59.
|Elena|Me miré por última vez en el espejo de cuerpo entero de mi habitación. El vestido de seda verde oscuro se ajustaba a mi figura como una segunda piel, dejando la espalda completamente descubierta y cayendo con elegancia hasta el suelo.
Llevaba el cabello recogido en un moño alto y pulido que dejaba al descubierto mi cuello y clavículas. Me apliqué una última capa de labial rojo oscuro, intentando ignorar el nudo de ansiedad que llevaba instalado en la boca del estómago desde hacía tres días.
Desde aquella noche en la que, por puro despecho y orgullo herido, le había mentido a Orson sobre Gabriel, no había tenido paz.
Tomé mi bolso de mano y salí al pasillo. Abajo, la nana Soledad estaba sentada en el sofá de la sala, leyéndole un cuento a Valeria, que ya estaba en pijama.
—Qué hermosa te ves, mi niña —dijo la nana al verme bajar los escalones—. Vas a ser la más bonita de toda la fiesta.
—Gracias, nana —le sonreí, acercándome a besar la frente de mi hija—. Pórtate bien con Soledad, mi amor. Mamá regresa al rato.
—¡Estás como una princesa, mami! —exclamó Valeria, tocando la seda de mi falda.
El sonido de un claxon afuera interrumpió el momento.
Me despedí de ambas, tomé un abrigo ligero y salí a la noche fresca. Gabriel estaba recargado en la puerta de su auto, vestido con un esmoquin negro bastante elegante. Al verme caminar por el sendero, se enderezó de inmediato y me abrió la puerta del copiloto con una sonrisa deslumbrante.
—Wow, Elena. Estás verdaderamente espectacular —dijo, sin ocultar su admiración mientras me escrutaba de arriba abajo.
—Muchas gracias, Gabriel. Tú también te ves muy bien —respondí con educación, subiendo al auto.
El trayecto hacia el salón de eventos del hotel donde se celebraba la gala corporativa duró media hora. Gabriel fue un caballero en todo momento, intentando hacer plática sobre los proyectos de la semana, pero mi mente estaba en otro lado. Estaba aterrorizada de encontrarme con Orson y de lo que pudiera sentir.
Al llegar, el salón estaba deslumbrante. Candelabros de cristal, mesas con manteles negros y centros de flores blancas, y una orquesta en vivo tocando música suave de fondo.
Caminamos juntos hacia la entrada. Gabriel me ofreció su brazo y, sabiendo que estábamos en un entorno laboral, lo tomé. Nos acercamos a la mesa de los directivos, donde el señor Vance recibía a los invitados.
—Elena, qué gusto verte. Estás radiante —nos saludó él, estrechando la mano de Gabriel.
Estábamos intercambiando un par de frases cordiales cuando el ambiente en la entrada pareció cambiar. Una corriente de aire frío me recorrió la nuca. Me giré instintivamente.
Orson acababa de entrar al salón.
Llevaba un traje negro hecho a la medida, sin corbata, con los primeros dos botones de la camisa negra abiertos. Su presencia imponente exigía la atención de cualquiera a su alrededor. Y colgada de su brazo, con un vestido rojo de lentejuelas que no dejaba absolutamente nada a la imaginación, estaba Mariana. Ella reía, susurrándole algo al oído con demasiada familiaridad.
Mi estómago se contrajo con tanta fuerza que casi me deja sin aire.
Orson saludó a un par de socios y luego sus ojos barrieron el salón hasta clavarse en mí. Todo el ruido de mi alrededor pareció desaparecer. Se acercó a nuestra mesa, con Mariana todavía aferrada a él como una garrapata.
—Buenas noches, Vance —saludó Orson, estrechando la mano de mi jefe. Luego, clavó esa mirada oscura y pesada en Gabriel, ignorando por completo su mano extendida.
Finalmente, sus ojos bajaron hacia mi brazo entrelazado con el de mi compañero, y la mandíbula se le tensó antes de subir su vista hasta mi rostro.
Me recorrió entera. Sin prisa. Desde el moño en mi cabeza, pasando por el escote, hasta la abertura del vestido.
—Estás... muy hermosa, Elena —murmuró, con una voz tan grave y profunda que me hizo vibrar hasta los huesos.
Me sostuve firme, apretando los dedos alrededor del brazo de Gabriel para no temblar.
—Gracias, Orson. Tú también —respondí, obligándome a mantener un tono neutral y desprovisto de cualquier emoción.
La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. La orquesta cambió de melodía, empezando a tocar una pieza lenta y envolvente, ideal para abrir la pista de baile.
—¿Bailamos, Elena? —sugirió Gabriel de pronto, intentando romper el hielo incómodo que se había formado entre los cuatro.
—Claro —acepté de inmediato, buscando cualquier excusa para alejarme de los ojos de Orson y, sobre todo, de Mariana, que me miraba con una suficiencia que me revolvía la sangre.
Gabriel me guio hacia el centro de la pista. Me tomó por la cintura y comenzamos a movernos al ritmo de la música. Gabriel era simpático; me hizo un par de comentarios graciosos sobre la decoración exagerada del lugar y sobre los zapatos de uno de los gerentes de ventas. Me hizo reír de verdad. Le sonreí, manteniendo la conversación fluida, pero mi cuerpo estaba alerta, tenso como la cuerda de un arco.
Sentía su mirada. No necesitaba girarme para saber que Orson me estaba observando.
Disimuladamente, deslicé la vista por encima del hombro de Gabriel. A unos metros de nosotros, Orson estaba bailando con Mariana. Ella tenía ambos brazos enredados en su cuello y el pecho completamente pegado al de él, moviéndose con una sensualidad descarada, buscando su boca con la mirada. Orson la sostenía por la cintura, pero no la estaba mirando a ella. Me estaba mirando a mí.
Sus ojos azules estaban fijos en mi rostro, ardientes, cargados de una furia silenciosa y de una posesividad que me hizo tragar saliva. Cada vez que Gabriel me hacía dar una vuelta o acercaba su rostro al mío para hablarme sobre la música, veía cómo la mandíbula de Orson se apretaba más y más. Y aunque intentaba ser racional, yo tampoco podía evitar que la sangre me hirviera de celos al ver las manos de esa mujer recorriendo la nuca de Orson.
A mitad de la pieza, la orquesta anunció el tradicional cambio de parejas de la gala.
El movimiento en la pista fue fluido, pero antes de que yo pudiera procesarlo, Gabriel fue apartado con firmeza y una mano grande y caliente se aferró a mi cintura expuesta. El contacto directo de su piel contra mi espalda desnuda me hizo soltar un pequeño jadeo.
Orson me jaló hacia él de un solo tirón. No hubo espacio para la cortesía. Me pegó a su pecho con tanta fuerza que pude sentir cada músculo de su torso a través de la tela de su traje.
Entrelazó su mano con la mía, apretando mis dedos, y comenzó a guiarme por la pista con movimientos rígidos, posesivos, marcando el ritmo con una intensidad abrumadora. Quedamos a escasos centímetros. Su respiración, pesada y caliente, chocaba contra mi frente.
—Te sientes muy cómoda con ese tipo —gruñó en voz baja, casi en mi oído. El tono era puro hielo y veneno.
Levanté la barbilla, sosteniéndole la mirada con los ojos encendidos. No me iba a dejar intimidar.
—¿Y tú con ella? —retruqué, clavándole las uñas levemente en el hombro de su saco—. Parece que Mariana no necesita respirar para estar pegada a ti.
Orson bajó la mano que tenía en mi espalda, deslizándola peligrosamente hasta el borde de mi cadera, ejerciendo presión para pegarme aún más a su entrepierna. Sentí la dureza de su cuerpo reaccionando, y el aire se me quedó atorado en los pulmones.
—No me provoques hoy, Elena —advirtió, con la voz ronca, ronroneando la amenaza contra mi piel—. Me estaba costando la maldita cordura verte sonreírle.
El calor que emanaba de su cuerpo y la tensión sexual que nos asfixiaba se volvió insoportable. Mi corazón latía tan fuerte que amenazaba con reventarme el pecho. No podía respirar. No podía seguir bailando así, rozándome contra él, fingiendo que estábamos en un estúpido baile de etiqueta cuando lo único que quería era arrancarle la ropa.
Cuando la canción terminó, me solté de su agarre con brusquedad, antes de que hiciera una locura en medio de todos.
—Voy al baño —dije con la respiración entrecortada, dándole la espalda sin esperar respuesta.
Caminé a toda prisa, esquivando a los meseros y a los invitados hasta llegar al pasillo apartado donde estaban los baños de la zona VIP. Entré empujando la pesada puerta de madera. Estaba vacío. Me acerqué a los lavabos de mármol, abrí el grifo del agua fría y me mojé las muñecas.
Estaba temblando. Me miré en el espejo, con el pecho subiendo y bajando, intentando recuperar el control. Tenía que volver a la mesa, disculparme con Gabriel e irme a casa. Esto era un error.
De pronto, la puerta del baño se abrió con violencia.
Vi su reflejo en el espejo. Orson entró, cerró la puerta de un portazo y pasó el seguro de metal con un clic seco y definitivo.
Me giré, asustada, pero no tuve tiempo ni de abrir la boca.
Orson se abalanzó sobre mí. Me tomó por la cintura, me levantó en vilo unos centímetros del suelo y me empujó con fuerza contra la puerta de madera. El golpe seco de mi espalda contra la superficie quedó ahogado por el sonido de su boca estrellándose contra la mía.
No hubo ternura. No hubo paciencia. Fue un beso voraz, salvaje, cargado de dos años de represión, de celos y de una necesidad que nos estaba quemando vivos. Abrió mis labios con agresividad, metiendo su lengua y devorando mi boca con una desesperación que me hizo soltar un gemido ahogado. Su sabor a vino tinto y su calor me invadieron por completo.
Lejos de rechazarlo, perdí la cabeza. Le respondí con la misma fiereza. Mis manos volaron a su cabello, enredando mis dedos en los mechones oscuros, jalándolo para profundizar aún más el beso. Sus dientes chocaron contra los míos. Mordió mi labio inferior con fuerza, haciéndome jadear de dolor y placer al mismo tiempo.
—Orson... —gemí contra su boca, intentando recuperar el aliento.
Pero él no me dio tregua. Una de sus manos agarró mi cabello desde la nuca, tirando hacia atrás con firmeza para exponer mi cuello. Pegó su boca a mi piel, chupando y mordiendo la línea de mi garganta, dejándome marcas húmedas y calientes mientras su otra mano bajaba con rudeza por mi espalda desnuda, apretando mi trasero para levantarme y pegarme directamente contra su erección.
Metió una de sus piernas con fuerza entre las mías, abriendo la abertura de mi vestido de seda, frotando la tela áspera de su pantalón contra mi muslo interno. La fricción me arrancó un gemido largo y desesperado que resonó en las paredes de azulejo.
—Estás volviéndome loco —gruñó contra mi piel, con la respiración rota, besándome la comisura de los labios antes de volver a asaltar mi boca con su lengua, explorándome, poseyéndome, sin importarle que estuviéramos en un maldito baño público.
Yo estaba ardiendo, aferrada a sus hombros, con las piernas temblando, pero el pequeño rastro de cordura que me quedaba me hizo apartar la cara unos milímetros.
—¿Qué pasa? —jadeé, mirándolo con los ojos empañados por el deseo, intentando respirar—. ¿Qué estás haciendo?
Orson apoyó la frente contra la mía. Tenía el pecho agitado, los ojos negros y dilatados por la excitación, y una furia posesiva que no intentaba ocultar.
—No soporto verte más con ese tipo —dictaminó, con una voz ronca y tajante—. Nos vamos. La fiesta se acabó.
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Espero que les haya gustado este pequeño maratón, leo sus comentarios 💖