63.
|Orson|Terminé de colocar las tostadas francesas en el plato y les añadí fresas, arándanos y un poco de miel. Serví también los huevos, el tocino y llevé todo a la mesa junto con dos tazas de café.
Elena ya estaba sentada. Vestía una de mis camisetas negras porque su vestido verde no había sobrevivido a la noche anterior. La prenda le llegaba hasta la mitad de los muslos y se deslizaba por uno de sus hombros, dejando al descubierto algunas de las marcas que yo le había hecho.
Intenté no mirarlas demasiado.
Dejé el plato frente a ella y tomé asiento al otro lado.
—¿Todo esto lo preparaste tú? —preguntó, observando el desayuno.
—No tengo personal escondido en la despensa, si eso estás pensando.
Elena me lanzó una mirada antes de cortar un pedazo de tostada. Esperé hasta que se lo llevó a la boca.
—¿Te gusta?
Masticó con calma, quizá solo para hacerme esperar.
—Sabe muy bien.
—Lo dices como si te sorprendiera.
—Me sorprende, ¿Sabías cocinar?
—Aprendí a sobrevivir durante estos dos años. No fui un completo inútil.
La frase produjo un silencio incómodo. Elena bajó los ojos hacia el plato y yo bebí café, arrepentido de haber mencionado el tiempo que llevábamos separados.
Continuamos comiendo sin saber qué decir. Solo se oían los cubiertos contra la vajilla y el murmullo lejano de la ciudad. Resultaba absurdo que unas horas antes hubiéramos sido incapaces de apartarnos el uno del otro y ahora ni siquiera pudiéramos mantener una conversación normal.
Ella parecía tan incómoda como yo. Removía el café, aunque ya le había puesto azúcar, y evitaba sostenerme la mirada demasiado tiempo. Seguramente intentaba decidir qué significaba lo ocurrido o cómo fingir que no significaba nada.
Para mí no había sido un simple impulso.
Los celos habían encendido la mecha, sí. Verla con Gabriel me hizo perder la razón, pero no podía culparlo de todo. Yo ya la deseaba antes de la fiesta. La había deseado durante dos años, y despertar con Elena entre mis brazos solo me confirmó que no quería volver a pasar otra noche sin ella.
No me bastaba con haberla recuperado durante unas horas. Quería intentarlo otra vez. Quería que regresara conmigo, volver a despertarme a su lado y dejar de comportarnos como dos desconocidos unidos únicamente por Valeria y una terapia que ninguno de los dos se atrevía a tomarse en serio.
El problema era cómo decírselo sin hacer que saliera corriendo.
No podía preguntarle, sin más, si una noche de celos y sexo había reparado nuestro matrimonio. Tampoco quería arrinconarla con promesas cuando todavía no habíamos hablado de las razones que nos separaron.
Abrí la boca un par de veces, pero ninguna frase me pareció adecuada. Elena continuó comiendo con la mirada puesta en el plato.
No sabía cómo pedirle a una mujer que se quedara sin arruinarlo, como lo hice una vez. Y aquella mujer había sido mi esposa.
Terminamos de comer sin conseguir romper del todo aquel silencio. Elena fue la primera en levantarse. Recogió ambos platos y los llevó hasta el fregadero antes de que yo pudiera impedírselo.
—Puedo ocuparme de eso —le dije.
—Tú cocinaste. Yo lavo.
Abrió el grifo y comenzó a enjuagar la vajilla. Me quedé sentado, observándola mover las manos bajo el agua mientras la camiseta se le deslizaba por un hombro. Parecía demasiado cómoda en mi cocina, vestida con mi ropa y caminando descalza por el departamento, como si los dos años separados no hubieran existido.
Aquella imagen solo aumentó mi impaciencia.
Necesitaba hablar antes de que encontrara una manera de marcharse. Sin embargo, seguí esperando mientras lavaba los platos con una tranquilidad que yo no compartía. Cuando cerró el grifo y tomó un paño para secarse las manos, ya no pude contenerme.
Me levanté y crucé la cocina.
La abracé por detrás, rodeándole la cintura con ambos brazos. Elena se sobresaltó y dejó caer el paño sobre el mesón.
—¿Qué haces?
Enterré la cara junto a su cuello y respiré su olor antes de responder.
—Tenemos que hablar.
Su cuerpo se tensó contra el mío. La giré entre mis brazos para tenerla de frente. Elena alzó la mirada, cautelosa, y apoyó las manos sobre mi pecho.
—¿Hablar de qué?
—De nosotros. De lo que pasó anoche. —Le sostuve la mirada—. He estado conteniéndome porque no sabía por dónde empezar, pero no puedo dejar que te marches sin hablarlo.
Algo cambió en su expresión. La cautela no desapareció, pero dejó de parecer preparada para alejarse.
—Yo también… —titubeó—. También quería hablar contigo.
Esas palabras deberían haberme tranquilizado, pero solo consiguieron inquietarme más. No sabía qué pretendía decirme. Tal vez quería establecer límites, pedirme que olvidáramos lo ocurrido o convertir la noche anterior en un error que jamás volvería a repetirse.
No iba a permitir que levantara una barrera antes de escucharme.
La sujeté por las caderas y la subí al mesón. Elena soltó una exclamación sorprendida y se aferró a mis hombros. Me situé entre sus piernas, manteniéndola allí, frente a mí.
—Yo primero —dije—. Tengo muchas cosas que decirte.
—Está bien —respondió—. Dilo.
Tomé aire, aunque no me ayudó a ordenar todo lo que llevaba dentro. Tenía las manos apoyadas a ambos lados de sus caderas y, aun así, me sentía más nervioso que durante cualquier negociación que hubiera enfrentado.
—Lo que pasó anoche fue intenso —comencé—. Muchísimo. Pero también fue especial, sobre todo para mí.
Elena no apartó los ojos de los míos.
—Esta vez no estábamos borrachos —continué—. No podemos culpar al alcohol ni decir que no sabíamos lo que hacíamos. Éramos conscientes de cada decisión que tomamos. Al menos yo lo fui.
Hice una pausa, buscando una manera de explicárselo para que entendiera.
—No quiero que pienses que solo fue sexo desenfrenado por culpa de los celos. Porque para mí significó mucho más que eso. Y no sé cómo decirlo sin que suene como si estuviera intentando presionarte, pero… no quiero que todo quede reducido a una noche. Tampoco soportaría que salieras de aquí llamándolo un error, porque no lo fue. Para mí no.
Elena permaneció en silencio. Su rostro no revelaba suficiente para saber si mis palabras la conmovían o la estaban preparando para levantar otra barrera entre nosotros.
Tenía que continuar antes de perder el valor.
—Sé que en el pasado no fui un buen esposo. Te hice daño, me comporté como un imbécil y destruí muchas cosas que debí proteger. No pretendo cambiar lo ocurrido ni pedirte que lo olvides. Solo quiero que sepas que aprendí de mis errores. Estos dos años me obligaron a madurar, a reconocer todo lo que hice mal y a descubrir qué clase de hombre quiero ser.
Le tomé las manos.
—Quise convertirme en alguien mejor por mí, pero también por ti. En un hombre digno de tu amor, si algún día volvías a estar dispuesta a dármelo.
Elena bajó la mirada hacia nuestros dedos entrelazados, pero no respondió.
—Esperé dos años por algo como lo que vivimos anoche. No por el placer, aunque haya sido la mejor maldita noche de mi vida. Esperé por volver a sentirte cerca, por tenerte entre mis brazos y comprobar que todavía existe algo entre nosotros. Para mí fue maravilloso, Elena, porque por unas horas volví a tener a la mujer que nunca dejé de querer.
La voz comenzó a fallarme, pero ya no tenía sentido contenerla.
—Te amo.
Ella levantó los ojos.
—Sí, te amo —repetí con más firmeza—. Ya lo sabía antes de que nos separáramos. Lo sentía y te lo dije, aunque para entonces hubiera hecho demasiadas cosas mal como para que esas palabras fueran suficientes. Desde aquel momento hasta ahora, lo que siento por ti no ha cambiado.
Acaricié sus nudillos con los pulgares.
—Han cerrado muchas heridas y otras dejaron cicatrices, pero mi amor por ti sigue intacto. Continúa aquí, de pie, esperando que algún día quieras recibirlo. Porque todavía tengo las manos llenas de todo lo que no supe darte cuando eras mi esposa.
Los ojos de Elena comenzaron a llenarse de lágrimas. Intentó bajar la mirada, pero le sostuve el rostro entre las manos para que no pudiera esconderse.
—¿Qué me dices? —pregunté, acariciándole las mejillas con los pulgares—. Quiero escucharte también, Elena.
Ella respiró profundamente. Por un instante temí que no encontrara una respuesta o que la que tuviera fuera exactamente la que yo no quería oír.
—Lo de anoche no fue un error —dijo al fin—. No pensaba decirte eso.
La presión que tenía en el pecho disminuyó un poquito.
—Entonces, ¿qué querías decirme?
—No lo sabía. Ese era el problema. —Apoyó las manos sobre mis muñecas—. Al igual que tú, no encontraba la manera de iniciar esta conversación. No sabía qué vendría después de lo ocurrido ni cómo se suponía que debíamos tratarnos a partir de ahora. Todo se siente extraño, ¿sabes? Ha pasado mucho tiempo.
Asentí sin soltarla.
—En el fondo, llegué a creer que los sentimientos que tuve por ti habían muerto junto con nuestro matrimonio —continuó—. Me convencí de que los había dejado atrás, pero me equivoqué. No desaparecieron, Orson, y eso me frustra todavía más porque no sé si está bien continuar sintiéndolos.
—Está bien, Elena. Más que bien —le aseguré—. Eres un ser humano. Lo que sentimos no desaparece solo porque hayan pasado algunos años, por mucho que intentemos obligarnos a olvidarlo.
Una lágrima escapó de sus ojos. La recogí con el pulgar antes de que descendiera por su mejilla.
—Sí —admitió—. Supongo que tienes razón. Entre nosotros ocurrieron demasiadas cosas. Hubo engaños, mentiras y personas que nos utilizaron para obtener lo que querían. Yo me enamoré de ti aun sabiendo que lo nuestro era imposible. Era inmadura y creía que querer con suficiente fuerza bastaría para arreglarlo todo.
Su confesión me apretó la garganta.
—Quizá eso fue lo que más me lastimó —añadió—: amarte y sentir que no era correspondida.
Cerré los ojos un instante. No podía discutirlo ni defenderme. Aunque la hubiera amado, durante demasiado tiempo mis actos le demostraron lo contrario.
—Lo sé —murmuré—. Y lo lamento.
—El pasado quedó atrás. Hay cosas que ya ni siquiera recuerdo con claridad porque cerré mi mente y mi corazón a todo lo que me hacía daño. No quería seguir viviendo dentro de esos recuerdos. —Sus labios dibujaron una sonrisa triste—. Después hice otros nuevos. Con mis amigos, mis compañeros, mi familia… Encontré personas que fueron pequeñas curitas durante el proceso. Me ayudaron a reconstruirme y a comprender que mi vida podía continuar sin ti.
Me dolió escucharla, pero necesitaba saberlo. Elena había aprendido a vivir sin mí mientras yo seguía esperando la oportunidad de recuperarla.
—Y aun así, no logré olvidarte por completo —confesó—. Se lo repetí muchas veces a mi terco corazón, pero nunca terminó de creerme. Intenté ocultar lo que sentía porque pensaba que era lo mejor para mí. Enamorarme otra vez, permitir que alguien volviera a acercarse de esa manera… nada de eso estaba en mis planes.
—¿Por qué?
Elena sostuvo mi mirada. Otra lágrima descendió por su mejilla.
—Porque tengo miedo, Orson. Miedo de volver a sentir todo esto y terminar sufriendo otra vez.
—No, no, Elena. —Negué enseguida y acerqué mi frente a la suya—. No tengas miedo.
Ella cerró los ojos, pero las lágrimas continuaron escapándose. Las sequé con los pulgares mientras intentaba controlar el temblor de mi propia voz.
—No puedo prometerte que jamás tendremos días malos, pero sí que nunca volverás a enfrentarlos sola. Si me das esta oportunidad, dedicaré el resto de mi vida a hacerte feliz. Cada día voy a compensarte con el amor que no supe darte cuando debía. Viviré para amarte y para demostrarte cuánto significas para mí, no solo con palabras, sino con todo lo que haga.
Elena abrió los ojos y me miró sin hablar.
—Solo tienes que dejarme entrar de nuevo —continué—. Permíteme ayudarte a reconstruir lo que rompí. No voy a exigirte que confíes en mí de inmediato ni a fingir que el pasado desapareció. Quiero ganarme tu confianza poco a poco, el tiempo que sea necesario. Pero dame la oportunidad de intentarlo.
—No sé si sabré hacerlo —confesó—. Volver a nosotros… no sé cómo se hace después de todo.
—Yo tampoco. —Acaricié su rostro—. Lo aprenderemos juntos. Esta vez sin mentiras, sin secretos y sin permitir que nadie se interponga. Solo tú y yo.
Ella guardó silencio. Cada segundo que pasaba me apretaba un poco más el pecho. No quise apresurarla, aunque por dentro me estaba deshaciendo.
—¿Esto es lo que realmente quieres? —preguntó.
—Más que cualquier otra cosa.
—¿Aunque no sea fácil?
—Especialmente cuando no lo sea.
Elena respiró profundamente. Vi cómo luchaba contra sus dudas hasta que, por fin, asintió.
—Está bien.
Me quedé inmóvil, temiendo haberla entendido mal.
—¿Qué significa «está bien»?
Una sonrisa pequeña apareció entre sus lágrimas.
—Que sí, Orson. Voy a darte otra oportunidad. Vamos a intentarlo.
La felicidad me golpeó con tanta fuerza que le sujeté el rostro y la besé. No hubo desesperación en aquel beso, solo alivio. La besé despacio, saboreando el sí que llevaba dos años esperando.
Después la abracé y la estreché contra mi pecho. Elena rodeó mi cintura con las piernas y escondió la cara en mi cuello mientras yo hundía una mano en su cabello.
—Gracias —murmuré junto a su oído—. Gracias por volver a elegirme.
—No hagas que me arrepienta.
Me aparté para mirarla.
—No lo haré. Te lo prometo.
Volví a besarla, sonriendo contra sus labios. Por primera vez en dos años, no sentí que estuviera aferrándome a un recuerdo. Tenía a Elena entre mis brazos y esta vez no pensaba desperdiciar la oportunidad de amarla como merecía.
>>>
¡Holis, lectoras! 💗
Espero que les hayan gustado estos dos capítulos llenos de tantas emociones. 🥹
Quiero contarles que oficialmente estamos entrando en la recta final de esta historia, pero antes de llegar al desenlace tendremos algunos momentos lindos de pareja. Por fin podremos conocer cómo es Orson realmente como esposo y también veremos a Elena en su faceta de esposa. 🥰
Por cierto, tengo una cuenta en Instagram, así que pueden ir a seguirme como @emily_wd16 .
Por allá estaré subiendo fotitos de ellos, algunas escenas y, por supuesto, sus momentos felices para quienes quieran verlos más allá de las letras. ✨💕
¡Nos vemos en el próximo capítulo!Con cariño, Emy ❤️