CAPÍTULO 18: El acta
El teléfono seguía sonando cuando Vale dejó el papel sobre mi escritorio. No lo descolgué delante de él. Él tampoco me pidió que lo hiciera. Se quedó de pie, con el acta impresa en la mano y la mirada fija en el cuello, en el esparadrapo que asomaba bajo la manga y en la boca que ya no podía fingir cinco minutos de nada.
—Voy a decirlo una vez, y después firmas tú o firmo yo —dijo—. Has salido de un sitio que no está en el cuadrante. Hueles a polvo de archivo y a él. Soler va a olerlo. Caine ya está en la escalera de servicio, porque Miller no es tan invisible como cree. Si me dices ahora que fue coacción, rompo esta hoja y escribo otra. Si te callas, Serene, la hoja sale tal como está: implicación, sala no autorizada, riesgo para la facultativo y para el interno.
—No fue coacción.
La frase me salió igual de limpia que en el italiano, y Vale cerró los ojos un segundo, como si el viernes se le repitiera en peor letra.
—Entonces fue elección. Otra vez. Y esta vez no hay mantel que me permita hacer como que no lo he visto. Mañana Soler tiene el acta. Hoy todavía puedo quedarme en la puerta y decir que te encontré en el despacho, no en la escalera. Es lo último que te ofrezco. No es una cena. Es una coartada.
—No quiero una coartada tuya para una puerta que he cerrado yo.
Vale dejó el acta junto al teléfono, que por fin había callado, y se pasó la mano por la boca con un cansancio que ya no era de adjunto.
—Entonces no voy a cubrirte. Voy a pedir que te aparten. No por el párrafo del viernes. Por esto. Porque si vuelves a bajar, el siguiente que te encuentre en un pasillo no va a ser Miller, y yo no pienso firmar el parte de un cuerpo que tú has decidido ponerle delante.
Se fue sin darme la espalda del todo, como si todavía esperara que lo llamara. No lo llamé. Descolgué el interno en el segundo timbrazo. Era Vance, no Caine, y eso no me tranquilizó.
—A mi despacho. Ahora. Soler está aquí. Caine también. No bajes a Omega. No hables con Miller en el pasillo. Y, Serene, si tienes polvo en los zapatos, cámbiate antes de subir, porque esta conversación no va a ser clínica.
Me cambié los zapatos. No pude cambiarme el cuello. En el despacho de Vance, Soler ocupaba la silla de las visitas y Caine estaba de pie junto a la ventana, con una caja de archivo en la mano que yo reconocí por el polvo de la balda. Miller no estaba. Mara tampoco. La ausencia de los dos era ya una frase.
—Inventario de archivo muerto —dijo Caine, y dejó la caja sobre la mesa—. Hoy, a las cuatro y veinte, alguien ha abierto el pestillo desde dentro. La cámara del tramo lleva muerta desde ayer. El doctor Vale ha presentado un acta de implicación a las cinco menos diez. Usted, doctora, ha subido por la escalera de servicio con la bata mal abotonada. No necesito la cinta de Omega para entender el cuadro. Necesito que me diga si el interno estaba con usted en esa sala.
—El interno está en aislamiento —dije—. Yo estaba en farmacología. Mara puede confirmar el carro.
—Mara Quinn ha confirmado el carro y no ha confirmado su cara —contestó Soler, sin levantar la voz—. El doctor Vale no ha confirmado nada útil. Ha confirmado lo que se ve. Dirección suspende su acceso a Omega desde esta hora. Harrison retoma el caso. Usted se queda en planta administrativa hasta que la Junta decida si la acreditación sigue o se archiva con el folio que ya no está.
Vance no me miró como en la junta del traslado. Me miró como se mira a alguien que ha cruzado la línea que él había intentado aplazar con doce horas y un camión.
—Serene, te lo pedí en el cuarto piso y te lo pido aquí. Si esto es un vínculo, dímelo y te saco yo antes de que Caine te saque. Si es una investigación, enséñame el papel y lo peleo. Si no me das ninguna de las dos cosas, solo puedo firmar la suspensión.
—No hay papel encima de mí —dije, y era verdad: la nota de Dresner seguía en el libro—. Hay un acta de un hombre que cenó conmigo y no soporta haber perdido la boca. Y hay un abogado de Aegis que aparece cada vez que una cámara se apaga. Suspendan el acceso. No van a conseguir que él hable con Harrison. Eso ya lo han probado.
Caine sonrió apenas.
—No necesito que hable. Necesito que usted no baje. El resto, doctora, se arregla con un turno y un sedante si el interno se pone difícil. Puede irse. Mañana, a las nueve, declaración por escrito. Si no viene, la suspensión pasa a cese y el interno sale al siete, químico si hace falta.
Bajé al office porque la prohibición decía Omega, no el carro de Mara. Ella estaba de espaldas, contando gasas, y no se volvió hasta que la puerta cerró.
—Lo sé —dijo—. Vale ha subido hecho una furia. Caine ha bajado al archivo con una caja vacía. Miller está en el control y no va a abrir. Si quiere un recado, se lo doy, y esta vez no es de amor. Él ha preguntado si la habían suspendido. Le he dicho que sí. Ha dicho que no baje, que no firme la declaración de mañana con el puerto encima, y que el pago no se devuelve aunque le quiten la sala. También ha dicho que, si Vale la toca para consolarla, lo considerará una mano más en el brazo. Eso último no pienso repetirlo en un parte.
—¿Está bien?
—Está encadenado y está furioso, que en él es lo mismo que estar lúcido —contestó Mara—. No me pida que le lleve una frase de despedida. Llévesela usted el día que la dejen entrar, o no se la lleve. Yo esta noche cambio el agua y no miro el cuello de nadie.
En el despacho, el correo de Dirección ya tenía el sello de suspensión. Vale había escrito debajo, en un mensaje aparte, una sola línea:
Si quieres que retire el acta, dímelo antes de las nueve. Si no, mañana hablo yo. No le respondí. Abrí el libro de farmacología, comprobé que la nota de Dresner seguía en su sitio y no la saqué, porque Caine había olido el archivo y un papel más en mi bata habría sido un regalo.
A las ocho, Miller llamó desde una extensión que no era la del control.
—No le abro. No me lo pida. Caine ha puesto un guardia nuevo en la mirilla de aislamiento y ese no me debe el turno. Recado, y es el último de hoy: que no firme mañana lo que no ha visto. Que el siete no es un destino, es una aguja. Que usted sigue teniendo boca, y que esa boca no se la dé a Vale para comprar el acta. Si la declaran, que sea por la puerta que cerró, no por la que él le quiere abrir.
Colgué. El cuello me latía donde su boca había estado. La suspensión era un papel. El acta de Vale era otro. Y entre los dos papeles, la sala de aislamiento tenía un guardia nuevo y una cadena que ya no iba a poder rozarme la cadera hasta que alguien decidiera si yo seguía siendo médico en San Jude o solo la mujer que había vuelto del archivo con polvo en los zapatos y su nombre todavía en la boca. Mañana, a las nueve, Caine iba a querer el puerto. Yo iba a tener que entrar sin él, sin la nota y sin la certeza de que Luciann pudiera oír, al otro lado del hormigón, que no había llamado al italiano un error.