62.
|Orson|Permanecí sobre Elena mientras recuperaba el aliento, hundido en ella y medio aturdido por el calor que acababa de dejarle dentro. El dormitorio estaba en silencio salvo por nuestras respiraciones y el crujido ocasional del colchón. Pensé que por fin nos habíamos quedado sin fuerzas.
Me equivoqué.
Cuando empecé a retirarme, Elena me empujó por el pecho y me obligó a recostarme. Se montó sobre mí, pero ya no conservaba la urgencia temblorosa de antes. Algo había cambiado en su mirada. Seguía agotada, tenía el cabello revuelto y la piel cubierta de marcas, pero ahora parecía decidida a cobrarme cada orgasmo, cada mordida y cada una de las veces que la había hecho suplicar.
Se inclinó y me besó con profundidad. Me atrapó el labio inferior entre los dientes, tiró de él hasta arrancarme un gruñido y después se apartó.
—Ven conmigo.
Bajó de la cama y me tomó de la mano. La seguí hasta el baño sin preguntar adónde creía que íbamos ni qué pretendía hacer conmigo. Caminaba desnuda delante de mí, con las marcas de mi boca en el cuello y las caderas. Mi semen todavía le resbalaba por la cara interna de un muslo.
Aquella imagen bastó para que mi polla, aún sensible, empezara a reaccionar de nuevo.
Elena abrió el grifo de la bañera y dejó correr el agua. Mientras se llenaba, se volvió hacia mí, me rodeó el cuello con los brazos y volvió a besarme. No hubo prisa. Su lengua acarició la mía y sus manos descendieron por mi espalda, deteniéndose en las marcas que sus uñas habían dejado allí.
Me hizo sentarme en el borde de la bañera. Después tomó una toalla y me la pasó por el pecho, el abdomen y las caderas, secando parte del sudor con una lentitud que no tenía nada de inocente. Cuando llegó a mi entrepierna, envolvió la polla con la tela y deslizó la mano desde la base hasta la cabeza.
El contacto me hizo apretar los dientes.
—Estoy demasiado sensible —le advertí.
Elena levantó los ojos y repitió el movimiento, esta vez directamente con la mano.
—Lo sé.
No se detuvo hasta tenerme duro otra vez.
Cerró el grifo cuando el agua alcanzó la altura suficiente y entró primero. Yo me acomodé detrás, con la espalda apoyada contra la bañera y las piernas abiertas para dejarle espacio. Elena se instaló entre ellas, de espaldas a mí, pero enseguida giró hasta quedar a horcajadas sobre mis muslos.
El agua caliente nos cubría hasta la cintura. Me recorrió el rostro con la mirada, como si quisiera comprobar que todavía podía soportarla, y después me sujetó la polla.
La llevó hasta su entrada.
Su coño seguía hinchado y resbaladizo. Elena rozó la cabeza entre sus labios antes de comenzar a descender. Lo hizo despacio, permitiendo que su cuerpo volviera a abrirse alrededor de mí. El calor del agua se mezcló con el suyo y me subió por la espalda como una corriente pesada.
Dejé caer la cabeza contra el borde.
Ella continuó bajando hasta sentarse por completo, alojándome en lo más profundo. Permaneció quieta, observando cómo se me tensaba el cuerpo por la sensibilidad.
—Qué traviesa, Elena…
Una sonrisa satisfecha apareció en sus labios.
Comenzó a moverse sin levantarse del todo. No se parecía en nada a la forma desesperada en que me había cabalgado sobre la cama. Ahora trazaba círculos cortos con las caderas, fluidos y calculados, apretándome con las paredes de su coño mientras hacía girar mi polla dentro de ella.
El roce era lento, pero insoportablemente preciso. Cada movimiento obligaba a la cabeza a presionar un ángulo distinto en su interior, y la fricción me recorría desde la base hasta el vientre. Le agarré las caderas para imponerle un ritmo más rápido, pero Elena me apartó las manos y las llevó hasta el borde de la bañera.
—Ahora me toca a mí —sentenció.
Podría haberla detenido. No quise hacerlo.
Aferré los dedos al borde y dejé que tomara el control. Elena se movía como si conociera mi cuerpo de memoria, como si durante los dos años separados hubiera guardado aquel ritmo únicamente para usarlo contra mí. Subía unos centímetros y volvía a bajar, acompañando cada descenso con una contracción deliberada que me dejaba sin aire.
Se inclinó para besarme. Su boca recorría la mía entre un vaivén y el siguiente; después bajó por mi mandíbula y me chupó el cuello. Mordió debajo de mi oreja y mantuvo la succión hasta que la piel comenzó a arder.
—Me vas a dejar marcado —murmuré.
—Esa es la idea.
Volvió a besar el mismo lugar antes de descender hasta la clavícula. Me estaba devolviendo cada señal que yo había dejado sobre su cuerpo. Chupó, mordió y pasó la lengua por mi piel mientras seguía follándose encima de mí con una calma que empezaba a volverme loco.
Cada vez que bajaba por completo, su coño me envolvía hasta la base y se cerraba alrededor de mi polla. La presión húmeda, unida al calor del agua, me obligó a tensar los muslos. Dije su nombre con los dientes apretados, a medio camino entre una maldición y una súplica.
Elena levantó la cabeza.
—¿Qué ocurre? —preguntó, fingiendo una inocencia que no tenía.
—Sabes perfectamente qué ocurre.
—Quiero oírtelo decir.
La agarré de la nuca y acerqué su rostro al mío.
—Vas a hacer que me corra otra vez.
Su sonrisa se ensanchó.
—Todavía no.
Redujo el movimiento hasta convertirlo en una tortura lenta. Me acarició el pecho, siguió con las uñas la línea de mi abdomen y regresó a mi boca. Me besó mientras hacía girar las caderas, manteniéndome hundido en ella sin darme la velocidad necesaria para terminar.
El agua se agitaba a nuestro alrededor y escapaba por los bordes con cada movimiento. Yo intenté mantener las manos donde ella las había dejado, pero llegó un punto en que ya no soporté aquella obediencia.
Le agarré las nalgas.
Elena soltó una risa baja contra mis labios. No intentó detenerme cuando la apreté y comencé a ayudarla a subir y bajar. Al contrario: se enderezó, apoyó las manos sobre mi pecho y amplió el movimiento de sus caderas.
La observé levantarse hasta dejar solo la cabeza dentro y volver a sentarse, tragándose mi polla hasta la base. El agua le resbalaba por las tetas y el vientre. Tenía el cabello húmedo pegado a la espalda y los pezones endurecidos por el aire que entraba desde la habitación.
La imagen terminó de destruirme.
—Más rápido —le exigí.
Elena obedeció.
Comenzó a cabalgarme con golpes más firmes. Sus nalgas chocaban contra mis muslos y el agua se derramaba sobre el suelo en oleadas. Mis manos acompañaron el movimiento, abriéndola y empujándola hacia abajo para enterrarme más.
Sentí que el orgasmo empezaba a tensarme desde la base de la columna.
Ella también estaba cerca. Lo noté en la forma en que perdió la precisión de los círculos, en sus uñas clavándose en mi pecho y en la contracción involuntaria de su coño alrededor de mí. Incliné el rostro hacia una de sus tetas y atrapé el pezón entre los labios.
Elena gimió y aceleró.
Todo se me nubló. La presión que llevaba conteniendo se rompió de golpe y la sujeté contra mi cuerpo cuando me corrí. Me hundí hasta el fondo, llenándola otra vez mientras el orgasmo me sacudía en pulsaciones tan fuertes que me dejaron sin pensamiento.
Elena enterró la cara en mi cuello. Sus caderas continuaron moviéndose durante unos instantes, más despacio, exprimiéndome hasta la última contracción. Cuando por fin se detuvo, ambos permanecimos abrazados en medio del agua agitada.
Nos quedamos en la bañera hasta que el agua empezó a perder calor. Elena descansaba sobre mi pecho y yo le recorría la espalda con las manos, siguiendo las curvas de su cuerpo sin ninguna urgencia. No hablamos. La calma era extraña después de todo lo ocurrido, pero ninguno parecía dispuesto a romperla.
Cuando salimos, el suelo estaba inundado. Nos secamos a medias, torpes por el cansancio, compartiendo una toalla que terminó abandonada junto a la puerta.
Elena se inclinó para recoger su ropa y la visión de su culo desnudo despertó algo que creía agotado. Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura y la pegué contra mí.
—¿Otra vez? —preguntó al sentirme endurecer.
—Es tu culpa.
—Claro. Todo es culpa mía.
Se volvió entre mis brazos y me besó. Lo que empezó como una provocación lenta terminó con ella apoyada contra el marco de la puerta y una pierna rodeándome la cintura. La levanté y entré en su coño aún húmedo, sujetándola por las nalgas mientras sus uñas volvían a rasguñarme la espalda.
No duramos mucho de pie. El agotamiento nos obligó a llegar al sillón, donde Elena se montó sobre mí y me mantuvo dentro mientras nos besábamos. Ya no buscábamos velocidad. Nuestros cuerpos se movían con un ritmo perezoso, casi indolente, interrumpido por caricias y pausas en las que solo permanecíamos unidos, respirándonos en la boca.
De allí volvimos a la cama.
La recosté de lado y me acomodé detrás de ella. Le levanté una pierna y volví a penetrarla despacio, abrazándola por la cintura. Aquella posición no tenía la violencia de las anteriores. La follé con movimientos largos y cansados mientras le besaba el hombro, la nuca y cada una de las marcas que ya oscurecían su piel.
A ratos el deseo volvía a encenderse y el ritmo se hacía más duro. Entonces Elena apretaba mi mano contra una de sus tetas, movía las caderas hacia atrás y me pedía más. Después las fuerzas nos abandonaban de nuevo y todo se reducía a penetraciones lentas, besos interminables y respiraciones compartidas.
Nos tocamos hasta que el cuerpo dejó de respondernos con la misma urgencia, aunque la cabeza continuara pidiendo. La marqué otra vez y ella hizo lo mismo conmigo. Perdí la cuenta de sus orgasmos, de las veces que tuve que detenerme para recuperar el aliento y de cuántas veces Elena consiguió endurecerme con apenas una caricia.
Cuando la noche por fin se extinguió, ella dormitaba contra mi pecho. Tenía la piel húmeda, los muslos agotados y una pierna enredada entre las mías. La abracé con fuerza, como si soltarla pudiera devolverme de golpe a los dos años que había pasado fingiendo que no la deseaba de aquella manera.
El departamento olía a sexo, humedad y sábanas revueltas. Afuera comenzaba a clarear, y la primera luz de la mañana se filtraba entre las cortinas.
No me moví.
Me quedé en medio de aquella cama destrozada, exhausto y con el cuerpo deliciosamente jodido, sosteniéndola contra mí mientras aceptaba una certeza que ya no tenía sentido negar.
Después de esa noche, no existía marcha atrás.
***
|Elena|Me despertó una franja de sol atravesándome los párpados.
Intenté girar la cara para escapar de la claridad, pero el movimiento me arrancó un quejido. Me dolía todo. Las piernas, la espalda, las caderas; incluso tenía sensibles los músculos del abdomen. Sentía el cuerpo pesado y usado, como si la noche anterior no hubiera dormido sino librado una pelea especialmente larga.
Una pelea desnuda, para ser exactos.
Abrí los ojos con esfuerzo. La luz entraba por una abertura entre las cortinas y caía directamente sobre la cama destrozada. Las sábanas estaban revueltas, una almohada yacía en el suelo. Durante unos instantes no recordé dónde estaba. Después sentí el brazo pesado alrededor de mi cintura, la respiración cálida en mi nuca y un cuerpo desnudo pegado al mío.
Orson.
La noche regresó a mi memoria: el recibidor, su boca entre mis piernas, la cama golpeando contra la pared, la bañera, mis manos sobre él y todas las cosas que le había permitido hacerme. Todas las que yo le había hecho después.
Por Dios.
Busqué a tientas sobre la mesa de noche sin atreverme todavía a mover el resto del cuerpo. Mis dedos chocaron con un vaso vacío, algo que parecía un reloj y, finalmente, un teléfono. La pantalla se iluminó cuando lo levanté.
10:07 a. m.
El sueño desapareció por completo.
—Mierda.
Me incorporé con tanta rapidez que la habitación me dio una vuelta. La sábana cayó hasta mi cintura y el aire frío me rozó los pechos desnudos. El movimiento despertó cada molestia del cuerpo al mismo tiempo. Apreté los dientes mientras una punzada me cruzaba entre las piernas y otra me subía por la espalda.
—Ay, Dios…
El brazo de Orson seguía atrapando mi la cintura, aunque él permanecía dormido. Tuve que apartarlo para poder sentarme mejor. Entonces me miré.
Tenía marcas en los pechos, sobre las costillas y alrededor de las caderas. Algunas eran rojizas; otras ya empezaban a oscurecerse. Las huellas de sus dedos destacaban sobre mi piel, y ni siquiera necesitaba un espejo para saber cómo debía de tener el cuello después de todas las veces que aquel animal me había mordido y chupado.
Giré la cabeza hacia él.
Orson dormía boca abajo, con una mejilla hundida en la almohada y el cabello desordenado. La sábana apenas le cubría la parte baja de la espalda. También tenía marcas: arañazos que le atravesaban los hombros, medias lunas alrededor de los brazos y varios chupones oscuros en el cuello y la clavícula.
Parecía que nos hubiéramos dado una paliza.
Considerando el estado de la habitación, tal vez no era una comparación tan exagerada.
—Orson. —Le sacudí el hombro—. Orson, despierta.
Él frunció el ceño y se hundió más en la almohada.
—Orson.
Volví a moverlo, esta vez con menos delicadeza. Abrió un ojo, confundido, y estiró una mano hasta encontrar mi cintura.
—¿Qué pasa? —murmuró con la voz espesa por el sueño.
—Son más de las diez.
Se frotó los ojos sin mostrar la menor alarma.
—¿Y?
Lo miré incrédula.
—¿Cómo que «y»? Tengo que regresar a casa. Es tardísimo.
Intenté bajar de la cama, pero sus dedos se cerraron alrededor de mi cintura antes de que pudiera alejarme. Tiró de mí y me hizo caer otra vez contra su pecho.
—Orson, suéltame.
—Deja de moverte tanto —gruñó, acomodando la cara contra mi cuello—. Me duele todo.
—A mí también, y bastante más que a ti.
—Eso no puedes saberlo.
—Tengo pruebas suficientes.
Él abrió los ojos y recorrió con la mirada las marcas que me cubrían. Lejos de avergonzarse, la comisura de su boca se levantó con una satisfacción irritante.
Le golpeé el pecho.
—No sonrías. Valeria debe de estar preguntando por mí. No regresé a dormir y ni siquiera sé dónde está mi teléfono.
Aquello consiguió que Orson dejara de divertirse, aunque no pareció preocupado. Me acarició la cintura con el pulgar y volvió a cerrar los ojos.
—Soledad se encargará de ella.
—No puedo dejarle toda la responsabilidad sin avisarle. Soy su madre, Orson.
—Y yo su padre. —Abrió los ojos de nuevo—. Si hubiera ocurrido algo, Soledad ya habría llamado. Relájate.
—Mi teléfono probablemente está dentro de mi bolso, tirado en alguna parte de tu sala y descargado.
—Entonces usa el mío y llama a casa.
La respuesta era tan evidente que me hizo apretar los labios. Miré el aparato que aún conservaba en la mano y después la hora, esperando que los números hubieran cambiado por arte de magia.
Seguía siendo demasiado tarde.
—También tengo que ir a trabajar.
—Yo me encargo de la empresa.
—¿Cómo piensas encargarte?
—Inventaré una excusa.
—No puedes inventar una excusa por mí sin siquiera…
Orson volvió a tirar de mi cintura y me colocó encima de él. Solté un quejido cuando las piernas doloridas quedaron a ambos lados de sus caderas. Sus manos descendieron por mi espalda con una calma que me pareció absurda para la situación.
—Puedo y lo haré —dijo—. Soledad cuidará de Valeria, yo resolveré lo de la empresa y tú vas a dormir un poco más.
—Pero…
—Elena, apenas puedes sentarte sin hacer una mueca.
—¿Y de quién es la culpa?
—Tuya, en gran parte. —Me acarició una nalga y sonrió al verme fulminarlo con la mirada—. Fuiste tú quien me arrastró hasta la bañera.
—Después de que tú prácticamente intentaras partirme en dos.
—No recuerdo que te quejaras.
Abrí la boca para responderle, pero no encontré ninguna mentira que pudiera sostener mirándolo a la cara. La noche anterior había hecho cualquier cosa menos quejarme. Le había pedido más. Lo había cabalgado hasta dejarlo sin aliento y, cuando los dos debimos detenernos, fui yo quien volvió a provocarlo.
Orson aprovechó mi silencio para rodearme con los brazos. Me acomodó contra su pecho y tiró de la sábana hasta cubrirnos.
—Duerme —murmuró sobre mi cabello—. Después llamas a Valeria.
—Primero voy a llamarla.
—Bien. Llama y luego duerme.
No discutí.
Me quedé apoyada sobre él con su teléfono todavía entre los dedos. Orson cerró los ojos, como si el asunto hubiera quedado resuelto, y comenzó a acariciarme lentamente la espalda. Yo, en cambio, ya no tenía sueño.
Hasta ese instante, la preocupación por la hora y por Valeria me había permitido evitar la pregunta más incómoda de todas.
¿Qué demonios habíamos hecho?
Éramos dos exesposos que habían pasado dos años separados, intentando convencerse de que el divorcio había puesto fin a todo.
Y había bastado una fiesta.
Unas miradas malinterpretadas. Gabriel sonriéndome. Una mujer acercándose demasiado a Orson. Celos que ninguno tenía derecho a sentir y que, aun así, nos habían consumido hasta arrastrarnos a su departamento.
Habíamos follado toda la noche porque él no soportó verme con otro hombre y yo tampoco pude tolerar que otra mujer lo tocara.
No sabía qué se suponía que debía decirle cuando volviera a despertar. Ni siquiera sabía si aquello había sido una recaída, una despedida o el principio de otro desastre.
Orson apretó el brazo alrededor de mi cintura, todavía con los ojos cerrados, como si temiera que fuera a escaparme en cuanto aflojara el agarre.
Yo me quedé inmóvil sobre su pecho, escuchando su respiración tranquila y tratando de entender cómo podía dormir con tanta facilidad mientras mi cabeza acababa de convertirse en un maldito campo de batalla.