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6.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

6.

|Elena|

El satén blanco del vestido pesaba sobre mi cuerpo igual que una armadura de plomo. Me miré al espejo de mi habitación, contemplando el reflejo de una desconocida. El diseño era un corte clásico, sobrio y cerrado hasta el cuello; una elección personal de mi padre para proyectar la imagen de una novia pulcra y tradicional ante la sociedad. No poseía un solo detalle de lo que yo alguna vez imaginé para mi boda. No había ilusión, solo la fría mano de la conveniencia.

—Le queda perfecto, señorita Elena —murmuró Marta, la empleada doméstica que me ayudaba a abotonar la espalda. Su voz sonaba baja, cargada de una lástima que me revolvía el estómago.

—Gracias, Marta. Puedes dejarme sola un momento, por favor —pedí, forzando una calma que no sentía.

Cuando la puerta se cerró, me llevé las manos al vientre, todavía plano. Ahí dentro, ajeno a la tormenta que se desataba afuera, latía el motivo de todo este desastre. Un error nacido de una noche confusa, una copa adulterada que yo desconocía, y un anhelo secreto que me había nublado el juicio. Ahora, las consecuencias cobraban un precio demasiado alto.

El trayecto en el automóvil de mi padre se transformó en una tortura de minutos lentos. El silencio en el habitáculo era denso, asfixiante. A través de la ventana, las calles de la ciudad desfilaban borrosas. Sentía náuseas, y no eran los síntomas propios de la gestación, sino el terror puro a lo que me esperaba al final del camino.

Me casaba con el hombre que amaba desde la adolescencia, pero en sus ojos ya no habría nunca espacio para el afecto, solo un rencor eterno.

—Sostén la barbilla en alto, Elena —dictaminó mi padre, rompiendo el mutismo justo cuando el vehículo se detuvo frente a la escalinata del templo—. Esto es una transacción de alto nivel. La prensa y los competidores están ahí fuera. Ningún gesto de debilidad.

Al bajar del auto, el ruido exterior me golpeó. No se permitieron periodistas en el interior, pero el ambiente dentro de la enorme iglesia de piedra se sentía igual de hostil. Me aferré al brazo de mi padre, sintiendo que mis piernas flaqueaban bajo las capas de tela. Al abrirse las puertas principales, el rumor de los asistentes cesó, sustituido por una oleada de murmullos y cuchicheos que se extendió por los bancos.

Las miradas me perforaban la piel. La aristocracia y el mundo corporativo de la ciudad se congregaban allí, devorándonos con los ojos.

La verdad oculta del embarazo no había salido a la luz, por lo que todos se preguntarán: ¿Desde cuándo Orson Bottomer y la hija de su rival más encarnizado mantenían un amorío en secreto? Para el público, esto parecía una tregua inverosímil o una alianza sospechosa.

Caminé por el pasillo central intentando fijar la vista al frente. En el banco delantero derecho estaba la familia de Orson. Su madre, Victoria, me dedicó una inspección desprovista de la menor empatía, mientras su hermana Olivia desviaba el rostro con desdén.

Orson esperaba junto al altar, impecable en su traje oscuro. Su postura era rígida, imponente. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí un escalofrío helado. No había rastro de la urgencia de aquella noche en el club; sus ojos de hielo me tasaron con un desprecio tan absoluto que me costó seguir avanzando.

Mi padre me entregó sin pronunciar palabra, limitándose a estrechar la mano de Orson en un gesto puramente protocolario, una firma silenciosa de su victoria. Me coloqué a su lado, percibiendo el sutil aroma a sándalo que desprendía, el mismo que me había trastornado semanas atrás, pero que ahora se sentía como una condena.

El sacerdote dio inicio a la ceremonia. Las palabras sobre el matrimonio, la fidelidad y el apoyo mutuo sonaban vacías, casi como una burla cruel en medio de ese altar sagrado. Respondí a los votos mecánicamente, con un hilo de voz, mientras Orson pronunciaba los suyos carente de cualquier emoción.

Llegó el intercambio de sortijas. Su mano, grande y fría, tomó la mía con brusquedad para deslizar el metal en mi dedo. Cuando el clérigo pronunció la frase ritual que nos unía como esposos y autorizó el beso, Orson se inclinó despacio hacia mí. Pensé que sería un roce fingido, pero sus dedos atraparon mi nuca, obligándome a levantar el rostro.

Se acercó a mi oído, y su aliento caliente me quemó la piel antes de pronunciar una amenaza susurrada:

—Bienvenida a mi infierno, Elena.

Acto seguido, sus labios impactaron contra los míos. No hubo ternura. Fue un beso rudo, deliberadamente doloroso, una muestra de fuerza que me lastimó el labio inferior antes de separarse bruscamente. Nadie en el público notó la agresión; para los hipócritas que llenaban los bancos, aquello fue el sello de un romance inesperado.

La salida del templo y los breves minutos de felicitaciones posteriores se sintieron como una representación teatral de mal gusto. Socios comerciales, conocidos de la alta sociedad y parientes lejanos se acercaban a estrechar nuestras manos, pronunciando deseos de prosperidad que me sabían a ceniza.

Orson mantenía la máscara de cortesía ejecutiva perfecta, sonriendo de forma tensa ante los fotógrafos contratados, pero ignorándome por completo en cuanto los invitados se alejaban.

Sin una celebración posterior, debido a la supuesta premura de la unión, me vi arrastrada hacia un automóvil oscuro que aguardaba en la salida trasera. Subí al asiento posterior y Orson se acomodó a mi lado, cerrando la portezuela con fuerza. El vehículo se puso en marcha de inmediato.

Mi padre no me había dado detalles sobre dónde viviríamos tras la firma del acuerdo.

—¿Adónde vamos? —pregunté, volviéndome hacia mi ahora esposo.

—Cállate —escutó Orson, sin desviar la vista de su teléfono móvil—. No hables. Tu voz me irrita.

Me encogí en el asiento, tragándome las palabras que amenazaban con salir. Apoyé la espalda contra el respaldo y respiré hondo, forzando a mi corazón a calmarse. Tenía que aguantar. Esto ya no se trataba solo de mí; lo hacía por el bebé que crecía en mi interior. Me dolía el trato, me desgarraba la indiferencia del hombre que amaba, pero debía recordar que yo misma me había colocado en esta situación al dejarme llevar por mis fantasías aquella noche.

Estas eran las consecuencias.

El auto dejó atrás la zona urbana y se adentró en un vecindario exclusivo, deteniéndose ante una residencia de diseño moderno, rodeada de altos muros y vigilada por cámaras de seguridad. El lugar lucía imponente, pero desolado.

—Bájate —ordenó Orson, abriendo su puerta.

Lo seguí en silencio por el sendero de piedra hasta el vestíbulo principal. El interior de la casa era espacioso, minimalista, decorado en tonos grises y negros. Se sentía frío, carente de cualquier rastro de hogar.

—Este es tu nuevo recinto —declaró, plantándose frente a mí en el centro de la sala principal—. Te sugiero que actúes como si estuvieras muerta en esta propiedad. No quiero ver tus cosas esparcidas, no quiero oírte y, sobre todo, no quiero que me molestes para absolutamente nada.

Hizo una pausa, clavando sus pupilas oscuras en las mías.

—Tenemos un trato. En cuanto nazca ese bebé, tramitamos el divorcio y cada quien seguirá su camino de forma definitiva. ¿Entendido?

Asentí en silencio, sintiendo un nudo opresivo en la garganta. Miré hacia la escalinata que conducía a la planta alta, reuniendo el valor necesario para formular la pregunta que me inquietaba.

—¿Vamos a… compartir habitación?

Orson soltó una risa desprovista de cualquier atisbo de gracia. Dio un paso rápido y me agarró por los hombros con una fuerza que me obligó a retroceder hasta chocar contra la pared. Su rostro se situó a escasos centímetros del mío, destilando una rabia contenida.

—¿Estás demente? ¿De verdad crees que voy a dormir contigo? No pienso tocarte nunca más, Elena. ¿Me oyes? Me das asco. Lo que pasó esa noche fue una trampa asquerosa de tu familia; solo me metí contigo porque estaba drogado y no tenía control de mis facultades. No fuiste más que un accidente provocado. Así que no te hagas ilusiones, porque para mí no eres nadie.

Me soltó, dándome la espalda con desprecio. Caminó hacia la salida sin mirar atrás, subiendo de nuevo al automóvil que lo esperaba con el motor encendido. El vehículo se alejó a toda prisa, dejándome sola en medio de la inmensa estancia vacía el mismísimo día de mi boda.

Las lágrimas que había contenido durante horas fluyeron sin freno. Me desplomé en el suelo de porcelanato, abrazando mis piernas mientras el llanto me sacudía el cuerpo. El dolor de su rechazo se sentía como una herida física en el pecho. ¿Así era como se suponía que debía sentirse el matrimonio con el amor de mi vida? Estaba legalmente unida a él, pero la distancia que nos separaba ahora era un abismo insalvable.

El cansancio físico y mental terminó por pasarme factura. Subí los escalones arrastrando el vestido arrugado, encontré una habitación vacía y me arrojé sobre la cama, quedando sumida en un sueño pesado y sin imágenes.

Cuando desperté, la penumbra gobernaba el espacio. Consulté el reloj de la mesa; marcaba pasadas las nueve de la noche. Me incorporé con dificultad, notando que el dolor de cabeza persistía. Al encender la luz, descubrí mis maletas alineadas cerca del armario. Mi padre se había encargado de enviarlas por la tarde.

Me despojé del vestido de novia con torpeza, sintiendo un alivio inmenso al apartar esa tela de mi piel. Me vestí con unos pantalones cómodos y una sudadera holgada, recogiéndome el cabello en un moño desordenado. Tenía el estómago vacío y la necesidad de comer algo por el bienestar de mi embarazo me obligó a bajar a la planta baja.

La propiedad se encontraba sumida en un silencio sepulcral. Las luces del pasillo estaban atenuadas. Al llegar a la cocina, encontré a una mujer de mediana edad, vestida con uniforme oscuro, ordenando la cubertería.

—Buenas noches —saludé en voz baja, sobresaltándola.

—Buenas noches, señora —respondió de inmediato, adoptando una postura respetuosa—. Soy Teresa, la encargada del servicio. Le dejé la cena dispuesta en el comedor por si despertaba.

—Gracias, Teresa. Una pregunta… ¿Orson ha regresado?

La mujer me miró con una mezcla de incomodidad y lástima, desviando la vista casi de inmediato hacia los utensilios.

—El señor Bottomer no vendrá esta noche, señora. Me dio instrucciones de atenderla, pero él tiene asuntos que resolver fuera. Le recomiendo que no lo espere.

La certeza de saber dónde y con quién podría estar me propinó un golpe certero en el orgullo, pero me obligué a mantener el rostro inexpresivo.

—Entiendo. Gracias.

Me dirigí al comedor, donde una cubertería solitaria esperaba junto a un plato de carne y verduras. Me senté a la mesa inmensa, contemplando la comida. El alimento se sentía frío y cada bocado me resultaba sumamente difícil de pasar, como si tuviera la garganta cerrada por la angustia. Sin embargo, me obligué a terminar la ración, masticando con lentitud en medio de esa soledad.

Lo hacía por el bebé. Mi vida se había transformado en un páramo de hostilidad y desprecio, pero ese pequeño ser que crecía en mi vientre era lo único que importaba ahora. Soportaría el encierro, el desdén de Orson y la soledad de esa casa fría.