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CAPÍTULO 5: Lo que falta

Bajo Observación 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 5: Lo que falta

El moratón amaneció más feo. El violáceo se había vuelto un amarillo sucio en los bordes, de esos que delatan la mano aunque la manga mienta, y me pasé diez minutos delante del espejo del baño cubriéndolo con una base que no estaba hecha para ocultar a Garza. El resultado fue una mancha mate, un poco gris, todavía visible si alguien decidía buscarla. Me abroché la bata hasta el último ojal, bajé la manga izquierda un centímetro más de lo razonable y me recogí el pelo con la misma rabia de los días anteriores, no por Luciann —me dije—, sino porque Vance había pronunciado la cinta y el nombre de pila en la misma frase.

En el vestíbulo del administrativo me esperaban dos hombres. Vale, con un café de tapa y la sonrisa que el día anterior había convertido en oferta de incendio. Y, a su lado, alguien a quien yo solo había oído como amenaza de relevo: el dr. Harrison, sesenta años bien llevados, bata más larga que la mía, la expresión de quien ha sobrevivido a demasiadas juntas para emocionarse con un interno famoso.

—Dra. Boonet —dijo Harrison, sin ofrecerme la mano—. Vance quiere que vea los primeros doce minutos. No entro. No firmo la sesión. Observo y me voy al siete, que es donde los pacientes todavía se parecen a un diagnóstico. ¿Le parece aceptable o prefiere que finjamos que esto es colegialidad?

—Aceptable —respondí.

Vale me tendió el vaso.

—No es el de Vance —repitió, como un estribillo útil—. Harrison, la dra. Boonet ha sostenido a Vox tres días. Eso ya es más que Dresner.

—Dresner sostenía a todo el mundo —contestó Harrison, y empezamos a caminar hacia el ascensor de Omega—. Hasta que no. He oído la cinta del nombre. He oído la del guardia. Lo que no he oído es una sola pregunta suya, doctora, que no le deje a él elegir el terreno. Eso, en forense, se llama pérdida de marco. Vale dice que puede recuperarlo desde el cristal. Yo digo que el cristal no cura el marco. Lo disimula.

En el cubículo de observación, el aire olía a plástico y a café frío. Harrison se sentó en la silla más lejos del vidrio, como si la distancia fuera un argumento. Vale se puso los auriculares sin pedirme permiso y me miró la manga con una atención que no era todavía un informe y ya no era cortesía.

—¿Te duele el brazo?

—No.

—Te lo has tapado.

—Hace frío en Omega.

—En Omega no hace el frío que da un moratón —dijo Vale, bajo, para que Harrison fingiera no oír—. Si Vox te pide verlo otra vez, no se lo enseñes. No le des esa liturgia. Hoy preguntas tú. Fecha, lugar, sueño, riesgo. Si nombra donantes, cortas. Si nombra a Sterling…

—No va a nombrar a Sterling delante de un cristal —mentí.

Harrison resopló.

—Ese hombre nombra lo que le sirve. Doce minutos. Luego me voy. Y, Vale, si la sesión se tuerce, no entras. Llamas a Miller. El heroísmo forense queda muy bien en un congreso y muy mal en un parte de defunción.

Miller nos abrió con la secuencia de siempre y, al pasar yo sola la línea del hormigón, murmuró sin mover los labios:

—Tres pares de oídos, doctora. El suyo, el del adjunto y el del que no quiere estar. No le regale ninguno.

Luciann ya estaba sentado. Encadenado. La cabeza no se le inclinó hasta que la puerta cerró. Entonces levantó la mirada y la recorrió en un orden que me encogió el estómago: el cristal a mi espalda, la manga demasiado baja, el moño, la grabadora, otra vez el cristal. Una sombra mínima le tocó la comisura. No era una sonrisa. Era inventario.

—Hoy hay público —dijo.

—Hay supervisión —corregí, sentándome, y encendí el aparato con un clic que quise firme—. Dr. Vale y dr. Harrison observan los primeros minutos. La sesión se ciñe a evaluación de riesgo.

—Harrison no va a durar doce. Se le ve desde aquí el deseo de no estar. Vale sí. Vale ha venido a mirarte la garganta mientras yo hablo.

—Señor Vox, fecha de hoy.

—Martes. O el día que la Junta ha decidido ponerte un cristal para no llamarlo miedo.

—Lugar.

—Una caja. Ustedes le dicen clínica.

—¿Ha dormido?

—Lo suficiente para oír cómo el edificio se cuenta mentiras a sí mismo.

Anoté la evasión. Detrás del vidrio, imaginé a Harrison mirando el reloj.

—El parte de Seguridad califica su conducta del domingo como amenaza homicida específica contra un empleado. ¿Mantiene esa amenaza?

—Mantengo la higiene —dijo Luciann—. Garza no te vuelve a tocar. El resto es burocracia.

—Eso no es un no.

—Tampoco es un espectáculo para Vale. Dile que se quite los auriculares si quiere oír lo que de verdad importa. Con ellos puestos solo le llega el loco que le pedí que le dieras.

El golpe me llegó bajo la bata. Ayer me había ordenado el silencio y el teatro. Hoy comprobaba si yo sabía representar.

—Hablemos de ideación. ¿Piensa en hacerse daño?

—No.

—¿Piensa en hacérselo a alguien de esta institución?

Luciann dejó pasar un segundo, bastante para que el cristal sudara.

—Pienso en salir. El resto depende de quién se interponga.

—Aegis —dije yo de pronto, y odié el temblor que me salió en la primera sílaba, porque no era una pregunta clínica y él lo supo antes de que yo terminara—. Ayer mencionó usted redes, cheques, un centro que no lo guarda: lo exhibe. Quiero que concrete, para el informe, si Aegis Holdings forma parte de su narrativa persecutoria o de un hecho que usted puede documentar.

Detrás de mí, el silencio del cubículo se volvió otra cosa. Luciann no miró el vidrio. Me miró a mí, lento, con una frialdad que era casi un elogio y casi un castigo.

—Preguntas por Aegis con testigos. Eso es valiente o estúpido. En tu caso, las dos.

—Responda.

—Aegis paga la luz. Sterling firma lo que no puede salir en un periódico. El papel que tú copiaste con tu letra pequeña ya no está en tu cajón. ¿Lo has comprobado o has preferido creer que se te perdió el clip?

Se me fue el aire sin que el pecho me diera permiso. Vale no podía oír el cajón. Harrison no podía oír el clip. Luciann acababa de meter mi hurto en una sala con cinta.

—No sé de qué papel habla.

—Mentir te sale peor cuando te aprietas la manga —dijo él, y la voz se le quedó baja, privada, casi íntima de tan cruel—. No me enseñes el brazo hoy. No se lo regales al cristal. Esconde el moratón si te hace sentir médica. No escondas lo otro: el archivo. Lo que buscaste en el sótano dos ya tiene dueño. Si vuelves a bajar, no va a estar.

—¿Qué no va a estar?

—El folio que te convence de que no estoy loco. El embargo. La casilla del cuarenta por ciento. Sterling no borra hombres primero. Borra papel.

Harrison se levantó al otro lado del vidrio. Lo supe porque Luciann alzó apenas la ceja, como quien cuenta asientos vacíos.

—Se ha ido —confirmó—. Once minutos. Te debe uno. Vale se queda. Vale se inclina. Vale está decidiendo si esto es transferencia o un delito de información. Dile después que he desvariado. Dile que Aegis es un delirio con membrete. Compra tiempo. No compres su cena con mi nombre en la boca.

—No voy a cenar con nadie para cubrirlo a usted.

—No me cubras. Cállate. Es distinto.

Miller tocó el cristal. Luciann no se movió.

—Una última, doctora, para que el adjunto duerma —añadió, más alto, de cara a la cinta—. Sí, oigo voces. Sí, creo que el senador me persigue. Sí, las cadenas me hablan de noche. ¿Queda así más cómodo el marco de Harrison?

Lo odié por la facilidad. Lo odié más por haberme dado, en la misma respiración, la única salida que yo iba a poder firmar.

—La sesión continúa mañana —dije—. Hoy queda consignada la ideación persecutoria y la ausencia de autolesión.

—Hoy queda consignada tu voz cuando has dicho Aegis —murmuró, solo para la distancia de un metro—. Te ha temblado. Vale lo ha oído. Ve al archivo antes de que él vaya. Si el papel sigue, corre. Si no está, no preguntes en voz alta quién lo ha sacado. Pregúntame mañana. Yo ya lo sé.

Salí con la bata pegada a la espalda. En el cubículo, Harrison ya no estaba. Vale se quitó los auriculares con una lentitud de juez de paz.

—Has dicho Aegis delante de él y delante de mí —empezó—. Eso no es pérdida de marco, Serene. Eso es meter un donante en una evaluación. Harrison se ha ido a escribir. Yo todavía no. Explícame qué es Aegis para ti y te ayudo a que Vance no lo convierta en expediente disciplinario.

—Para mí es un encabezado de partidas. Él lo ha tejido en su delirio. Yo he cometido el error de repetir la palabra.

Vale no se creyó el tono entero. Se le notó en la forma de mirarme la muñeca, no los ojos.

—El viernes sigue en pie. No como cita. Como contención tuya. Si Vox te está metiendo en una historia de cheques y senadores, necesitas a alguien que no esté encadenado para oírte. Yo puedo ser eso. O puedo ser el que firme que estás comprometida. Prefiero lo primero. No me obligues a lo segundo.

—¿Eso es un chantaje amable?

—Eso es una salida de incendios que empieza a tener fecha —dijo, y se apartó para dejarme el pasillo—. Yo subo con Harrison. Tú no bajes al sótano dos. Lo digo en serio.

Bajé.

El archivo olía igual: polvo, tóner, secreto. La encargada de mesa —una mujer de bata gris a la que yo no iba a convertir en confidente— ni levantó la vista cuando pasé la tarjeta. En el terminal, la carpeta de financiación abrió con el mismo menú de la víspera. Ministerio. Partidas. Donaciones.

Aegis Holdings ya no estaba.

No era un error de filtro. La línea había desaparecido. El porcentaje operativo, recálculado en pantalla, cerraba ahora en un cien por cien público que mentía con higiene. Busqué la orden de embargo de los muelles. El sistema devolvió un código de acceso denegado y, debajo, una nota automática: documento trasladado a archivo muerto / autorización Dirección .

El folio que Luciann había prometido no estuvo. Tampoco estuvo la copia que yo no había tenido tiempo de imprimir.

Alguien tosió detrás de una estantería. No me giré de inmediato. Cuando lo hice, el pasillo de cajas estaba vacío, y en el lector de tarjetas parpadeaba todavía mi nombre, la hora, el sótano dos. Ocho minutos de consulta. Exactamente el tiempo que Miller, más tarde, en el control de Omega, me diría que las cámaras del archivo habían «estado en mantenimiento».

Subí los tramos de dos en dos. En mi despacho, sobre el escritorio de caoba, había un formulario nuevo, ya sellado, que yo no había rellenado: solicitud de acceso a expediente de donante — dra. S. Boonet . La firma del pie no era la mía. Se parecía. Lo bastante como para sostenerse en una junta. Lo bastante poco como para que yo supiera que alguien quería que fuera mía.

El teléfono interno sonó.

—Doctora —dijo Miller, sin saludo—. Harrison ha dejado nota en Dirección. Vale ha pedido copia de la cinta de hoy. Y Vox, cuando lo hemos devuelto a celda, ha dicho una sola cosa para que yo se la transmita, si usted me permite el recado irregular.

Apreté el sello falso contra la mesa.

—Dígalo.

—Ha dicho: «Que no cene. Que baje mañana. Que el papel ya no está, y el siguiente que falte no va a ser de tinta.»

Colgué.

El moratón me latía bajo la base barata, escondido, inútil. Vale tendría la cinta. Harrison tendría el marco. Sterling —o quien firmara por él— ya tenía el archivo.

Y Luciann, en el pabellón cero, tenía la próxima frase.

Yo, de momento, tenía un formulario que no había pedido y un viernes que de pronto olía a trampa por los dos lados.