68.
|Elena|Acomodé los manteles individuales de lino sobre la mesa de comedor de Victoria, asegurándome de que cada cubierto quedara perfectamente alineado. El ambiente en la casa respiraba una calidez especial esa noche. El aroma al asado que mi suegra había preparado llenaba cada rincón, mezclándose con el perfume dulce de las flores frescas que Olivia, mi cuñada, había colocado como centro de mesa.
Esta cena familiar la habían organizado con un solo propósito: celebrar la llegada de nuestro segundo bebé.
—A ver, mi amor, arriba —le dije a Valeria, tomándola suavemente por la cintura para subirla a la silla.
Coloqué un par de cojines gruesos sobre el asiento para que alcanzara la mesa con comodidad. Valeria traía su pequeña cámara fotográfica amarilla colgada del cuello y una sonrisa de orgullo por estar sentada entre los adultos.
—Gracias, mami.
—De nada, mi vida —le besé la frente y terminé de colocar las servilletas de tela.
Victoria salió de la cocina con una fuente humeante en las manos. Al verme de pie junto a la mesa, dejó el platillo con cuidado y caminó hacia mí para envolverme en un abrazo cálido y apretado.
—No sabes la alegría tan inmensa que me da verte así, Elena —murmuró mi suegra, acariciándome la espalda con delicadeza antes de separarse un poco para mirarme a los ojos—. Cuando Orson me dio la noticia por teléfono, se me salieron las lágrimas. Este bebé es una bendición para todos. De verdad, muchísimas felicidades.
—Muchas gracias, Victoria —respondí, sintiendo un nudo de emoción en la garganta—. Estamos muy felices.
—Te ves radiante —añadió Olivia, acercándose para sumarse al abrazo y darme un beso en la mejilla—. Y prepárate, porque esta vez me pienso encargar de comprarle toda la ropa. Valeria ya me prometió que me ayudará a elegir los conjuntos más bonitos.
—¡Sí! —exclamó Valeria desde su silla, alzando la cámara—. ¡Yo le voy a tomar fotos con ropa de pato!
Las tres nos reímos ante la ocurrencia de mi hija. Sin embargo, al mirar hacia el arco del pasillo, la risa se me cortó un poco al ver entrar a Orson.
Venía caminando despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y una mueca de evidente malestar en el rostro. Tenía la tez un poco pálida y los ojos cansados.
Resultaba cómico y a la vez tierno ver cómo los papeles se habían invertido en este embarazo: mientras yo apenas sentía leves mareos por las mañanas, Orson estaba experimentando de lleno todos los síntomas del síndrome de Couvade. A él le daban las náuseas, los ascos a ciertos olores y un cansancio atroz.
Se acercó a la mesa y se dejó caer en la silla a mi lado con un suspiro pesado.
—¿Te sientes muy mal? —le pregunté en voz baja, inclinándome hacia él para pasarle una mano amorosa por la nuca.
—Un poco —admitió, cerrando los ojos un segundo al sentir mi tacto—. El olor del sazón de la carne me dio un vuelco en el estómago.
—¿No se te antoja algo más? —insistí con preocupación—. Puedo pedirle a tu mamá un poco de arroz blanco o prepararte un té de jengibre. No tienes que forzarte a comer lo mismo si te revuelve el estómago.
Orson me miró y una pequeña sonrisa intentó asomarse a sus labios, pero la mueca de incomodidad no desaparecía del todo.
—Tranquila, bonita. Con un poco de agua helada y estar sentado aquí contigo me pongo bien. No quiero arruinar la cena.
—No arruinas nada, hijo —intervino Victoria, sirviéndole un vaso de agua con hielo y poniéndoselo enfrente—. A tu padre le pasó exactamente lo mismo cuando estaba embarazada de ti. Se la pasó tres meses a base de galletas saladas y caldo transparente.
Olivia soltó una carcajada mientras se sentaba frente a nosotros.
—A mí me parece justicia divina. A Elena le toca llevar la panza y a ti aguantar los ascos. Hacen un equipo equilibrado.
—Muy graciosa —gruñó él.
Servimos la cena. La mesa se llenó de conversaciones tranquilas, risas y el sonido constante de los cubiertos. Ver a Orson intentando comer despacio para no delatarse frente a su familia me provocaba ternura.
Cada vez que Victoria pasaba una bandeja cerca de él, mi esposo contenía la respiración disimuladamente y me buscaba la mano por debajo del mantel para apretarme los dedos.
—Papi —llamó la niña de pronto, mirando a su papá.
—¿Qué pasa, mi amor? —respondió Orson, girando la cabeza hacia ella.
—¿El bebé va a ser un hermano o una hermana?
Orson sonrió, olvidando por un segundo sus náuseas, y se inclinó un poco hacia ella.
—Todavía no lo sabemos, princesa. Está muy chiquito en la panza de mami. Tenemos que esperar un poco para que el doctor nos diga. ¿Tú qué prefieres?
Valeria lo pensó un momento, arrugando la naricita como solía hacer cuando se concentraba mucho.
—Un hermano para enseñarle a jugar a los autos... o una hermana para prestarle mis muñecas. Pero tú dijiste que yo era la mayor, entonces yo mando, ¿Verdad?
—Y lo eres —asintió Orson—. Vas a ser la hermana mayor. Y eso significa que vas a tener un trabajo muy importante.
—¿Cuál trabajo? —preguntó ella, abriendo mucho los ojos.
—Cuidarlo. Enseñarle todo lo que sabes, defenderlo y jugar mucho con él o con ella. ¿Crees que vas a poder con esa responsabilidad tan grande?
Valeria infló el pecho con orgullo y asintió con energía, haciendo mover su moño en el cabello.
—¡Sí! Yo soy grande. Lo voy a cuidar mucho y no voy a dejar que nada le pase.
—Eso espero —dijo él, estirando el brazo para despeinarle el flequillo con cariño—. Porque vas a ser su ejemplo.
—Es una niña muy madura, Elena —comentó Victoria mirándonos con los ojos brillantes de emoción—. Demasiado inteligente para su edad.
—Si, es cierto —asentí sonriendo—. Ha madurado demasiado rápido.
Esa noche nos quedamos a dormir en casa de mi suegra. Y al día siguiente no nos fuimos enseguida, sino que me quedé a discutir con ellas los preparativos para nuestra boda, pues ahora que sabíamos que estaba embarazada, debíamos apurarnos. Quería casarme antes de dar a luz.
***
|Orson|Hoy por fin era el día.
Esperaba a Elena frente al altar, bajo la mirada de todos los invitados, tratando de controlar unos nervios que ya habían tomado posesión de mi cuerpo. Sentía las manos húmedas, la garganta seca y una presión constante en el pecho. Cada movimiento cerca de la entrada conseguía que levantara la vista para ver si ella entraba.
Mateo permanecía a mi lado. Había aceptado ser mi padrino con demasiado entusiasmo y llevaba toda la mañana disfrutando de mi falta de serenidad.
—Deja de acomodarte la corbata —me pidió, quitándome la mano del cuello—. Está perfectamente puesta. Si sigues tirando de ella, llegarás a los votos sin poder respirar.
—Está demasiado ajustada.
—La revisé hace cinco minutos. El problema no es la corbata, eres tú.
Le lancé una mirada poco amable y él sonrió.
—Nunca te había visto tan nervioso —añadió—. Esto vale cada minuto que llevo esperando.
—Disfrútalo. No tendrás otra oportunidad.
—Eso espero. No pienso volver a ponerme este traje para una tercera boda entre ustedes.
La broma consiguió que me relajara un poco. Mateo me dio una palmada en el hombro y regresó a su sitio.
Los invitados terminaron de ocupar los bancos. Entre ellos vi a Julián y Beatriz, casados desde hacía un mes. Llegaron juntos hasta el altar para saludarme. Julián estrechó mi mano y me dio un breve abrazo.
—Felicidades, Orson. Hazla feliz.
—Lo haré.
Beatriz se acercó y me dio un abrazo también.
—Mis felicitaciones más sinceras. Les deseo una vida llena de felicidad, unión y mucho amor.
—Gracias, Beatriz. Significa mucho para nosotros.
Ella sonrió y volvió junto a Julián. Los vi dirigirse a sus lugares, tomados de la mano. La primera fila estaba completa salvo por los asientos de Valeria y mi madre.
El coordinador se acercó al sacerdote y le indicó que todo estaba listo. Las conversaciones fueron apagándose hasta dejar la iglesia sumida en una calma solemne.
La marcha nupcial comenzó.
Los invitados se pusieron de pie. Los músicos llenaron la iglesia con las primeras notas y toda mi atención se concentró en las puertas cerradas. El corazón me golpeaba con tanta fuerza que sentía cada latido en la garganta.
Las puertas se abrieron y Elena apareció del brazo de mi madre.
Su vestido blanco dejaba los hombros descubiertos y se ceñía a su cuerpo con elegancia. La falda descendía hasta el suelo y terminaba en una cola larga, cubierta en parte por el velo que nacía de su cabello recogido. Llevaba un ramo de flores blancas entre las manos y una sonrisa emocionada en los labios.
Estaba preciosa.
La imagen me robó el aire. Todos los preparativos, las horas de espera y los nervios encontraron sentido al verla caminar hacia mí. Sus ojos no se apartaron de los míos, y esa conexión hizo que la iglesia entera desapareciera de mi atención.
Mi madre venía a su lado, también se veía conmovida; sus ojos brillaban y apretaba con cariño el brazo de Elena. Detrás de ellas venía Valeria, vestida de blanco, sujetando la cola del velo con ambas manos. Caminaba despacio, concentrada en su tarea, hasta que me vio y mostró una sonrisa enorme.
Solté el aire que llevaba reteniendo y traté de controlar la emoción. No lo conseguí por completo. Sentí humedad en los ojos, pero no me avergonzó que alguien pudiera notarlo.
Al llegar al altar, mi madre tomó la mano de Elena y la unió con la mía.
—Sean felices —nos dijo—. Es lo único que deseo para ustedes.
Elena le dedicó una sonrisa afectuosa.
—Gracias por acompañarme.
Mi madre besó su mejilla, luego la mía y se retiró hacia la primera fila. Soledad recibió a Valeria y la ayudó a sentarse junto a ella.
Tomé las manos de Elena. Estaban frías, así que las protegí entre las mías y me acerqué lo suficiente para hablar en voz baja.
—Estás hermosa.
La emoción suavizó su expresión. No respondió con palabras; apretó mis dedos y permaneció frente a mí mientras el sacerdote daba inicio a la ceremonia.
Nos pidió que recordáramos la responsabilidad que asumíamos al unir nuestras vidas. Habló de respeto, lealtad y compañía, de la importancia de elegir al otro cada día y de convertir el hogar en un lugar seguro para toda la familia.
Luego formuló la primera pregunta.
—Orson, ¿vienes libremente y sin reservas a contraer matrimonio con Elena?
—Sí, vengo libremente.
—¿Prometes amarla, respetarla y permanecer a su lado durante toda la vida?
Miré a la mujer que sostenía mis manos.
—Lo prometo.
El sacerdote dirigió las mismas preguntas a Elena. Ella respondió con claridad, manteniendo los ojos puestos en mí. Al escuchar su promesa, sentí una mezcla de alivio y felicidad tan profunda que tuve que apretar los labios para contenerla.
Llegó el turno de los votos personales. Llevaba los míos escritos en el bolsillo interior del saco, pero decidí no sacar el papel. Quería hablarle a ella, no leer un texto.
—Elena, te elijo para compartir cada parte de mi vida. Quiero estar presente en tus alegrías, tus temores, tus proyectos y todas las decisiones que tomemos a partir de hoy. Prometo escucharte con atención, hablarte con honestidad y cuidar la confianza que depositas en mí.
Ella respiró con lentitud, conteniendo las lágrimas.
—Prometo respetarte, apoyarte y darte siempre un lugar seguro a mi lado. Estaré contigo durante los días felices y también cuando la vida nos exija más. Quiero acompañarte en cada etapa, cuidar de nuestra familia y criar contigo a nuestros hijos dentro de un hogar lleno de amor.
Mi voz comenzó a quebrarse, pero seguí hablando.
—Nunca permitiré que olvides cuánto significas para mí. Voy a demostrártelo con mis decisiones, con mi forma de tratarte y con la vida que construyamos juntos. Te amo, Elena. Eres la mujer que elijo hoy y la que seguiré eligiendo cada día que me sea concedido.
Las lágrimas escaparon de sus ojos. Acaricié sus manos con los pulgares y esperé mientras ella tomaba aire para decir sus votos.
—Orson, hoy te entrego mi confianza y elijo compartir mi vida contigo. Prometo hablarte con sinceridad, permitirte conocer lo que siento y escucharte con el mismo respeto. Quiero estar a tu lado en cada etapa, celebrar tus logros, apoyarte en las dificultades y cuidar el amor que nos une.
Sus dedos se cerraron con mayor fuerza alrededor de los míos.
—Prometo construir contigo un hogar donde nuestros hijos crezcan rodeados de cariño, seguridad y buenos recuerdos. Quiero reír contigo, aprender a tu lado y encontrar nuevas razones para amarte con el paso del tiempo. Te elijo con serenidad, esperanza y la certeza de que deseo compartir mi futuro contigo.
Elena sonrió entre lágrimas.
—Te amo, Orson, y prometo cuidar este matrimonio todos los días de mi vida.
Sentí que aquellas palabras me llenaban enteramente. Quise besarla, pero el sacerdote todavía no había terminado y Mateo debió notar mis intenciones, porque sacó las alianzas sin borrar la sonrisa de su rostro.
Me entregó el anillo de Elena. Sujeté su mano izquierda y deslicé la alianza por su dedo con cuidado.
—Recibe este anillo como símbolo de mi amor, mi lealtad y el compromiso que hoy asumo contigo.
Ella tomó el mío y repitió la promesa al colocarlo en mi mano. El brillo de ambas alianzas confirmó que todo era real. Estábamos allí, eligiéndonos frente a nuestra familia y las personas que nos querían.
El sacerdote bendijo nuestra unión y pronunció las palabras finales.
—Por la autoridad que me ha sido concedida, los declaro marido y mujer. Orson, puede besar a la novia.
Sujeté el rostro de Elena y la acerqué a mí. Nuestros labios se unieron en un beso lleno de emoción, lento y sincero. Ella rodeó mi cuello con los brazos y yo la sostuve por la cintura, disfrutando de la felicidad que compartíamos.
Los aplausos llenaron la iglesia. Entre ellos escuché la voz de Mateo:
—¡Felicidades a los novios!
Las demás personas se sumaron a la celebración. Elena sonrió contra mi boca y apoyó la frente en la mía.
—Mi esposa —murmuré.
Ella acarició mi mejilla y volvió a besarme.
Nos giramos hacia los invitados sin soltarnos de la mano. Valeria fue la primera en acercarse cuando Soledad la dejó ir. Elena se inclinó para recibirla.
—Mami te ves muy bonita.
—Tú también estás muy bonita, mi amor —respondió ella, besándole la frente.
Me uní a ellas y abracé a las dos. Mi madre llegó poco después, con lágrimas en las mejillas, y nos estrechó con emoción.
—Felicidades, hijos. Deseo que sean inmensamente felices.
—Gracias, mamá —le dije dándole un beso en la mejilla.
Olivia abrazó a Elena con cariño y luego me felicitó. Mateo esperó su turno, me estrechó la mano y me atrajo hacia él para darme una palmada en la espalda.
Más invitados se acercaron para felicitarnos y ya me sentía asfixiado.
Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar. Tomé a Elena por la cintura y caminamos hacia la salida con Valeria entre nosotros. Los aplausos aumentaron y varias voces gritaban lo mismo una y otra vez.
—¡Felicidades a los recién casados!
Elena levantó el rostro hacia mí. La luz iluminó su sonrisa y el anillo brilló en su mano. La besé otra vez. Hoy por fin era mi esposa.