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7.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

7.

| Orson |

El vaso de whisky ya no me sabía a nada, pero seguía pidiendo uno tras otro, buscando ese punto de anestesia que no llegaba. Estaba sentado en la barra del club privado de siempre, con la corbata desanudada y el saco del traje colgado en el respaldo de la silla. Las luces tenues del lugar y el murmullo de fondo de los pocos socios que quedaban a esa hora no lograban calmar la tormenta que traía adentro.

Se suponía que esta era mi noche de bodas, la fecha que en teoría marcaba el inicio de una vida, pero para mí no era más que el comienzo de una condena. La sola idea de regresar a esa casa nueva y cruzar la puerta me revolvía el estómago.

—Tienes que parar un poco, Orson. Mañana tienes junta con el consejo de administración a primera hora y tienes que estar lúcido —me advirtió Mateo, mi mejor amigo, mientras le hacía una seña al barman para que no me sirviera más. Me dio un golpecito en el hombro, intentando sacarme de ese letargo—. Llevas tres horas pegado a esa barra y no vas a solucionar nada así.

—Me importa un carajo el consejo y la junta ahora mismo, Mateo —escupí, arrastrando las palabras por culpa del alcohol, sintiendo el calor del licor quemándome la garganta—. Mi vida se fue al demonio en un abrir y cerrar de ojos. Estoy amarrado legalmente a la hija del tipo que más detesto en este mundo. ¿Tienes idea de lo que es eso? Despertar y saber que caíste en su red.

—Es una situación de mierda, lo sé perfectamente, hermano —asintió él, tomando un sorbo de su propia bebida—. Pero ya tomaste una decisión para salvar la compañía del escándalo mediático. Ahora tienes que jugar frío, como lo haces en los negocios. Estar aquí destruyéndote el hígado y lamentándote no va a cambiar el acta de matrimonio que firmaste esta mañana en el altar. Ya está hecho.

—Lo peor de todo esto no es la empresa, ni siquiera los Carvajal —confesé, apretando el vaso de cristal con tanta fuerza que los nudillos se me tornaron blancos—. Es Chloe. La perdí, Mateo. No me responde los mensajes, no me toma las llamadas. Fui a buscarla antes de la ceremonia y su madre casi me echa a patadas del spa. Chloe piensa que la traicioné, que todo esto fue mi culpa, que me acosté con esa tipa porque quise.

Mateo suspiró profundamente, recostándose contra la barra de madera oscura y mirándome con seriedad.

—Dale espacio, Orson. Le soltaste una bomba atómica. Descubrir que el hombre con el que planeabas un futuro se va a casar con otra de la noche a la mañana porque la dejó embarazada no es algo fácil de digerir para ninguna mujer. Si de verdad te conoce y sabe quién eres, con el tiempo entenderá que fuiste la víctima de una jugada sucia de Carvajal. Pero ahora mismo no la presiones, estás demasiado alterado y solo vas a empeorar las cosas. De por sí, ya estás en el ojo del huracán.

Me quedé callado, clavando la mirada en el fondo del vaso donde los hielos ya se habían derretido por completo. Sabía que sus palabras tenían sentido, pero la desesperación y la impotencia me estaban ganando la partida.

Dejé que las horas siguieran corriendo en el reloj, pidiendo más alcohol cada vez que Mateo se descuidaba, solo para estirar el tiempo y retrasar el regreso. No quería volver a esa casa vacía. No quería entrar y recordar que ahora compartía mi propiedad con una Carvajal. Verla otra vez, con esa cara de inocencia fingida y sus ojos de víctima desamparada, solo me recordaría la trampa en la que caí por culpa de mi propia debilidad aquella noche en el club.

Ya pasadas las tres de la mañana, con la vista completamente nublada, el cuerpo pesado y el juicio perdido, saqué el teléfono del bolsillo del pantalón. Ignorando las advertencias que Mateo me había hecho toda la noche, busqué el chat de Chloe y le escribí con los dedos torpes, borrando y corrigiendo las letras sobre la pantalla iluminada:

"¿Cuando te puedo ver? Por favor no sigas enojada conmigo. Te necesito. Todo esto es una mentira."

Antes de que pudiera enviar otro texto, Mateo me arrebató el celular de las manos.

—Ya basta, Orson. Estás muy ebrio y estás empezando a hacer tonterías de las que te vas a arrepentir mañana —me reprendió con dureza, guardándose mi teléfono en el bolsillo interno de su propio saco—. Vámonos de aquí antes de que te dejes en ridículo, pierdas los papeles o te tome una foto algún maldito reportero que ande rondando la zona. Se acabó la noche.

No tuve las fuerzas ni las ganas de pelear con él. Me dejé guiar hacia la salida del club, arrastrando los pies. Mateo me ayudó a subir al asiento del copiloto de su auto y manejó por las avenidas vacías de la ciudad hasta llegar a la entrada de mi nueva residencia. Me dejó en la puerta principal, asegurándose de que pudiera sostener el equilibrio y sacar las llaves, y se marchó no sin antes advertirme que me diera un baño y borrara esa cara de borracho antes de que amaneciera.

Entré a la casa tambaleándome un poco. Todo el lugar estaba a oscuras, sumido en un silencio sepulcral que solo conseguía aumentar el dolor de cabeza que ya empezaba a machacarme las sienes. Me quité el saco, arrojándolo sobre una de las sillas del recibidor, y caminé hacia la sala principal.

Me dejé caer en el sofá, pasándome las manos por los ojos, tratando de detener el mareo que me hacía sentir que el techo daba vueltas.

De pronto, un ruido metálico, como el de un cubierto chocando contra un plato, llegó desde el fondo del pasillo, quebrando el silencio de la madrugada.

Me levanté, poniéndome alerta en un segundo. Olvidé el efecto del alcohol y la pesadez del cuerpo. Vi el reflejo de una luz tenue encendida en la cocina. Caminé con pasos sigilosos sobre el suelo frío, molesto por la interrupción.

Al asomarme por el umbral de la puerta, me encontré con Elena. Estaba de espaldas a mí, pegada a la nevera abierta, sosteniendo un plato con algo de fruta y comida en las manos, iluminada únicamente por la luz interna del electrodoméstico.

—¿Qué demonios haces despierta a esta hora? —solté de repente, usando un tono cortante y gélido.

Elena dio un salto del susto, perdiendo el equilibrio por un instante y casi dejando caer el plato al suelo. Se giró con rapidez, mirándome con los ojos desorbitados, llena de un pánico evidente que no pudo disimular.

—Yo… tenía algunos antojos y bajé a comer algo —contestó en un hilo de voz, pegando el plato contra su pecho como si fuera un escudo—. No quería hacer ruido, de verdad. Disculpa si te molesté.

En ese momento, mis ojos la recorrieron de arriba abajo, detallándola. Llevaba puesto un pijama de satén negro, cortísimo, que apenas le cubría los muslos y dejaba al descubierto sus piernas pálidas. Tenía el largo cabello negro suelto, desordenado sobre los hombros, y noté que estaba temblando levemente, aunque no sabía si era por el aire frío de la cocina o por el terror que le causaba mi presencia.

La rabia que guardaba, mezclada con todo el whisky que llevaba en la sangre, se me subió a la cabeza de inmediato, nublándome el poco sentido común que me quedaba.

—¿Qué pasa? ¿Acaso tu intención es seducirme con eso puesto o qué? —le reclamé, dando un paso peligroso hacia ella, acortando la distancia.

Ella negó con la cabeza con desesperación, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el metal frío de la nevera, atrapada.

—No, claro que no… Yo no haría algo así, Orson, te lo aseguro —tartamudeó, apretando los dientes para que no le castañearan, asustada por mi cercanía y el evidente estado en el que me encontraba.

—¿Ah, no? Si ya lo intentaste una vez en ese club y la jugada te salió perfecta —me burlé, plantado a escasos centímetros de ella, destilando todo el veneno que tenía acumulado—. Míranos dónde estamos ahora por culpa de tu gracia. Tú embarazada y los dos casados. Lograste exactamente lo que tu padre diseñó para salvar sus negocios.

—Te he dicho mil veces, y no me voy a cansar de repetirlo, que yo no tuve nada que ver con lo que pasó esa noche —me replicó, y vi cómo sus ojos oscuros se llenaban de lágrimas de frustración que amenazaban con rodar por sus mejillas—. Te lo juro por lo que quieras, Orson. Yo también estaba ebria, no sabía lo que hacía. Fue un accidente.

Me acerqué todavía más, arrinconándola, ignorando cualquier distancia de seguridad. El calor de mi cuerpo contrastaba con su temblor.

—No te creo una sola palabra, Elena. Teniendo en cuenta la calaña de padre que tienes, tú eres exactamente de la misma especie. Una arribista mentirosa que sabe usar su cuerpo cuando le conviene.

Ella bajó la mirada. El impulso y el efecto del alcohol me ganaron y le agarré el mentón con los dedos de manera firme, obligándola a levantar el rostro para que me mirara. Me incliné hacia ella, quedando a tan solo un suspiro de sus labios.

Mi intención inicial era intimidarla, hacerle sentir el peso de mi desprecio, pero en su lugar, el aroma que desprendía su piel —una mezcla dulce de vainilla y frescura— me golpeó los sentidos de lleno, descolocándome y nublando todavía más mi cerebro.

Por un segundo estúpido y eterno, me quedé fijo mirando su boca, sintiendo una tensión extraña que me encendió la sangre de una forma que no quería admitir.

Reaccioné justo a tiempo, como si me hubiera quemado con fuego ardiente. Me aparté de ella con un movimiento brusco, soltándole el rostro casi con asco de mí mismo. ¿Qué demonios estaba haciendo? Tenía que ser el maldito whisky; estaba demasiado borracho como para perder el control de esa manera frente a la mujer que representaba mi ruina y mi cautiverio.

No podía permitirme flaquear.

—Lárgate a tu habitación ahora mismo —le ordené, dándole la espalda para no tener que verla—. Sube las escaleras y no te quiero volver a ver en lo que queda de la noche. Desaparece de mi vista.

Elena no esperó a que se lo repitiera una segunda vez. Agarró su plato con la comida, pasó por mi lado a toda prisa, evitando cualquier contacto físico, y escuché sus pasos rápidos y apresurados subiendo los peldaños hacia la planta alta. Segundos después, el sonido lejano de una puerta cerrándose con llave retumbó en la planta alta.

Me pasé las manos por la cara con fuerza, respirando hondo y apoyándome en la encimera de la cocina, sintiendo que las paredes daban vueltas a mi alrededor. El dolor de cabeza se intensificó y el mareo me obligó a cerrar los ojos. Me estaba volviendo loco en este lugar. Apenas llevaba un día casado y ya sentía que el techo se me caía encima como una losa de piedra. No quería ni imaginarme cómo iba a ser capaz de sobrevivir todo el año que me quedaba por delante compartiendo el mismo espacio con ella en este encierro forzado.

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¡Hola! 💘

Muchas me han preguntado si tengo un horario fijo de actualización, y la verdad es que no, jaja. Como también trabajo, a veces no me alcanza el tiempo para subir capítulos tan seguido como me gustaría, pero siempre hago todo lo posible por traerles nuevas actualizaciones.

Espero poder publicar con más frecuencia y, sobre todo, que estén disfrutando mucho la novela. ¡Gracias por acompañarme y por todo su apoyo! 💖