CAPÍTULO 14: El pasillo
El lunes no me trajo el párrafo de Vale en la bandeja. Me trajo el recado de Miller repetido en la cabeza: que entrara sola, que el siguiente no iba a venir en un vaso, que Luciann quería que yo siguiera teniendo boca para contárselo. Bajé por el pasillo de servicio, no por el ascensor de los vivos, con la bata abotonada y la nota de Dresner todavía en el libro, donde él me había dicho que la dejara.
El tramo entre la capilla y Omega olía a cera vieja y a desinfectante de carro. La cámara del techo tenía el piloto apagado, igual que la del rellano. Di tres pasos y el hombre del traje oscuro salió de la puerta de mantenimiento como si me hubiera estado contando. No era Caine. No era Garza. Era el acreditado que Mara había visto dejar el café, más joven de lo que yo había imaginado, con una sonrisa de visita y las manos vacías.
—Doctora Boonet. Dirección quiere que firme la incidencia del vaso antes de bajar. Es un minuto. Aquí nadie graba.
—Dirección no cita en un pasillo a oscuras —dije, y retrocedí hasta notar la pared en la espalda—. Si tiene un papel, lo llevo yo a Soler.
—Soler no necesita el papel. Necesita que usted deje de bajar. El interno habla cuando usted entra. Eso se acaba hoy, con educación o sin ella.
Me tomó del brazo, el mismo que Garza había marcado, y el gesto fue breve porque Miller dobló la esquina con la porra baja y la cara de quien no piensa declarar lo que ha visto. El acreditado soltó. No corrió. Se ajustó la chaqueta como si el encuentro hubiera sido una equivocación de turno.
—Otro día, doctora. El pasillo es largo.
Miller no lo persiguió. Me miró la manga, torcida, y juró por lo bajo.
—Le dije que no viniera sola por aquí. Él me dijo que usted vendría igual. Las dos cosas eran verdad. ¿La ha tocado?
—El brazo. Nada más. Quiero entrar.
—Vale está en el cristal. Caine ha preguntado por usted a las ocho. Si entra temblando, el adjunto firma antes del mediodía y no el lunes por la tarde. Respire. Y no le agradezca al de dentro el aviso. Se lo toma a mal.
Entré. Luciann estaba de pie, encadenado a la barra, y me leyó la manga antes de leerme la boca. El cristal, detrás de mí, tenía la sombra de Vale. La grabadora se encendió sola en mi mano, inútil.
—Te ha puesto la mano encima —dijo Luciann.
—Un acreditado. No es Caine. Miller ha llegado. No he firmado nada. No he bebido nada. He venido sola, como pediste.
—Y Vale está detrás del vidrio igualmente —contestó él, y la voz se le quedó baja, privada, de esa crueldad que me buscaba el pulso—. Siéntate. No mires el cristal. Mírame a mí y dime si el viernes le diste la boca.
—No se la di. Le dije que el beso fue de los dos. Me ofreció el siete a cambio de no oírlo. No acepté. El lunes es hoy, y el párrafo sigue en su carpeta porque yo he entrado por un pasillo en vez de subir con él.
Luciann rodeó la mesa lo que la cadena permitió. No me tocó. Dejó el calor a un palmo, y ese palmo, con Vale al otro lado del cristal, fue peor que el beso porque los dos sabíamos exactamente qué faltaba.
—El pasillo era el aviso. El acreditado es un recadero. El siguiente no va a preguntarte si firmas. Por eso mañana no hay sesión aquí. Hay aislamiento. Miller lo va a pedir como riesgo de visita. Caine lo va a llamar protocolo. Yo lo voy a llamar puerta. Si vienes, vienes sola. Si no vienes, el pago del italiano se queda sin cobrar y Vale gana una boca que no se ha ganado.
—No me des órdenes delante de él.
—Te las doy delante de quien haga falta —murmuró—. La boca sigue siendo mía. El brazo, desde hoy, también. Que Vale lo oiga. Que lo firme si se atreve.
Harrison no entró. Vale sí me esperó en el control, y esta vez Miller no pudo cerrarle el paso del todo. Me miró la manga y después la cara, y entendió lo suficiente para que la educación se le cayera.
—Te han tocado. Y has bajado sola. Eso es lo que yo iba a escribir, Serene, y me lo has puesto fácil. Aislamiento, dice Miller. Qué conveniente. Qué íntimo. Si mañana entras ahí sin cristal, firmo. No el párrafo suave. El de implicación y el de riesgo. Caine ya tiene el vaso. Yo tengo el viernes. Entre los dos te van a sacar, o te va a sacar él.
—Entonces firma —dije, y la voz me salió más firme de lo que el brazo merecía—. Y deja de ofrecerme calles que no pienso tomar.
No firmó delante de mí. Se fue con la carpeta. Miller, a mi lado, habló sin mirarme.
—Aislamiento a las diez. Sin Harrison. Sin grabadora que sirva, porque la de esa sala falla desde Dresner. Cinco no. Quince, si yo estoy en la puerta y Caine no baja. Recado: que no agradezca. Que lleve la boca. Que el pasillo de hoy era solo para que entendiera por qué mañana no puede temblar en un sitio con cámaras.
Subí al despacho con la manga todavía torcida. En el correo, Vance confirmaba el cambio de sala por incidente de visita. Caine pedía nombres. Mara había escrito una línea interna, seca: el vaso no se bebe, el pasillo tampoco. Me senté y no me lavé el brazo enseguida. Quería llegar a mañana con la marca de una mano que no era la suya, para que él la viera y entendiera que yo había elegido igual la puerta de aislamiento.