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65.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

65.

|Elena|

La brisa de la noche traía un olor intenso a sal y a flores tropicales. Cenamos en uno de los restaurantes del hotel, ubicado en una terraza al aire libre que daba directamente hacia el jardín iluminado con antorchas. La comida fue tranquila, amenizada por las ocurrencias de Valeria, que cayó dormida casi al final de la cena sobre los brazos de Orson.

Soledad se encargó de llevarse a la niña a la habitación contigua para que pudiera descansar bien, mientras Julián y Beatriz se despidieron para dar un paseo por las instalaciones.

Nos quedamos solos en la mesa, terminándonos la última copa de vino.

—¿Cansada? —me preguntó Orson, observándome por encima del cristal de su copa.

—Para nada. El clima está increíble —respondí, estirando las piernas bajo la mesa—. No tengo ganas de encerrarme todavía.

—Entonces ven conmigo.

Se levantó, me ofreció su mano y me ayudó a ponerme de pie. Nos quitamos el calzado al salir de la terraza de madera y dejamos las sandalias a un lado para avanzar descalzos sobre la arena. La playa estaba tibia, suave, reteniendo el calor que el sol le había regalado durante el día.

Caminamos despacio por la orilla, dejando que las olas pequeñas y heladas nos mojaran los pies de vez en cuando. La luna llena iluminaba el océano con un resplandor plateado y el cielo estaba completamente despejado, atestado de miles de estrellas que se veían con una claridad que jamás teníamos en la ciudad.

A unos metros de la orilla, lejos de las luces del complejo, Orson se detuvo, se quitó la camisa ligera de lino que llevaba puesta y la extendió sobre la arena para que pudiéramos sentarnos.

Me acomodé sobre la tela, doblando las piernas, y él se sentó justo detrás de mí, rodeándome con sus brazos y pegando mi espalda a su pecho desnudo. Apoyé la cabeza en su hombro, soltando un suspiro largo de absoluta paz.

—Mira allá —murmuró Orson cerca de mi oído, señalando hacia el horizonte con la mano—. Nunca había visto tantas estrellas juntas.

—Es hermoso —susurré, buscando la forma de entrelazar mis dedos con los suyos—. Parece un cuadro.

El silencio que nos envolvió no tenía nada que ver con la tensión pesada de meses atrás. Era un silencio cálido y lleno de complicidad. Sentir los latidos firmes de su corazón contra mi espalda y el calor de su piel me daba una seguridad que hacía tiempo no experimentaba.

Orson giró el rostro y me besó la mejilla con delicadeza, subiendo despacio por la línea de mi mandíbula hasta llegar a la comisura de mis labios.

—Aun me cuesta creer que estemos aquí, Elena —confesó con voz baja, profunda—. Que estés aquí conmigo.

Me giré un poco entre sus brazos para verlo. La luz de la luna le daba de lleno en los ojos, resaltando esa intensidad tranquila con la que me miraba ahora.

—Estamos aquí, Orson —le aseguré, pasando la mano por su mejilla para acariciarle la piel suave—. De verdad, así que créelo.

Él se inclinó y me besó. Fue un beso lento, pausado, dulce, sin las prisas ni la desesperación que solía caracterizarlo. Sus labios se movieron sobre los míos con devoción, saboreándome mientras una de sus manos se acomodaba en mi nuca para sostenerme con firmeza.

Le respondí abrazándolo por el cuello, disfrutando del roce de sus labios y del aroma a mar y a su colonia que me envolvía.

Cuando nos separamos un poco, apenas para respirar, Orson apoyó su frente contra la mía. Tenía una sonrisa tranquila en el rostro.

—No quiero que se acaben estas vacaciones —dijo.

—Apenas estamos empezando, tonto —me reí suavemente, acariciándole el cabello desordenado por el viento marítimo.

Se acomodó mejor en la arena, recostándose un poco y arrastrándome con él para que me apoyara sobre su pecho. Nos quedamos así durante un tiempo indefinido, mirando el firmamento en calma, escuchando el sonido constante de las olas rompiendo en la orilla y disfrutando de un momento que era completamente nuestro.

***

El sol mañanero ya calentaba la brisa cuando zarpamos hacia las calas. El catamarán navegaba a buen ritmo, cortando un agua de un turquesa tan claro que parecía de mentira. La brisa marina traía un olor fresco a sal, y las olas pequeñas daban un balanceo suave.

En una de las mesas de madera de la cubierta, Orson estaba sentado junto a nuestra hija sacando una caja pequeña de su mochila.

—Mira lo que traje para ti, princesa —le dijo, sacando una camarita fotográfica compacta, de color amarillo brillante y con una funda de goma resistente.

A Valeria se le iluminaron los ojos de inmediato.

—¡Una cámara como la tuya! —exclamó, estirando las manos con ansias.

—Para que tomes tus propias fotos de las vacaciones —le explicó él, pasándole la correa de seguridad por el cuello—. Mira, se agarra de aquí, miras por este hoyito y aprietas este botón de arriba. A ver, pruébalo.

Valeria apuntó la cámara directamente hacia la cara de Orson, cerrando un ojo con una fuerza exagerada para enfocar. El clic del obturador sonó limpio y la niña soltó una risita al ver la imagen aparecer en la pantalla digital.

—¡Te tomé una, papá! ¡Saliste con la boca abierta! —gritó feliz, mostrándole la pantalla.

—Oye, qué gran fotógrafa me resultaste —se rio Orson, besándole la mejilla—. A ver, ve a tomarle fotos al mar y a la nana Soledad.

Nuestra hija tomó de la mano a la nana que venía con su sombrero bien sujeto por el viento, y se la llevó hacia la proa del barco para empezar su expedición fotográfica. Las escuchábamos reír a lo lejos mientras la niña le daba órdenes a la nana para que posara junto a los barandales.

En el otro extremo de la embarcación, en la zona de las mallas sobre el agua, Julián y Beatriz disfrutaban de su propio momento. Beatriz estaba recostada sobre el pecho de Julián con los ojos cerrados, disfrutando del sol, mientras él le acariciaba el cabello y le hablaba en un murmullo bajo.

Aprovechando que la niña estaba entretenida con Soledad y que los demás estaban en su propio mundo, Orson y yo nos acomodamos en un rincón con sombra en la parte trasera de la cubierta, apoyados en el barandal para mirar la costa que se alejaba.

—Prestame tu teléfono, quiero comprobar si tu hija heredó tu talento o el mío —le dije a Orson con tono burlón.

—Ella heredó todo lo bueno de los dos —respondió él, entregándome el celular.

Acomodé la cámara y lo enfoqué. Traía una camisa de lino abierta sobre el pecho, los lentes de sol oscuros y el cabello ligeramente despeinado por el viento del océano. Lucía tan relajado, tan atractivo que por un segundo me quedé mirándolo a través de la pantalla sin apretar el botón.

—A ver, posa un poco, no te quedes serio —le pedí.

Orson sonrió de medio lado, esa sonrisa suya coqueta, y miró hacia el mar justo cuando la luz del sol le daba de lleno en el rostro. Le tomé varias fotos seguidas. Se veía increíble.

—Ahora dame acá, me toca a mí —dijo, quitándome el teléfono de las manos con agilidad.

—No, no estoy peinada, el viento me despeinó todo el cabello —protesté, intentando cubrirme la cara con las manos.

—Te ves perfecta, Elena. No te muevas —ordenó con voz suave.

Me acomodé el vestido playero y le sonreí a la cámara, sintiendo una calidez en el pecho que nada tenía que ver con el clima tropical. Orson tomó varias tomas, moviéndose de un lado a otro en la cubierta para buscar el mejor ángulo, tomándose el papel de fotógrafo con una seriedad que me hacía reír.

Al mediodía desembarcamos en una pequeña playa virgen de arena blanquísima, rodeada de palmeras y vegetación baja. Mientras Soledad ayudaba a Valeria a armar castillos de arena con sus cubetas y Julián llevaba a Beatriz a caminar por la orilla, Orson y yo nos sentamos bajo la sombra de unos arbustos florales que crecían cerca de las rocas.

Él comenzó a manipular distraídamente unas enredaderas silvestres de tallo flexible que tenían unas pequeñas flores amarillas de olor dulce. Con la habilidad de sus manos grandes, empezó a trenzar los tallos con paciencia.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, observando sus dedos largos moverse.

—Un trabajo de alta artesanía —respondió con misterio, sin alzar la vista.

En un par de minutos, unió los extremos y formó un pequeño aro floral perfecto. Se estiró hacia mí, tomó mi mano izquierda y deslizó el anillo de flores en mi dedo anular. El aro le quedaba exacto.

—Unas bellas flores para otra bella flor —musitó, besándome el nudillo.

Sonreí, sintiendo un vuelco en el estómago. Pero no se detuvo ahí. Tomó un par de ramas más largas cargadas de flores y empezó a tejer una corona más amplia. Cuando la terminó, se incorporó sobre sus rodillas y me la colocó con cuidado sobre el cabello.

—Listo. Ya eres la reina de la isla —declaró con una chispa de travesura en los ojos.

—Eres un ridículo —le dije, aunque el corazón me latía a mil por hora. Me acomodé la corona y lo tomé del cuello de la camisa para atraerlo hacia mí y darle un beso en los labios—. Pero me encanta.

El resto del día se nos fue volando entre risas, nadando en el agua tibia de la cala y viendo a Valeria correr orgullosa con su cámara, fotografiando los cangrejos, las conchas de mar y la corona de flores que su papá me había hecho.

Regresamos al catamarán cuando el sol empezaba a caer en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. Fue un fin de día perfecto, de esos que se quedan grabados en la memoria para siempre.

***

Esa misma noche, después de haber dejado a Valeria bañada y cenada bajo los cuidados de la nana Soledad, alguien tocó a la puerta de nuestra suite con tres golpes apresurados.

Al abrir, me encontré a Julián parado en el pasillo. Lucía impecable con una camisa blanca de lino, pero tenía la cara pálida y se pasaba la mano por el cabello una y otra vez, a punto de abrir un hoyo en la alfombra de tanto caminar de un lado a otro.

—Elena, por favor dime que tienes cinco minutos antes de que pierda el juicio —susurró entre dientes, mirando hacia los lados como si estuviera transportando contrabando.

Sonreí y me hice a un lado para dejarlo pasar. Orson, que estaba terminando de abotonarse el reloj en la sala, alzó las cejas al ver el estado de mi amigo.

—¿Te vas a casar o vas a entrar a un juicio oral, Julián? Te ves fatal —le dijo a modo de broma.

—Cállate, de verdad no me ayudas —protestó Julián, llevándose las manos a la cabeza mientras se dejaba caer en uno de los sillones—. Elena, ¿y si me dice que no? ¿Y si piensa que es muy pronto? ¿Y si abro la cajita y el anillo se cae entre la arena y lo pierdo? Siento que voy a vomitar.

Se notaba que veía muchas películas.

Me acerqué, me arrodillé frente a él y le tomé las dos manos para obligarlo a mirarme a los ojos.

—Respira, Julián. Primero, respira —le dije suavemente—. Beatriz está perdidamente enamorada de ti. Llevas semanas preparando esto, la amas, ella te ama. No hay forma de que lo arruines a menos que te desmayes frente a ella. ¿Está preparada? Sí. Lleva todo el día esperando una señal tuya. Así que deja de dudar y sal ahí a pedirle que pase la vida contigo.

Julián exhaló un suspiro largo, aflojando los hombros. Me miró con gratitud y apretó mis manos.

—Gracias, Elena. En serio... necesitaba escuchar eso.

—Ahora ve por ella —sonreí, poniéndome de pie—. Nosotros nos vemos en la terraza.

Salimos minutos después. La cita era en un área reservada de la playa del hotel. Solo íbamos los cuatro. Para la ocasión, el hotel organizaba una velada especial donde lanzaban linternas flotantes de papel iluminadas con velas hacia el mar, un espectáculo silencioso que teñía el horizonte de luces doradas.

Caminamos por un sendero de antorchas hasta llegar a un rincón privado de la costa que Julián había reservado en secreto. Habían colocado un cenador de madera cubierto de telas blancas que se mecían con la brisa, iluminado por hileras de luces cálidas y guirnaldas de flores tropicales. En el centro, una pequeña mesa con champán y copas de cristal nos esperaba.

—¡Esto es hermoso, Julián! —exclamó Beatriz, maravillada mientras se acercaba a la orilla para ver cómo las primeras linternas de luz comenzaban a elevarse hacia el cielo nocturno, reflejándose en el agua turquesa—. Mira las luces, Elena, ¡toma una foto también!

Beatriz sacó su teléfono y avanzó unos pasos hacia la orilla para encuadrar las linternas en el cielo. Estaba totalmente distraída, fascinada por la magia del espectáculo.

Esa era la señal.

Julián me miró por encima del hombro. Le asentí con la cabeza, dándole ese último empujón de valentía, mientras Orson me rodeaba la cintura con un brazo desde atrás, pegándome a su pecho para darnos espacio a presenciar el momento.

Mi amigo metió la mano en el bolsillo de su saco, sacó una cajita de terciopelo azul y caminó a pasos silenciosos por la arena hasta quedar justo detrás de Beatriz. Despacio, con el corazón en la garganta, se hincó sobre una rodilla.

—Beatriz —la llamó con la voz ligeramente temblorosa.

La chica se giró con una sonrisa, pero se quedó congelada al verlo arrodillado frente a ella. Se llevó ambas manos a la boca, abriendo los ojos de par en par mientras lágrimas comenzaban a acumularse en sus pestañas.

—Llevo días repasando un discurso perfecto en mi cabeza —dijo Julián, alzando la mirada hacia ella con los ojos brillando bajo la luz de las estrellas—, pero la verdad es que todo se reduce a esto: no me imagino un solo día de mi futuro sin ti. Eres mi paz, mi alegría y lo mejor que me ha pasado. Beatriz... ¿quieres casarte conmigo?

Julián abrió la cajita, dejando al descubierto un diamante que destelló bajo la luz de las antorchas.

El silencio de la playa solo estuvo acompañado por el sonido suave de las olas. Beatriz soltó un sollozo ahogado de pura emoción, asintió con la cabeza una y otra vez antes de que las palabras pudieran salir de su garganta.

—¡Sí! ¡Claro que sí, mi amor! —exclamó con la voz rota.

Julián se puso de pie de un brinco, le deslizó el anillo en el dedo y la tomó de la cintura para levantarla en el aire mientras se besaban con una desesperación y una felicidad contagiosas. El abrazo fue tan apretado que parecía que no volverían a soltarse jamás.

Orson y yo comenzamos a aplaudir y a gritar de la emoción. Sentí un nudo de felicidad en la garganta y mis propias lágrimas amenazaron con salir. Me apoyé más contra el pecho de Orson, disfrutando de la calidez de su cuerpo a mis espaldas.

Cuando Julián y Beatriz se separaron, ella corrió a abrazarme, mostrándome la mano con un orgullo radiante mientras Julián y Orson se daban un apretón de hombros y después brindando con las copas de champán que el mesero acababa de servir.

Nos quedamos ahí un buen rato, bajo las luces flotantes que terminaban de perderse en el firmamento. Era un cierre perfecto para una noche inolvidable: ver a dos personas queridas empezar una promesa de vida, mientras yo, abrazada a Orson bajo el cielo de la isla, sentía que también habíamos encontrado por fin el camino de regreso al hogar.