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CAPÍTULO 2: El filo de la navaja

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CAPÍTULO 2: El filo de la navaja

Pasé la noche en blanco, dando vueltas en la cama de mi diminuto apartamento a seis manzanas del Complejo Psiquiátrico de Alta Seguridad San Jude. La voz de Luciann Vox no se iba. Volvía con la misma educación cruel, ocupando el techo, la almohada, el borde de la madrugada, y cualquier intento de lógica acababa estrellándose contra una sola frase.

«Trae el pelo suelto. Te favorece más.»

A las siete, frente al espejo del baño, tuve la mano en la nuca el tiempo suficiente para odiarme. La melena castaña me pesó un segundo sobre los hombros y, en ese segundo, vi lo fácil que habría sido obedecerle. La rabia me llegó antes que la vergüenza. Me recogí el cabello en un moño todavía más tirante que el del día anterior, hasta que el cuero cabelludo protestó. No le iba a dar el gusto. Yo era la profesional. Él era el sujeto de estudio. El espejo, por supuesto, no se creyó ninguna de las dos cosas.

Cuando llegué a la tercera planta del edificio administrativo, el Dr. Arthur Vance me esperaba en la puerta de mi despacho con dos tazas de café para llevar. Cincuenta años, cabello canoso, sonrisa pulcra y esas ojeras profundas de quien gestiona un manicomio donde los monstruos no solo deliran: también tienen abogados.

—Serene —dijo, tendiéndome un vaso—. ¿Cómo fue tu primer contacto con el paciente cero?

—Inquietante.

Abrí la oficina, dejé la carpeta sobre el escritorio de caoba y bebí un sorbo que me quemó la lengua. Vance no se sentó. Se apoyó en el filo de la mesa, cruzó los brazos y me miró como se mira un informe que todavía puede explotar.

—¿Inquietante de qué manera? Necesito palabras que yo pueda llevarme a la Junta.

—Tiene un nivel de lucidez y de control que no encaja con el informe de la fiscalía —dije—. No vi esquizofrenia. No vi psicosis desorganizada. Su agresividad no es un brote. Es… calculada.

Vance suspiró.

—Luciann Vox es un enigma que la Junta quiere resolver o enterrar cuanto antes. Antes del arresto dejó un reguero de cuerpos que abarca tres continentes. Los medios, cuando se atreven, lo llaman El Fantasma. No hay huellas. No hay testigos vivos. Lo capturaron porque, después de aquel tiroteo en el puerto, se entregó prácticamente en bandeja.

Le levanté la vista.

—¿Se entregó?

Recordé la frase de la víspera, dicha sin alzar la voz: esta jaula no está hecha para mantenerme dentro . En el expediente ponía emboscada. La palabra bandeja no estaba en ninguna parte.

—Técnicamente lo acorralaron —matizó Vance—. Pero no ofreció resistencia. Eso, en un hombre como él, debería preocuparte más que una pelea.

—¿Por qué me lo dice ahora y no ayer, antes de bajar?

—Porque ayer necesitaba que cruzaras la puerta. Hoy necesito que no te enamores de tu propio coraje. Es un manipulador experto, Serene. Va a usar tu empatía contra ti. Si sientes que te sobrepasa, me lo dices y le paso el caso a Harrison.

La idea de Harrison —de cualquier otro— sentado frente a aquella mesa me produjo un chispazo absurdo, irracional, de posesividad. Lo disfracé antes de que Vance pudiera ponerle nombre.

—Puedo manejarlo, Dr. Vance.

—Eso no ha sido una pausa de evaluación. Ha sido un no demasiado rápido.

—Ha sido un no profesional.

Vance ladeó la cabeza, cansado y no del todo convencido.

—Profesional es no dejar que un paciente te ponga nombre de pila a las primeras de cambio. He oído la cinta. «Sé quién eres, Serene». ¿Quieres explicarme por qué no lo cortaste?

—Porque cortarlo le habría dado exactamente lo que buscaba: prueba de que el nombre me importa.

—¿Y te importa?

Bebí el café para no responder demasiado pronto.

—Me importa el caso. Me importa que el informe de inimputabilidad no se sostiene. Si la Junta quiere enterrarlo, que lo haga con un diagnóstico honesto, no con un cuento de locura.

—Cuidado con la honestidad en San Jude —dijo Vance, ya en la puerta—. Aquí la honestidad tiene la costumbre de acabar en un parte de incidentes. Diez en punto, Omega. Miller está en otro control. Te acompaña Garza. No le des conversación de más. Y no te quedes si la sala cambia de temperatura. Esa es una metáfora. Y no lo es.

Se fue. El café se enfrió en mi mano. El moño me tiraba de la piel como una penitencia pequeña y ridícula.

A las diez en punto estaba otra vez frente a la puerta de hierro del Pabellón Omega.

El guardia no era Miller. Era Garza: complexión ancha, mandíbula cuadrada y una sonrisa que me rozaba la piel de mala manera cada vez que se tomaba el trabajo de mirarme.

—¿Lista para el circo, doctora?

Pasó la tarjeta por el escáner con una lentitud innecesaria.

—No es un circo. Es una evaluación.

—Para usted. Para mí es el mismo animal con distinto collar. Si ese loco intenta algo, no dude en gritar. Me encantará meterle un par de descargas.

—Haga su trabajo, guardia, y déjeme hacer el mío.

—Lo hago mejor cuando las doctoras no se creen más valientes que la línea roja.

—Abra.

La puerta cedió con el crujido hidráulico de siempre. El aire de dentro olía a metal y a antiséptico detenido.

Luciann estaba en la misma posición que la víspera: erguido, muñecas encadenadas a la mesa de acero, mirada fija en la entrada. El mismo traje gris de contención. El mismo silencio que ocupaba más que un grito. En cuanto crucé el umbral, los ojos grises se me subieron a la coronilla, midiendo el moño perfecto, tirante, deliberado.

Una sombra de entretenimiento le cruzó el rostro.

—Doctora Boonet —dijo, y la voz baja, carrasposa, me vibró en la nuca como si el aire antiséptico condujera—. Veo que has decidido desafiarme.

Me senté, marqué la distancia, abrí la libreta.

—No vine a seguir sus recomendaciones estéticas, señor Vox. Vine a trabajar.

—Mentira.

Se reclinó lo que las cadenas le permitieron, con una tranquilidad exasperante.

—Te pasaste al menos cinco minutos frente al espejo debatiendo si dejarte el pelo suelto. Al final ganó tu ego. Quieres demostrarme que el control es tuyo.

Apreté el bolígrafo hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—¿Me ha tenido vigilada en casa, ahora?

—No hace falta. Se te nota en la tensión del cuello. Ayer el moño era costumbre. Hoy es una respuesta. Las respuestas se ven.

—Hablemos de su arresto.

—Hablemos de tu orgullo. Es más reciente.

—Almacén abandonado —seguí, ignorándolo con una disciplina que ya me ardía—. Cuatro cadáveres. El informe los vincula a una red de tráfico ilegal. ¿Por qué estaba usted allí?

No se inmutó al oír su nombre de pila cuando se me escapó después, en la misma pregunta, más corta:

—¿Por qué estaba allí, Luciann?

Inclinó la cabeza, observándome como un gato observa a un pájaro que todavía cree que la jaula es un mueble.

—Hay hombres que matan por dinero, Serene. Hay hombres que matan por poder, por placer o por locura.

Hizo una pausa. La voz le bajó una octava, oscura, densa, y la habitación pareció encogerse alrededor de la mesa.

—Y hay hombres que limpian la basura que el sistema decide ignorar.

—¿Se considera un vigilante? ¿Un héroe?

—Me considero un exterminador de plagas.

La frialdad de la corrección me dejó un segundo sin ángulo clínico.

—Esa no es una defensa legal.

—No he pedido una.

—Los cuatro del almacén —dije—. ¿Quiénes eran para usted?

—No eran comerciantes.

—El atestado dice que sí.

—El atestado dice lo que puede imprimirse sin que se caiga un gobierno. Tenían un lote de niñas de doce años en el sótano, listas para subasta. Diplomáticos. Gente con invitación y con hambre. ¿Te parece que soy un loco por haberles atravesado el cráneo con un calibre cuarenta y cinco?

El golpe me llegó al pecho antes que a la cabeza. Me quedé helada, con el bolígrafo detenido sobre un margen que de pronto parecía obsceno de tan vacío.

—Eso no figura en los registros de la fiscalía.

—Claro que no figura.

Por primera vez vi un destello de rabia pura, azul, incandescente, al fondo de aquel gris.

—Porque el comprador principal de esa subasta es el tipo que firma los cheques de este centro.

Un escalofrío me bajó la espalda, lento, preciso. Quise pedir un nombre. Quise pedir una prueba. Quise, sobre todo, no creer que San Jude pudiera oler también a sótano.

—Si eso fuera cierto —dije, muy bajo—, estaría acusando a la institución que lo mantiene con vida.

—No lo mantiene con vida, doctora. Lo tiene a la vista. No es lo mismo.

—Déme un apellido.

—No.

—¿Porque no lo tiene o porque le gusta verme buscarlo?

—Porque si se lo doy ahora, usted sale de esta sala y se lo lleva a Vance. Vance sonríe. Vance llama a alguien. Y mañana hay otra doctora en esa silla, o no hay silla.

—El Dr. Vance no…

—El Dr. Vance le ha ofrecido esta mañana pasarme a Harrison. ¿Lo niega?

Se me tensó la mandíbula.

—Eso no puede saberlo.

—Usted acaba de confirmármelo.

Antes de que pudiera recoger la frase, la puerta se abrió de golpe. Garza irrumpió con el rostro desencajado y la porra táctica en la mano.

—¡Se acabó el tiempo! El sujeto está desvariando y amenazando a la institución. Doctora, salga ahora mismo.

—La sesión no ha…

Garza me agarró del brazo izquierdo y tiró hacia atrás. El dedo se me clavó con una fuerza de inventario, la justa para dejar marca, la suficiente para que el mundo se volviera pequeño y metálico.

Luciann no gritó. No se alteró. Se movió con una velocidad que veinte kilos de cadena no deberían permitir. Tensó los eslabones con un movimiento seco de muñecas; el estruendo metálico llenó la caja de hormigón. Se puso de pie a medias y el torso hizo crujir los pernos de acero clavados en el suelo.

—Quítale la mano de encima.

No fue un grito. Fue un susurro con promesa de muerte, primaria, absoluta, y la temperatura del recinto pareció caer por debajo de cualquier protocolo.

Garza se petrificó. Un hombre de cien kilos, acostumbrado a doblar reclusos, dio un paso instintivo hacia atrás y me soltó como si el brazo quemara. En sus ojos hubo un cálculo feo y breve: si Luciann quería arrancarle la cabeza, las cadenas eran un retraso de tres segundos.

Yo no me moví. El corazón me golpeaba la garganta. Luciann seguía semierguido sobre la mesa, los hombros anchos tensos, el cuello marcado, la mirada clavada en Garza como si el guardia ya estuviera resuelto. Entonces los ojos grises se desviaron hacia mí. La violencia letal se le afiló de otra manera: más oscura, más posesiva, exclusivamente mía.

—¿Te ha hecho daño?

La voz le salió áspera, baja, como si Garza hubiera dejado de existir.

—No… estoy bien.

No lo estaba del todo. El agarre me latía en el brazo. La proximidad de aquel cuerpo sujeto, la certeza de que había estado a punto de arrancar la mesa del hormigón porque un guardia me había tocado con brusquedad, me mandó una descarga de calor al vientre que no tenía ninguna ficha clínica donde esconderse. Era peligroso. Era un monstruo. Y, por un segundo intolerable, me sentí protegida de un modo que no debía sentirse dentro de una jaula.

—Doctora, salga… ahora —pidió Garza, y ya no era una orden. La porra seguía en alto; el paso hacia Luciann no existía.

Recogí los papeles con manos torpes.

—Baje las cadenas, señor Vox. Si no se sienta, esto acaba en contención y no en una nota.

—Que se vaya primero.

—No le debo esa coreografía.

—No es coreografía. Es higiene.

Garza respiraba demasiado alto.

—Vox, te juro que…

—No le hable —dije yo, y odié que la frase me saliera para proteger a los dos—. Señor Vox, la sesión termina aquí.

Luciann se dejó caer otra vez en la silla con una lentitud de animal que decide no cazar… todavía. Los pernos dejaron de quejarse. El metal, no.

—Nos vemos mañana, Serene.

No me quitó la vista de encima.

—Y asegúrate de que este imbécil no vuelva a ponerte una mano encima. Porque si lo hace, me cobraré su vida con las mías. Con grilletes o sin ellos.

—Eso queda grabado —soltó Garza, ya junto al umbral, con la voz rota de quien pretende que el reglamento lo salve.

—Mejor —dijo Luciann—. Así no podrá decir que no se le avisó.

Salí. Las piernas me temblaban con una indignidad que el pasillo no merecía ver. Garza cerró de un golpe y se quedó al otro lado, respirando como si hubiera corrido un kilómetro.

Me apoyé en la pared y me llevé las manos a la cara. El pulso no aceptaba la versión oficial. Luciann Vox no estaba loco. Lo de las niñas, lo de los cheques, lo de Harrison, la forma en que había medido mi moño: encajaba demasiado para ser un delirio cómodo. El miedo no era solo el complot. El miedo era el punto exacto del brazo donde Garza me había sujetado… y el hecho de que, al tocarlo ahora, todavía sintiera encima la mirada de Luciann, caliente, oscura, como una mano que no había llegado a posarse.

Peor aún: quería saber qué se sentía estar del otro lado de esa devoción peligrosa.

Y esa pregunta, a diferencia de las del expediente, no se la iba a hacer a Vance.