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CAPÍTULO 20: La muestra

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CAPÍTULO 20: La muestra

A las once del día siguiente la mirilla seguía ocupada y la correa seguía teniendo mi nombre. Caine no se había aburrido. Vale tampoco. Yo bajé igualmente, con la libreta del enlace y con la frase de Miller todavía caliente: que si volvía, Luciann diría quién encargó el almacén y qué le pasó al hombre del traje que visitó a Dresner. No era una cita. Era el segundo fragmento, y el segundo fragmento no se decía con amor.

El guardia nuevo me abrió sin mirarme a la cara. Dentro, Luciann estaba sentado en el camastro, muñecas delante, y me midió el cuello antes de medir la mirilla. La marca de su boca ya era sombra. La correa, no.

—Has vuelto —dijo—. Con la cinta de él y con la libreta de ellos. Qué obediente sigue siendo mi enlace.

—He vuelto porque ayer dejaste el trabajo a medias —contesté, y me senté a la distancia que el protocolo exigía y el cuerpo odiaba—. Fecha. Sueño. Riesgo. Y después, si Caine quiere oír sueño, que lo oiga. Yo quiero el nombre del encargo.

Caine habló desde la mirilla, educado, sin entrar.

—Empiece por el sueño, doctora. El nombre, si sale, sale bajo mi criterio. No bajo el suyo.

—He dormido cuatro horas —dijo Luciann, sin mirarlo—. He comido. No me haré daño. El riesgo de hoy es de quien crea que una mirilla impide una frase. Doctora, pregunte.

Abrí la libreta. Vale, un paso detrás de Caine, no hablaba, y ese silencio me pesaba más que su acta.

—Ayer dijo que el almacén era un trabajo. Que el comprador no estaba en el sótano. ¿Quién encargó la limpieza?

Luciann se inclinó lo que la cadena permitió. La voz se le quedó baja, no lo bastante para esconderse de la cinta, sí lo bastante para que me llegara al vientre como las otras frases que no cabían en un parte.

—Un intermediario que ya no firma. No Sterling. Sterling no ensucia las manos con encargos. Sterling compra el silencio después. El hombre que me contrató se llamaba Adler, pasaporte suizo, oficina en un puerto que ustedes ya han embalado. Me pagó por los cuatro del almacén y por no tocar a las niñas. Las niñas salieron antes de que yo entrara. Eso no está en el atestado porque el atestado necesitaba un monstruo, no un contrato.

—Adler —repetí, y el nombre me supo a folio nuevo—. ¿Dónde está ahora?

—Donde están los que contratan y luego se arrepienten. No se lo doy a la mirilla. Se lo doy a usted en una frase: Adler visitó a Dresner la tarde del cuello. Salió con pulso. Dresner no. La cuchara apareció después porque alguien necesitaba una mano que no fuera la de un traje. Yo llegué tarde a esa sala. Llegué a tiempo a oír que Dresner había pedido su nombre para el caso. Por eso la elegí. No por fuego. Por herencia.

Caine golpeó el marco de la mirilla.

—Basta. Adler no entra en esta cinta. Doctora, corte. Si el interno sigue por ese camino, el enlace se acaba y el siete deja de ser una conversación.

—El enlace es mío mientras ella esté sentada —dijo Luciann, y por fin miró la mirilla—. Usted puede cortar la sesión. No puede cortar lo que ya ha oído. Anote Adler. Anote que no soy el cuello de Dresner. Anote que la aguja, si entra hoy, va a tener que explicar por qué un abogado de Aegis no quiere un nombre suizo en un parte.

Me quedé con el bolígrafo quieto. La herencia. La palabra me había golpeado más que el contrato. Él no había dicho que me quisiera. Había dicho que me había elegido porque un muerto me había dejado el caso, y esa elección, dicha así, era más íntima y más cruel que un beso delante de Vale.

—¿Por qué me lo dice ahora? —pregunté, bajo—. Ayer era una muestra. Hoy es un nombre. Mañana Caine va a usar las dos cosas para sacarme.

—Porque la correa que firmó ayer me deja verla, y la aguja que Vale quiere pedir me la quita —contestó él—. No le estoy dando un arma. Le estoy dando el motivo por el que no debe firmar el siete. Adler está muerto. El traje que lo reemplazó en la sala de Dresner no. Ese traje trabaja para la misma firma que paga la mirilla. Si usted sube y repite Adler como si fuera un delirio, Caine duerme. Si lo apunta como yo se lo he dicho, Caine tiene que decidir si la correa le sirve más que el camión.

Vale habló por fin, desde fuera, con la voz ronca del hombre que ya no ofrece calles.

—Serene, sal. Esto ya no es un fragmento. Es una acusación a la firma que nos firma a todos. Si te quedas, yo pido el siete en cuanto cierre la puerta.

—Pídalo —dijo Luciann—. Y explique en el mismo papel por qué el interno conoce el nombre del visitante de Dresner y la facultativo no. Va a quedar bonito al lado de su acta de celos.

Me levanté porque Caine ya tenía la mano en el pestillo y porque el nombre de Adler me quemaba la libreta. Antes de que la puerta se abriera, Luciann añadió, solo para el metro que todavía era nuestro:

—No suba a consolarlo. No llame herencia a lo que acaba de oír si no puede sostenerlo. Y mañana, si la correa sigue, le digo qué le hice yo a Adler y qué no le hice a Dresner. Hoy no. Hoy ya le he dado más de lo que la mirilla merecía.

Salí. Caine me quitó la libreta en el control y arrancó la página donde yo había escrito Adler antes de que Vale pudiera leerla. No la rompió. La dobló y se la guardó en el interior de la chaqueta, con una sonrisa de contrato.

—El enlace continúa mientras esa página no salga de mi bolsillo —dijo—. Si la doctora repite el nombre fuera de esta sala, la página aparece en la Junta y el interno aparece en el siete. Vale, si va a pedir la aguja, pídala por escrito. Yo voy a pedir que no se pida. Tenemos un nombre. Todavía no tenemos un escándalo.

Vale me miró como se mira a alguien que acaba de elegir el incendio con los ojos abiertos.

—Te ha dicho herencia. Te ha dicho que te eligió por un muerto. Y tú lo has apuntado. Cuando esa página salga del bolsillo de Caine, no voy a estar en la mirilla. Voy a estar en el parte, Serene, diciendo que te avisé.

—Me has avisado desde el italiano —contesté—. Y yo he seguido entrando. Eso ya no es una sorpresa. Es el trato.

Miller me encontró en el rellano, lejos de los dos, y no sonrió.

—Ha soltado Adler. Caine se ha quedado la hoja. Recado: que no busque a Adler en el archivo, porque Adler ya no está. Que mañana, si entra, él le dice la diferencia entre un contrato y un cuello. Y que no le dé a Vale la palabra herencia. Esa palabra, mientras la correa exista, es de la sala. No de un mantel.

Subí al despacho con las manos vacías y el nombre suizo en la cabeza. Abrí el libro de farmacología, comprobé que la nota de Dresner seguía allí, y no la saqué para compararla con Adler. No hacía falta. El visitante de las 16:40 y el hombre que había encargado el almacén ya eran, en mi boca, la misma sombra. Luciann me había dado el trabajo en dos fragmentos y se había guardado el resto, igual que se había guardado el amor que yo todavía no tenía derecho a pedirle. La correa seguía. La aguja no había entrado. Y mañana, si Caine no rompía el enlace por una página doblada, yo iba a volver a sentarme a un metro de un hombre que me había elegido por herencia de un muerto y que aún no me había dicho si esa herencia le dolía o le servía.

Continuará...