66.
|Orson|Había contratado una lancha privada desde muy temprano. Elena creía que era una excursión sencilla de un día, un recorrido corto por las calas antes de volver al resort para almorzar, pero mi plan era completamente distinto.
Mientras el capitán guiaba la embarcación lejos de las zonas concurridas de la isla, ella permanecía de pie en la proa, sosteniéndose del barandal con la mano derecha. Llevaba un vestido playero blanco, ligero, que ondeaba con la brisa marina, y una sonrisa radiante que pagaba con creces cada segundo de logística.
Llegamos a una pequeña bahía desierta en el extremo sur de la isla, un rincón protegido por una vegetación frondosa y acantilados de piedra caliza esculpidos por el viento. El agua en la orilla era tan transparente que las sombras de los peces nadando sobre la arena blanca se distinguían a varios metros de distancia.
—¿Aquí vamos a pasarnos el día? —preguntó Elena, girándose hacia mí con curiosidad mientras la ayudaba a bajar a la orilla, tomándola por la cintura.
—No solo el día —corregí, mostrándole la mochila táctica y el equipo que el marinero comenzaba a desembarcar—. Nos vamos a quedar la noche entera aquí. Tú, yo, el mar y una tienda de campaña.
Elena abrió los ojos con una mezcla de sorpresa e incredulidad, pero no hubo rechazo en su rostro. Al contrario, una risa fresca se le escapó de los labios.
—¿Acampar? Orson, no me preparé para esto. No traje nada.
—Tengo todo cubierto —le aseguré, dejando las cosas sobre la arena seca—. Ropa cómoda, comida, repelente y una casa de campaña de armado rápido. Solo necesito tu compañía.
—Uh, interesante —rio entusiasmada.
Pasamos la tarde disfrutando de esa playa privada sin que nadie nos molestara. Armamos el campamento entre los dos —o más bien, yo levanté la estructura mientras ella organizaba el interior con las mantas gruesas y la lámpara de batería—, nadamos en el agua cálida y compartimos una cena ligera sentados sobre la arena, viendo cómo el sol se ocultaba lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos violetas, dorados y naranjas.
Para cuando la noche cayó, el cielo sobre la bahía era un manto negro e infinito iluminado por millones de estrellas. Elena estaba recostada sobre mi pecho, tarareando una melodía suave mientras yo le acariciaba el hombro, cuando me puse de pie y le extendí la mano.
—Ven conmigo. Quiero mostrarte algo.
—¿A estas horas? —preguntó, aceptando mi agarre mientras se sacudía la arena del vestido—. Ya está muy oscuro, Orson.
—Confía en mí. Traigo una linterna y el camino vale la pena.
La guie por un sendero inclinado que serpenteaba entre las rocas de la cala. Subimos con cuidado, paso a paso, sujetándola con firmeza cada vez que el terreno se volvía irregular, hasta llegar a la entrada de una gruta natural que parecía oculta a simple vista tras unos matorrales secos. Elena vaciló un segundo en el umbral, mirando la negrura del interior, pero apretó mi mano y avanzó a mi lado.
Al cruzar el pasaje estrecho de piedra, el espacio se abrió frente a nosotros.
Era una cueva cenote de agua salada, absolutamente cristalina y en calma. Pero lo que verdaderamente robaba el aliento no era el estanque, sino la estructura de la cueva: la bóveda de piedra tenía una abertura circular perfecta hacia el exterior, un tragaluz natural por el que entraba la luz de la luna llena y el cielo estrellado, reflejándose de manera exacta sobre la superficie del agua como si fuera un espejo gigantesco.
—Dios mío, Orson... —susurró Elena, soltándome la mano para dar un par de pasos hacia la orilla del manantial—. Esto es... parece de otro mundo.
—Sabía que te gustaría —dije, situándome justo detrás de ella, rodeándole la cintura con mis brazos para sentir su respiración agitada por el asombro.
—¿Cómo encontraste este lugar? Es increíble...
—Le pagué bastante bien al guía local para que me diera la ubicación exacta, también hice un par de investigaciones.
—Eso es romántico.
—¿Sí? —besé su mejilla—. Entonces ve y disfruta. Toca el agua, te gustará la sensación.
Elena se acercó al borde del estanque, hincándose sobre las rocas lisas para tocar el agua. El estanque no era profundo en la orilla; tenía una repisa de piedra pulida sumergida a unos pocos centímetros de la superficie.
—Está tibia —comentó, pasando sus dedos por el agua. De pronto, se detuvo. Algo bajo la luz de la luna, posado en la roca sumergida justo frente a ella, reflejó un destello metálico—. ¿Qué es eso?
Se inclinó un poco más y metió la mano al agua, sacando un objeto pequeño que descansaba sobre una concha marina clara. Al limpiarle el agua con la falda de su vestido, sus manos comenzaron a temblar.
Era una cajita pequeña de terciopelo oscuro, hermética y resistente al agua.
Elena se quedó petrificada. Se giró despacio hacia mí, con los ojos abiertos de par en par y la respiración contenida en la garganta.
Me arrodillé sobre la roca frente a ella. Tomé la cajita de sus manos húmedas, la abrí con cuidado y dejé al descubierto la sortija. El diamante brillaba con fuerza bajo la luz celestial del cenote, y en el reverso de la banda de oro blanco se leían nuestras iniciales grabadas: O & E.
—Orson... —alcanzó a articular, y la primera lágrima rodó por su mejilla.
—Sé que esto podría parecer demasiado pronto —empecé a decir, buscando su mirada, sintiendo que la voz se me atascaba por la emoción acumulada—. Sé que no tenemos mucho tiempo de reconciliados, que atravesamos dos años de sombras, de errores, de distancia y de dolor. Pero estos días contigo, con nuestra hija, me confirmaron lo que en el fondo siempre supe: mi vida no tiene sentido si no es a tu lado.
Elena soltó un sollozo ahogado, cubriéndose la boca con una mano mientras la otra descansaba sobre mi hombro.
—No quiero un futuro donde seas mi exesposa o mi novia temporal —continué, tomando su mano temblorosa para deslizar el anillo en su dedo anular—. Quiero ser tu esposo de verdad. El hombre que te cuide, que te respete, que camine a tu lado todos los días que me queden de vida. Elena... ¿quieres casarte conmigo?
Ella no lo dudó y se lanzó a mis brazos con tanta fuerza que casi nos caemos al agua. Me rodeó el cuello, sollozando de pura felicidad contra mi hombro mientras me llenaba la cara de besos desesperados.
—¡Sí! ¡Claro que sí, Orson! ¡Mil veces sí! —exclamó, mirándome a los ojos con un amor tan puro y transparente como el agua que nos rodeaba.
Nos besamos con una pasión que borró cualquier rastro de duda o temor. Fue un beso largo, profundo, sellando una promesa que habíamos tardado dos años en volver a construir. Cuando nos separamos un poco para recuperar el aire, Elena se miró la mano, acariciando la gema.
—Es precioso... es el anillo más hermoso que he visto en mi vida —murmuró, pasándose los dedos por las mejillas mojadas por las lágrimas—. Pero... ¿desde cuándo lo tienes, Orson?
Sonreí con un toque de timidez, pasándome una mano por la nuca.
—Lo compré hace poco más de un año —confesé.
Elena se quedó helada, mirándome con asombro.
—¿Hace un año? Pero si en ese tiempo nosotros no...
—Lo sé —asentí, tomándole el rostro con ambas manos—. Lo compré en mi peor momento. Cuando la terapia se sentía interminable y la distancia contigo me mataba. Fui a la joyería, pedí que grabaran nuestras iniciales y lo guardé en el cajón de mi mesa de noche. Era mi fe, Elena. Mi pequeña esperanza a la que me aferraba cada noche. No tenía la menor certeza de que me fueras a dar otra oportunidad, pero me prometí a mí mismo que, si algún día me dejabas volver a tu vida, este anillo terminaría en tu dedo.
Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, pero esta vez me sonrió con una ternura que me derritió el corazón. Me tomó de la nuca y me atrajo hacia ella para besarme de nuevo.
—Eres un terco insoportable... y te amo con toda mi alma —susurró contra mis labios.
El calor entre los dos se volvió sofocante, avivado por la emoción del momento y la magia del entorno. Sin romper el beso, Elena empezó a desabotonar mi camisa con manos ágiles y necesitadas. Le retiré el vestido blanco deslizándolo suavemente por sus hombros, dejándolo caer sobre la roca.
Nos despojamos de la ropa despacio, disfrutando de cada roce de piel contra piel, y nos sumergimos juntos en el agua tibia y cristalina del estanque. La sensación del agua envolviendo nuestros cuerpos desnudos bajo la luz de la luna fue electrizante.
La tomé por la cintura, pegándola a mi pecho mientras ella enredaba sus piernas alrededor de mi cadera. Nos amamos allí mismo, en medio del manantial, con movimientos lentos y profundos que hacían eco en las paredes de piedra de la cueva.
Cada gemido de Elena, cada suspiro que se le escapaba contra mi cuello mientras me hundía en ella, resonaba en el recinto natural como una melodía sagrada.
No hubo prisas. Fue un encuentro dedicado a celebrar nuestro regreso, a borrar las cicatrices del pasado y a fundir nuestras vidas bajo el testigo mundo de las estrellas.
Cuando el clímax nos alcanzó a los dos al mismo tiempo, la estreché contra mi cuerpo con todas mis fuerzas, escuchando su respiración agitada en mi oído mientras los reflejos del agua danzaban en el techo de la cueva.
Nos quedamos flotando en el agua durante mucho tiempo, abrazados, con nuestras manos entrelazadas y el anillo brillando bajo la luz de la luna, sabiendo que, esta vez, nuestro hogar era para siempre.
>>>Hola hola, dejé fotos de bellos momentos de estos tres capítulos en mi ig: emily_wd16 si quieren ir a verlas ✨💫 espero que les haya gustado. Ya falta poco para acabar.