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64.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

64.

|Elena|

La reconciliación apenas había terminado cuando Orson me bajó del mesón, me dio otro beso y salió de la cocina con tanta determinación que me hizo seguirlo.

Lo encontré en el dormitorio, sacando dos maletas grandes del fondo del vestidor. Colocó la primera sobre la cama y abrió las puertas del armario.

—¿Qué estás haciendo?

—Preparando mis cosas.

Empezó a sacar camisas de los percheros y a dejarlas dentro de la maleta. Ni siquiera se molestaba en doblarlas bien.

—¿Preparándolas para qué?

Orson se detuvo y me miró como si la respuesta fuera evidente.

—Para mudarme contigo.

Creí que estaba bromeando, pero regresó al armario y continuó guardando ropa.

—Orson, acabamos de decidir que volveremos a intentarlo. Hace menos de diez minutos.

—Lo sé. Estuve presente.

—¿Y ya vas a mudarte?

—¿Quieres que espere?

La pregunta me tomó desprevenida.

—No dije eso, pero podrías hacerlo mañana. O dentro de unos días. Como una persona normal que necesita tiempo para organizar una mudanza.

—Ya esperé dos años, Elena. No voy a perder otra noche durmiendo solo porque la gente normal considere que debemos fingir prudencia.

Arrojó varios pantalones dentro de la segunda maleta y fue por sus zapatos. Lo observé moverse de un lado a otro, recogiendo lo indispensable con la misma seriedad con la que se ocuparía de un asunto urgente de la empresa.

—¿Y qué harás con este apartamento?

—Todavía no lo sé. Puedo conservarlo o ponerlo en venta. Eso no importa ahora.

—Aquí tienes todas tus cosas.

—Después enviaré a alguien por el resto.

Abrió un cajón y comenzó a sacar ropa interior. Alcé una ceja al ver que prácticamente la lanzaba dentro de la maleta.

—Se te va a arrugar todo.

—Tengo plancha.

—No sabes utilizarla, estoy segura.

—Tengo dinero para contratar a alguien que sí sepa. ¿Cómo la ves?

Puse los ojos en blanco, me acerqué y aparté sus manos.

—Déjame hacerlo antes de que destroces todas tus camisas. Así no se hace.

Orson sonrió y me cedió el lugar sin protestar. Mientras yo doblaba la ropa, él buscó sus artículos de aseo, el cargador del teléfono, algunos documentos y el computador portátil. No parecía interesado en llevarse objetos decorativos ni nada que no necesitara de inmediato. Estaba decidido a salir de allí esa misma mañana, aunque tuviera que abandonar la mitad de su vida dentro del apartamento.

La idea debió asustarme. En cambio, cada prenda que acomodaba despertaba una emoción difícil de contener. No se trataba únicamente de ayudarlo a preparar una maleta. Estaba llevando conmigo las primeras piezas de una vida que creíamos terminada.

Una hora después, Orson cerró el equipaje y lo dejó junto a la puerta. Yo todavía llevaba su camiseta debajo del abrigo que me había prestado, porque mi vestido no estaba en condiciones de volver a usarse. Antes de marcharnos, contemplé el apartamento y recordé cómo había entrado allí la noche anterior, furiosa, celosa y sin ninguna intención de quedarme.

Ahora salía acompañada por mi exesposo, sus maletas y la promesa de volver a formar una familia.

Durante el camino a casa hablamos poco, pero el silencio ya no era incómodo. Orson condujo con una mano y mantuvo la otra sobre mi muslo. De vez en cuando entrelazaba nuestros dedos o me miraba, como si necesitara comprobar que no había cambiado de opinión.

Yo también seguía procesándolo.

Todo había ocurrido con una rapidez absurda. Sin embargo, por primera vez no me parecía necesario analizar cada paso hasta arruinarlo. Habíamos desperdiciado demasiado tiempo permitiendo que el miedo decidiera por nosotros.

Cuando llegamos, Orson sacó las maletas del automóvil y caminó detrás de mí hasta la entrada. Abrí la puerta y apenas puse un pie dentro escuché la voz de Valeria.

—¡Mami!

Apareció desde la sala con sus pasitos apresurados, seguida de cerca por Soledad. Me agaché para recibirla y nuestra hija se lanzó a mis brazos.

—Mi niña —murmuré mientras la levantaba—. Te extrañé, pequeña.

Valeria me rodeó el cuello y apoyó la mejilla contra la mía.

—Yo también, mami. ¿Dónde estabas?

La culpa me pinchó un poco. Le besé el cabello antes de responder.

—Estaba con tu papá.

Valeria se apartó para mirarme y después buscó a Orson por encima de mi hombro. Él permanecía junto a la entrada, con una maleta en cada mano.

—¿Con papi?

—Sí. Y tenemos algo que contarte. —Sonreí—. Adivina qué: tu papá va a vivir aquí con nosotras de ahora en adelante.

Sus ojos se agrandaron.

—¿En serio?

—En serio.

—¡Guau!

La emoción le iluminó la cara. Estiró los brazos hacia Orson y él abandonó las maletas para cargarla.

—¿De verdad vas a dormir aquí? —le preguntó Valeria.

—Todas las noches, princesa.

—¿Con mami?

Orson me miró antes de responder. Su sonrisa tenía una satisfacción descarada.

—Con mami.

—¿Y conmigo?

—Contigo también, pero cada uno en su cama.

Valeria pareció pensarlo. Después le sostuvo el rostro con sus pequeñas manos.

—¿Ya no te vas?

La expresión de Orson se derritió ante esa última pregunta. La estrechó contra su pecho y le besó la frente.

—No, princesa. Ahora estaremos juntos como una familia de verdad.

Ella sonrió y volvió a abrazarlo por el cuello. Verlos de aquella forma me llenó los ojos de lágrimas. Nuestra hija era demasiado pequeña para comprender lo que significaba una reconciliación, pero entendía que tendría a sus padres bajo el mismo techo, y aquello parecía bastarle para ser feliz.

La nana Soledad se acercó y observó las maletas abandonadas junto a la puerta.

—Me alegra mucho verlos así —dijo—. Felicidades a los dos.

—Gracias, nana —respondí.

—Aunque tampoco puedo fingir que me sorprende. Se veía venir desde hace tiempo.

Orson frunció el ceño.

—¿Qué se veía venir?

—Su reconciliación, señor. Usted pasaba más tiempo en esta casa que en su apartamento.

—Venía a visitar a mi hija.

—Por supuesto. Y supongo que por eso también encontraba cualquier motivo para quedarse a solas con mi muchacha cuando la niña ya estaba dormida.

Tuve que ocultar una sonrisa. Orson abrió la boca para defenderse, pero Valeria comenzó a tocarle la cara para reclamar su atención y terminó ignorando a Soledad.

—Papi, vamos a jugar.

—Primero debo llevar mis cosas arriba.

—Yo te ayudo.

—Esas maletas pesan más que tú, pulga saltarina.

Valeria insistió en sujetar uno de los tiradores. Orson fingió que ella lo ayudaba mientras subían el equipaje por las escaleras. Caminé detrás de ellos, mirando a mi hija hacer un esfuerzo inútil y a él avanzar despacio para dejarla participar.

Más tarde, Soledad llevó a Valeria a merendar y yo subí para acomodar las pertenencias de Orson. Abrí las dos maletas sobre la cama y empecé por las camisas, alisándolas antes de colgarlas en el lado vacío del armario.

Había espacio suficiente para los dos. Moví algunos vestidos, despejé varios cajones y ordené sus pantalones y camisetas. Orson solo había llevado lo indispensable, pero su ropa bastó para cambiar el aspecto de la habitación. Sus prendas oscuras junto a las mías y el aroma de su colonia impregnando el vestidor hicieron que todo comenzara a sentirse compartido.

Me sorprendí sonriendo mientras guardaba sus cosas. La rapidez de lo ocurrido seguía siendo difícil de asimilar.

Tomé la última camisa y estaba colocando el gancho cuando unos brazos me rodearon por detrás.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Orson junto a mi oído.

—Llegas un poco tarde. Ya casi termino.

—No quería interrumpir. Parecías demasiado contenta organizando mi ropa.

—No te emociones. Mañana te enseñaré dónde está la plancha.

Él me apretó contra su cuerpo y apoyó la barbilla sobre mi hombro. Su mirada recorrió el armario antes de detenerse en las maletas abiertas.

—Esto parece un sueño —murmuró.

Cubrí sus manos con las mías.

—A mí también me lo parece.

Orson me hizo girar entre sus brazos y me besó la frente. Después me abrazó con fuerza, y yo apoyé la mejilla sobre su pecho mientras escuchaba los latidos de su corazón.

Me sentía feliz. No con la tranquilidad de quien recupera algo conocido, sino con la emoción nerviosa de quien está a punto de comenzar una vida completamente nueva. Había incertidumbre, por supuesto, pero ya no me asustaba de la misma manera.

Era extraño y agradable sentir tanta ilusión otra vez.

Cerré los ojos y abracé a Orson con más fuerza, permitiéndome disfrutar de aquel comienzo sin buscar todavía razones para temerle.

***

|Orson|

Cuando el avión alcanzó una altura estable y apagaron la señal del cinturón, senté a Valeria sobre mis piernas para que pudiera mirar por la ventanilla. Pegó las manos y la punta de la nariz al cristal, fascinada con el azul interminable que se extendía bajo nosotros.

—¡Mira, papi! ¡Agua!

—Si, mi amor, mucha agua —respondí, sujetándola por la cintura.

—¿Hay peces?

—Seguro que sí.

—¿Grandes?

—Algunos. Pero tú los vas a mirar desde lejos, ¿Okey?

Valeria soltó una risita y señaló las nubes creyendo que podía tocarlas si estiraba suficiente el brazo. Elena estaba sentada a mi lado y le explicó que volábamos rumbo a Providenciales, una de las islas Turcas y Caicos, pero nuestra hija perdió el interés en cuanto vio una nube con forma de animal.

Julián había organizado el viaje con su novia Beatriz y nos había invitado a Elena y a mí. Soledad también venía con nosotros para ayudarnos con Valeria.

Según Elena estas vacaciones era donde Julián planeaba pedirle matrimonio a Beatriz.

La idea de alejarnos de la ciudad durante varios días me parecía perfecta. Podíamos descansar, compartir con Valeria y disfrutar de un lugar donde nadie interrumpiera los momentos en familia.

Cuando el avión inició el descenso, aparecieron las primeras islas entre el océano. Valeria volvió a sentarse en su asiento por seguridad, pero mantuvo la cara inclinada hacia la ventanilla. Desde allí se distinguían franjas de arena blanca, pequeñas embarcaciones y distintas tonalidades de azul que se mezclaban alrededor de la costa.

—¿Esa es nuestra playa? —preguntó.

—Una de todas esas —le explicó Elena mientras le ajustaba el cinturón.

—Quiero la más grande.

—Lo discutiremos con el dueño de la isla —dije.

Elena me miró divertida.

—No le digas esas cosas. Es capaz de creer que puede escoger una playa.

—Es mi hija. Claro que puede.

Valeria asintió con seriedad, satisfecha con mi respuesta, y Elena negó con la cabeza, ocultando una sonrisa.

El aire cálido nos recibió al bajar del avión. Ayudé primero a Elena con los escalones y luego tomé a Valeria, que no dejaba de mirar hacia todas partes mientras preguntaba cuándo podría tocar el mar. Un empleado del servicio privado se ocupó de las maletas. A poca distancia, Julián descendió acompañado de Beatriz; ella llevaba un sombrero amplio y se protegía los ojos del sol con una mano.

Soledad se reunió con nosotros en la pista y trató de convencer a Valeria de ponerse el sombrero. La niña protestó hasta que Elena se agachó para sujetárselo bajo la barbilla.

—Si quieres ir a la playa, tienes que usarlo.

—No me gusta.

—Al sol tampoco le importa. Póntelo.

Mi hija terminó aceptando y corrió hacia Julián después para presumir que tenía una playa. Él le aseguró que la compartirían entre todos, arruinando parte de la autoridad que yo había fingido concederle durante el vuelo.

Dos vehículos del hotel nos esperaban fuera del aeropuerto. El trayecto fue corto y agradable, entre calles bordeadas por vegetación, casas de colores claros y destellos del océano que aparecían entre las palmeras. Beatriz habló casi todo el camino sobre las actividades que quería hacer, mientras Julián asentía y nos lanzaba alguna mirada discreta cada vez que ella mencionaba una cena romántica o una puesta de sol.

El hotel se encontraba frente a Grace Bay. La entrada era abierta y luminosa, con columnas de piedra clara, techos altos y telas blancas moviéndose con la brisa. Desde el vestíbulo podía verse el mar, tan transparente que las embarcaciones parecían suspendidas sobre el agua. Había jardines tropicales alrededor de los senderos, una piscina larga orientada hacia la playa y pequeñas áreas de descanso protegidas por palmeras.

Nos asignaron una suite amplia con terraza privada, sala, dormitorio y vista directa al océano. Soledad quedó instalada en la habitación contigua para tener cerca a Valeria, aunque la niña declaró que dormiría con nosotros porque estábamos de vacaciones. Elena le explicó que eso todavía estaba por decidirse.

Mientras el personal dejaba el equipaje, Valeria empezó a tirar de la mano de Soledad.

—Quiero pasear, nana, llévame.

—Acabamos de llegar, señorita —respondió la nana—. Déjame guardar sus cosas.

—Nada la playa, deseo ver la playa, di que sí.

Soledad suspiró y buscó la aprobación de Elena, quien se acercó para acomodarle el sombrero otra vez.

—Pueden salir un rato, pero no se alejen. Nada de acercarse al agua sin nosotros y regresen para almorzar.

—No iremos lejos —prometió Soledad—. Solo veremos los jardines y el camino hacia la playa.

—Mami, voy a buscar peces.

—Los peces no viven en los jardines, mi amor.

—Entonces voy a buscarlos en otro lado.

—Tú vas exactamente adonde vaya Soledad.

Cuando las dos se fueron, Elena abrió las puertas de la terraza y salió. El viento le movió el cabello mientras contemplaba el mar. Me acerqué y me apoyé en la baranda junto a ella. Desde allí se veía una extensión de arena, varias sombrillas blancas y el agua turquesa perdiéndose en el horizonte.

—Es precioso —dijo.

—Julián eligió bien.

—Beatriz está encantada. Eso es buena señal.

—¿Qué planes tenemos para estos días?

Elena se acomodó el cabello detrás de la oreja mientras pensaba.

—Hoy podríamos almorzar aquí y pasar la tarde en la playa con Valeria. Mañana hay una excursión en barco que llega a unas calas tranquilas. También quiero probar el spa y Beatriz habló de cenar en uno de los restaurantes junto al mar.

—¿Y nosotros tendremos algún momento solos?

Ella me miró de reojo.

—Para eso vino Soledad.

—Uy, el viaje mejora por momentos.

Sonrió y apoyó los brazos sobre la baranda.

—¿Dónde será la propuesta? —pregunté—. ¿Y cuándo?

—No tengo todos los detalles. Julián solo me dijo que lo ayudaría si necesitaba distraer a Beatriz o llevarla a algún lugar sin levantar sospechas.

—¿No será esta noche?

—No lo creo. Seguro querrá tantear el terreno primero, ver qué desea hacer ella y encontrar el momento indicado. Julián puede parecer muy seguro, pero lleva semanas nervioso con esto.

Elena empezó a imaginar posibilidades en voz alta: una cena privada sobre la arena, un paseo al atardecer, luces escondidas entre las palmeras o incluso una salida en barco. Hablaba con una ilusión contagiosa, moviendo las manos y sonriendo cada vez que añadía una idea nueva. Parecía tan emocionada como si la propuesta fuera para ella.

La observé sin interrumpir.

El viento seguía jugando con su cabello y el sol iluminaba su rostro. Había algo en la felicidad con la que hablaba de anillos, promesas y bodas que sembró una idea peligrosa en mi cabeza.

¿Sería demasiado pronto para pedirle matrimonio?.