CAPÍTULO 11: El tramo mudo
A las ocho menos diez ya no tenía base que tapar el labio. El hinchazón era poca, la culpa no, y el contestador de Caine seguía en mi cabeza con la misma educación con la que se anuncia un traslado. Subí al despacho de Soler con la grabadora en el bolsillo y con la certeza de que cuatro minutos mudos no se explican con un fallo de puerta si el final de la cinta tiene mi respiración.
Caine estaba sentado. Soler, de pie. Vance, al fondo, con las ojeras peores y la cinta ya escuchada, porque me miró la boca antes de mirarme los ojos y apartó la vista como se aparta uno de un incendio que todavía puede negar. Vale llegó el último, y el último fue el peor, porque traía dos cafés y no me ofreció ninguno.
—El tramo mudo dura cuatro minutos y doce segundos —dijo Caine, sin preámbulo—. El final no es mudo. Se oye una silla, una cadena y una respiración que no es de evaluación. Miller declara que la puerta falló. Miller miente con oficio. Usted, doctora, va a decirme si ese tramo fue un forcejeo o fue otra cosa, porque de esa diferencia depende quién sale hoy de Omega.
—Fue una sesión que se torció —dije, y la frase me supo a mentira antes de terminar—. El interno se levantó. Miller entró. No hubo agresión.
—Hubo boca —contestó Vale, y no lo dijo como médico; lo dijo como el hombre que me había visto abrocharme el botón en el pasillo—. No hace falta la cinta. Hace falta que dejes de tratarme como si yo no hubiera estado al otro lado del cristal cuando saliste temblando.
Vance levantó una mano, cansado.
—Basta. Serene, a partir de hoy no bajas a Omega. Harrison asume la evaluación. Vale supervisa desde el cristal si insiste, y yo prefiero que no insista. Caine quiere el interno donde está, quieto, sin facultativo joven y sin cinco minutos a puerta cerrada. Si te acercas a esa sala, la acreditación se revisa hoy, no mañana.
—Harrison no va a sacarle una frase —dije—. Y separarme ahora es regalarle a Caine el silencio que él ya me pidió en el muelle.
Caine sonrió apenas.
—El silencio del muelle me interesó. El silencio de la cinta me interesa más. No la estoy separando por moral, doctora. La separo porque Vox habla cuando usted entra y calla cuando usted obedece, y esa obediencia ya no cabe en un parte clínico. Puede irse. El italiano del viernes, si el doctor Vale todavía lo quiere, no es asunto mío. Omega, sí.
Salí antes de que Vale me alcanzara en el pasillo, y no sirvió de nada, porque me alcanzó junto al ascensor y esta vez no me ofreció el café: me lo dejó ver, intacto, como una pregunta.
—Dime que fue un error —dijo—. Dime que te besó y que tú no quisiste, y yo firmo con Harrison que fue coacción y te saco del acta. Si no me lo dices, Serene, firmo lo otro. Que estás comprometida. Que la cinta muda es tuya. Que anoche no dormiste por él.
—No fue coacción.
La frase se me escapó limpia, y Vale cerró los ojos un segundo, como si le hubiera pegado con la mano y no con la boca.
—Entonces fue elección. Peor. Viernes, ocho, el italiano. No es una cita. Es la última vez que te pido que me mires sin esa marca en el labio. Si no vienes, el lunes Harrison tiene mi párrafo y Caine tiene mi silencio, que hasta hoy te estaba cubriendo.
No le contesté. Bajé al archivo de enfermería, no a Omega, porque la prohibición todavía me dolía menos que la idea de no verlo, y porque Mara Quinn estaba en el office con el carro y la cara de quien ya sabe que el pasillo ha cambiado de dueño.
—La han sacado del caso —dijo, sin levantar la voz—. Él lo sabe. Se lo ha dicho Miller. No ha roto nada. Ha preguntado si usted seguía en el edificio, y cuando Miller ha dicho que sí, ha pedido que le lleve agua yo, no un guardia. Eso, en este ala, es una frase. No baje. Si baja, Caine no va a necesitar la cinta.
—¿Y si no bajo?
—Entonces él va a creer que Vale ha ganado la boca —contestó Mara, y empujó el carro hacia el pasillo de Omega con una indiferencia estudiada—. Yo no le llevo recados de amor. Le llevo agua. Si quiere decirle algo, dígaselo en una frase que yo pueda repetir sin que me cueste el turno.
Le di la frase antes de arrepentirme.
—Dile que no ha sido un error. Dile que no bajo porque me lo han prohibido, no porque no quiera. Y dile que Viernes no es suyo.
Mara no sonrió. Asintió como se asiente un medicamento, y yo me quedé en el office oyendo el carro alejarse hacia la puerta que ya no podía cruzar. A los diez minutos volvió, más pálida, con el vaso intacto y una respuesta que no había pedido escribir.
—Ha dicho que la prohibición es de ellos, no de él. Ha dicho que el viernes, si usted se sienta a esa mesa, él va a considerar que la sesión del beso fue un robo y no un pago. Y ha dicho, para usted sola, que el labio le pertenece hasta que usted se lo quite con otro. No pienso repetir eso delante de Vance. Usted ya lo ha oído.
El calor me subió a la cara con una falta de oficio humillante. En el pasillo de atrás, Harrison cruzó con la carpeta de Omega bajo el brazo y ni me saludó. Más tarde supe, por Miller, que había entrado doce minutos y había salido con una sola línea: el interno no colabora si la doctora no está. Caine lo había anotado. Vance lo había temido. Vale, cuando me lo repitió a media tarde en la puerta de mi despacho, ya no traía café.
—Te quiere en esa sala más de lo que te quiere a ti —dijo, y se apoyó en el marco, cansado de ser el hombre sano—. O te quiere en esa sala porque te quiere, y yo no sé cuál de las dos me da más miedo. Viernes. Si vienes, te juro que no te hablo de él durante la primera copa. Si no vienes, dejo de cubrirte la cinta.
—No me cubras. No es tu boca.
—No. Es la suya. Se te nota al hablar.
Se fue. Yo me quedé con la mano en el labio, que ya no estaba hinchado y seguía siendo suyo, y con la prohibición de Omega escrita en un correo de Dirección que no hacía falta abrir para obedecerla. A las siete, el teléfono interno sonó. No era Miller. Era la centralita, con una voz de guardia nuevo.
—Doctora Boonet, el interno del pabellón cero ha rechazado la cena. Ha dicho que comerá cuando usted cene, y que si usted cena con el adjunto, él se entera. No es una amenaza que yo vaya a poner por escrito. Es un recado que me han obligado a darle antes de que termine el turno.
Colgué. Fuera, el aparcamiento tenía la luz fea de siempre. El viernes todavía no había llegado y ya era una guerra, y el beso, que debía haber sido el final de algo, era solo el principio de no poder estar en la misma sala y de no poder estar en ninguna otra. Abrí el libro de farmacología, comprobé que la nota de Dresner seguía allí, y no la saqué. Mañana Harrison bajaría otra vez. Yo no. Y Luciann, en la caja, iba a pasar hambre de una cena que yo todavía no había decidido si iba a sentarme a comer.