CAPÍTULO 10: Cinco minutos
Miller no me dejó entrar con Vale. Lo dijo en el control, con la secuencia ya a medias y la mano en la puerta, y Vale se quedó al otro lado del cristal de observación con el café intacto y una rabia que ya no se molestaba en disfrazar de protocolo.
—Cinco minutos con la puerta cerrada —murmuró Miller, solo para mí—. La grabadora entra porque Vance la quiere. No va a oír lo que importa si usted tiene juicio. A los cinco entro, aunque él no haya terminado la frase. Si Caine baja antes, no le abro. Si usted no sale cuando yo toque, la saco. No es un favor, doctora. Es el margen que me queda antes de que este pasillo decida que yo también obedezco.
Asentí. Llevaba la bata abotonada, el pelo más tirante que nunca y las manos vacías de la nota de Mara, que seguía en el libro de farmacología como él me había ordenado. Empujé la puerta. El hierro cerró a mi espalda con un golpe que sonó a plazo.
Luciann no estaba sentado. Estaba de pie al otro lado de la mesa, las muñecas en la barra, la cadena de los tobillos corta, el cuerpo en esa calma que ya no me parecía locura. Me miró la boca antes de mirarme los ojos, y el metro de metal entre los dos se volvió, de golpe, un insulto.
—Has venido sin él —dijo.
—He venido sin la hoja. Sin Vale. Con la grabadora, porque si no la traigo Vance firma otra cosa. Miller nos da cinco minutos. Después entra.
—Entonces no los gastes en Dresner.
Me quedé junto a la silla y no me senté. Sentarme era devolver la sesión a un protocolo que los dos habíamos dejado de creer en el muelle.
—La nota dice que un hombre de Aegis salió antes de que llegaras tú, o antes de que llegara Miller. Dice que Dresner pidió que el caso pasara a mí. Dice que la cuchara no estaba en la mesa cuando Mara entró. Me mandaste a leer eso. Ahora dime por qué, y dímelo antes de que el reloj de Miller se acabe.
Luciann rodeó la mesa lo que la cadena le permitió. No llegó a tocarme. Llegó a dejarme el calor del pecho a un palmo, el olor a humo frío y a hierro, la voz baja que la grabadora iba a registrar como un murmullo inútil.
—Porque Dresner te eligió y yo no iba a dejar que Caine te eligiera después. Porque si lees el parte oficial vas a creer que yo maté al único hombre que quiso sacarte de esta ala antes de conocerte. Y porque necesitaba saber si ibas a bajar igual cuando la cinta ya no pudiera salvarte.
—He bajado.
—Lo sé. Se te nota en la boca. Llevas desde el garaje queriendo desobedecerme y queriendo obedecerme en la misma frase, y hoy no hay cristal que te disimule el temblor.
La grabadora seguía encendida sobre la mesa, ridícula. Di un paso que el protocolo no contemplaba. La cadena tintineó cuando él no retrocedió. Mi rodilla rozó la suya a través de la tela, un contacto mínimo, eléctrico, y ninguno de los dos lo corrigió.
—Caine va a pedir todas las cintas a partir de hoy —dije, y la voz me salió peor de lo que quería—. Vale está detrás del cristal. Si esto sale de aquí, no va a ser una evaluación. Va a ser la prueba que Soler necesita para separarnos.
—Que lo intenten —murmuró él—. Cinco minutos no son una evaluación, Serene. Son lo que me debes desde que te callaste en el muelle y desde que te tembló la mano cuando te dije que no era un favor.
No supe quién rompió el centímetro. Sé que mi mano subió a la barra, al lado de la suya, y que el metal estaba frío y su muñeca no. Sé que él inclinó la cabeza ese milímetro que en el capítulo de la firma no había completado. Sé que dije su nombre como una advertencia y que la advertencia se me quedó en los labios cuando él los encontró.
El beso no fue limpio. Fue hambre contenida desde la primera sesión, boca contra boca, dura al principio y después peor, porque yo no me aparté. Le devolví el beso con una rabia que no tenía informe, las manos en su pecho, la bata arrugándose, la cadena golpeando la barra cuando él tiró de mí lo que el hierro le permitió. Me empujó contra el borde de la mesa, o yo me dejé empujar, y el cuerpo entero se me pegó al suyo con la ropa todavía puesta y la vergüenza demasiado tarde. Su boca me abrió la mía. Una mano encadenada me sujetó la nuca, no con ternura, con dueño, y el sonido que se me escapó no iba a poder explicárselo a Vance.
—Para —dije contra su boca, y no paré.
—Dilo otra vez si lo dices en serio —contestó él, ronco, y me besó el cuello justo debajo de la oreja, donde el pulso me delataba desde el primer día—. Si no, cállate y déjame los cinco minutos.
Le agarré la camisa de contención. Él me mordió el labio inferior, despacio, una pregunta sucia, y yo abrí la boca para responderla. La mesa me dolía en el muslo. Su rodilla se metió entre las mías por encima de la bata, sin llegar a donde el capítulo no podía llegar todavía, y el calor me bajó al vientre con una claridad humillante. No era miedo. Ya no podía llamarlo miedo. Era él, encadenado, mandando igual, y yo eligiéndolo con las manos.
La puerta no se abrió con educación. Se abrió con el golpe de Miller y con una alarma corta del pasillo, de esas que no son incendio y bastan para vaciar un control. Luciann se apartó lo justo para que el hierro no me arrastrara, y yo me quedé contra la mesa con la boca hinchada, la bata torcida y la grabadora todavía encendida, registrando una respiración que no era clínica.
Miller no miró la boca. Miró la cadena, la distancia, mi cara, y juró por lo bajo.
—Se acabó. Caine está en el ascensor. Vale ha visto el reloj, no la sala, pero no va a tardar en olerlo. Doctora, salga. Ahora.
—Miller —dijo Luciann, y la voz le salió peor que la mía, más baja, más peligrosa—. Si entra ese abogado, usted no ha visto nada. Ella no ha estado cinco minutos. Ha estado dos. El resto es un fallo de puerta.
—No me convierta en su coartada —contestó Miller, aunque ya se estaba apartando para dejarme el hueco—. Doctora, límpiese la boca antes del pasillo. Y usted, Vox, siéntese, porque como Caine lo encuentre de pie voy a tener que explicar un beso que no pienso explicar.
Salí con las piernas temblando y el sabor de él todavía en el labio. En el control, Vale llegaba justo cuando yo me abrochaba el último botón, y se detuvo a un metro, lo bastante cerca para ver lo que la bata no cubría: la boca, el pulso, la forma en que yo no podía mirarlo de frente.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó.
—Nada que la cinta vaya a entender —dije, y era verdad y era una confesión.
Detrás de mí, antes de que el hierro cerrara del todo, Luciann habló para el pasillo, no para la grabadora.
—Mañana no bajes si no puedes quedarte. Y no le digas a Vale que ha sido un error. Los errores no tiemblan así, Serene. Lo que acaba de pasar se cobra, y lo voy a cobrar donde no haya cinco minutos ni un guardia en la puerta.
Caine apareció al fondo del corredor con Soler. Vale me tomó del codo, esta vez sí, y yo me dejé llevar un paso antes de soltarme, porque el codo no era la boca y la boca ya tenía dueño. En el ascensor no hablamos. En el despacho, la luz del contestador parpadeaba con un mensaje de Dirección: revisión de cinta de Omega, hoy, en presencia de la facultativo.
Me toqué el labio. Seguía caliente. La grabadora, en el bolsillo, pesaba como una prueba. Miller me había dado cinco minutos y el beso se los había comido enteros, y lo que no se había resuelto —la mano bajo la bata, la cadena, el hambre— iba a tener que esperar a una puerta que ya no podría fingir que era una sesión.
Pulsé el contestador. La voz de Caine, educada, cerró el capítulo mejor que yo.
—Doctora Boonet, la cinta de esta mañana tiene un tramo mudo de cuatro minutos y un final que no es mudo. Mañana, a las ocho, me explica ese final. Si no viene, el interno sale al alba y usted sale con él, aunque no sea en el mismo camión.