyecciones de este año fueron pesadas y me ha tocado viajar a un par de congresos, pero tengo un equipo de trabajo excelente. Es un puesto que exige mucho, pero me siento muy satisfecha.

—Siempre fuiste muy inteligente para los números. No me sorprende que Vance te haya dado ese puesto —comentó mi madre desde la cabecera, cortando un pedazo de carne. Luego miró a Valeria, que estaba concentrada intentando pinchar un chícharo con su tenedor de plástico—. Y me imagino que balancear el trabajo con esta muñeca no debe ser fácil.

—Tengo a la nana Soledad, que es un ángel y me ayuda muchísimo —explicó Elena—. Y bueno, Orson también ha sido un gran apoyo. Se queda con ella los fines de semana y me cubre cuando tengo que quedarme hasta tarde en la oficina. Hacemos un buen equipo con los horarios.

Escucharla decir eso frente a mi familia, validando mi presencia en la vida de nuestra hija y dándome ese lugar de respeto, me apretó la garganta.

No había rastro de aquella mujer herida o insegura de los primeros meses de la ruptura. Estaba plantada en su propio poder, dueña de sí misma, y el hecho de que hubiera cruzado esa puerta hoy demostraba que ya no guardaba rencor, que los fantasmas de nuestra historia ya no le hacían daño.

La cena transcurrió entre anécdotas ligeras de Olivia sobre su trabajo en la galería de arte, comentarios sobre el clima y las risas que nos sacaba Valeria con sus ocurrencias. Mi madre no podía quitarle los ojos de encima a su nieta. Cada vez que la niña decía una palabra nueva o señalaba algo, a ella se le iluminaba el rostro de una forma que hacía años no veía.

A mitad de la cena, Valeria dejó caer su tenedor al piso. Me agaché al mismo tiempo que Elena para recogerlo bajo la mesa. Nuestras manos se rozaron sobre la alfombra. Sus dedos rozaron mi muñeca.

Nos incorporamos rápidamente. Elena se acomodó el cabello detrás de la oreja. Aproveché que mi madre y mi hermana estaban entretenidas sirviendo el postre en la cocina para acercarme un poco a ella.

—Creí que no ibas a venir —le murmuré en voz baja, rozando mi brazo con el suyo sobre el mantel.

Elena giró la cabeza y me miró a los ojos.

—Vi tu mensaje —respondió en el mismo tono bajo, con una pequeña chispa de diversión—. Pensé en contestar, pero luego decidí que era mejor aparecer y ya. Quería ver tu cara.

—Casi me matas de un infarto cuando abrí la puerta —admití, sin poder evitar sonreír.

Ella se rio suavemente.

—Es el cumpleaños de tu mamá, Orson. Han pasado dos años... era hora de que Valeria conviviera con su abuela en un día así.

—Gracias —le dije, mirándola con total sinceridad—. De verdad. Significa mucho para mi madre, y también para mí.

Elena sostuvo mi mirada por un segundo largo. La tensión sutil, esa electricidad que siempre aparecía cuando estábamos cerca, se instaló entre nosotros con fuerza. Ella parpadeó primero, bajó la vista hacia su copa y se limitó a asentir con la cabeza antes de girarse para ayudar a Olivia a acomodar los platos de pastel.

Después del postre, Valeria empezó a restregarse los ojos con los puños, señal inequívoca de que estaba llegando a su límite de energía.

—Mira, mi vida —dijo mi madre, levantándose de la cabecera—. En la sala tengo guardada una caja de madera con unos juguetes musicales que eran de tu papá cuando era niño. ¿Quieres que vayamos a verlos?

Valeria asintió despacio y estiró los brazos hacia mi madre. Ella la cargó con delicadeza y caminó hacia la sala. Mi hermana también las siguió, dejándonos a Elena y a mí completamente solos en el comedor.

El silencio se sintió distinto sin el ruido de fondo. Elena se recargó en el respaldo de su silla, cruzó una pierna sobre la otra y exhaló un suspiro largo, relajando por fin los hombros.

—Sobrevivimos —dijo, dándole un último trago a su vino.

—Lo hiciste excelente —respondí, apoyando el antebrazo en la mesa para girarme hacia ella—. Mi madre estaba aterrorizada de decir algo incorrecto, pero la hiciste sentir muy cómoda.

—Victoria es una buena mujer. Tuvimos nuestros desacuerdos en el pasado, pero nunca me faltó al respeto de frente —explicó—. Además, no vine a pelear ni a desenterrar nada. Vine a que tuvieran una cena de cumpleaños en paz. No quiero que nuestra hija mañana o pasado me pregunte por qué nunca le permití estar con su familia paterna, debe permanecer siempre en este ambiente sano.

—Sí, tienes razón.

La observé detenidamente. El tono de la luz del comedor resaltaba las facciones de su rostro. Me costaba mucho trabajo reprimir el impulso de estirar la mano y tocarle la mejilla, de acercarme más. Mi instinto natural era buscarla, pero mi razón, moldeada por meses de terapia, me obligaba a respetar su espacio y sus ritmos.

—Tú has cambiado mucho —comentó de pronto.

—¿A qué te refieres?

—No sé cómo explicarlo con palabras, simplemente... Lo veo.

—He estado trabajando mucho en mí mismo. En entender por qué huía de tantas cosas y por qué destruí las que sí valían la pena —confesé—. No ha sido un proceso fácil, pero sé perfectamente dónde estoy parado ahora. Y sé qué es lo que quiero.

El aire entre nosotros se volvió denso, estático. Ella dejó la copa sobre la mesa, sin apartar los ojos de los míos. Pude ver cómo su respiración se volvía un poco más superficial, cómo sus pupilas se dilataron apenas una fracción. Sabía que entendía el mensaje implícito en mis palabras. Sabía que me refería a ella.

Estábamos a punto de decir algo más, a un segundo de romper esa barrera invisible, cuando la risa de Valeria resonó fuerte desde la sala, seguida por la voz de mi madre aplaudiendo.

Elena parpadeó rápido, como si saliera de un trance, y apartó la vista hacia la entrada del comedor, aclarándose la garganta.

—Debería ir a buscarla —dijo con la voz ligeramente inestable, levantándose de la silla con prisa—. Ya es tarde y si se pasa de su hora de sueño, mañana va a estar insoportable.

Asentí, poniéndome de pie también, dándole el espacio que claramente necesitaba para recomponerse.

—Te acompaño.

Caminamos hacia la sala. Elena se despidió de Olivia y de mi madre con la misma calidez con la que llegó. Después la acompañé hasta su auto, que estaba estacionado justo detrás del mío. Le abrí la puerta trasera para que acomodara a la niña en su silla de seguridad. Valeria ya iba medio dormida, aferrada a una pequeña caja musical que mamá le había regalado.

—Conduce con cuidado. Avísame cuando lleguen, por favor —le pedí.

—Lo haré —asintió ella. Sacó las llaves de su abrigo, pero dudó un segundo. Me miró una vez más, con una expresión indescifrable en el rostro—. Buenas noches, Orson.

—Buenas noches, Elena.