CAPÍTULO 16: La capilla
La capilla olía a polvo y a cera, y la luz de la lámpara de mantenimiento era la única que Mara había dejado encendida. Luciann estaba de pie junto al primer banco, sin la barra de la mesa, con las muñecas sujetas delante por una cadena corta que Miller había llamado traslado interno y que nadie más había firmado. Cuando cerré la puerta por dentro, él no preguntó si estaba segura. Preguntó con la mirada si iba a quedarme, y yo eché el cerrojo viejo como respuesta.
—Quince minutos no —dije—. Mara está en el carro. Miller está en el tramo. Caine cree que estoy en el archivo de farmacología.
—Entonces ven a cobrar lo que ayer me pediste que no parara.
Crucé la nave. El beso me encontró a mitad del pasillo entre los bancos, más duro que el de aislamiento, y esta vez no hubo pared de protocolo. Me sentó en el borde del altar bajo, que no era altar de misa sino una mesa de piedra cubierta con una tela vieja, y se puso entre mis rodillas lo que la cadena le permitió. Le abrí el cierre del traje. Él me subió la bata y la falda con las dos manos encadenadas, lento, mirándome la boca.
—Dilo —ordenó—. Que es pago. Que no es Vale. Que quieres que te toque aquí, donde no hay cinta.
—Es pago. No es Vale. Quiero que me toques.
La mano me encontró por encima de la ropa interior, palma firme, y el primer círculo me arrancó un sonido que la capilla se quedó. Me besó para tragarse el siguiente. Le bajé la tela lo que la cadena y la prisa permitieron, y él hizo lo mismo conmigo, sin teatro, con esa higiene cruel que usaba para todo: apartó la braga a un lado, me abrió con los dedos y me miró mientras el pulgar me trabajaba el clítoris hasta que se me fue la frase clínica entera. Estaba mojada. Él lo dijo, bajo, contra mi oído, no como un cumplido, como un parte.
—Así. Desde el muelle. Desde la mesa. Déjame oírlo.
Metió dos dedos, despacio, y los curvó, y yo me agarré a la cadena entre sus muñecas porque no tenía otra cosa. El hierro me mordió la palma. Él me folló con la mano hasta que el banco de piedra me dejó marca en los muslos y el orgasmo me subió corto, violento, con su nombre roto en la boca. No me dejó bajar del todo. Me acercó al borde, se liberó lo justo, y me penetró de una embestida que la cadena acompañó con un golpe seco. El estirón me dejó sin aire. Él se quedó quieto, frente contra frente, esperando.
—Mírame. Si duele de más, lo dices. Si no, te mueves.
—No pares.
Me moví. Él respondió con un ritmo corto, hondo, la boca en mi cuello, una mano en mi nuca y la otra —la cadena tintineando— en mi cadera, marcándome el compás. Cada embestida me subía por la piedra. Le clavé las uñas en el hombro a través de la tela. Él me dijo, ronco, que esa era la boca que Vale no había tenido, que el italiano se cobraba así, que no iba a ser suave porque yo no había pedido suave. El segundo orgasmo me llegó con su pulgar otra vez en el clítoris y con su voz ordenándome que lo mirara mientras me corría. Él se corrió después, dentro, con un gruñido contenido contra mi boca, la cadena tensa, el cuerpo temblando una sola vez.
Nos separamos lo justo para respirar. Me bajó la bata con las mismas manos que me la habían subido. En el muslo me quedó el rojo de la piedra y en la palma el rojo de la cadena. Mara tosió al otro lado de la puerta, una vez, el aviso.
—Mañana el archivo muerto —dijo él, todavía cerca, sin ternura de despedida—. Esto no ha sido el final del pago. Ha sido la primera firma. Si Vale te mira el cuello, no te lo tapes. Que vea de quién es.
Salí por la capilla con las piernas inútiles y la bata abotonada de cualquier modo. En el office, Mara no comentó el cuello. Me dio agua y una gasa para la palma.
—El carro ha estado aquí todo el tiempo. Usted ha estado en farmacología. Si Soler pregunta, yo no la he visto salir con esa cara. Mañana, si vuelve, que sea con los ojos abiertos. Eso ya no es un casi, doctora. Eso es una elección.
En el despacho, el correo de Vale estaba sin abrir. No hacía falta. El asunto decía una sola palabra: acta.