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CAPÍTULO 19: La aguja

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CAPÍTULO 19: La aguja

A las nueve menos cinco el cuello todavía me delataba y la nota de Dresner seguía en el libro de farmacología, donde nadie había ido a buscarla porque Caine prefería una caja vacía a un papel que lo nombrara. Subí al despacho de Vance con la suspensión en el correo y con la frase de Miller en la boca: que no firmara lo que no había visto, que el siete no era un destino sino una aguja, y que esa boca no se la diera a Vale para comprar el acta.

Vale ya estaba sentado. No me ofreció café. Tenía el acta impresa encima de la rodilla y la cara de quien ha dormido poco y ha decidido que el poco sueño le da derecho a hablar primero.

—Antes de las nueve me dijiste que te lo dijera si quería que retiraras el papel —empecé, y me senté sin esperar a que Vance me señalara la silla—. No te lo he dicho. No lo retires. Si vas a hablar, habla de lo que viste, no de lo que te conviene inventar para que Soler te crea el hombre sano de la sala.

—Vi el cuello. Vi el esparadrapo. Vi la escalera —contestó Vale, y por primera vez no bajó la voz para protegerme de los demás—. No necesito inventar. Necesito que alguien en esta mesa entienda que no estás investigando un folio. Estás volviendo de una puerta que cerraste tú.

Soler tomaba nota sin levantar la vista. Caine estaba de pie junto a la ventana, con la misma caja de archivo muerto que había dejado sobre la mesa la víspera, vacía, obscena de tan limpia. Vance se pasó el pulgar por el borde de la carpeta y habló como se habla cuando ya no queda margen para la lástima.

—La declaración es simple, Serene. ¿Estuviste en el archivo muerto con el interno? ¿Sí o no? Si dices que no, Mara y Miller van a tener que sostener esa mentira delante de Caine. Si dices que sí, la suspensión pasa a revisión de acreditación y el interno sale al siete esta tarde, con contención química si se niega a caminar. No hay una tercera frase que me hayas dejado.

—Hay una tercera —dijo Caine, antes de que yo pudiera gastarme la boca—. Yo no quiero el siete. El siete es un pasillo y un pasillo es una lengua. Quiero a Vox donde está, callado, y a la doctora Boonet donde yo pueda oírla. Suspensión de acceso libre. Reincorporación como enlace supervisado. Una sesión al día, cristal ocupado, grabadora mía, no de Vance. Si el interno habla de contratos, de puerto o de cheques, la sesión se corta y la aguja entra. Si habla de sueño y de fecha, todos dormimos. Ese es el trato. No es una absolución. Es una correa.

Vale giró hacia él con una rabia que la bata ya no le cubría.

—Le está ofreciendo seguir en la sala del hombre que le ha dejado el cuello así. Eso no es protocolo. Es uso.

—Es higiene —contestó Caine—. Usted ha presentado un acta porque perdió una cena. Yo presento un trato porque Aegis no quiere un traslado que convierta a Vox en un rumor de furgoneta. Doctora, tiene un minuto. El enlace o la aguja. No me dé el puerto. Deme el sí o el no.

Miré a Vance. Vance no me salvó. Miré a Vale. Vale me sostuvo la mirada como se sostiene una última oferta que ya sabe rechazada. Pensé en Luciann diciéndome que el pago no se devolvía aunque me quitaran la sala, y en la aguja que Miller había llamado destino, y supe que la tercera frase de Caine era sucia y era la única que me dejaba volver a oírlo.

—Enlace —dije—. Supervisado. Sin puerto. Sin cheques. Si la sesión se corta, se corta. No firmo que él esté loco para que ustedes duerman.

Caine asintió como se asiente un contrato ya redactado.

—A las once. Aislamiento. Yo en la mirilla. Vale, si quiere, detrás de mí. Harrison no entra. Doctora, si intenta cerrar la puerta por dentro, el trato se acaba y el siete deja de ser una amenaza para ser un horario.

Salí antes de que Vale me alcanzara en el pasillo, y esta vez no me alcanzó del todo: me alcanzó la voz.

—Has elegido la correa —dijo, a mi espalda—. No a mí. No a la calle. A una mirilla con su abogado detrás. Cuando esa correa te apriete el cuello de verdad, no me llames para que retire un acta que ya no importa.

No me volví. En el office, Mara contaba gasas con la misma espalda de la víspera y habló sin darse la vuelta.

—Miller me ha dicho lo del enlace. Él ya lo sabe. No ha roto nada. Ha pedido agua y ha pedido que usted entre con la boca cerrada hasta que Caine se aburra de la fecha. Si le pregunta por el trabajo, no le responda la primera vez. La segunda, si se la hace a usted y no al cristal, es que ha decidido que el trato también le sirve a él. Yo no opino. Yo empujo el carro.

A las once la mirilla de aislamiento tenía a Caine detrás y a Vale un paso más atrás, y el guardia nuevo no era Miller. Luciann estaba sentado en el camastro, muñecas delante, y me encontró la boca antes de encontrar la mirilla. No sonrió. El metro entre los dos olía a hierro y a la cera que la capilla me había dejado en la memoria, y tuve que sentarme para que las manos no me delataran el sitio exacto donde querían estar.

—Fecha —dije, para la cinta de Caine.

—La de tu suspensión —contestó él—. O la de tu enlace. Depende de quién te haya puesto el nombre en el papel de hoy.

—Evaluación de riesgo. ¿Ha dormido?

—No. He esperado a ver si firmabas la aguja o la correa. Has firmado la correa. Qué obediente. Qué sucio. Qué parecido a mí.

Caine no intervino. Vale, detrás, se movió lo bastante para que el cristal de la mirilla vibrara. Yo mantuve la libreta abierta y la voz de médica, y por debajo de las dos cosas el pulso me hacía el trabajo que la bata ya no podía.

—El doctor Harrison informa falta de colaboración. ¿Va a colaborar con este protocolo?

—Voy a colaborar contigo —dijo Luciann—. El protocolo puede tomar nota. Pregúntame lo que Caine quiere que preguntes. Sueño. Apetito. Si distingo el día. Y cuando se aburra de no oír el puerto, pregúntame tú lo otro, en voz baja, que es lo único que pienso responder.

—¿Lo otro?

—El trabajo. No el amor. El amor no está en esta cinta y no va a estarlo. El trabajo, sí, si me lo pides como me pediste que no parara.

La frase me llegó al vientre delante de dos hombres que no tenían derecho a oírla. Bajé la voz. No lo bastante para esconderla del todo. Lo bastante para que sonara a clínica y no a capilla.

—En el parte del almacén hay cuatro cadáveres y ninguna niña. Usted habló de un lote. ¿Eso era delirio o era un encargo?

Luciann se inclinó. La cadena no cantó. La mirilla sí pareció acercarse.

—Encargo. Me pagan por limpiar lo que el sistema archiva como comercio. Pedófilos. Intermediarios. Hombres con invitación y con sótano. No cobro por locos ni por testigos. El almacén era un trabajo. El comprador no estaba en el sótano. Estaba en la firma que paga esta luz. Por eso estoy aquí. No porque hable solo. Porque el trabajo tenía un nombre y el nombre no cabía en un atestado.

—Eso es una confesión de homicidio —dijo Caine, desde la mirilla, con una calma que me heló más que la cadena.

—Eso es un fragmento —contestó Luciann, sin mirarlo—. El resto no se lo doy a usted. Se lo doy a ella, cuando usted se aburra de la mirilla y Vale se aburra de perder. Doctora, anote que duermo cuando conviene y que no me haré daño. Anote que el riesgo es de quien me saque al siete con una aguja. Y anote, para usted, que el enlace que acaba de firmar me deja verla. Eso me basta hoy. Mañana no.

Caine cortó la sesión a los doce minutos, como Harrison en sus mejores días. Vale no habló en el control. Me esperó en el rellano, y esta vez sí me cerró el paso, no con la mano, con el cuerpo, a una distancia que ya no era la del italiano.

—Te ha dicho encargo delante de Caine. Te ha dicho que el enlace le basta para verte. Y tú lo has apuntado como si fuera un sueño y un apetito. Serene, eso no es un trato. Es la aguja puesta en tu nombre. Retira el enlace. Yo retiro el acta. Salimos los dos de esta frase antes de que Sterling decida que ya sois el mismo folio.

—No voy a retirar la única puerta que me queda —dije—. Y no voy a llamarle error a un fragmento que encaja con el almacén, con Dresner y con la firma que te paga el sueldo igual que a mí.

—Entonces mañana no voy a estar detrás de la mirilla para salvarte —contestó Vale—. Voy a estar para oír hasta dónde llega el fragmento. Y cuando llegue al puerto, no voy a taparte. Voy a pedir el siete yo mismo.

Se apartó. Miller apareció al fondo del pasillo, por fin, y no me abrió ninguna puerta. Me dio el recado de pie, como se dan las cosas que ya no caben en una extensión.

—Ha dicho que el fragmento de hoy era la muestra. Que el contrato completo no se dice con Caine en la mirilla. Que si usted vuelve mañana, él le dice quién encargó el almacén y qué le pasó al hombre del traje que visitó a Dresner. Y ha dicho que no suba a consolar a Vale. Que la correa es suya mientras usted no se la quite. Que la aguja, si entra, no va a entrar en él primero.

Me quedé con esa frase en el rellano, entre el acta que Vale no había retirado y el enlace que yo misma había firmado. Abajo, Luciann había soltado el trabajo y se había guardado el resto. Arriba, Caine tenía una confesión a medias y una correa con mi nombre. Y yo, en medio, ya no podía llamar delirio a lo que había apuntado en la libreta ni podía llamar inocencia a la puerta que pensaba volver a cerrar mañana, aunque la mirilla estuviera ocupada y la aguja tuviera horario.