8.
|Elena|Los días pasaban muy despacio y yo no sabía qué hacer con tanto encierro. Esta casa era enorme, pero se sentía como una prisión de lujo donde las horas no terminaban nunca. No tenía con quién hablar ni a quién llamar para distraerme.
Mi padre no me había contactado ni una sola vez desde que me casé; supongo que ya logró lo que quería con mi nuevo apellido y se olvidó de mí. Tampoco tenía amigos porque él siempre me prohibió relacionarme con la gente por miedo a los chismes de los negocios, y no me quedaba más familia a la que acudir. Desde que murió mi madre cuando yo era niña, solo lo tuve a él a mi lado.
Para colmo, en la casa la soledad era total. Teresa solo venía un par de veces a la semana para hacer el aseo, ordenaba todo rápido y se iba sin conversar. Orson ni aparecía por aquí. Las pocas veces que venía lo hacía de madrugada, y si llegaba a estar en el día, yo me escondía en la habitación de huéspedes para no molestarle ni cruzarme en su camino.
Esta tarde estaba especialmente aburrida, mirando por la ventana sin hacer nada. Pensé que quedarme ahí sentada dándole vueltas a las cosas me haría daño, así que decidí meterme a la cocina para matar el tiempo. A mí siempre me ha gustado mucho preparar postres, era lo único que me relajaba en mi antigua casa. Agarré el celular, busqué recetas en internet y me puse a revisar los muebles.
Por suerte, Orson tenía la despensa llena de ingredientes de buena calidad. No faltaba absolutamente nada, así que podía inventar lo que quisiera. Me decidí por unos cupcakes porque me encanta el dulce y el proceso me mantendría ocupada un buen rato. Empecé a mezclar la harina, el azúcar y la vainilla, disfrutando del olor que poco a poco llenaba el espacio.
Mientras esperaba que se hornearan, me quedé pensando en Orson. Me vino la idea de guardarle algunos para cuando regresara, pero enseguida me arrepentí. El otro día se puso furioso solo por encontrarme en la cocina de madrugada; si le dejaba comida, seguro iba a pensar que estaba intentando ganármelo o que era otra trampa. No quería provocar su enojo otra vez, así que saqué esa idea de mi cabeza.
El timbre del horno avisó que ya estaban listos. Los saqué con cuidado y los puse a enfriar. Toda la planta baja olía riquísimo, dándole al lugar un ambiente un poco más alegre.
Justo cuando iba a preparar el decorado, sonó el timbre de la puerta principal.
Me quedé quieta, sorprendida. No esperaba a Teresa y Orson tenía sus llaves, así que nadie debía tocar esa puerta. El corazón me empezó a latir rápido del susto. ¿Sería mi padre que por fin se había acordado de mí?
Me quité el delantal apurada, me arreglé la playera y fui a abrir. Al abrir la madera, me quedé helada.
Afirmativamente no era mi padre. En la entrada estaban mi suegra, Victoria, y mi cuñada, Olivia, mirándome con desprecio.
—Hola… —atiné a decir, muy nerviosa—. ¿Qué las trae por aquí?
Victoria me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa sencilla y despeinada. Alzó una ceja con arrogancia.
—¿Que qué nos trae por aquí? Venimos a la casa de mi hijo, Elena —respondió con un tono de voz muy frío—. ¿Nos vas a dejar esperando en la puerta de la calle?
Me puse roja de la vergüenza por mi mala educación.
—Perdón, pasen por favor —les dije, haciéndome a un lado para dejarlas entrar.
Las dos mujeres pasaron a la casa, moviendo la cabeza para revisar cada rincón con mirada juzgadora. El silencio se sentía incómodo, así que intenté ser amable.
—¿Quieren algo de beber? —les pregunté, entrelazando mis dedos.
—No es necesario, estamos bien así —espetó Olivia.
—De acuerdo… —respondí, sin saber qué más agregar.
Caminamos hacia la sala. Las vi tomar asiento en el sofá principal y yo me acomodé en la silla de enfrente, tratando de mantener una postura recta.
—¿Qué es ese olor? —preguntó mi suegra, cruzándose de brazos mientras arrugaba la nariz.
—Estoy haciendo algunos postres —contesté, señalando vagamente hacia la cocina.
—Así que sabes cocinar. Creí que eras una niña de papá que no sabía hacer nada por sí misma.
Tragué grueso, sintiendo un nudo en el estómago por el comentario. Esas palabras me hicieron sentir muy mal, pero respiré hondo para no quebrarme.
—No, señora —dije en voz baja.
Victoria se acomodó el abrigo de marca, recuperando su postura seria.
—Estoy aquí solo para verificar la salud de mi nieto. Después de todo, ese niño que esperas es de mi hijo y nos interesa su bienestar.
—Todo está bien, no se preocupe —le aseguré, tocando mi vientre con suavidad—. Me he estado cuidando lo mayor posible, no hago esfuerzos y como bien.
Olivia soltó un bufido desde su asiento, mirándome con rencor.
—¿Es que no tienes vergüenza?
La pregunta me tomó por sorpresa. Parpadeé, confundida.
—¿Disculpa?
—No entiendo cómo puedes estar aquí tan tranquila después de arruinar la vida de mi hermano de esa manera —soltó, alzando la voz—. ¿Estás satisfecha por engañar a un hombre así? Te casaste con alguien que nunca te va a amar, Elena. Sabes que te detesta.
Apreté las manos sobre mi regazo, hundiéndolas en la tela de mi pantalón. Esas frases me golpearon directo en el pecho, pero en lugar de ponerme a llorar, sentí una chispa de valentía. No podía seguir dejando que me pisotearan por algo que yo no provoqué.
—Sé que ambas, y hasta Orson, creen que yo lo drogué para embarazarme y después amenazarlo —les dije—. Pero no es así. Tengo la conciencia totalmente tranquila porque no hice nada malo, y Dios es testigo de eso. Yo también fui víctima esa noche.
Mi cuñada se rio.
—Vaya, sí que eres hija de tu padre. Tienes el mismo cinismo para mentir.
—Si vinieron a esta casa para juzgarme y señalarme por algo que no hice, les pido que por favor se vayan —sentencié, señalando la salida.
Olivia se levantó, furiosa.
—¿Quién te crees que eres para corrernos? Aunque estés casada con mi hermano no eres nadie en esta familia. Entérate de una vez: él ama a otra mujer. Su vida le pertenecía a ella antes de que tú aparecieras. Así que olvídate de que vas a conseguir su corazón con esa artimaña que usaste para atarlo. Él nunca te va a querer.
Me dolió el pecho horriblemente, un dolor físico que casi me impide respirar. Yo ya sabía la verdad. Sabía perfectamente que Orson amaba a otra persona y que su corazón ya tenía dueña. Aunque me destrozara el alma, era una realidad que debía aceptar para no hacerme falsas ilusiones. Sin embargo, escuchar que alguien más lo dijera en voz alta, restregándomelo en la cara, era mil veces más doloroso.
Antes de que la discusión empeorara, Victoria intervino y miró a su hija con severidad.
—Ya basta, Olivia. Siéntate —ordenó, y luego clavó sus ojos en mí. Sacó una tarjeta elegante de su bolso y la colocó sobre la mesa del centro—. Debes ir con regularidad al médico para que te revise. Ese es el doctor de la familia, atiende en una clínica excelente. Quiero que vayas a las consultas cada cierto tiempo para asegurarnos de que el embarazo marche bien.
Me quedé mirando el papel, sorprendida por el cambio de tono.
—Gracias —alcancé a decir, agradecida por el detalle.
Ella se levantó, dándole una señal a Olivia para que hiciera lo mismo.
—Eso era todo lo que veníamos a hacer. Ahora que eres la esposa de mi hijo, compórtate a la altura del apellido y no causes ninguna molestia ni escándalo. Nos retiramos.
Caminé detrás de ellas hasta la puerta principal. Salieron sin despedirse formalmente y escuché el motor de su auto alejarse por la calle. Cuando me quedé sola otra vez, regresé a la sala y tomé la tarjeta entre mis manos.
La miré por unos minutos largos, sintiendo una pequeña emoción en el centro del pecho. A pesar de los insultos de Olivia y la frialdad de la situación, al menos mi suegra mostraba algo de preocupación por el bebé. Eso me dio una pizca de fuerzas para seguir aguantando. Ni siquiera Orson, o mi propio padre, mostraban esa consideración.