CAPÍTULO 1: El paciente del pabellón cero
El sonido de los cerrojos hidráulicos retumbó en la galería subterránea como el chasquido de un hueso al romperse. Un frío metálico, impregnado de antiséptico y de una humedad que no pertenecía a ningún ala nueva del hospital, me golpeó la garganta en cuanto di el primer paso hacia el Pabellón Omega. En los planos oficiales aquel tramo casi no existía. En los turnos de noche lo llamaban de otra manera, más corta y más honesta: el pabellón cero.
Llevaba la bata blanca impecable, abotonada hasta el cuello, y la carpeta de cuero apretada contra el pecho como si el cuero pudiera servir de escudo. Era un gesto ridículo y lo sabía. Al otro lado de un cristal de seis pulgadas no había un diagnóstico esperándome: había un hombre al que el edificio entero trataba como si las paredes pudieran contagiarse de él.
Miller caminaba a mi izquierda con el chaleco táctico demasiado ceñido y esa forma de mirar al frente que usan los que ya han decidido no sorprenderse. Nuestros pasos sonaban distintos. Los míos, demasiado limpios. Los suyos, de suela pesada, contando el pasillo como quien cuenta salidas. Al fondo, un guardia sin nombre nos esperaba junto al segundo control, con el arma baja y la boca apretada, y apartó la vista de la puerta blindada en cuanto nos oyó acercarnos. No apartó el cuerpo. Solo los ojos.
—Último tramo, doctora —dijo Miller, sin mirarme—. Si se le cae algo, no se agache a recogerlo. Si se le va la voz, no intente aclarársela cerca de la mesa. Y si cruza la línea roja antes de que le ordene sentarse, el protocolo nos autoriza a usar el taser y sacarla a rastras. Ese tipo no es un paciente. Es un arma biológica con pulso.
—He leído su expediente, Miller —respondí, y me exigí que la frase sonara estable, aunque el corazón me golpeaba las costillas con una insistencia poco profesional—. Sé exactamente a qué me enfrento.
Miller dejó escapar un aire corto, casi una risa a la que le habían quitado el humor.
—Con todo respeto, doctora… no tiene ni puta idea.
El guardia del control nos miró de reojo, como si aquella frase fuera parte del reglamento no escrito, y tecleó algo en su panel sin atreverse a pronunciar el nombre que nosotros sí íbamos a cruzar.
—Entonces dígame lo que el papel no pone —pedí, más bajo.
Miller se detuvo delante del lector digital y se ajustó la correa del arma con una calma que no me tranquilizó.
—En el papel pone inimputable. Pone psicópata clínico. Pone que el anterior se llamaba Dresner y que se le rompió el cuello con el borde de una cuchara de plástico. Lo que no pone es cómo estaba la sala cuando llegamos. No había desorden. No había gritos. Dresner seguía sentado. La cuchara, en el suelo, parecía un objeto de comedor. Vox no había movido las cadenas más de lo necesario. Ese es el problema de este hombre, doctora: no actúa como los locos que justifican el presupuesto. Espera.
—El informe dice que habla solo.
—El informe dice muchas cosas para que alguien duerma. Yo lo he oído hablar poco. Y cuando habla, la gente se acuerda.
Tecleó una secuencia de ocho dígitos. El zumbido de la puerta blindada subió por el hormigón y se me metió en los dientes. Mientras la luz del panel pasaba de rojo a un verde enfermizo, tuve tiempo de recordar lo que yo sí había leído, la víspera, con la lámpara del despacho demasiado cerca de la cara. Luciann Vox. Treinta y dos años. Excontratista de operaciones negras, asesino a sueldo sin una filiación que nadie se atreviera a escribir del todo. Lo habían capturado tres meses atrás, después de una masacre en los muelles de la que no existía nota de prensa, y en lugar de un juicio limpio el sistema lo había bajado a este complejo de máxima seguridad con la etiqueta de inimputable. Decían que estaba loco. Decían que era impredecible. Decían que, si quería, las cadenas eran un detalle estético. Dresner ya no ocupaba despacho. Dresner ya no pedía café. Dresner era una ausencia con protocolo.
—¿Va a estar detrás del cristal? —pregunté.
—Todo el tiempo —dijo Miller—. Si levanta las manos más de lo que da la barra, entramos. Si se inclina demasiado, entramos. Si usted se queda callada más de lo razonable, también. No me haga interpretar el silencio, doctora. En esta sala el silencio no es terapéutico.
—No pienso quedarme callada.
—Eso mismo suelen decir.
La puerta se abrió con un peso de esclusa. El aire que salió de dentro no olía igual que el del pasillo: era más seco, más antiguo, como si el hormigón hubiera aprendido a guardar el aliento de quien lo habitaba.
Tragué saliva y entré.
La sala de interrogatorios era una caja desnuda, demasiado baja para el eco que contenía. En el centro, fijada al suelo con pernos de acero industrial, había una mesa de metal y dos sillas. Una línea roja, pintada con la prisa fea del reglamento, dividía el mundo entre lo permitido y lo que el taser podía justificar. El cristal a mi espalda devolvería mi silueta a Miller; a mí no me devolvía la suya. Esa asimetría, de pronto, me pareció una forma de abandono.
Y allí estaba él.
No llevaba el naranja de los reclusos comunes, sino un traje gris de contención, sin cordones ni botones, de ese tejido que niega cualquier dignidad innecesaria. Estaba encadenado por las muñecas a una barra central de la mesa y unos grilletes pesados le sujetaban los tobillos. Tenía la cabeza ligeramente inclinada, como un hombre que no necesita levantar la cara para saber quién acaba de entrar. En cuanto la puerta se cerró a mi espalda con un golpe sordo, alzó la mirada.
El aire de la habitación pareció perder cinco grados de golpe.
Sus ojos eran de un gris de tormenta tan pálido que resultaban casi inhumanos, enmarcados por pestañas oscuras y una mandíbula afilada como un instrumento de corte. Una cicatriz tenue le cruzaba el pómulo izquierdo hasta la comisura de la boca. No había en él el desorden febril que el informe prometía. Había una calma de depredador que descansa porque ya ha calculado el salto, y esa calma era peor que cualquier grito. Las cadenas, de cerca, no parecían un límite. Parecían un decorado.
—Treinta y dos segundos —dijo.
La voz le salió grave, áspera, con la precisión de alguien que no desperdicia saliva. No había rastro de delirio en el tono. Solo una higiene cruel.
Me quedé inmóvil junto a la línea roja, y odié que él pudiera verlo.
—¿Qué? —logré articular.
—Ha tardado treinta y dos segundos en mirarme a los ojos desde que cruzó la puerta —siguió Luciann, sin mover un músculo de más; los eslabones ni siquiera llegaron a cantar—. El anterior doctor tardó tres segundos antes de buscar la salida. Los guardias tardan cero: no me miran a la cara. Usted ha dedicado doce segundos a evaluar las cadenas, cinco a medir la distancia hasta la puerta, y el resto a fingir que no le tiemblan las manos.
Apreté los dedos alrededor de la carpeta hasta que el cuero crujió.
—Ha contado eso de memoria o lo acaba de inventar para descolocarme.
—Si lo hubiera inventado —dijo él—, habría redondeado. La gente miente con números limpios. Treinta. Diez. Cinco. A usted le he dado los treinta y dos porque ocurrieron.
Sentí el calor subirme al rostro y, aun así, me obligué a cruzar la línea, a recorrer esos tres pasos que el protocolo convertía en una declaración, y a sentarme frente a él. La mesa nos separaba por menos de un metro. El aire entre los dos tenía un peso químico, una mezcla de ozono, metal frío y algo magnético que no debía nombrar si quería seguir firmando informes con pulso firme.
Dejé la grabadora sobre el acero. El clic sonó desproporcionado, como si la habitación no estuviera dispuesta a que nadie más escuchara.
—Soy la dra. Serene Boonet. A partir de hoy estoy a cargo de su evaluación psiquiátrica diaria. Esta conversación queda registrada. Puede negarse a responder; no puede impedirme consignar la negativa.
Luciann no miró el aparato. Bajó los ojos a la vena que yo sentía latirme en la base del cuello y se quedó ahí, sin pestañear, con una atención que no era abiertamente obscena ni tampoco una amenaza de manual. Era una disección. Como si estuviera levantando capas hasta decidir qué parte de mí iba a servirle.
—Sé quién eres, Serene —dijo, despacio.
El nombre de pila, pronunciado con aquella frialdad de pozo, me recorrió la columna con un escalofrío que no pude disfrazar de corriente de aire acondicionado.
—Doctora Boonet para usted, señor Vox.
—En el expediente pone Serene. En la acreditación, también. El título se lo pone usted delante como se pone la bata: para que el cuerpo obedezca.
—El título no es un disfraz. Es el motivo por el que estoy sentada aquí y usted no.
Una sonrisa casi inexistente le rozó la comisura. Duró tan poco que pude habérmela inventado para no aceptar lo otro: que aquel hombre, encadenado y catalogado, acababa de encontrarme un punto débil y lo estaba guardando.
—No tienes el cuello lo suficientemente grueso para sostener ese tono conmigo —musitó, inclinándose apenas un centímetro. El choque suave de los eslabones cortó el silencio con la limpieza de un latigazo—. Te han enviado porque el expediente pulcro y la cara nueva resultan decorativos. Piensan que la doctora joven, con el moño demasiado tenso, va a despertar en el monstruo alguna respuesta útil.
—Nadie me ha enviado para decorar su sala.
—Entonces alguien ha cometido un error de presupuesto.
Apreté la punta del bolígrafo contra el margen del informe.
—No creo que sea un monstruo, señor Vox. Creo que es un hombre con un trastorno severo de la conducta y una desconexión total de la moralidad social.
La risa le nació baja, oscura, y retumbó en el hormigón de un modo que me obligó a tensar los muslos bajo la mesa. No fue deseo. Todavía no me permitía llamarlo así. Fue la certeza física de que el miedo, en aquella sala, no viajaba en línea recta.
—¿Desconexión? —repitió, inclinando la cabeza con una curiosidad que no tenía nada de clínica—. No estoy desconectado de nada, doctora. Veo este edificio con una claridad que a usted le alcanzaría para no volver a dormir. Sé qué piezas están rotas. Sé cuántos pasos hay desde esta silla hasta la calle. Y sé que su pulso se ha acelerado desde que pronuncié su nombre.
—Es una respuesta fisiológica normal al miedo.
—Eso se dice cuando uno quiere que el miedo tenga buena letra.
Abrí el expediente para no ofrecerle la cara. Las letras del informe se me juntaron un segundo. El papel no servía de pared, pero fingí que sí.
—El miedo dilata las pupilas y busca las esquinas —siguió él, con una firmeza que me detuvo la mano sobre la hoja—. Usted no ha buscado ninguna. Está aterrada, sí. Lo que aún no ha decidido es de qué.
Se me cortó la respiración. La audacia de aquel hombre —encerrado, sujeto, vigilado por gente armada al otro lado del cristal— para acorralarme en el primer minuto no era un síntoma. Era una demostración. Quería que yo entendiera, sin que él alzara la voz, quién dirigía la distancia.
—Estamos aquí para hablar de usted, no de mí.
—Las dos cosas están en la misma habitación. Haga la pregunta que trajo escrita, doctora. Se le va a secar la tinta.
Tragué saliva y bajé la vista al protocolo, donde mi propia letra de esa mañana ahora me parecía de otra mujer, más ingenua y mejor dormida.
—¿Sabe en qué fecha estamos?
—Sí.
—¿Sabe dónde está?
—En una caja que ustedes llaman clínica para no llamarla jaula.
—Eso no responde a la pregunta.
—La responde mejor que el letrero de la puerta.
Anoté la evasión con una calma que no sentía.
—¿Duerme?
—Cuando conviene.
—¿Cuántas horas?
—Las suficientes para no darles el espectáculo que esperan.
—¿Alucinaciones auditivas o visuales?
—No.
—El personal de noche afirma haberlo oído hablar cuando no hay nadie dentro.
Luciann sostuvo mi mirada con una paciencia insultante.
—El personal de noche oye lo que justifica el turno. Si quiere una alucinación, doctora, pídala por escrito. Yo no trabajo gratis.
—¿Ideación suicida?
Me miró como se mira un chiste privado.
—No.
—¿Ideación homicida?
—Esa pregunta la hacen siempre tarde.
El bolígrafo se me quedó inmóvil. Detrás del cristal, imaginé a Miller cambiando el peso de un pie al otro, interpretando ya mi silencio, listo para inventar una urgencia.
—En su expediente constan delirios persecutorios y paranoia violenta —dije, recuperando el hilo que el protocolo me exigía—. Afirma que hay una red de personas intentando cazarlo dentro de esta institución. Quiero que me explique esa afirmación.
Luciann se reclinó con lentitud contra el respaldo. Los hombros le ocuparon el espacio de un modo indecente; la sala, de pronto, pareció mal diseñada para contenerlo.
—No son delirios si los hombres que vienen a matarme llevan el mismo uniforme que los que cuidan de usted, Serene.
El susurro le quedó enigmático, casi educado, y por eso mismo me erizó la piel del pecho.
—¿A qué se refiere?
—A que esta jaula no está hecha para mantenerme dentro. Está hecha para mantenerlos a ellos a salvo de mí… hasta que decida que las cadenas sobran.
—Si las cadenas sobraran —pregunté, y oí mi voz salir más baja, más peligrosa para mí que para él—, ¿qué hace todavía sentado?
Por primera vez algo se movió en su cara. No fue amabilidad. Fue interés. Un interés breve, preciso, peor que una amenaza abierta.
—Buena pregunta.
—Respóndala.
—No.
—¿No puede o no quiere?
—No le conviene que se la responda hoy. A usted le han pedido un informe, no una llave.
Apreté el broche de la carpeta sin cerrarla.
—¿Mató al doctor Dresner?
El nombre cayó entre nosotros con un peso distinto. Hasta Miller, invisible, pareció acercarse al cristal.
—Dresner se sentó demasiado cerca y habló demasiado de salvación —dijo Luciann—. Yo no colecciono salvadores.
—Eso no es un no.
—No es un sí.
—La cuchara estaba en el suelo. El cuello, según el parte, no era compatible con un accidente.
—Los partes también se sientan demasiado cerca de quien los firma.
Lo miré con una rabia fría que me sirvió, por un segundo, de bata interior.
—Si está intentando asustarme para que pida el traslado, puede ahorrarse el esfuerzo. No voy a pedirlo.
—No estoy intentando que se vaya. Si quisiera eso, doctora, no habría contado los treinta y dos segundos. Habría dejado que el miedo hiciera el trabajo sucio y usted misma habría encontrado una excusa elegante.
—Entonces ¿qué quiere?
Luciann inclinó apenas la cabeza, estudiándome como se estudia una cerradura que todavía no se ha forzado.
—Que vuelva mañana. Y que no mienta tan pronto. Se le nota en la garganta.
—Yo no estoy aquí para satisfacer lo que usted quiera.
—Y, sin embargo, acaba de preguntarme qué quiero. Eso ya es una concesión. Pequeña. Interesante.
El aire se espesó. No por magia: por la certeza de que, si las cadenas no existieran, el metro de mesa no sería mobiliario. Sería una decisión. Me recosté lo justo para no parecer que huía y volví al papel, a lo seguro, a lo que Helen o quien revisara la cinta podría llamar procedimiento.
—Hay dos presiones sobre este caso —dije—. Una quiere que el informe confirme que está loco de verdad. Otra quiere lucidez suficiente para un traslado. ¿Cuál de las dos le conviene?
—La que la deje entrar otra vez.
—Eso no es una respuesta clínica.
—Es la única que le voy a dar hoy.
—No puede dirigir la frecuencia de mis visitas.
—Puedo dirigir lo que ocurre cuando usted entra. Fíjese. Ya lo estoy haciendo.
Cerré la carpeta. Los dedos me fallaron un instante en el broche y él lo vio, por supuesto que lo vio, con esa atención que no perdía ni el temblor mínimo.
—La sesión ha terminado por hoy, señor Vox.
Me puse de pie con menos gracia de la que habría querido y recogí la grabadora. Luciann no se lanzó, no golpeó la mesa, no le regaló al cristal el espectáculo que Miller estaba esperando. Se quedó sentado, dueño de aquella caja de hormigón, y me siguió con los ojos mientras yo daba el paso atrás hacia la puerta, midiendo sin querer si el timbre de los grilletes iba a cambiar.
No cambió.
—Una duda —añadió, con la voz pausada que asusta más que un grito—. Cuando decida romper esto, la única pregunta que tengo es si te llevaré conmigo o si dejaré que te desangres en este pasillo.
El silencio posterior no fue vacío. Fue un cuarto lleno de una amenaza dicha sin prisa, con la cortesía horrible de quien no necesita repetirse. Se me entreabrieron los labios y no encontré una respuesta que no me delatara. Había una frialdad de sangre en sus palabras y, debajo, algo que no debía sentirse como una promesa. Una atracción oscura, irracional, prohibida, me tiró del vientre con una gravedad que no estaba en ningún manual. Era un asesino. Un peligro público. Un loco de inventario.
Y, aun así, cuando me sostuvo la mirada sin pestañear, sentí un chispazo feo recorriéndome las venas: no la certeza de que fuera a matarme ahora, sino la sospecha peor de que podría elegir no hacerlo.
—No me amenaza en una evaluación, señor Vox.
—No la estoy amenazando. La estoy informando. Hay diferencia. La amenaza necesita prisa. Yo tengo tiempo.
Giré hacia la puerta con las manos menos firmes de lo que el informe iba a declarar.
—Mañana a la misma hora, doctora Boonet —dijo a mi espalda—. Trae el pelo suelto. Te favorece más que ese moño tenso que usas para convencerte de que tienes el control.
Me detuve un segundo, lo bastante para odiarme, no lo bastante para volverme.
—Mi pelo no forma parte de su tratamiento.
—Tampoco su pulso. Y sin embargo acaba de dármelo entero.
Salí antes de deberle otra frase. El hierro se cerró a mi espalda con un golpe seco que me llegó hasta las paletas. El pasillo me devolvió el antiséptico, el frío, la luz blanca que pretendía ser higiénica y solo conseguía ser cruel. Apoyé la espalda en el muro y pedí aire como si el pabellón cero lo racionara.
Miller estaba ya a dos pasos, el mentón bajo, los ojos recorriéndome la cara en busca de la confirmación de su teoría favorita. El otro guardia fingía revisar un monitor que no había cambiado.
—¿Se la ha comido con el primer «buenas tardes»? —preguntó Miller.
—No ha habido buenas tardes.
—Peor.
Me pasé la lengua por los labios secos y odié que el gesto pudiera leerse.
—Ha colaborado lo justo para no parecer catatónico. Niega alucinaciones. Niega ideación suicida. No niega del todo a Dresner. Habla de una red dentro de la institución. Quiere que vuelva mañana.
—Todos los de Omega quieren algo, doctora. Lo peligroso es cuando lo piden en voz baja.
Miller se adelantó hacia el control y, sin mirarme, añadió:
—Se lo dije. Está loco.
—¿Loco o aburrido de que lo traten como si lo estuviera?
Por fin me miró de frente. En su cara no había admiración. Había el cansancio de quien ha visto a demasiados profesionales enamorarse de su propio coraje.
—No me haga esa pregunta en este pasillo. Este pasillo tiene oídos y muy mala leche. Usted firme el parte, recoja el pelo si se le ha soltado, y no vuelva a entrar si la mano le tiembla antes de la línea roja. Yo no pienso explicar dos cadáveres con la misma cuchara.
—No se me ha soltado el pelo.
—Entonces es peor —bufó—. Se le ha soltado otra cosa.
Miré la puerta blindada. El corazón me latía con una violencia que no correspondía del todo al relato oficial del pánico. No era únicamente haber estado cerca de un hombre capaz de matar. Era la evidencia, limpia y humillante, de que Luciann Vox me había leído en treinta y dos segundos, de que había puesto mi nombre en la boca como quien pone una marca, y de que yo —con la bata todavía abotonada, con la carpeta todavía contra el pecho— ya estaba calculando el camino de vuelta.
En el bolsillo, la grabadora pesaba más que en la mesa. Más tarde, cuando estuviera arriba, en la luz fea de los despachos, iba a oír primero mi propia respiración. Después su voz, tan cerca que el metal parecería todavía bajo los dedos:
Sé quién eres, Serene.