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CAPÍTULO 12: La mesa de Vale

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CAPÍTULO 12: La mesa de Vale

El viernes llegó sin que Omega me devolviera la llave. Harrison había bajado dos veces y había salido las dos con la misma línea, el interno no colabora, y Caine había convertido esa línea en un argumento: mientras Boonet no entrara, Vox no hablaba, y mientras Vox no hablaba, Aegis dormía mejor. Yo no dormía. Tenía el labio ya liso y la frase de Mara todavía en la boca, que el beso había sido un pago y que la cena lo convertiría en un robo.

Vale me esperaba a las ocho menos cinco en la esquina, no en el comedor de San Jude, como había prometido cuando todavía creía que una calle podía competir con una caja. Traje oscuro, sin bata, el pelo sin la raya del turno. Me abrió la puerta del italiano con una educación que ya no era del todo amable.

—Has venido —dijo—. No estaba seguro. Miller me ha contado que él no ha cenado desde ayer. Si eso era una cadena para traerte, ha funcionado a medias, porque estás aquí y no allí.

—Estoy aquí porque me has amenazado con un párrafo —contesté, y me senté de espaldas a la ventana para no ver el aparcamiento de San Jude—. No porque haya ganado la boca.

Pidió vino. Yo pedí agua. Durante los primeros minutos cumplió lo que había jurado y no habló de él: habló de la calle, del turno, de un congreso en el que nadie encadenaba a nadie. La normalidad me resultó más obscena que el muelle. A la segunda copa, Vale dejó el tenedor y me miró la boca con una atención que ya no fingía ser clínica.

—Dime qué fue. No el parte. El beso. Si fue suyo, lo denuncio. Si fue tuyo, Serene, necesito oírlo de ti antes de seguir sentado a esta mesa como un idiota útil.

—Fue de los dos. Miller entró. No hubo más. Y no voy a denunciarlo, así que no me pidas que convierta cinco minutos en un delito para que tú puedas dormir.

Vale se recostó. La sonrisa legal no le llegó a los ojos.

—Entonces he reservado una mesa para oír que eliges al hombre que te cierra la puerta. Qué cena tan honesta. Qué humillación tan bien servida.

—No te he elegido a ti. Tampoco le he prometido a él una vida. Me han prohibido la sala. Tú me has prohibido el silencio. Las dos prohibiciones se parecen más de lo que te gusta.

Se inclinó sobre el mantel, y por un momento vi lo que habría sido fácil: la mano sana, la calle, el hombre que no iba a cobrarme el labio desde una jaula. No le di la mano. Él tampoco la tomó. Habló bajo, para que el camarero no se llevara la frase con los platos.

—El lunes firmo con Harrison que hay implicación afectiva. No es una venganza. Es lo que vi en el pasillo y lo que acabas de confirmarme entre el agua y el vino. Si quieres que no lo firme, sales de San Jude una temporada. Te busco un turno en el siete, lejos de Omega, lejos de Caine, lejos de esa boca. Es lo único que todavía puedo ofrecerte sin mentirme.

—No voy a dejar el caso porque tú no soportes un beso que no te di.

—El caso ya no es tuyo —dijo Vale, y ahí se le quebró la educación del todo—. El caso es de Harrison. Tú eres la mujer que baja igual, que esconde papeles y que se calla cuando él se lo pide. Yo no estoy celoso de un diagnóstico, Serene. Estoy celoso de un hombre encadenado que te tiene más cogida la boca que yo en una mesa con mantel.

Pedí la cuenta antes del postre. Él no me detuvo en la puerta. Me detuvo en la acera, con la mano en mi muñeca, suave, nada que ver con Garza, y esa suavidad me resultó más difícil de sacudir.

—Si vuelves a Omega, Caine te usa. Si vuelves a mí, yo todavía puedo callarme el lunes. Piénsalo esta noche. No se lo pienses a él.

No le prometí nada. Volví al apartamento por la calle larga, y el teléfono del turnó sonó cuando todavía no me había quitado el abrigo. Era Mara, desde una extensión que no debía usar.

—Ha cenado —dijo—. Cuando Miller le ha dicho que usted estaba en el italiano, ha pedido la bandeja y no la ha tocado. Luego ha preguntado si usted había vuelto al edificio. Le he dicho que no lo sabía. Me ha encargado una frase, y esta vez sí es una frase, doctora. Ha dicho que el robo ya está hecho y que el pago lo cobra él, no Vale. Ha dicho que no baje tonight. Que baje mañana, cuando Harrison firme que no colabora, porque Caine va a necesitarla en la sala aunque hoy la haya echado. Y ha dicho que no se lave la boca como si el vino pudiera quitárselo.

—Mara.

—No me dé las gracias. No me pregunte si lo apruebo. Yo empujo el carro. Usted decide de quién es el labio. Mañana, si entra, no entre con Vale. Harrison va a estar. Caine también. Él va a estar encadenado y va a mirarla como si la mesa del italiano no hubiera existido. Prepárese para eso, porque el pasillo ya se ha enterado de que usted cenó fuera.

Colgué. Me lavé la cara y no me lavé la boca con la rabia que él me había pedido, y el gesto me pareció una obediencia nueva, más sucia que la del muelle. A las once, Vance me escribió un correo seco: reunión a las nueve, Harrison, Caine, posible reincorporación supervisada si el interno seguía en silencio. La prohibición de un día no les había servido. Les había servido para demostrar que, sin mí, Luciann no les daba nada.

Me senté en la cama con el abrigo todavía puesto. Vale me había ofrecido el siete y un silencio. Luciann me había cobrado la cena sin tocarme. Y yo, en medio, ya sabía a qué puerta iba a llamar por la mañana, aunque la cinta, el acta y el hombre del mantel me dijeran que esa puerta era el incendio. El beso seguía sin cobrarse del todo. Mañana, con Harrison delante y Caine en la silla, iba a tener que mirarlo como si cinco minutos no me hubieran dejado la boca inútil para cualquier otra mesa.