67.
|Orson|Esto no podía estar pasándome a mí.
Llevaba toda la mañana con el estómago revuelto, dolor de cabeza y una ansiedad que no me permitía concentrarme en nada. No sabía si tenía hambre o náuseas; ambas sensaciones se alternaban con tanta rapidez que terminé frente a la nevera, buscando algo capaz de calmar aquel malestar.
Saqué un envase de yogur, queso, varias uvas y el frasco de pepinillos. Nada parecía suficiente, así que añadí dos cucharadas de mantequilla de maní y un poco de mermelada. La mezcla resultaba repugnante a la vista, pero mi cuerpo la pedía con una desesperación absurda. Probé una cucharada y cerré los ojos al saborearla.
Estaba deliciosa.
—¿Señor Orson?
La voz de Soledad me hizo girar. Se encontraba en la entrada de la cocina observando el bol con una expresión de profundo desagrado.
—¿Qué está comiendo?
Miré el contenido, removí la mezcla y probé otra cucharada.
—No estoy seguro.
—Tiene pepinillos con yogur.
—También queso, uvas, mantequilla de maní y mermelada.
—Eso no mejora la situación.
—Sabe mejor de lo que parece.
Soledad se acercó con cautela, como si el bol pudiera atacarla, y arrugó la nariz al distinguir todos los ingredientes.
—¿Se siente bien?
—No. Creo que estoy enfermo. Me duele la cabeza, tengo el estómago extraño y llevo horas sintiendo ansiedad. Cuando no estoy comiendo quiero acostarme, y cuando me acuesto quiero comer.
—Debería descansar en su habitación.
—Eso intento, pero el cuerpo no me deja tranquilo.
—Llévese su experimento culinario y duerma un poco. Si continúa así, habrá que llamar al médico.
No tenía intención de permitir que ningún médico me viera comiendo semejante porquería, aunque Soledad llevaba razón en algo: necesitaba descansar. Tomé el bol y subí al dormitorio. Me acomodé contra el cabecero, encendí el televisor sin prestar atención a lo que transmitían y seguí comiendo. El sabor dulce de la mermelada con el ácido de los pepinillos era tan bueno que empecé a plantearme si realmente estaba enfermo o si había descubierto una combinación genial que el resto del mundo era demasiado cobarde para probar.
La puerta se abrió y Valeria entró con su pequeño maletín rosa de enfermería. Caminó hasta la cama, lo dejó junto a mis piernas y levantó la cara hacia mí.
—Papi, nana dice que estás enfermo.
—Nana habla demasiado.
—¿Te curo?
Miré el estetoscopio de plástico que sobresalía del maletín. Yo mismo le había comprado aquel juego porque Valeria decía que sería doctora cuando creciera, aunque su método para atender pacientes consistía en ponerles vendas donde no tenían heridas y aplicar inyecciones a todo el que se cruzara con ella.
—No creo que sea necesario, princesa.
Su labio inferior comenzó a temblar.
Recordé la última vez que me negué a ser su paciente. Había terminado con Valeria llorando, todas las piezas del juego esparcidas por el suelo y Soledad acusándome de no saber cooperar con una niña de dos años. No pensaba repetir aquella catástrofe.
Dejé el bol sobre la mesa de noche y me acomodé mejor.
—Está bien, doctora. Puede revisarme.
Valeria sonrió y subió a la cama con mi ayuda. Abrió el maletín, sacó el estetoscopio y se puso los auriculares al revés. Luego apoyó la pieza redonda sobre mi brazo.
—Aquí no está el corazón —le expliqué.
—Sí está.
—El mío está en el pecho.
Movió el estetoscopio hasta mi camiseta y frunció el ceño con una seriedad admirable. Yo permanecí quieto mientras ella cambiaba la pieza de lugar varias veces, escuchando algo que aquel juguete ni siquiera podía transmitir.
—¿Y? —pregunté—. ¿Voy a sobrevivir?
—Shhh, papi.
Obedecí. Valeria tomó el termómetro de plástico y trató de introducirlo en mi nariz.
—En la boca, doctora.
—Abre.
Abrí y ella colocó el termómetro bajo mi lengua. Esperó contando en voz baja hasta perderse después del cuatro, lo retiró y miró la pegatina dibujada en un costado.
—Tienes fiebre.
—Eso es grave.
—Muy grave, papi.
Buscó una jeringa de juguete y me la presionó contra el brazo. Hizo un ruido con la boca para imitar la inyección, guardó la pieza y eligió una venda adhesiva con dibujos de estrellas. Me la pegó en la frente, justo encima de una ceja, y acarició mi cabello como había visto hacer a Elena.
—Ya estás bien.
—¿Así de rápido?
—Sí.
—Eres una excelente doctora.
Valeria sonrió orgullosa. Su atención cayó entonces sobre el bol de la mesa y señaló la mezcla con curiosidad.
—¿Qué es?
Lo alejé de su alcance.
—Medicina para adultos.
—¿Rica?
Probé otra cucharada bajo su mirada.
—Sorprendentemente rica.
Mi hija pareció dispuesta a pedir una muestra, así que cerré el bol y lo coloqué en el otro extremo de la mesa. Podía aceptar que algo extraño me estaba ocurriendo, pero no pensaba permitir que Valeria creyera normal mezclar pepinillos con yogur y mermelada.
Ni siquiera yo estaba listo para reconocer cuánto me había gustado.
Mi princesa dio por terminada la consulta, guardó sus instrumentos en el maletín y me advirtió que debía dormir para que la medicina hiciera efecto. Luego salió de la habitación en busca de Soledad, satisfecha con su trabajo.
Me quedé solo y cerré los ojos, esperando que el malestar disminuyera. Ocurrió lo contrario. El mareo regresó con tal fuerza que sentí el dormitorio inclinarse bajo mi cuerpo. Respiré por la boca, traté de dominar las náuseas y comprendí que no lo conseguiría.
Aparté las mantas y llegué al baño a toda prisa. Caí de rodillas frente al inodoro justo cuando el estómago se me contrajo. Vomité todo lo que había comido, incluida aquella mezcla asquerosa que hacía poco me había parecido deliciosa.
—Maldita sea…
Permanecí apoyado sobre el borde hasta que cesaron las arcadas. Tenía la frente húmeda, un sabor horrible en la boca y las piernas débiles. Me enjuagué, bebí un poco de agua y observé mi reflejo en el espejo. Estaba pálido y tenía unas ojeras que no recordaba haber visto esa mañana.
¿Qué demonios me pasaba? Tal vez había comido algo dañado, aunque no recordaba nada sospechoso. También podía ser un virus o alguna infección que Valeria hubiera traído a casa. Los niños contraían enfermedades con una facilidad impresionante y luego se recuperaban tras contagiarlas a todos los adultos cercanos.
Regresé al dormitorio y me metí en la cama. Tiré del edredón hasta cubrirme de pies a cabeza, decidido a no salir de allí. En ese momento solo quería que Elena terminara sus compras y regresara. La necesitaba cerca, aunque no pudiera hacer nada contra el malestar. Su presencia siempre conseguía calmarme.
Me terminé quedando dormido.
Más tarde sentí unos dedos acariciándome el cabello. La sensación era tan agradable que incliné la cabeza hacia aquella mano sin abrir los ojos. Las caricias continuaron, suaves, deshaciendo el desorden de mi pelo.
Cuando desperté, encontré a Elena sentada a mi lado. Sonreía con ternura mientras apartaba varios mechones de mi frente.
—¿Cómo te sientes? —preguntó—. Soledad y Valeria me dijeron que estás enfermo.
—Elena, por fin.
Me acerqué de inmediato, la abracé por la cintura y hundí la cara contra su estómago. Ella soltó una risa leve y dejó una mano sobre mi nuca.
—Veo que estás muy delicado.
—Me siento fatal —murmuré sin separarme—. Creo que voy a morir.
—No vas a morir. Valeria dijo que ya te había curado.
—Su tratamiento no funcionó. Exijo que le retiren la licencia.
Elena volvió a acariciarme el cabello, aunque su tono adquirió mayor seriedad.
—Dime qué sientes.
Me acomodé con la cabeza sobre su regazo y traté de ordenar los síntomas.
—Náuseas, mareos, dolor de cabeza y mucho cansancio. También tengo hambre todo el tiempo, pero luego me dan ganas de vomitar. Hoy mezclé yogur con pepinillos, queso, mermelada y mantequilla de maní.
Su mano se detuvo sobre mi cabello.
—¿Y te comiste eso?
—Sí. Lo peor es que estaba muy rico hasta que mi estómago decidió devolverlo.
Elena no respondió. La sonrisa desapareció de su rostro y sus ojos adquirieron una expresión que no logré interpretar.
Levanté la cabeza para mirarla mejor.
—¿Qué pasa?
—¿Desde cuándo te sientes así?
—Desde hace varios días, aunque no le di importancia. Hoy los síntomas fueron más fuertes que nunca.
Elena guardó silencio otra vez. La mano que tenía sobre mi cabello descendió hasta mi mejilla y allí permaneció, mientras me miraba con una atención que comenzó a inquietarme.
—Tenemos que ir al hospital —dijo.
—No.
—Orson, acabas de vomitar y llevas varios días sintiéndote mal.
—Puedo llamar a un médico para que venga a casa. No necesito ir a un hospital.
Ella rechazó la idea con un movimiento de cabeza y retiró las mantas para que me levantara. Su insistencia, unida a la expresión extraña que tenía desde que le conté mis síntomas, consiguió que mi imaginación tomara el peor camino.
—¿Ocurre algo que no quieres decirme? —Me incorporé y la sujeté por la muñeca—. ¿Crees que tengo algo malo?
—Creo que necesitas un chequeo.
—Eso no responde mi pregunta. ¿Sabes lo que me pasa? ¿Me voy a morir?
Elena puso los ojos en blanco y soltó mi mano.
—Deja de ser tan dramático. Cámbiate de ropa y nos vemos abajo. No te demores.
—Si voy a morir, quiero hacerlo en mi cama.
—Voy a darte diez minutos. Si no bajas, subiré con Soledad y te sacaremos entre las dos.
Salió sin concederme oportunidad de discutir. Me levanté a regañadientes y busqué ropa cómoda, todavía mareado y con el estómago sensible. La idea de pasar la tarde en una sala de urgencias no me entusiasmaba, pero tal vez allí lograrían averiguar qué demonios tenía y me darían algo para sentirme mejor.
Elena ya me esperaba junto a la puerta. Soledad se quedaría con Valeria, quien quiso acompañarnos porque estaba convencida de que su tratamiento médico aún podía salvarme. Logramos despedirnos tras prometerle que regresaría sano y con la venda de estrellas pegada en la frente. Cuando intenté quitármela, la niña protestó tanto que tuve que salir de casa con ella puesta.
—No digas nada —advertí a Elena al verla sonreír.
—Te queda preciosa.
—Conduce.
Ella tomó el volante porque el mareo no me permitía hacerlo. Me senté a su lado, ajusté el cinturón y apoyé la cabeza en su hombro. Elena me dijo que esa postura era incómoda para ambos, pero no hizo ningún esfuerzo real por apartarme. Mantuvo una mano sobre el volante y utilizó la otra para acariciarme la nuca cuando el tráfico se detenía.
—Tengo sueño —murmuré.
—Duerme. Yo te aviso cuando lleguemos.
Cerré los ojos y me dejé llevar por el movimiento del automóvil, medio adormilado contra ella durante todo el trayecto.
El hospital no estaba demasiado lleno. Elena se ocupó del registro mientras yo esperaba sentado, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Una enfermera vino por mí poco después y nos condujo hasta un consultorio. Creí que mi mujer entraría conmigo, pero se despidió con la excusa de que debía resolver algo y desapareció por el pasillo.
No entendí por qué se marchaba justo en ese momento.
La doctora me preguntó por los síntomas, revisó mi presión, tomó mi temperatura y escuchó mi respiración. Luego presionó distintas partes de mi abdomen para comprobar si sentía dolor. No encontró nada preocupante y pidió una muestra de sangre para descartar una infección, una intoxicación o alguna alteración digestiva.
—¿Eso es todo? —pregunté mientras la enfermera preparaba los tubos.
—Por ahora, sí. Sus signos vitales están bien y no tiene fiebre.
—Entonces, ¿por qué me siento como si me hubiera atropellado un camión?
—Los análisis nos darán más información.
—¿Podría ser grave?
La doctora sostuvo mi mirada con una paciencia que seguramente reservaba para pacientes difíciles.
—No hay ningún indicio de gravedad, señor Bottomer.
—Mi mujer actuó como si supiera algo.
—Tendrá que preguntárselo a ella.
Eso pensaba hacer, si conseguía encontrarla.
Cuando terminaron conmigo, salí del consultorio y revisé el pasillo. Elena no estaba en la recepción ni cerca de los ascensores. Caminé hacia la zona de laboratorios y la vi salir de una sala. Al verme, cerró la puerta con cuidado y vino hacia mí.
—¿Dónde estabas? —pregunté—. ¿Por qué no te quedaste conmigo?
—Estaba haciendo algo.
—¿Qué cosa?
—Tenemos que esperar aquí.
Su respuesta no aclaró nada. Miré la puerta de la que había salido y luego volví a ella.
—¿Esperar qué?
Elena tomó mi mano y tiró suavemente de mí hacia la sala de espera.
—¿Quieres saber qué tienes o no?
—Claro que quiero saberlo, pero la doctora no me dijo nada. Solo hizo un chequeo, pidió sangre y me mandó afuera. —La seguí sin dejar de observarla—. ¿Encontraron algo malo? ¿Van a hacerme más estudios?
—No empieces a imaginar tragedias.
—Tú estás actuando de una forma sospechosa.
—Relájate, ¿sí? Tengo todo bajo control. Solo debemos esperar.
Nos sentamos juntos. Elena conservó mi mano entre las suyas y fijó la vista en la puerta del laboratorio, mientras yo trataba de comprender qué había ido a hacer sin mí.
No estaba coqueteando con algún doctor, ¿Verdad?
La espera duró cerca de hora y media. El mareo había disminuido, pero el cansancio seguía pesándome en todo el cuerpo. Terminé con la cabeza sobre el regazo de Elena, adormilado mientras ella me acariciaba el cabello y revisaba la hora con una frecuencia que aumentaba mi curiosidad.
Una voz femenina pronunció el apellido de Elena y me desperté. Una doctora se acercaba con una carpeta en la mano. Me incorporé de inmediato, medio desorientado y fui a su encuentro.
—¿Qué tengo? —pregunté—. ¿Encontraron algo malo?
La doctora frunció el ceño y consultó el nombre escrito en la primera hoja.
—Estos resultados no son suyos, señor. Pertenecen a la señora.
Miré a Elena.
—¿Son para ti? —le pregunté—. ¿También te sientes mal?
—Ya lo entenderás.
La doctora le entregó la carpeta y explicó que el resto de la información aparecería en el informe. Elena le dio las gracias, abrió los documentos y empezó a leerlos. Sus ojos avanzaron con rapidez entre los datos hasta detenerse.
No dijo nada. La tensión desapareció de su rostro y una sonrisa ligera, casi tímida, se formó en sus labios.
Me rasqué la nuca, perdido.
—¿Vas a decirme qué ocurre?
Elena levantó la vista hacia mí, pero siguió sin responder. Volvió a mirar el informe como si necesitara confirmar lo que acababa de leer.
La incertidumbre terminó con mi paciencia. Le quité los papeles de las manos y busqué algo que pudiera comprender entre cifras, términos médicos y rangos de referencia.
Mis ojos encontraron el nombre de Elena en la parte superior. Aquello era un análisis de sangre, pero no se trataba de los estudios que me habían pedido a mí. Leí el título del examen y tuve que hacerlo otra vez para asegurarme de no estar confundiendo las palabras.
Gonadotropina coriónica humana.
Resultado: positivo.
Debajo aparecía el valor de la hormona y una observación clínica: compatible con un embarazo de entre cinco y seis semanas de gestación.
Levanté lentamente la mirada hacia Elena. Ella me observaba con los ojos húmedos y aquella sonrisa pequeña todavía dibujada en la boca.
—Estoy embarazada —dijo y se llevó una mano al vientre.
—Embarazada —repetí.
—Sí.
Mire su barriga plana. Aún no había ningún cambio visible, nada que revelara que nuestro hijo crecía dentro de ella.
—Vamos a tener otro bebé —añadió, sonriendo entre lágrimas.
La mente se me vació. Quise acercarme, tocarla y preguntarle mil cosas al mismo tiempo, pero mi cuerpo no reaccionó. El hospital comenzó a sentirse demasiado caluroso y el suelo pareció moverse bajo mis pies.
—Espera… —murmuré—. Entonces, ¿por qué el enfermo soy yo?
Elena soltó una risa nerviosa.
—Estás experimentando los síntomas de mi embarazo. Algunas parejas desarrollan algo parecido por la conexión emocional. Náuseas, mareos, antojos, cansancio…
—¿Yo tengo tus síntomas?
—Eso parece.
Miré el papel, luego su vientre y finalmente su rostro.
—¿Tú estás embarazada y el que vomita soy yo?
—Orson, estás muy pálido.
—No, estoy bien. Solo necesito…
El mareo regresó con más fuerza. La voz de Elena comenzó a escucharse lejana y varias manchas oscuras invadieron mi visión. Intenté sujetarme de una silla, pero mi mano no encontró el respaldo.
—Orson.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme. Después todo se apagó y caí desmayado en medio de la sala.