9.
|Orson|—Cancela la sesión de la tarde, Sandra. Pospón la cita con los inversores para el jueves a primera hora —le dije a mi secretaria, recostándome en mi sillón ejecutivo sin quitar la vista de los documentos.
La mujer anotó todo en su tableta, pero no se movió de su sitio.
—Señor Bottomer, disculpe el atrevimiento, pero tiene una cara terrible. ¿Se siente bien? Si quiere puedo traerle un café cargado o pedir algo de comer para que descanse.
—Estoy bien, Sandra. No necesito nada, puedes retirarte —respondí en un tono plano, cortando cualquier intento de conversación.
Ella asintió en silencio y salió del despacho, cerrando la puerta con cuidado. En cuanto me quedé solo, solté un suspiro profundo y me pasé las manos por la cara, frotándome las sienes. El dolor de cabeza se había vuelto mi sombra estos últimos días. Dormir en el sofá de la oficina no estaba resultando una buena idea; me levantaba con el cuerpo molido y el cuello rígido, pero regresar a esa casa donde estaba metida Elena tampoco era una medida viable para mí.
La sola idea de cruzarme con ella, de ver su rostro o recordar que estábamos atados por un papel, me ponía de un humor insoportable. Prefería el cansancio y la incomodidad del trabajo antes que regalarle mi presencia.
De repente, el teléfono celular vibró sobre el escritorio de roble, rompiendo el silencio del lugar.
Lo tomé con desgana, pensando que sería otra llamada de algún socio molesto, pero mi corazón se aceleró cuando leí el remitente en la pantalla: era Chloe. Me levanté de la silla de inmediato, sintiendo un vuelco en el estómago. El mensaje era corto y directo:
"¿Podemos hablar? Estoy abajo".
Me quedé incrédulo mirando las letras por unos segundos. No me lo pensé dos veces y le escribí de vuelta a toda prisa:
"¿Dónde estás? Voy ahora mismo".
Su respuesta llegó enseguida: "En el estacionamiento privado de la empresa, al lado de tu auto".
Salí de la oficina casi corriendo, ignorando los saludos de los empleados en el pasillo. Tomé el ascensor privado y bajé directo al sótano. Cuando las puertas metálicas se abrieron, caminé rápido por el pavimento gris hasta que divisé mi vehículo. Ahí estaba ella, hermosa, recostada al capó de mi auto, esperándome con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. Llevaba un vestido ligero y el cabello rubio le caía sobre los hombros, haciéndola resaltar en medio de la penumbra del lugar.
—Chloe… —pronuncié al llegar a su lado, con la voz un poco agitada.
Ella levantó la vista y me miró con una expresión suave, desprovista de la furia que tenía la última vez que la vi.
—Hablemos un momento, Orson. Por favor —pidió en voz baja.
No quise que nadie nos interrumpiera o nos viera allí abajo, así que saqué las llaves, le abrí la puerta del copiloto y esperé a que subiera. Rodeé el auto, me metí en el asiento del conductor y cerré. El habitáculo se quedó en un silencio denso por unos instantes, roto solo por el sonido de nuestras respiraciones.
Chloe suspiró, girándose hacia mí, y me tomó de la mano. Su tacto suave me devolvió la paz que había perdido hacía semanas.
—Lo he estado pensando mucho estos días, Orson —comenzó a decir, mirándome a los ojos—. Me dolió demasiado la noticia, no te lo voy a negar, pero he analizado las cosas con la cabeza fría. Sé perfectamente quién eres y sé el tipo de enemigos que tienes. Esto no es tu culpa. Comprendo perfectamente lo que pasó con esa mujer y la trampa tan asquerosa que te tendieron para amarrarte.
Sentí que un peso inmenso se me quitaba de encima. La miré fijamente, queriendo asegurarme de que no estaba entendiendo mal.
—¿Eso quiere decir que…?
—Sí —me interrumpió ella, regalándome una pequeña sonrisa—. Quiere decir que te perdono, Orson. No voy a dejar que esa familia destruya lo que tenemos. Voy a esperar el tiempo que sea necesario, el año completo si hace falta, hasta que te separes de esa mujer y puedas sacarla de tu vida definitivamente.
—Gracias, de verdad gracias por entenderlo, Chloe —le dije, apretando sus dedos con fuerza, sintiendo un alivio real en el pecho—. No tienes idea de las noches que he pasado sin dormir pensando en nosotros, creyendo que todo se había arruinado para siempre. Saber que estás conmigo me deja mucho más tranquilo para afrontar este problema.
Chloe se acercó más a mí, acortando el espacio entre los dos asientos. Levantó su mano libre, me agarró de la mandíbula con firmeza y me obligó a sostenerle la mirada con una seriedad que me sorprendió.
—Prométeme una cosa, Orson —pidió, con los ojos fijos en los míos—. Prométeme que no vas a tocar a esa mujer. Prométeme que siempre la vas a despreciar, que no te vas a fijar en ella ni vas a dejar que se te acerque.
Me quedé un poco confundido por la intensidad de su petición, pero no dudé ni un segundo en mi respuesta. Para mí, Elena Carvajal era sinónimo de problemas y engaños.
—Eso ni siquiera tienes que pedírmelo, Chloe. Estoy completamente seguro de lo que siento. Esa tipa me da asco por lo que me hizo, no hay ninguna posibilidad de que me fije en ella.
—De todos modos, quiero que me lo prometas. Necesito escucharlo de tu boca —insistió, apretando un poco más el agarre en mi rostro.
—Te lo prometo, Chloe. No voy a tocarla nunca —le aseguré con firmeza.
Su expresión se transformó por completo. Sonrió con ganas, soltó mi mandíbula y se inclinó para besarme. Fue un beso apasionado, lleno de la necesidad acumulada por los días de distancia, y yo le correspondí de inmediato, abrazándola por la cintura y olvidándome del mundo exterior, de las juntas y de la maldita boda forzada.
Cuando nos separamos, ella estaba un poco sonrojada y me miró con brillo en los ojos.
—¿Tienes tiempo libre ahora? —me preguntó, arreglándose el cabello—. Quiero que me acompañes al centro a comprar unas cosas que necesito.
—Claro que sí, tengo la tarde libre —le respondí, encendiendo el motor del auto—. Y de paso, quiero comprarte un regalo para compensar estos días tan malos que te hice pasar.
Salimos del estacionamiento directo a la zona comercial más exclusiva de la ciudad. Estacioné frente a una joyería de renombre, una de las favoritas de mi madre, y la guié hacia el interior del local. El empleado nos recibió con una sonrisa y nos mostró la colección de temporada bajo las vitrinas iluminadas.
—Mira esto, Orson —me dijo Chloe, señalando una pieza delicada a través del cristal.
Era un collar de oro blanco con un pequeño dije de diamante en el centro, elegante y discreto. Le pedí al dependiente que lo sacara para verlo de cerca. Lo tomé entre mis manos y me coloqué detrás de Chloe, apartándole el cabello rubio hacia un lado para abrochárselo en el cuello. Sus hombros estaban tibios y suaves. Cuando terminé, ella se miró en el espejo de la mesa, sonriendo encantada.
—Te ves preciosa, Chloe —le dije al oído, mirando nuestro reflejo—. Ese diamante resalta el color canela de tus ojos. Definitivamente nos lo llevamos.
Pagué la joya sin importarme el precio, disfrutando el hecho de verla feliz otra vez. Después de salir de la joyería, manejamos hacia un supermercado de cadena gourmet que quedaba cerca, ya que ella necesitaba surtir la despensa de su apartamento con urgencia.
Agarre el carrito de compras y la seguí por los pasillos, ayudándola a bajar los productos de los estantes más altos y cargando las cosas más pesadas. El ambiente era relajado, casi normal, como si volviéramos a ser la pareja de antes de la tormenta. Chloe no paraba de hablarme sobre un tratamiento nuevo que querían implementar en el spa de su madre, gesticulando con las manos y riéndose de sus propias ocurrencias.
—Y entonces mi mamá quería comprar el paquete completo, pero yo le dije que estábamos locas si pagábamos tanto por esas máquinas —me contaba con entusiasmo, pegándose a mi brazo mientras caminábamos por el pasillo de los lácteos—. Menos mal que me hizo caso, porque si no...
De repente, justo detrás de nosotros, se escuchó un golpe fuerte y sordo contra el suelo. El ruido de algo rompiéndose y el plástico crujiendo nos obligó a detener el paso. Nos giramos al mismo tiempo para ver qué había pasado.
Sentí que el mundo se congelaba en ese segundo.
A un par de metros de nosotros, parada en medio del pasillo, estaba Elena. Tenía varias bolsas de tela tiradas a sus pies, de donde se habían salido unas frutas y un envase de leche que se estaba derramando sobre el piso brillante. Llevaba una playera holgada y unos jeans sencillos, pero lo que me congeló fue su postura: tenía una mano apoyada firmemente sobre su vientre y los ojos completamente desorbitados, brillantes por las lágrimas que amenazaban con salir.
Nos miraba a los dos, alternando la vista entre la mano de Chloe que seguía aferrada a mi brazo y mi propio rostro. Estaba pálida, temblando, viéndonos como si acabara de presenciar su propia ejecución.
<<<Pobre nuestra Elena :( ¿Quieren que Orson pruebe de su propia medicina?.