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CAPÍTULO 4: El adjunto

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CAPÍTULO 4: El adjunto

La citación no venía en un sobre. Venía en un mensaje interno, sin firma visible, con el membrete de Dirección y una hora que no admitía café de máquina ni excusas de planta. Ocho y diez. Despacho de Vance. Asunto: incidente Omega / personal de seguridad.

No hace falta ser brillante para leer detrás de esas barras. Garza había escrito. La cinta había corrido. Y yo bajaba los tres tramos del administrativo con la manga izquierda tirada hasta el hueso de la muñeca, escondiendo el moratón como se esconde una falta que todavía no tiene nombre en el código deontológico.

Vance no estaba solo.

El hombre que ocupaba la silla de visitas tenía la edad justa para parecer fiable en una junta y el corte de pelo de quien no llega tarde. Traje gris de hospital, no de contención; acreditación al cuello; las manos libres, sin cadenas, y esa calma de manual que San Jude reserva para los que firman y no para los que encierran. Se levantó cuando entré, y la educación le duró el tiempo exacto de un apretón breve, seco, profesional.

—Dra. Boonet. Soy el dr. Adrián Vale. Adjunto de psiquiatría forense. Me han pedido que me incorpore a la supervisión del caso Vox.

El nombre me llegó entero, sin recuerdos previos que inventar. No lo había visto en Omega. No había estado en mi despacho. Existía a partir de esa frase, y eso, de pronto, me pareció una forma de honestidad rara en el edificio.

—Serene —dije, y me senté porque Vance ya no ofrecía la silla, la señalaba.

Vance tenía dos carpetas. Una, la mía. La otra, más gruesa, con el sello de Seguridad.

—Garza presentó parte a las once de anoche —empezó, sin sonreír del todo—. Amenaza de muerte formulada por el interno contra un miembro del equipo. Forcejeo. Pernos de la mesa con fatiga de material. La Junta ha leído el resumen antes del desayuno, Serene. No es una metáfora. Es un calendario.

—Garza me agarró del brazo y cortó una sesión que no había terminado —respondí—. El interno reaccionó al contacto. No me tocó a mí.

—Eso es una interpretación —dijo Vale, con una suavidad que no pedía permiso para corregirme—. Yo he oído la cinta. Vox no «reacciona». Vox decide. Hay una diferencia clínica y hay una diferencia penal.

Lo miré. Tenía los ojos claros, la voz limpia, la clase de certeza que uno desea en un compañero de planta y que, dicha así, sobre Luciann, me sentó mal en la boca del estómago.

—¿Está aquí para quitarme el caso?

—Estoy aquí para que no acabes como Dresner —contestó Vale, y no lo dijo con teatralidad, lo dijo como quien ofrece un paraguas—. Omega no es un destino para una adjunto joven con expediente limpio. Es un agujero que se traga primero la credibilidad y después el cuello.

Vance carraspeó.

—Nadie te retira hoy. Eso también es importante. Harrison está de guardia en el siete y no quiere Omega ni en sueños. Tú has conseguido que Vox hable. La Junta quiere que siga hablando. Lo que no quiere es otro parte de Garza. Por eso Vale entra como coevaluador. Mañana estará detrás del cristal. Hoy, en esta mesa. Preguntas.

Apreté la carpeta sobre las rodillas.

—¿Garza vuelve a Omega?

—Garza pidió superficie y se la dimos —dijo Vance—. No es lo mismo que desaparezca. Ha escrito que Vox iba a «cobrarse su vida». Esas palabras, en un edificio financiado como este, no se las lleva el aire.

Financiado. La palabra me rozó el moratón por debajo de la tela.

—¿La Junta ha mencionado Aegis? —pregunté, y supe enseguida que había sido un milímetro demasiado lejos.

Vance entrecerró los ojos.

—La Junta ha mencionado donantes, presupuestos y la conveniencia de no escandalizar a quien paga el cuarenta por ciento de la luz. No ha mencionado el nombre que acabas de poner sobre mi escritorio. No lo vuelvas a poner. ¿Me oyes?

Vale giró apenas el rostro hacia mí, interesado de una manera que no era todavía acusación.

—¿Aegis? —repitió—. ¿La firma?

—Un encabezado que vi en un listado de partidas —mentí, y la mentira me supo a archivo, a polvo, a pasos en el sótano dos—. Curiosidad administrativa.

—La curiosidad administrativa, en San Jude, se pide por escrito —dijo Vance—. Y se pide mal. Anoche alguien consultó la carpeta de financiación con una tarjeta de planta médica. Seguridad todavía está cruzando turnos. Si eras tú, Serene, aprende a no dejar rastro antes de que alguien aprenda a dejártelo en el café.

El café. La frase de Luciann me golpeó con un retraso obscene. Vance no podía saberla. O sí. O el edificio era más pequeño de lo que admitían los planos.

Vale apoyó los antebrazos en la mesa, más cerca de mi carpeta que de la de Seguridad.

—No estoy aquí para cazarte —dijo, y la sonrisa le salió breve, legal, casi amable—. Estoy aquí porque un hombre encadenado te habló como se le habla a alguien que ya le pertenece, y eso, en una evaluación, es una alarma. Déjame entrar mañana. Si Vox es solo un psicópata brillante, lo sostenemos juntos. Si es algo peor, no te quiero sola en esa línea roja.

—No me pertenece.

—Eso mismo iba a comprobar.

Vance cerró las carpetas con un golpe que quiso ser neutro y no lo fue.

—Diez en punto, Omega. Vale te acompaña hasta el control y se queda en el pasillo hoy. Mañana, cristal. Miller vuelve al tramo. Nada de sesiones extra. Nada de archivo sin solicitud. Y, Serene… el pelo, la cinta, el nombre de pila. Cuida la forma. La Junta no distingue entre transferencias y intimidad cuando oye «Sé quién eres, Serene» a las diez de la mañana.

Salí delante de Vale porque quedarme un segundo más en aquella oficina era firmar que el miedo tenía razón. Él igualó mi paso en el corredor claro, donde las ventanas mentían con un sol de aparcamiento, y me ofreció un vaso que no había pedido, caliente, con tapa.

—No es el café de Vance —dijo—. Es de la cafetería de arriba. Tiene fecha. Tiene ticket. A veces eso importa.

—Gracias.

—Cena el viernes —añadió, sin bajar la voz lo bastante como para convertirlo en secreto y sí lo bastante como para que no fuera un anuncio de junta—. Nada de Vox. Nada de Omega. Dos personas que trabajan bajo tierra y deberían recordar que existe una calle. Si dices que no, no insistiré en el pasillo. Insistiré el jueves, que es distinto.

Reí por no tener que responder con la verdad, que era peor: que la palabra cena me sonaba a un idioma que el pabellón cero me estaba quitando de la boca.

—Lo pensaré.

—Eso ya es más de lo que Vox te ha permitido pensar sin medirte el cuello —dijo Vale, y por primera vez hubo filo bajo la educación—. Ese hombre es una bomba, Serene. Las bombas no se enamoran de quien les desarma el temporizador. Explotan.

En el ascensor hacia Omega no hablamos. El moratón me latía bajo la manga con una puntualidad cruel. Vale se quedó en el control, como había prometido Vance, y Miller —el de verdad, el del primer día— me esperaba con el chaleco y esa cara de quien ha leído el parte de Garza y no se ha creído la mitad, solo la mitad peligrosa.

—Hoy no grita nadie —murmuró, pasando la secuencia—. Hoy todo el mundo escucha. Incluido el que está detrás de usted, doctora. El adjunto tiene buena prensa. No se la crea del todo. La buena prensa, aquí, se paga con el mismo presupuesto que la luz.

—¿Usted también?

—Yo abro puertas. No las bendigo. Línea roja. Si se inclina, salgo. Si se inclina él, también. Y si el de la sonrisa entra sin que yo lo llame, lo dejo fuera. Eso no está en el protocolo. Está en mi turno.

La puerta cedió.

Luciann estaba sentado. Encadenado. Dueño. Los ojos grises me encontraron antes de que el hierro terminara de cerrarse, y no fueron a la carpeta ni a la grabadora: se fueron a la manga izquierda, a la forma en que yo la sujetaba, a la persona que acababa de dejar en el pasillo y cuya colonia barata de cafetería todavía se me había quedado en la muñeca del vaso.

—Has subido —dijo—. Has hablado. Has vuelto con miedo que no es mío.

Me senté. Encendí la grabadora. El clic sonó a trámite.

—Buenos días, señor Vox. Hoy la sesión se ciñe a evaluación de riesgo y a la amenaza formulada contra el guardia Garza.

—Garza respira. Eso es lo único que la Junta debería celebrar.

—La Junta no celebra. Revisa. Han asignado un coevaluador.

Luciann inclinó la cabeza un grado. El metal de las muñecas no cantó. No hacía falta.

—El de la sonrisa. Forense. Manos limpias. Café con tapa.

—No puede saber eso.

—Usted acaba de entrar oliendo a ticket de cafetería y a hombre que no ha bajado nunca a cambiarme el agua. No es brujería, doctora. Es higiene.

Apreté el bolígrafo.

—Se llama Adrián Vale. Estará detrás del cristal mañana. Hoy, en el control.

—No.

—No es una pregunta.

—Tampoco es un permiso —dijo él, y la voz se le quedó baja, la de las órdenes que no necesitan alzarse—. Si otro hombre entra en tu sesión, la sesión deja de ser tuya. Y lo que deje de ser tuyo, Serene, no lo voy a decir para que lo archiven.

—Esto no es mío. Es de San Jude.

—San Jude firma la luz. Tú firmas el tiempo que pasas en esta silla. No lo confundas.

Me sostuvo la mirada el segundo exacto para que el moratón me ardiera sin que él lo nombrara todavía.

—Súbete la manga.

—No.

—Súbete la manga o se la subo yo con la cadena, y Miller tendrá un parte que sí va a querer leer.

El desafío no era erótico en la boca. Era una prueba de mando. Me subí la tela lo justo para que la sombra violácea viera la luz fea de Omega. Luciann no extendió la mano. No hacía falta. La mandíbula se le puso de piedra y la cicatriz, otra vez, pareció más blanca.

—Sigue ahí.

—Los moratones tardan.

—Los guardias también. Garza está en superficie. Eso no lo salva. Lo aplaza.

—No va a matar a un empleado porque me agarrara del brazo.

—No voy a matarlo porque te agarrara —corrigió, despacio—. Voy a matarlo si vuelve a decidir que tu cuerpo es de la institución.

El aire de la caja se espesó con esa frase dicha como procedimiento. Yo debía cortar. Anotar. Hablar de ideación. En lugar de eso oí mi propia voz, más baja, más cerca del error.

—Vance sabe que alguien consultó la carpeta de donantes. Todavía no ha puesto mi nombre. Lo pondrá.

Luciann no sonrió.

—Entonces ya no estás investigando. Estás dejando rastro. Te lo advertí: el café, los sedantes, el paro. Sterling no necesita una pistola. Necesita un turno de enfermería y una firma.

—No pronuncie ese nombre.

—Lo pronunciaste tú ayer. Hoy tiemblas cuando Vance dice «cuarenta por ciento». Eso no es clínica, Serene. Eso es alguien que ya entendió quién paga el hormigón.

—Vale piensa que usted me está manipulando.

—Vale piensa. Eso lo hace inofensivo y por eso te invita a cenar.

Le levanté la cara demasiado rápido. Él no parpadeó.

—No adivina. Deduce. Tienes el pulso de quien ha recibido una calle y una hora. La calle no está en Omega. La hora, tampoco. Dile que no.

—No le debo a usted mis viernes.

—No me debes el viernes. Me debes no morirte antes de que yo salga. Es distinto.

Miller golpeó el cristal una vez, aviso mínimo. Luciann ni giró la cabeza.

—Cuando el adjunto se siente mañana al otro lado —siguió, más bajo, para mí y no para la cinta—, no hables de almacenes. No hables de niñas. No hables de cheques. Habla de mi sueño y de mi apetito y de si distingo la fecha. Dale a Vale el loco que necesita para dormir. A mí me das el silencio.

—¿Y si no?

—Si no, te conviertes en el segundo nombre que Sterling tiene que borrar en este edificio. Dresner fue el primero que habló de salvación. Tú estás hablando de pruebas. Es peor.

Cerré la libreta porque los dedos ya no me servían para fingir letra estable.

—La sesión termina.

—Termina cuando salgas. Hasta entonces estás aquí, con la manga subida, oliendo a un hombre que quiere salvarte de mí. Deja que lo intente. Va a ser instructivo ver cuánto tarda en entender que no eres tú la que necesita salvación.

Me puse de pie. Él no se levantó. No hacía falta: la sala seguía siendo suya.

—Mañana, doctora —dijo, cuando ya tenía la mano en el hierro—. Trae al adjunto si te lo exigen. No le traigas la cara con la que has bajado hoy. Esa me la debes a la mesa. No a su ticket.

Salí. Miller cerró. Vale esperaba dos metros más allá, las manos en los bolsillos, la sonrisa lista para convertirlo todo en un caso manejable.

—¿Cómo ha ido? —preguntó.

—Ha colaborado.

—Eso no responde lo que he oído por el grosor de la puerta. No palabras: el tono. El tono de ese hombre te busca la garganta.

—El tono de ese hombre es su trastorno.

Vale me miró el tiempo de un diagnóstico que no iba a escribir todavía.

—Viernes. Ocho. El italiano de la esquina de San Jude, no el comedor. Si Vox es una bomba, Serene, yo soy la salida de incendios. Úsala.

Asentí por no discutir en un pasillo con oídos. Él se adelantó hacia el ascensor de los vivos. Miller, a mi lado, chasqueó la lengua.

—La salida de incendios también se calienta, doctora. Tenga eso en cuenta cuando elija por qué escalera baja.

En el administrativo, en el cajón de mi escritorio, la hoja doblada donde yo había copiado a mano «Aegis Holdings / Sterling / 40 %» ya no estaba. En su lugar había un clip vacío y el olor débil de la colonia de la cafetería de arriba, o el olor de quien quería que yo pensara eso.

Cerré el cajón.

Mañana Vale estaría detrás del cristal.

Y Luciann, al otro lado, ya había decidido qué parte de mí no se iba a decir en voz alta.