CAPÍTULO 17: El archivo muerto
El archivo muerto estaba una planta bajo el sótano dos, entre cajas que ya no tenían nombre en el sistema. Miller nos dejó en la puerta con una mentira de inventario y no entró. Luciann llevaba las muñecas delante, la cadena más holgada, y la lámpara de exploración que Mara había olvidado a propósito en una mesa de metal era la única luz. Cuando eché el pestillo, él me miró el cuello, donde la marca de su boca seguía, y no sonrió.
—Vale lo ha visto —dije—. Ha mandado el acta a Soler. Caine ha pedido que no baje. He bajado.
—Bien. Entonces hoy no hay casi y no hay capilla. Hoy me demuestras que el acta no te ha devuelto la boca.
Me puso contra la estantería de cajas. El beso fue más sucio que el de la piedra, lengua y diente, y la mano encadenada me subió la falda sin preguntar lo que ya estaba dicho. Me giró, pecho contra el metal frío de la estantería, y me ordenó que apoyara las manos en la balda y que no las bajara. Obedecí. Me bajó la ropa interior hasta media pierna, me abrió con los dedos para comprobar que ya estaba mojada y me penetró desde atrás, hondo, una mano en mi cadera y la otra en mi nuca, la cadena rozándome la columna.
—Así. Que el archivo oiga de quién eres. No de Harrison. No de Vale. Di mi nombre.
—Luciann.
—Otra vez, cuando te corras. No antes.
Me folló contra las cajas con un ritmo que me hacía perder el apoyo, y cada embestida movía el polvo de los expedientes que nadie iba a leer. Me tapó la boca con la palma cuando el sonido se me escapó, no para callarme del todo, para que el pasillo no se llevara lo que era suyo. El pulgar me encontró el clítoris por delante, círculos precisos, y el orgasmo me dobló sobre la balda con su nombre ahogado en la mano. Él no salió. Me sostuvo, me dio la vuelta, me sentó en la mesa de la lámpara y me penetró de frente, las piernas en su cintura, la cadena entre los dos como un tercer cuerpo. La luz de exploración me daba en la cara. Él no la apartó.
—Mírame. Quiero ver qué queda de la doctora cuando deja de mentir.
Le rodeé el cuello. Le pedí, en voz rota, que no parara, que era elección, que el acta podía esperar. Él me lo dio más lento, más hondo, la boca en mi pecho por encima de la bata abierta, los dientes en el sitio que Vale ya había visto. Me corrí otra vez con la frente en la suya. Él se corrió con mi nombre, no con doctora, y se quedó dentro un segundo de más, la respiración contra mi boca, la cadena quieta.
Después me bajó de la mesa y me arregló la ropa con una atención que no era ternura y se le parecía demasiado. En el muslo, junto a la marca de la capilla, me puso un trozo de esparadrapo del carro de Mara, absurdo, íntimo, para la rozadura de la estantería.
—Esto se cobra fuera de aquí el día que rompa la jaula —dijo—. Hoy se cobra con que no subas a decirle a Vale que ha sido un error. Si te lo pregunta, le dices que el cuello es mío. Si Caine te llama, no le das el archivo. Miller entra en un minuto. Sal primero.
Salí. En el pasillo de cajas, Caine estaba a diez metros, de espaldas, hablando con Soler de un inventario que no existía. Miller me cortó el paso hacia ellos y me empujó por la escalera de servicio sin una palabra. Arriba, Vale me esperaba en el despacho, el acta impresa en la mano, y se detuvo al ver el cuello, el esparadrapo en el borde de la manga, la boca.
—Ya no hace falta que firme —dijo, y la voz se le quebró sin educación—. Se te ve. Soler lo va a ver. Si mañana entras otra vez, no voy a cubrirte. Voy a pedir que te aparten, Serene, porque eso ya no es un beso de cinco minutos. Eso es una mujer que vuelve de una sala que no existe en el cuadrante.
No le dije que era un error. No pude. Detrás de mí, el teléfono interno empezó a sonar, y supe, antes de descolgar, que Caine había olido el polvo del archivo en alguien que no debía estar allí. El pago estaba cobrado. La factura, no.