CAPÍTULO 13: El café que no bebí
La reunión de las nueve no me devolvió a Omega por bondad. Me devolvió porque Harrison había firmado, por segunda vez, que el interno no colaboraba, y porque Caine prefería una facultativo vigilada a un silencio que Aegis ya no sabía leer. Vance presidía. Soler tomaba nota. Vale estaba sentado a mi izquierda con la cara de quien ha pasado el viernes en una acera y el sábado redactando un párrafo que todavía no había enviado.
—Reincorporación supervisada —dijo Vance—. Cristal ocupado. Grabadora encendida. Nada de puerta cerrada. Nada de cinco minutos. Harrison entra con usted los primeros diez. Si Vox habla, se queda el protocolo. Si no habla, doctora, se acaba el experimento y el doctor Vale presenta lo que tenga que presentar.
Vale no me miró al decirlo.
—Lo que tengo es una cena y una boca. Lo presento el lunes si esta sala sigue oliendo a coartada. No antes. No me pidas que te cubra otra vez, Serene. El viernes ya me dijiste de quién fue el beso.
—Y tú me ofreciste el siete a cambio de no oírlo —contesté—. Hoy no estamos en el italiano. Estamos en si un hombre encadenado le sirve a esta Junta más callado que conmigo delante.
Caine cerró la carpeta con un gesto que ya conocía.
—Me sirve delante, siempre que yo oiga la cinta. Baja. No le hable del puerto. No le hable de la cena. Si le habla de la cena, sabré que el tramo mudo no fue un fallo de puerta y el camión vuelve antes del mediodía.
Bajé con Harrison a mi lado y con Vale detrás del cristal, que era el sitio donde más daño podía hacerme sin tocarme. Miller nos abrió. No hubo recado. Hubo una mirada que quería decir que los cinco minutos se habían acabado para siempre y que él no pensaba repetirlos.
Luciann estaba sentado. Cuando entré, los ojos grises me encontraron la boca antes que a Harrison, y en esa mirada estaba el italiano, el vino que no me había lavado y la frase de Mara, cobrada sin una sonrisa. Harrison se sentó. Yo también. La grabadora se encendió con un clic que ya no me protegía de nada.
—Señor Vox —empezó Harrison—. Evaluación de riesgo. ¿Ha dormido?
—No —dijo Luciann, sin mirarlo—. He esperado a que ella volviera de una mesa que no era mía.
—El interno responde a la doctora, no al protocolo —anotó Harrison, y se levantó a los ocho minutos, harto—. Boonet, es suyo el marco o no es de nadie. Yo no me quedo a hacer de público de una transferencia.
Salió. El cristal seguía ocupado. Luciann esperó a que la puerta cerrara y entonces habló más bajo, no lo bastante para esconderse de la cinta, sí lo bastante para que la frase me llegara al vientre.
—Has cenado con él. No te has lavado la boca. Has vuelto. Las tres cosas no caben juntas, Serene. Elige cuál me mientes.
—No te miento el beso. Te miento la cena si hace falta para que Caine no arranque el camión. Vale va a firmar implicación el lunes si esta sala no le da un parte limpio. Harrison ya no quiere entrar. Yo estoy aquí con la grabadora encendida y con ganas de apagarla, y eso es todo lo que vas a sacar de mí delante del cristal.
—El cristal es de Vale —dijo él—. La boca sigue siendo mía hasta que me digas lo contrario con la suya. ¿Se la has dado?
—No.
La palabra salió antes de la prudencia. Luciann se inclinó ese centímetro que la barra le permitía, y el aire entre los dos se volvió el mismo de los cinco minutos, solo que ahora había un aparato grabando y un hombre al otro lado del vidrio que había pagado una cena para no ver esto.
—Entonces el robo no se ha completado. El pago, tampoco. No aquí. No con él escuchando. Cuando salgas, no aceptes café de nadie que no sea Mara. Hoy el pasillo no está limpio. Alguien ha preguntado por tu turno en Dirección, y no ha sido Vale.
—¿Caine?
—Caine no pregunta. Caine manda. El que ha preguntado quiere saber a qué hora bebes. Sal con Miller. No con el adjunto. Y si alguien te ofrece un vaso en el rellano, lo dejas en la mesa y me lo cuentas mañana, si es que mañana sigues pudiendo contármelo.
Harrison no volvió. Vale sí me esperó en el control, y Luciann lo supo sin verlo, porque me sostuvo la mirada hasta que la puerta me separó de ella.
—No subas con él —dijo, ya de pie, lo justo que la cadena permitía—. Si subes, el lunes no va a necesitar inventar el párrafo. Se lo vas a escribir en el ascensor.
Salí con Miller. Vale quiso acompañarme y Miller le cerró el paso con una excusa de cuadrante que no era excusa. En el rellano del segundo, junto a la máquina, había un vaso de café con tapa y una nota con mi nombre, letra de administración, sin firma. Miller lo vio antes que yo.
—No lo toque.
—Es de la máquina.
—La máquina no escribe notas —dijo, y llamó por la radio a Mara, no a Seguridad, lo cual me dijo más que la nota—. Doctora, al office. El vaso se queda. Yo miro quién ha borrado la cámara del rellano, porque el piloto está apagado desde las nueve y diez y eso no es un fallo. Es una mano.
Mara llegó con el carro y no se hizo la sorprendida. Tapó el vaso, lo metió en una bolsa de residuos y me miró las manos para comprobar que no había bebido.
—Alguien ha preguntado a qué hora baja usted del administrativo —dijo—. No era Garza. Garza sigue de baja. Era un acreditado de visita, traje oscuro, no Caine. Ha dejado esto y se ha ido por servicio antes de que la cámara volviera. Usted hoy no bebe nada que no haya abierto yo. Y no se lo cuenta a Vale en un ascensor, que es lo que Vox acaba de prohibirle sin estar aquí.
—¿Se lo vas a decir tú?
—Se lo voy a decir que está viva —contestó Mara—. El resto se lo dice usted mañana, si Caine no convierte el vaso en otra firma suya. Vaya al despacho. Cierre la puerta. Si Vale llama, no le abra con la boca del viernes.
En el despacho, el correo de Dirección ya tenía un adjunto: incidencia de cámara en rellano dos, archivo no disponible. Vance pedía declaración. Caine pedía que no se dramatizara un café de máquina. Vale, a las once, golpeó una vez y habló a través de la madera.
—Sé que no has subido conmigo. Sé que Miller te ha apartado. Si esto es por él, dímelo y firmo hoy, no el lunes. Si es por el vaso que Seguridad no quiere enseñarme, abre y déjame ayudarte como te ayudé con Garza.
No abrí. Apoyé la frente en la puerta y odié que las dos voces, la de la madera y la de la sala, me quisieran entera.
—Mañana —dije—. Hoy no soy capaz de mirarte sin mentirte, y no soy capaz de bajar sin que Caine lo llame fuga.
Vale se quedó un segundo más.
—El lunes, Serene. El párrafo o la calle. Él no te va a dar ninguna de las dos. Solo te va a dar hambre.
Cuando se fue, el teléfono interno sonó. Miller, otra vez.
—La cámara no vuelve. El vaso está en el laboratorio de Mara y no lo va a beber nadie. Recado del de abajo: que no agradezca. Que no cene. Que mañana entre sola. Que el café no era de Vale y no era de Caine, y que el siguiente no va a venir en un vaso. Va a venir en un pasillo, y él quiere que usted siga teniendo boca para contárselo.
Colgué. El labio ya no tenía marca. El beso seguía sin cobrarse, y ahora había un café que no había bebido y una cámara que no iba a declarar. Mañana, si me dejaban entrar sola, iba a tener que mirarlo con Harrison fuera y con Vale a punto de firmar, y decirle que el viernes no le había dado la boca a nadie. Solo le había dado a él, otra vez, el miedo de perderme en un rellano.