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58.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

58.

|Elena|

El dolor me despertó mucho antes de que sonara la alarma. Era un calambre sordo, pesado y constante que se originaba en la parte baja de mi vientre y se irradiaba hacia la zona lumbar, como si me estuvieran retorciendo por dentro. Me hice un ovillo bajo las sábanas, apretando los ojos con fuerza.

Siempre había sido así. Desde que tenía memoria, la llegada de mi periodo me agonizaba. Mi cuerpo retenía líquidos hasta hacerme sentir hinchada y torpe, los cólicos me doblaban y la temperatura me subía lo suficiente como para dejarme temblando bajo las cobijas con una sensación febril que me drenaba toda la energía.

Hasta el día de hoy, ningún médico me había dado una explicación exacta del porqué mis síntomas eran tan severos; simplemente era mi cruz de cada mes.

No quería levantarme. No podía.

Unos toques suaves en la puerta de madera rompieron el silencio de la habitación. Tragué saliva, intentando aclarar mi garganta reseca.

—Adelante —murmuré con un hilo de voz.

La puerta se abrió despacio. Orson asomó la cabeza y, al verme hecha un ovillo en el centro de la cama, entró cerrando a sus espaldas. Llevaba unos jeans oscuros y un suéter gris de cuello alto que le daba un aire relajado. En las manos sostenía un par de bolsas de una tienda infantil.

—¿Todo bien? —preguntó, acercándose a los pies de la cama con el ceño ligeramente fruncido—. Vine a traerle algunas cosas que le compré a Valeria y no te vi abajo. La nana me dijo que no has bajado a desayunar.

Saqué apenas el rostro por encima del edredón. Sentía las mejillas calientes y los ojos pesados. Lo miré con cansancio.

—Llegó mi periodo —dije, sin ánimos de dar más explicaciones.

—Ah —fue lo único que dijo.

No necesitaba que le explicara nada más. A pesar de todo el tiempo que estuvimos distanciados, Orson conocía mi cuerpo a la perfección. Sabía exactamente lo que significaba que mi regla hubiera llegado, conocía la retención de líquidos, los dolores insoportables en la espalda baja, los picos de fiebre y el hecho de que prefería quedarme en la cama todo un día porque hasta la luz me molestaba.

Dejó las bolsas sobre el sillón de la esquina y sacó su teléfono del bolsillo.

—Hablaré con el señor Vance y le diré que estarás indispuesta hoy —anunció, marcando un número.

—No tienes que... yo puedo enviarle un correo... —intenté protestar, pero una punzada aguda en el vientre me hizo cerrar los ojos con fuerza.

—Yo me encargo. Descansa un momento —dijo él, saliendo de la habitación para no hacer ruido con la llamada.

Solté un suspiro largo y me dejé hundir en la almohada, agradecida de no tener que lidiar con la oficina hoy.

Unos quince minutos después, la puerta volvió a abrirse. Orson entró cargando una bandeja de madera. Olía a té de manzanilla, pan tostado y fruta picada. Caminó hasta mi lado, colocó la bandeja sobre la mesa de noche y encendió la lámpara pequeña con luz cálida para no lastimarme los ojos.

—Vamos, tienes que comer algo para que puedas tomarte esto —me instó, mostrándome una pastilla para la fiebre y el dolor.

Me incorporé con mucha dificultad, apoyando la espalda contra la cabecera. Orson no me apresuró. Me acercó la taza de té humeante y esperó pacientemente a que le diera un par de mordiscos al pan tostado. Cuando terminé, me dio la pastilla con un vaso de agua.

En lugar de marcharse, tomó la bandeja vacía, la dejó a un lado y sacó de debajo de su brazo una compresa de gel térmico que había calentado.

—Acuéstate de lado —me indicó con voz suave.

Obedecí en silencio, dándole la espalda. Orson levantó apenas el borde de mi camiseta y colocó la compresa caliente justo sobre mi zona lumbar. El alivio fue casi inmediato; el calor penetró en mis músculos tensos y solté un gemido de descanso que no pude contener.

Sentí el colchón hundirse a mis espaldas. Orson se sentó en el borde de la cama, a la altura de mis piernas. Puso sus manos grandes y cálidas sobre mis pantorrillas y comenzó a amasar los músculos con una presión firme y constante, bajando hasta mis tobillos, que estaban visiblemente hinchados por la retención de líquidos.

—Yo me encargo de Valeria hoy —murmuró, mientras sus pulgares frotaban el arco de mis pies—. La mantendré distraída abajo o en el jardín para que no suba, vea que estás en cama y se preocupe. Tú solo dedícate a descansar.

—Gracias —susurré, cerrando los ojos mientras sus manos subían de nuevo por mis piernas, aliviando la pesadez que sentía en las extremidades.

Pasó todo el día así. Entraba cada par de horas para cambiar la compresa caliente, asegurarse de que estuviera hidratada o simplemente para revisarme la temperatura con el dorso de la mano contra mi frente.

Cayó la tarde. La luz de la ventana se volvió naranja y la lluvia empezó a golpear los cristales. Me sentía mucho mejor; la fiebre había bajado y el cólico era solo una molestia lejana.

La puerta se abrió una vez más. Orson entró, iluminado apenas por la luz de la lámpara de noche. Se acercó a la cama y se sentó en el mismo lugar de antes, cerca de mi cintura. Yo estaba acostada boca arriba, mirándolo.

—Valeria está viendo una película con Soledad. Se quedó medio dormida en el sofá —informó.

—Gracias —susurré—. Y también por cuidarme todo el día. No tenías por qué cancelar tus cosas para quedarte aquí.

—Eres mi prioridad.

La habitación estaba en penumbras. Orson estiró la mano y me apartó un mechón de cabello húmedo por el sudor que se me había quedado pegado a la frente. El roce de sus dedos contra mi piel no fue un toque rápido y clínico como los de la mañana. Fue lento. Deliberado. Sus nudillos trazaron la línea de mi pómulo y bajaron hasta mi mandíbula.

El aire en la habitación cambió y la respiración se me atoró en la garganta. Me sostuvo la mirada en medio del silencio, con esos ojos azulados y profundos que parecían leer cada uno de mis pensamientos. Sus dedos rozaron mi labio inferior, apenas una caricia que mandó una descarga eléctrica directo a mi estómago.

Orson se inclinó hacia mí. Sus labios rozaron los míos con suavidad, casi como si estuviera pidiendo permiso. Fue un beso lento, pausado, un roce húmedo y tibio que me hizo cerrar los ojos y exhalar un suspiro tembloroso. En lugar de apartarme, levanté una mano y la apoyé en su pecho, sintiendo el latido fuerte y acelerado de su corazón bajo la tela del suéter.

Ese simple contacto fue todo lo que necesitó.

La delicadeza se esfumó en un segundo. Orson dejó escapar un gruñido bajo desde el fondo de la garganta, me tomó del rostro con ambas manos y me besó de verdad. Sus labios se abrieron sobre los míos tan urgentes que me dejó sin aire, le respondí abriendo la boca para recibirlo, enredando mis dedos en el cuello de su suéter para jalarlo más cerca.

La pasión que habíamos mantenido contenida a base de diplomacia y límites durante dos largos años estalló sin previo aviso. Orson subió una rodilla a la cama, desplazando su peso hasta quedar prácticamente encima de mí, aprisionándome contra el colchón sin lastimarme. Una de sus manos bajó por mi cuello, trazando mi clavícula, mientras la otra se hundió con fuerza en mi cabello, enredando sus dedos en mis mechones y tirando de ellos hacia atrás lo suficiente para inclinar mi cabeza y profundizar el beso.

Nuestras lenguas se encontraron en una fricción ansiosa, húmeda y desesperada. Gemí contra su boca cuando su mano apretó mi cintura, acercando la cadera a la mía, haciéndome sentir el calor de su cuerpo y la dureza de su pene. El mundo entero desapareció. Solo existía el sabor de su boca, la fuerza de su agarre en mi nuca y el calor abrasador que me subía por la espina dorsal.

Entonces, un zumbido agudo y persistente rompió la burbuja.

El teléfono de Orson, que había dejado sobre la mesa de noche al sentarse, empezó a vibrar ruidosamente contra la madera, iluminando la habitación.

Orson se quedó paralizado. Se separó de mis labios con la respiración pesada y entrecortada, apoyando la frente contra la mía. Tenía los ojos cerrados, la mandíbula tensa y el pecho subiendo y bajando con violencia. Ninguno de los dos quería moverse.

Pero el maldito teléfono seguía vibrando.

Lentamente, Orson soltó mi cabello, se apoyó sobre un codo y estiró la mano para tomar el aparato. Al hacerlo, la luz de la pantalla iluminó el espacio entre nosotros. No pude evitar que mi mirada cayera sobre el cristal.

Mariana.

El nombre brillaba en letras blancas sobre el fondo oscuro.

Un pinchazo helado, agudo y despiadado, me atravesó el centro del pecho. Toda la fiebre, toda la excitación y todo el calor que me había envuelto hacía un segundo se congelaron de inmediato.

¿Ellos seguían saliendo? ¿Después de aquella noche en el restaurante de pastas, la cosa no había quedado ahí? Nunca le había preguntado para no ser entrometida, para no cruzar la línea de su vida privada, pero ver su nombre en la pantalla, llamándolo a estas horas de la noche, fue como recibir un golpe directo al estómago.

Orson miró la pantalla, frunció el ceño, deslizó el dedo y rechazó la llamada. Apagó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesa, intentando volver a mirarme.

Pero la magia se había roto.

—Lo siento —dijo él, aclarándose la garganta—. Teníamos una reunión programada con ella para hoy por un proyecto del corporativo. Me debió estar buscando para eso.

Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta. Me acomodé la camiseta y me deslicé un poco hacia arriba en la cabecera.

—¿La has cancelado por mí? —le pregunté—. No debiste hacer eso, Orson. Era tu trabajo.

—Tenía que cuidarte, Elena. El proyecto puede esperar a mañana —respondió, notando de inmediato el cambio en mi actitud. Se sentó derecho en la cama.

Desvié la mirada hacia las sábanas, jugueteando con un hilo suelto. La inseguridad me carcomía por dentro y, aunque sabía que no debía abrir esa puerta, las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera frenarlas.

—Y tú... —empecé—. ¿Estás saliendo con ella todavía?

Orson alzó una ceja.

—¿Por qué quieres saber eso? —indagó, evaluando mi rostro.

—Es mera curiosidad —mentí, alzando un hombro—. Trabajamos en el mismo círculo, tarde o temprano la gente comenta. Solo quiero saber.

Orson de rio bajo. Negó con la cabeza, pasándose una mano por el cabello desordenado.

—No, Elena. No estoy saliendo con ella —dijo mirándome a los ojos—. Pero... me pidió que fuera su acompañante para la gala de caridad de la empresa este domingo.

—¿Qué? —la palabra salió disparada de mis labios con sequedad.

Orson suspiró, frotándose la nuca con cierta incomodidad.

—Mariana se me acercó primero hace unos días, pidiéndome ser su compañero para la mesa del equipo de arquitectos. Y bueno... no vi ningún problema en aceptar. Es un evento de trabajo, al final de cuentas.

La gala de este domingo. El evento corporativo más importante del año en la firma del señor Vance. Había comprado el maldito vestido verde de seda pensando en la remota posibilidad de caminar por ese salón con Orson a mi lado. Incluso había pensado en insinuárselo, en usar la buena racha que llevábamos para invitarlo. Pero Mariana se me había adelantado, y él había aceptado.

Apreté los dientes, forzando una sonrisa ligera y desprovista de emoción.

—Ah, sí... está bien —dije, acomodándome la cobija sobre las piernas, evitando su mirada—. No te preocupes. Haces bien en ir acompañado. Yo también ya tengo quien me acompañe, de todas formas.

Orson se tensó de inmediato. El rastro de diversión que tenía en el rostro desapareció por completo, reemplazado por una seriedad sombría.

—¿Ah, sí? —preguntó, bajando el tono de voz hasta volverlo cortante—. ¿Quién?

—Gabriel —mentí—. Él me invitó también, hace unos días. Pensaba ir sola, pero... creo que le aceptaré la invitación.

La mandíbula de Orson hizo un pequeño chasquido al apretarse. Pude ver cómo los músculos de su cuello se marcaban por la tensión.

—Entiendo —dijo finalmente, poniéndose de pie con movimientos rígidos—. Bueno. Será una noche interesante, entonces.

—Sí, eso parece —murmuré, cerrando los ojos y dejándome caer de nuevo contra la almohada—. Quiero dormir un rato más, Orson. Sigo cansada.

Él se quedó callado unos segundos. Luego, se inclinó sobre mí, tomó el borde del edredón y me arropó con la misma delicadeza con la que me había cuidado todo el día, tapándome hasta los hombros.

—De acuerdo. Descansa —susurró, con un tono indescifrable.

Escuché sus pasos alejarse, el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose con suavidad. Cuando el clic de la cerradura resonó en la habitación, abrí los ojos en la oscuridad, sintiendo un nudo pesado e insoportable en el estómago.

Me abracé a mí misma por debajo de las cobijas, con el sabor de su boca todavía vivo en mis labios. Me dolía el pecho de una forma distinta al dolor físico del día, aunque sabía que no tenía ningún derecho de sentirme así.