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69.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

69.

|Orson|

El sonido del monitor cardíaco marcaba un compás rápido y constante en la habitación aséptica del hospital. Llevábamos horas encerrados en ese cuarto. Horas de contracciones que habían ido escalando desde una incomodidad tolerable hasta un dolor crudo, físico y desgarrador.

Elena apretó mi mano derecha con tanta fuerza que sentí mis nudillos crujir. Soltó un quejido ronco, gutural, tirando la cabeza hacia atrás contra la almohada empapada en sudor.

—Mírame, mi vida, mírame —le rogué en voz baja, acercando mi rostro al suyo para interceptar su mirada nublada por el cansancio—. Respira conmigo. Ya está pasando. Ya casi termina.

Tomé una toalla húmeda con la mano libre y le sequé la frente con extrema delicadeza. Ella exhaló temblando, dejando caer los pesados párpados. Estaba exhausta. Las ojeras marcaban su rostro pálido y sus labios habían perdido color, pero a mis ojos jamás había lucido tan inmensamente hermosa como en este instante, luchando con una fiereza que me dejaba admirado.

Una punzada de culpa antigua me atravesó el pecho. Cuando Valeria llegó al mundo, yo no estuve ahí. Circunstancias, inmadurez y los errores de un pasado que ya habíamos enterrado me robaron el privilegio de ver nacer a mi primera hija. Me perdí su primer llanto, no pude sostener la mano de mi esposa cuando más me necesitaba. Esa espina la había cargado en silencio durante años.

La vida me estaba regalando la redención perfecta en este cuarto blanco. Esta vez no había juntas directivas, ni malentendidos, ni distancia. Solo estábamos ella, yo y el milagro que intentaba abrirse paso.

—No puedo más, Orson... me duelen hasta los huesos —murmuró Elena, con la respiración entrecortada.

—Eres la mujer más fuerte que conozco —le aseguré, besando el dorso de su mano, rozando con mis labios el anillo que le puse en la isla—. Estás haciendo un trabajo increíble. Nuestro hijo ya viene en camino. Un empujón más, solo te pido eso.

El obstetra, posicionado al pie de la camilla, alzó la vista por encima de su mascarilla quirúrgica.

—Tiene razón su esposo, Elena. Ya veo la cabeza. A la cuenta de tres, necesito que junte toda la energía que le queda y puje con el alma. Uno... dos... ¡tres!

El grito de Elena resonó en las paredes. Un sonido que me astilló las entrañas por la pura empatía del dolor ajeno, destilando al mismo tiempo una inyección de adrenalina pura en mis venas. La sostuve por los hombros, dándole soporte físico, susurrándole palabras de aliento pegado a su oído.

Y entonces, el milagro ocurrió.

El quejido de mi esposa se apagó, sustituido inmediatamente por un llanto agudo, vigoroso y lleno de vida que inundó la sala de partos.

El aire pareció regresar a mis pulmones de golpe.

—Un hermoso niño —dijo el doctor, levantando al pequeño cubierto de fluidos, con la piel enrojecida y los puños apretados, protestando a todo pulmón por haber sido sacado de su refugio cálido.

Sentí que las rodillas me temblaban. Las lágrimas, contenidas estoicamente durante toda la madrugada, se desbordaron por mis mejillas sin pedir permiso. Miré a Elena; ella lloraba abiertamente, riendo entre los sollozos, con el rostro iluminado por un alivio absoluto.

Las enfermeras actuaron con rapidez. Limpiaron al bebé de manera superficial, revisaron sus signos vitales y lo envolvieron en una manta térmica de algodón blanco. Una de ellas se acercó a mí con una sonrisa cálida y me extendió el pequeño bulto.

—Acérquelo a la mamá —me indicó.

Mis manos, grandes y acostumbradas a dirigir empresas o cargar peso, se sintieron torpes por un segundo. Lo tomé con un cuidado reverencial. Pesaba tan poco y a la vez significaba tanto. Tenía los ojos apretados, una pelusa oscura cubriendo su cabecita y los labios fruncidos.

El corazón me latió con tanta fuerza que temí que el bebé pudiera sentirlo vibrar a través de la manta. Era perfecto. Representaba la extensión de nuestro afecto, la prueba irrefutable de que las segundas oportunidades existen.

Caminé el corto metro que me separaba de la cabecera y me incliné con cuidado. Coloqué a mi hijo sobre el pecho de Elena.

Ella lo recibió con brazos ansiosos. En cuanto el niño sintió el calor de su madre y el latido de su corazón, su llanto se fue apagando hasta convertirse en pequeños suspiros tranquilos. Elena enterró el rostro en la cabecita de nuestro hijo, aspirando su olor, mientras yo los rodeaba a ambos, apoyando mi frente contra la de ella.

—Míralo, Orson... —susurró mi esposa, acariciando la minúscula espalda con la punta de los dedos—. Será igualito a ti.

—Tiene tu nariz —discrepé con dulzura, embelesado mirando esa pequeña obra de arte respirar entre nosotros.

Nos quedamos sumergidos en esa burbuja de plenitud durante un tiempo indefinido, ajenos al personal médico que terminaba su trabajo a nuestro alrededor. No existía nada más importante en el universo entero que esa camilla de hospital.

Unos golpecitos suaves en la puerta rompieron nuestro retiro privado.

La madera se abrió despacio y mi madre asomó la cabeza, seguida muy de cerca por mi hermana. Olivia tenía los ojos muy abiertos, cargados de una expectación nerviosa. Al vernos, el rostro de mamá se descompuso en una mueca de pura devoción.

—Pasen —les dije, apartándome un poco para dejarles espacio, sin soltar la mano de Elena.

Entraron casi de puntillas, temiendo romper la magia del ambiente. Mamá se llevó ambas manos a la boca, sollozando de alegría al ver al recién nacido acurrucado sobre el pecho de su nuera.

—Ay, Dios mío de mi vida... qué hermosura tan grande —murmuró mi madre, acercándose para depositar un beso levísimo en la frente de Elena—. Lo hiciste fenomenal, hija. Es un bebé precioso.

—Gracias, Victoria —respondió ella, irradiando paz.

Olivia se acercó por el otro lado de la cama, secándose una lágrima rebelde con el dorso de la manga. Su personalidad vibrante y siempre ruidosa estaba completamente mitigada por el asombro.

—Orson, te juro que es la cosita más linda que he visto jamás —dijo mi hermana, tocando con un dedo tembloroso el pie diminuto que asomaba por debajo de la cobija—. Valeria se va a volver loca de felicidad cuando lo vea. Felicidades, hermanito. Lo lograron.

Me dio un abrazo lateral que correspondí con enorme gratitud.

—Bueno, dejen de llorar que me van a hacer deshidratar más —bromeó Elena, logrando arrancar una risa colectiva que aligeró la intensidad del ambiente.

Olivia sacó inmediatamente su teléfono del bolsillo del pantalón.

—Ni hablar, este momento hay que documentarlo para la posteridad. ¡Júntense todos!

Mi hermana se inclinó sobre la baranda de la cama, enfocando la cámara frontal para que entráramos los cuatro y el bebé. Mi madre se pegó a mi hombro, yo me incliné hacia Elena y ella levantó un poco la carita de nuestro hijo hacia el lente.

—¡Digan "bebé a bordo"! —ordenó Olivia, apretando el botón varias veces seguidas para capturar la ráfaga de sonrisas genuinas y rostros cansados pero resplandecientes.

Al guardar el móvil, mi hermana se cruzó de brazos y nos escrutó con fijeza.

—Muy bien, ya nació, ya lloramos, ya tomamos la foto. Ahora la pregunta del millón: ¿cómo se va a llamar mi sobrino?

Mi madre asintió, dándole la razón.

—Es verdad. Mantuvieron el misterio durante nueve meses. Ya es hora de revelar el secreto.

Elena y yo nos miramos. Durante las últimas semanas del embarazo, habíamos barajado decenas de opciones. Buscábamos algo con fuerza, un nombre que representara todo lo que habíamos superado para poder traerlo al mundo.

Mi esposa acarició el cabello oscuro del niño y luego alzó sus ojos hacia mí, dándome la potestad de decidir en ese último segundo. Leí en su mirada la confirmación exacta.

—Bastian —pronuncié, sintiendo cómo el nombre encajaba perfectamente en el aire del cuarto.

—¿Bastian? —repitió mi madre, saboreando las sílabas—. Bastian Bottomer... suena maravilloso. Tiene muchísimo carácter.

—Me encanta —confirmó Olivia, aplaudiendo en silencio—. Suena a nombre de alguien importante.

Elena sonrió, bajando la vista de nuevo hacia nuestro hijo, que acababa de abrir un solo ojito oscuro para espiar su nuevo entorno.

—Bastian —le susurró ella con una ternura infinita—. Bienvenido al mundo, mi pequeño Bastian. Tu papá, tu hermana y yo te estábamos esperando con muchas ansias.

Me incliné sobre la cama una vez más, rodeando a mi familia entera con los brazos. Cerré los ojos, respirando el aroma limpio del lugar y el calor de su piel. Esto era paz, era vida, era todo lo que necesitaba.

***

|Elena|

El nudo en mi garganta era tan grande que apenas me permitía tragar saliva. Ajusté por tercera vez los tirantes de la pequeña mochila rosada sobre los hombros de Valeria. El uniforme escolar, una faldita de cuadros y una camisa blanca, la hacía ver diminuta, pero al mismo tiempo era la prueba irrefutable de que mi niña estaba creciendo demasiado rápido. Apenas le faltaban un par de meses para cumplir los cuatro años.

Caminamos por la acera hacia la entrada del jardín de niños. Yo llevaba a Valeria de una mano mientras que con la otra empujaba el cochecito donde Bastian, de apenas un año de nacido, dormía plácidamente.

A nuestro lado Orson caminaba con una postura erguida, llevando la lonchera térmica. Pero en cuanto vislumbramos el portón de colores del colegio y a las maestras recibiendo a los alumnos, los pasos de Valeria se detuvieron en seco.

Me miró hacia arriba. Sus ojos enormes y brillantes ya estaban llenos de lágrimas.

—No quiero ir, mami —murmuró, con el labio inferior temblando—. Quiero quedarme contigo y con Bastian en la casa.

Mi corazón se encogió. Me agaché para quedar a su altura, iba a soltar un discurso tranquilizador, pero antes de llegar a hacerlo, Orson dejó la lonchera en el suelo y se arrodilló frente a ella, bloqueando la vista de la escuela.

—Princesa, mírame —le pidió con voz suave, tomando sus pequeñas manos entre las suyas—. Entiendo que tengas miedo. Es un lugar nuevo y hay muchos niños que no conoces. Pero ¿recuerdas lo que hablamos anoche sobre ser valientes?

Valeria asintió despacito, dejando escapar un sollozo ahogado, y una lágrima le rodó por la mejilla regordeta. Orson se la secó con el pulgar, dedicándole una sonrisa llena de una paciencia infinita. Verlo en esa faceta de padre protector, tan presente y tan involucrado, me removió todo por dentro.

—Ser valiente no significa no tener miedo, significa hacerlo de todos modos —le recordó él, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja—. Allá adentro hay juguetes nuevos, vas a pintar, te van a leer cuentos y harás amigos. Y te prometo algo: en cuanto sea la hora de salida, seré el primer papá esperando en esa puerta para llevarte a comer helado. ¿Trato?

Valeria sorbió por la nariz, miró a su padre a los ojos buscando esa seguridad inquebrantable que Orson siempre transmitía, y finalmente asintió.

—¿De chocolate? —negoció ella con voz finita.

—Del más grande que tengan —confirmó él.

Orson la abrazó con fuerza, levantándola del suelo por un segundo antes de volver a ponerla sobre sus pies. Me tocó el turno de besarle la frente y despedirme, tragándome mis propias ganas de llorar. La vimos cruzar el portón de la mano de una maestra, girando la cabecita para despedirse con la mano.

Cuando la perdimos de vista, Orson pasó un brazo por mis hombros y me apegó a su costado.

—Lo hicimos bien —me susurró, dándome un beso en la sien—. Va a estar perfecta.

—Lo sé —suspiré, apoyando la cabeza en su hombro mientras reanudábamos la marcha con el cochecito de Bastian—. Solo que crecen demasiado rápido.

El tiempo tiene una manera silenciosa y cruel de escurrirse entre los dedos.

Parecía que había sido ayer cuando dejamos a Valeria llorando en la puerta del jardín, y de repente, un par de meses después, me encontraba en el baño de nuestra casa lidiando con una nueva crisis de crecimiento.

—¡Mami, mira! —gritó mi hija, corriendo por el pasillo en pijama hasta chocar contra mis piernas.

Abrió la boca de forma exagerada, señalando con su dedo índice uno de los dientes frontales inferiores. Estaba flojo, bailando hacia adelante y hacia atrás.

—¡Se te va a caer tu primer diente! —exclamé, fingiendo muchísima más emoción que el ligero pánico que me dio pensar en arrancárselo.

Orson apareció en el marco de la puerta del baño, secándose el cabello con una toalla. Al ver la escena, sonrió de medio lado y se acercó.

—A ver esa boca, señorita —pidió, agachándose. Con mucha delicadeza, usó su dedo índice para mover ligeramente la piececita blanca—. Uf, eso ya está pidiendo permiso para salir. ¿Llamamos al Ratón Pérez esta noche?

Valeria abrió los ojos como platos, emocionada y aterrada a partes iguales.

—Pero duele, papi. No quiero que me lo arranques con un hilo como dijo mi abuela Victoria.

—Nada de hilos, eso es un método bárbaro —sentenció Orson con falsa indignación, ganándose una carcajada mía—. Vamos a hacer algo mejor. Ve a la cocina y trae una manzana bien crujiente.

Cinco minutos después, los tres estábamos sentados en el borde de la cama. Valeria sostenía la manzana roja con ambas manos, dudando. Yo le acariciaba la espalda, animándola.

—Muerde con fuerza, justo en el centro —le indicó su padre.

Valeria cerró los ojos y dio un mordisco decidido. El sonido de la fruta crujiendo se escuchó en la habitación, seguido de un grito ahogado de sorpresa. Mi hija separó la manzana de su rostro; incrustado en la pulpa blanca, como un pequeño trofeo, brillaba su dientecito de leche.

No hubo llanto, ni dolor, solo euforia. Orson la levantó en brazos para celebrar mientras yo corría a buscar una cajita pequeña donde guardarlo para colocarlo bajo la almohada. Esa noche, mientras la observábamos dormir con la ilusión de la moneda que encontraría al amanecer, Orson entrelazó sus dedos con los míos en la penumbra del pasillo. Era una cotidianidad hermosa, un trabajo en equipo que habíamos perfeccionado con los años.

Y mientras Valeria descubría las maravillas del Ratón Pérez, Bastian comenzaba a exigir su propio protagonismo.

Era un torbellino de melenas oscuras y ojos enormes que gateaba por toda la casa a una velocidad alarmante, destruyendo cualquier torre de bloques que su hermana mayor intentara construir.

Una tarde de domingo, estábamos tirados en la alfombra de la sala. El sol entraba por los grandes ventanales, iluminando el caos de juguetes esparcidos por el suelo. Yo estaba doblando un poco de ropa en el sofá, mientras Orson jugaba con Bastian sobre la alfombra.

El objetivo de mi esposo durante las últimas tres semanas había sido una campaña política intensiva para ganar la batalla de la primera palabra.

—Mira, campeón. Pa-pá —pronunciaba, exagerando la articulación de sus labios frente al rostro del bebé—. Repite conmigo: Pa-pá.

Bastian lo miraba fijamente, sosteniendo un auto de plástico en la mano, y soltaba una burbuja de saliva acompañada de un balbuceo ininteligible.

—No lo presiones, lo vas a confundir —me reí desde el sofá, doblando una pequeña camiseta.

—No lo presiono, lo estoy educando. Vamos, Bastian. Soy el que te da la leche en la madrugada. Me merezco el crédito. Pa-pá.

El bebé golpeó el auto contra el suelo, riendo a carcajadas por el ruido. Luego, alzó su rostro redondito, me miró directamente a los ojos y, con una claridad asombrosa, soltó:

—Ma-má.

Solté la camiseta, llevando ambas manos a mi rostro. Mi corazón dio un brinco tremendo.

—¡Lo dijo! ¡Dijo mamá! —chillé de emoción, deslizándome del sofá para sentarme en el suelo junto a ellos.

Bastian sonrió, mostrando sus escasos cuatro dientes, y estiró los bracitos hacia mí.

—Ma-má, ma-má —repitió, como si acabara de descubrir el truco de magia más fascinante del mundo.

Orson suspiró, dejándose caer de espaldas sobre la alfombra con dramatismo, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Traición. Esto es pura traición en mi propia casa —murmuró, fingiendo estar devastado—. Nueve meses de embarazo te dieron una ventaja injusta, Elena.

Lo besé en la mejilla, riendo sin parar mientras abrazaba a mi niño contra mi pecho. Pero la sorpresa no terminó ahí. Bastian, al ver a su padre tirado en el suelo, se inclinó hacia adelante, le dio un par de palmaditas torpes en la mejilla y soltó una vocalización fuerte:

—¡Pa-pa!

Orson se incorporó de un salto, con los ojos brillando de una alegría tan genuina que me cortó la respiración. Tomó al bebé en brazos, llenándole el cuello de besos que hicieron estallar a Bastian en carcajadas sonoras.

Había dicho las dos palabras el mismo día. Eramos un equipo, incluso en los balbuceos de nuestro hijo.

Los meses siguientes fueron una carrera vertiginosa. Bastian creció fuerte, obstinado y lleno de energía.

La transición de los gateos a los primeros intentos de pararse nos mantuvo en alerta constante. Habíamos protegido las esquinas de las mesas, apartado los adornos frágiles y nos habíamos convertido en los guardianes de sus caídas.

El momento definitivo ocurrió en la víspera del cumpleaños de Valeria.

Estábamos en la sala, terminando de envolver un par de regalos. Orson estaba sentado en el suelo, cerca del pasillo, ordenando unos cables, y yo me encontraba de rodillas frente a la mesa de centro, mostrándole a Bastian un libro de cartón con animales.

Él estaba de pie, aferrado con fuerza al borde de la mesa con sus manos regordetas.

—Mira el perrito, amor —le susurraba yo, pasando la página.

De pronto, un ruido captó su atención. Valeria acababa de entrar corriendo desde la cocina, sosteniendo un globo de colores.

—¡Mira lo que me infló la nana, Bastian! —anunció ella, agitando el globo en el aire.

Mi pequeño se fijó en su hermana. Su rostro se iluminó. Y entonces, sin pensarlo, sin buscar el apoyo de la madera, soltó las dos manos de la mesa.

Me quedé congelada. Orson detuvo lo que estaba haciendo de inmediato, levantando la vista.

El tiempo pareció ralentizarse. Bastian se quedó de pie, tambaleándose un poco sobre sus pies descalzos, buscando el equilibrio. Miró sus propias piernas, luego el globo, y finalmente dio un paso hacia adelante. Fue un movimiento torpe, pesado, casi dejándose caer hacia el frente, pero su otro pie reaccionó rápido para sostenerlo.

Dio un segundo paso. Luego un tercero.

—¡Está caminando! ¡Mami, está caminando! —gritó Valeria, saltando en su lugar sin acercarse para no asustarlo.

—Ven, campeón, ven con papá —lo animó Orson, extendiendo los brazos desde el otro lado de la alfombra.

Bastian soltó una risita nerviosa y aceleró el paso, perdiendo el control en el último trayecto. Se lanzó hacia los brazos abiertos de su padre, quien lo atrapó en el aire justo antes de que tocara el suelo. Orson lo estrechó contra su pecho con fuerza, riendo a carcajadas, para luego mirarme a mí por encima de la cabeza del niño.

Me acerqué a ellos, sintiendo que el alma se me desbordaba. Me arrodillé a su lado, envolviéndolos en un abrazo al que Valeria no tardó en unirse, apretujándonos a todos con sus bracitos.

En medio de esa montaña de abrazos sobre la alfombra de nuestra sala, cerré los ojos. Pensé en todo lo que habíamos atravesado. Todo ese camino arduo y doloroso había valido cada segundo, porque nos había conducido exactamente hasta aquí. A este instante perfecto. A nuestra familia.

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Bueno, mis lectoras, esto es todo. Este libro ha llegado a su final 🥹❤️

Muchísimas gracias por acompañarme hasta aquí, por leerme, por cada comentario y por todo el apoyo que le dieron a esta historia. Así como ustedes, yo también sufrí con estos personajes: lloré muchísimo, me reí, sentí rabia, emoción, ternura y un montón de sentimientos más mientras escribía cada parte de sus vidas.

Siempre es difícil despedirme de una historia después de pasar tanto tiempo con sus personajes, pero me hace muy feliz saber que ustedes estuvieron del otro lado viviendo todo conmigo.

Una vez más, gracias por formar parte de esta historia y por todo el cariño que le dieron. Espero de corazón que la hayan disfrutado muchísimo y que estos personajes se lleven un pedacito de ustedes, así como se llevan uno de mí.

Nos vemos en mi siguiente libro ❤️

¡Les mando un abrazo enorme!

Pd: dejé fotos en mi Ig de los bellos momentos de este capitulo, vayan a verlo.

Final