LNCrawler

60.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

60.

|Orson|

Apenas me disculpé con Mariana con un gesto seco y saqué a Elena del salón corporativo. El aire frío de la noche me golpeó la cara. No sirvió de nada: la rabia y el deseo me quemaban por dentro.

La tomé del brazo con firmeza, ignorando las miradas de los invitados que salían al vestíbulo, la llevé hasta el estacionamiento y la subí al asiento del copiloto. Cerré la puerta de un golpe sordo, di la vuelta al auto y me acomodé detrás del volante.

Manejé como alma que lleva el diablo por las avenidas vacías. El motor retumbaba en el habitáculo mientras mi mano derecha apretaba el muslo de mi exesposa con posesividad. Sentía la seda verde del vestido y la tensión contenida en sus músculos. Elena no protestó ni un segundo. Se quedó mirando al frente, el pecho subiéndole y bajándole a un ritmo agitado, los labios hinchados por el beso violento del baño.

En ese trayecto mandé al diablo las indicaciones de la terapia, al psiquiatra y la prudencia que había cultivado durante meses. Si me dejaba guiar siempre por la moderación, si me quedaba como un tibio viendo a mi mujer sonreírle a tipos como Gabriel, terminarían quitándomela delante de los ojos. Dos años de fingirme el exesposo maduro, celos, o que no se despertaba un infierno de rabia al imaginar a otro hombre tocándola.

Conduje sin frenar hasta el edificio de mi departamento, el lugar que renté después del divorcio para dejar la casa antigua, por recomendación médica. Un departamento en el que apenas pasaba tiempo, porque casi todos mis días y mis noches terminaban gravitando alrededor de la casa de Elena y de mi hija.

Estacioné de un frenazo frente al acceso principal. Bajé, rodeé el cofre a pasos largos y le abrí la puerta. En cuanto Elena puso un pie afuera, la tomé de la cintura y la pegué con rudeza contra la carrocería. Le devoré la boca en un beso hambriento, salvaje, celoso.

—Orson… espera… —jadeó ella contra mis labios, intentando tomar aire entre el sofoco de mi agarre—. Adentro… es mejor adentro…

No la dejé terminar. La cargué de un solo tirón, obligándola a enredar las piernas alrededor de mi cadera. Avancé por el pasillo del edificio a ciegas, devorándole la garganta mientras sus uñas se clavaban en mi nuca. Busqué la llave a tientas en el bolsillo del saco, abrí la puerta tras un par de intentos torpes y la cerré de un puntapié a mis espaldas.

Quedamos en la penumbra del recibidor. La pegué contra la pared con fuerza, acoplándola contra mi cuerpo, sintiendo la dureza de mi polla chocar sin filtro contra su sexo necesitado, y dejé salir un gemido ronco y ahogado dentro de su boca.

Me froté contra ella allí mismo, siendo incapaz de esperar a llegar a una cama. Hundí las caderas entre sus piernas y sentí su calor aun a través de la ropa, un roce obsceno y preciso que me arrancó un gruñido. Mi mano ascendió por su costado hasta cubrirle una teta; la apreté con fuerza y el pezón se endureció contra mi palma. La seda del vestido no ocultaba una mierda. Se adhería a su cuerpo, recogía su humedad y confirmaba lo que yo ya sabía: Elena me deseaba tanto como yo a ella.

Enterré la boca en su cuello y comencé a marcarla. Un chupón debajo de la oreja, otro más abajo y uno junto a la clavícula, succionando hasta dejar su piel enrojecida. Quería que al día siguiente se mirara al espejo y me encontrara en cada marca. Que nadie pudiera verla sin saber que alguien había pasado la boca por allí.

La olí mientras mi lengua recorría el rastro húmedo que acababa de dejar. Perfume caro, sudor fino y el recuerdo de aquel beso en el baño, todavía vivo en sus labios. Su aroma me trastornó. Me volvió más celoso, más duro, menos dispuesto a soltarla.

—Te extrañé —murmuré contra su garganta, manteniéndola atrapada entre mi cuerpo y la pared—. Estos dos años, Elena. Cada maldito día.

Ella gimió cuando volví a restregarme contra su coño. El sonido se le quebró, como si el cuerpo hubiese respondido antes de que su cabeza pudiera impedírselo. Seguí moviéndome sobre ella, apretando justo donde la tela se le adhería, hasta obligarla a separar un poco más las piernas.

—¿Querías verme arder de celos esta noche? Lo conseguiste. Quise matar a ese hijo de puta de verdad. No puede tocarte así, ni mirarte como si tuviera algún derecho sobre ti. Mucho menos hacerte sonreír de una forma que a mí me costó años conseguir. —Le mordí el cuello y ella contuvo el aliento—. Estabas allí con él como si yo no existiera. ¿Tienes idea de cuánto tuve que contenerme? Y tú no hiciste nada para ayudarme. Te acercabas, te reías, dejabas que todos te vieran así de hermosa mientras yo tenía que tragármelo. Me hiciste perder el maldito control.

—Orson… —jadeó—. Vas demasiado rápido.

Deslicé ambas manos hasta sus nalgas y las apreté antes de alzarla contra mi cuerpo, obligándola a sentir la dureza que me tensaba el pantalón. Le hablé al oído con la respiración áspera, rozándole la piel con los labios.

—Todavía no sabes lo que es que vaya rápido.

La cargué hacia la habitación sin apartar la boca de su cuello. Avancé a oscuras, guiándome por la memoria del pasillo, mientras ella se aferraba a mis hombros y sus piernas rodeaban mis caderas. Sentirla caliente y húmeda contra mí estaba acabando con lo poco que quedaba de mi paciencia.

Empujé la puerta y crucé el dormitorio hasta dejarla sobre la cama con más cuidado del que mi cuerpo exigía. No porque me hubiese vuelto suave de pronto, sino porque necesitaba verla allí, tendida sobre mis sábanas, ocupando el lugar que debía haber permanecido vacío y que, sin embargo, había llenado con su recuerdo cada maldita noche.

Me incorporé y me quité el saco. Lo arrojé al suelo sin mirar dónde caía. Después empecé a desabotonarme la camisa, uno por uno, disfrutando de la forma en que me observaba desde la cama.

Estaba agitada. Tenía los labios hinchados por mis besos, el pecho subiendo y bajando con rapidez y el vestido verde revuelto sobre los muslos.

—¿A quién más has traído aquí? —preguntó de la nada.

Me quité los zapatos de cualquier manera. Quedé frente a ella con la camisa abierta y la erección marcándome el pantalón, demasiado dura para disimularla y sin la menor intención de hacerlo. Me incliné, le sujeté el rostro y le afirmé la mandíbula para obligarla a sostenerme la mirada.

—¿Tengo cara de traer mujeres a este departamento? ¿De verdad me ves como un mujeriego? —Mi pulgar recorrió su labio inferior—. Eres la única. La única que ha cruzado esa puerta para estar conmigo de esta manera. Soy un enfermo, Elena. Te he imaginado follada sobre esta cama tantas veces que ya ni siquiera recuerdo cuándo comenzó. He pensado en tus piernas abiertas, en tus uñas clavándose en mi espalda, en tu voz gritando mi nombre entre estas paredes. Me siento como un demente ahora mismo y es por ti. Tú eres mi descontrol.

Ella me besó.

Hundió una mano en mi nuca y con la otra se aferró a mi camisa abierta para arrastrarme hacia ella, como si de repente hubiese decidido dejar de ponerme frenos. Le busqué el cierre del vestido, pero mis dedos torpes no lograron encontrarlo. Perdí la paciencia y tiré de la seda. La prenda cedió, ascendió por su cuerpo y se enredó un momento en sus brazos antes de terminar arrugada a un lado de la cama.

La dejé casi desnuda debajo de mí, con la piel marcada por mi boca, las tetas al aire y el coño apenas cubierto por unas bragas que ya estaban empapadas y no durarían mucho más.

Me detuve solo para contemplarla.

Respiraba como si acabara de correr, pero yo no estaba mejor. Tenía el pecho agitado, las manos tensas y una violencia caliente circulándome por las venas. Dos años enteros de contención acababan de romperse en una sola noche.

Y no pensaba recoger ninguno de los pedazos.

Bajé la boca desde su cuello hasta la clavícula, dejando un rastro húmedo que se enfriaba sobre su piel. Seguí por el hueco entre las tetas, rodeé un pezón con la lengua y descendí por su abdomen tenso, siguiendo esa línea que se pronunciaba cada vez que respiraba. Elena se arqueó bajo mi boca, como si cada beso le advirtiera hacia dónde iba y, aun así, no pudiera evitar ofrecerse un poco más.

El vestido había quedado olvidado en el suelo. Solo persistía aquella última barrera de encaje entre mis manos y lo que llevaba demasiado tiempo imaginando.

Enganché los dedos en sus bragas y tiré de ellas. La tela cedió con un chasquido, quedó atrapada un instante alrededor de uno de sus muslos y terminó al lado de la cama. Elena jadeó, sorprendida, y cerró las piernas por instinto.

Se las abrí despacio.

Y la miré.

Tenía el coño hinchado, brillante por todo lo que nos habíamos frotado en el recibidor. Los labios se le entreabrían, rosados y húmedos; el clítoris asomaba tenso entre los pliegues, y en el centro le palpitaba esa necesidad que ya no podía ocultarme.

Quise follármela en ese preciso instante. Empujarle las rodillas contra el pecho y hundirme de una sola embestida, sin darle tiempo a acostumbrarse a mi tamaño. Mi cuerpo me lo exigía con una urgencia casi dolorosa.

Pero no lo hice.

Aquella noche en el club habíamos follado borrachos, atropelladamente, entre dientes, ropa a medio quitar y un orgasmo torpe que no nos permitió aprender nada del otro.

Pensaba remediarlo ahora.

Me hundí entre sus muslos y la lamí desde la entrada hasta el clítoris, despacio, con la lengua ancha. El primer contacto me sacudió. Calor, humedad y un sabor íntimo, ligeramente dulce, que me llenó la boca y terminó de pudrirme el poco juicio que conservaba.

Elena se estremeció de pies a cabeza.

—Orson… —gimió, apoyando una mano sobre mi cabeza—. Espera…

Me detuve.

Alcé la vista desde su coño, con las manos todavía rodeándole los muslos.

—¿Quieres que pare?

Ella tenía los ojos empañados de deseo y los labios separados. Durante un instante no dijo nada; solo respiró, mirándome con el rostro rojizo. Después enterró los dedos en mi pelo y tiró de mí para acercarme otra vez.

—No. Pero… despacio.

Volví a pasarle la lengua, esta vez con una lentitud deliberada. Le separé los labios con los pulgares y la recorrí sin prisa, sintiendo cómo se estremecía con cada roce. Su olor me llenó la cabeza. Caliente, íntimo, obsceno. Me provocó un escalofrío que descendió por mi espalda y terminó concentrándose en el pene, atrapado y dolorosamente duro dentro del pantalón.

La chupé.

Primero con suavidad, encerrándole el clítoris entre los labios; después aumenté la presión hasta arrancarle un gemido más fuerte. La lengua giró sobre ese punto, lenta al comienzo, más rápida cuando noté que sus caderas empezaban a buscarme. Volví a bajar, recogí toda su humedad y metí la lengua en su coño.

Elena soltó un sonido roto.

Se le tensaron los muslos alrededor de mi cabeza y sus dedos tiraron con más fuerza de mi pelo. Entré y salí con la lengua, follándola con la boca mientras mis manos le impedían escabullirse cada vez que el placer la hacía retorcerse. El sonido era obsceno: húmedo, espeso, mezclado con sus jadeos y el roce desesperado de su cuerpo contra las sábanas.

—Dios… Orson…

La voz se le apagó cuando volví a succionarle el clítoris. Alterné el ritmo, rápido hasta hacerla temblar, lento cuando parecía estar a punto de romperse. Ella intentó contener los gemidos, pero no tardó en perder la batalla. Cada uno salió más alto que el anterior.

Sus caderas comenzaron a moverse.

Primero fue un vaivén mínimo, casi tímido, como si todavía le avergonzara admitir cuánto lo necesitaba. Después dejó de fingir. Se frotó contra mi cara y cabalgó mi boca, buscando por sí misma la presión que la hacía estremecerse.

Le agarré el culo con ambas manos y la acerqué más.

Hundí la lengua entre sus pliegues mientras ella se movía encima de mí, dejándola usarme a su antojo. Mi nariz rozaba su clítoris; mi boca se llenaba de su sabor y su humedad me escurría por la barbilla. No me importó. Quería ensuciarme de ella. Quería probarla hasta emborracharme, hasta borrar de su cuerpo cualquier recuerdo de la única noche que habíamos compartido antes de aquella.

Elena ya gemía sin contenerse. Tenía la voz quebrada y los muslos temblando a ambos lados de mi cabeza. La mano que al principio había apoyado sobre mí con incertidumbre ahora me mantenía pegado a su coño, guiándome, pidiéndome en silencio que no me alejara.

No pensaba hacerlo.

Seguí comiéndomela, alternando lamidas largas con succiones cortas sobre el clítoris, aprendiendo cada una de sus reacciones. La forma en que contenía el aire cuando la lengua giraba. El temblor que la recorría cuando la succionaba. La manera en que sus caderas se levantaban para recibirme cuando volvía a hundirme en ella.

Dos años imaginando su sabor. Y ahora que por fin lo tenía en la boca, no estaba dispuesto a detenerme.

Elena se corrió. El temblor comenzó en sus muslos, le sacudió las caderas y le arqueó la espalda mientras de su garganta escapaba un gemido largo, roto. Su coño se contrajo alrededor de mi lengua en pulsaciones rápidas, húmedas, y yo seguí chupándoselo durante el orgasmo, reduciendo el ritmo para prolongarle cada espasmo.

La saboreé hasta el final. Recogí con la lengua toda la humedad que brotaba de ella y mantuve la boca sobre su clítoris aun cuando sus piernas empezaron a estremecerse por el exceso de sensibilidad. Elena tiró de mi pelo, intentando apartarme, y dejó escapar un jadeo desesperado.

—Orson… ya… no puedo…

Solo entonces aflojé la succión.

Le di una última lamida, lenta y ancha, desde la entrada hasta el clítoris, antes de soltarle los muslos. No pensaba detenerme hasta sentir cómo terminaba de correrse contra mi cara. Quería presenciar cada sacudida. Quería que incluso aquel orgasmo me perteneciera.

Me incorporé sobre las rodillas con la respiración agitada y la boca húmeda de ella. Me pasé el dorso de la mano por los labios sin dejar de mirarla.

Elena permanecía tendida en la cama, desnuda, con el pecho subiendo y bajando de prisa. Tenía las piernas abiertas y flojas, incapaces aún de sostenerse, y el coño brillante, enrojecido, palpitando por lo que acababa de hacerle. Aquella imagen terminó de arrancarme el poco control que conservaba.

Me quité el pantalón y el bóxer de un solo movimiento, sin pausas ni teatro. Mi polla quedó libre, dura y pesada, palpitándome bajo el aire frío de la habitación. Elena bajó la mirada hacia ella y tragó saliva. Vi cómo se le aceleraba otra vez la respiración.

Me acomodé entre sus muslos y le separé un poco más las piernas. Apoyé una mano junto a su cabeza y con la otra me sujeté la base de la polla. La cabeza rozó su clítoris sensible y ella se estremeció. Después la arrastré despacio entre sus labios, cubriéndome con la humedad que yo mismo le había sacado.

Llegué hasta su entrada.

No penetré.

Me quedé allí, presionando, sintiendo cómo el borde de su coño cedía alrededor de la cabeza. Solo un milímetro. Lo suficiente para obligarla a sentir mi grosor, para que entendiera cuánto iba a abrirla cuando me hundiera dentro.

Elena alzó las caderas y trató de recibirme, pero yo retrocedí lo justo para impedírselo.

—Orson…

El modo en que pronunció mi nombre no fue una protesta. Fue una súplica.

Volví a presionar sin terminar de entrar. Su cuerpo se abrió un poco más y un gemido impaciente le vibró en el pecho. La mantuve así, al borde, con mi polla palpitando contra su coño mojado y los dos respirando el mismo aire entrecortado.

Después de dos años deseando volver a estar dentro de ella, necesitaba disfrutar hasta del último segundo antes de hacerlo.