CAPÍTULO 15: Aislamiento
La sala de aislamiento no tenía cristal corrido. Tenía una mirilla que Miller podía tapar con el cuerpo y una cámara cuyo piloto, como él había dicho, llevaba muerto desde Dresner. Luciann estaba sentado en el borde del camastro fijo, muñecas delante, cadena más larga que la de la mesa. Cuando entré y la puerta cerró, el metro de siempre dejó de ser una mesa. Era suelo. Era tiempo. Era quince minutos que Miller había prometido y que Caine no sabía que existían.
—La mirilla queda cubierta —dije—. No hay cinta. Vale ha amenazado con firmar si entro. He entrado.
—Lo sé. Se te nota en cómo has cerrado tú la puerta —contestó él, y se levantó lo que la cadena le permitió—. Enséñame el brazo.
Me subí la manga. La marca nueva era roja, pequeña, indecente al lado del moratón viejo de Garza. Luciann no pidió permiso para acercarse. El calor de su mano se detuvo a un centímetro de la piel, el mismo centímetro de la mejilla, y esta vez fui yo quien rompió la distancia: le puse la muñeca herida contra la palma. Él cerró los dedos despacio, dueño, y el contacto me bajó al vientre con una claridad que ya no podía llamar miedo.
—Esto no se lo cobro a Vale —dijo—. Se lo cobro al recadero. A ti te cobro otra cosa. Ven.
No fue un ruego. Fue la voz de los cinco minutos, más ronca. Di el paso. La cadena cantó cuando me pegó a él, boca contra boca, y el beso no tuvo la prisa del primero. Tuvo hambre ya conocida y la rabia de los días sin sala. Le devolví el beso con las manos en su cuello, la bata abierta por debajo del botón que yo misma solté, y él me empujó contra la pared de aislamiento con el cuerpo entero, ropa todavía de por medio, rodilla entre las mías. El camastro quedó a un lado, inutil. La pared me sostuvo. Su boca me bajó al cuello, al punto del pulso, y la mano encadenada me subió por el muslo por encima de la falda del pantalón de tela, sin llegar todavía a donde los dos queríamos que llegara.
—Dime que pare —murmuró contra mi garganta—. Dilo ahora, Serene, o esto deja de ser un beso.
—No pares.
Le desabroché el primer cierre del traje de contención. Él me mordió el labio, despacio, y metió la mano bajo la bata, palma caliente en la cintura, pulgar en el hueso de la cadera. El sonido que se me escapó rebotó en una sala sin cinta. Le busqué la boca otra vez. Él me levantó lo justo para que la rodilla me abriera y la cadena me rozara el costado, hierro frío contra piel caliente, y durante un segundo el pago del italiano estuvo a punto de cobrarse entero: su mano bajando, la mía en su nuca, el sí ya dicho, el cuerpo ya elegido.
Miller golpeó la mirilla una vez. No entró. La voz le salió ahogada por la puerta.
—Caine está en el control. Dos minutos. Sepárense o los separo yo.
Luciann no se apartó del todo. Apoyó la frente en la mía, la respiración rota, la mano todavía en mi cadera como si el tiempo pudiera negociarse.
—Mañana no es un casi —dijo—. Mañana, si vienes, te cobro lo que hoy se ha quedado en la mano. Capilla, no esta sala. Mara abre. Miller no mira. Si Vale firma, que firme. La boca ya no está en su carpeta.
—Y si Caine entra ahora.
—Ahora te abrochas el botón y sales con la cara de médica. Mañana no. Mañana sales con la cara que yo te deje.
Me abroché con dedos inútiles. Él se sentó en el camastro cuando la puerta se abrió, cadena en orden, mirada limpia de un modo que era otra mentira. Caine estaba en el umbral con Vale detrás, y los dos me miraron la boca, el botón, el brazo. Ninguno pudo probar el minuto que faltaba. Vale sí pudo olerlo.
—Quince minutos sin cinta —dijo, bajo, solo para mí, al cruzarnos—. Eso era el párrafo. Ya está escrito. Mañana lo lee Soler. Si vuelves a entrar en una sala sin cristal, no voy a ser yo quien te saque. Va a ser el acta.
No le contesté en el pasillo. Mara me esperaba en el office con un vaso que ella misma había abierto y con una frase que no había pedido.
—Capilla, después del turno de las cuatro. La rejilla sigue mal cerrada. Yo no miro. Si la pillan, yo revisaba un carro. Él ha dicho que lleve la boca y que no lleve a Vale. El resto, doctora, ya lo ha decidido usted contra esa pared.
Bebí el agua. El casi me latía todavía entre las piernas, obsceno, sin resolver. Mañana la capilla no iba a tener mirilla. Y yo ya sabía que iba a entrar.