CAPÍTULO 6: El traslado
Dormí con el formulario falso debajo de la lámpara, como si la luz pudiera impedir que la firma se pareciera más a la mía mientras yo parpadeaba. El recado de Miller se me había quedado en la habitación con la misma insistencia que la voz del primer día: que no cenara, que bajara mañana, que el papel ya no estaba y que lo siguiente que faltara no iba a ser de tinta. A las siete me vestí para Omega, me cubrí el moratón con la misma base inútil y bajé al administrativo decidida a cruzar primero el pabellón cero, antes de que Vale convirtiera la cinta de Aegis en un café con fecha.
No llegué a la galería.
Vance me interceptó en el rellano del tercero, sin vaso en la mano y con esa cara de quien ha leído de madrugada algo que no quería leer. Detrás de él venía Vale, y un poco más atrás Harrison, ya con la carpeta bajo el brazo, como si el siete pudiera esperar siempre que hubiera un nombre sucio que redactar.
—No bajas —dijo Vance—. No todavía. Harrison dejó nota anoche. Vale pidió copia de la cinta. Y Dirección amaneció con una solicitud de acceso a donantes sellada a tu nombre. La Junta se reúne ahora. El asunto ya no es una sesión, Serene. Es si Vox sigue en Omega cuando anochezca.
Me detuve en el pasamanos y sentí cómo el recado de Luciann se me volvía contra el reloj.
—Esa solicitud no la rellené yo.
—Eso dirás arriba —contestó Harrison, sin ofrecerme siquiera el saludo de la víspera—. Yo he escrito otra cosa: que la dra. Boonet nombró a Aegis delante del interno y del cristal, que perdió el marco, y que el paciente cero ha encontrado por fin una interlocutora lo bastante útil como para no convenirle esta ala. El siete tiene cajas sin mesa y sin ella. Eso, para la Junta, es higiene.
Vale me miró la manga, no los ojos, y habló con esa suavidad que ya me resultaba más peligrosa que un grito.
—No es una traición. Es lo que intenté evitarte cuando te dije que no bajaras al sótano dos. Has bajado. El papel no está. El formulario sí. Si no vamos juntos a esa sala y hablas como médica, Soler lo saca hoy mismo y a ti te dejan firmando informes de dieta en planta.
—¿Soler?
—Irene Soler, secretaría de la Junta Ejecutiva —dijo Vance, ya empujándome hacia el ascensor de los cristales—. No es clínica. Traduce lo de abajo a un lenguaje que los donantes puedan firmar. Esta mañana Aegis ha vuelto a llamar. Han preguntado si el problema del puerto sigue bajo el mismo techo. No lo han preguntado por tu folio, Serene. Lo han preguntado porque alguien les ha hecho saber que el folio se buscó.
En la sala del cuarto piso el sol de los aparcamientos fingía que San Jude era un hospital. Soler estaba ya sentada, traje negro, carpeta delgada, y se presentó con la misma sequedad con la que se presenta una factura: nombre, cargo, ninguna amistad que el lector tuviera que haber visto antes. Vale me acercó una silla. No me tocó. La geometría de sus manos, sin embargo, decía que habría preferido tocarme antes que dejarme hablar.
—Resumen para quien acaba de entrar —dijo Soler—. El interno Vox amenazó a un guardia, fatiga anclajes, nombra financiadores en cinta y arrastra a una adjunto hasta un archivo que luego aparece mutilado. Harrison recomienda traslado inmediato a la unidad siete, con contención química si hace falta. El doctor Vale no se opone a un traslado temporal. Vance pedía veinticuatro horas. Yo no las tengo. Tengo la llamada de las siete y un acta que debe poder enseñarse.
Me senté y apoyé las manos encima de la mesa para que no se viera el temblor que no era solo miedo institucional. Lo que me subía a la garganta era la imagen de la silla vacía en Omega, de la hora de las diez sin esa mirada gris, de Vale ofreciéndome un mantel mientras un camión se llevaba la única conversación que me había dejado sin sueño. Aun así, cuando abrí la boca, me exigí el tono de la bata.
—Si lo trasladan esta tarde, no están conteniendo un brote. No hay brote. Hay una amenaza condicionada a que Garza no vuelva a ponerme la mano encima, un folio de donantes que ayer desapareció del sistema y una solicitud con mi nombre que yo no firmé. Moverlo ahora, el mismo día en que Aegis pregunta por el puerto, no es higiene. Es tapar.
Harrison soltó una risa que no buscaba cómplices.
—Ahí está. Ya no habla como médica. Habla como abogada del hombre de la cuchara. ¿Se oye, Vance? Ha dicho tapar. Ha dicho folio. Ha puesto a la institución al lado de un asesino porque el asesino le dice Serene con esa voz.
—He puesto a la institución donde la ha puesto su propia cinta —respondí—. Ayer, en esa misma cinta, Vox aceptó el delirio que Harrison necesitaba para dormir. Yo repetí Aegis porque el archivo me había dado la razón la mañana anterior y porque mentir en un acta me parece más sucio que él. Si eso es pérdida de marco, anótelo. No anote que está loco el día que les conviene un camión.
Vale inclinó el cuerpo hacia mí, lo bastante cerca para que le oliera otra vez el café de tapa, lo bastante lejos para no parecer un marido en una junta.
—Serene, para. Les estás dando la foto: la doctora joven defendiendo al Fantasma el mismo día en que su tarjeta abre un archivo vacío. Yo puedo votar horas. Puedo votar cristal todos los días. No puedo votar que te quedes sola con él mientras Soler tiene a Aegis al teléfono y tú me niegas hasta una cena en la que podrías explicarme esto sin que él te dicte el silencio.
—Entonces vote las horas y no el camión.
—No voto tu cuello —dijo Vale, y por primera vez se le oyó el celo debajo de la educación—. Ese cuello se te pone recto cuando él pronuncia tu nombre y se te pone terco cuando yo te ofrezco una calle. Eso también es un diagnóstico.
Soler cerró la carpeta.
—Cuarenta y ocho es demasiado. Doce horas. Sale al alba. Hasta entonces, Omega con protocolo de traslado, dos armados en puerta y ninguna sesión que no esté supervisada. Dra. Boonet, su oposición consta. Si esta noche falta otro papel, o si Vox vuelve a nombrar a quien paga la luz, el alba se adelanta y su acreditación se revisa.
Vance no me miró como se mira a una heroína. Me miró como se mira un incendio que todavía se puede achicar con un parte.
—Ve abajo y dile que se acaba. Miller te abre. Vale observa. Harrison se queda a redactar lo de siempre: que has antepuesto el vínculo al criterio.
Bajamos el primer tramo sin hablar. En el segundo, Vale no resistió la costumbre de convertir el miedo en una cita.
—Has hecho lo que él habría escrito si firmara actas. Te has expuesto por un hombre que ayer te mandó callar y no cenar. Yo te pedí que no bajaras al archivo. Bajaste. Yo te pedí el viernes. Lo estás usando para comprarle una noche. Dime al menos que lo sabes.
—Sé que el papel ya no está y que el formulario quiere ser mío —dije—. Lo demás, Vale, no se lo debo a su mantel.
Miller nos esperaba en el control con la orden todavía caliente y dos fusiles que no eran los de la víspera. No saludó. Puso el pliego entre Vale y yo como quien separa a dos personas a punto de decir demasiado.
—Doce horas. Alba. Ha pedido verla. No ha pedido ver al adjunto. Hoy cruza usted, doctora. El de la sonrisa se queda al cristal. Y, por si el recado de anoche se le ha olvidado: él ya sabe que ha hablado arriba. Las rejillas de este edificio son unas chismosas de cuidado.
La puerta se abrió. Luciann no estaba sentado del todo; tenía las muñecas en la barra y el cuerpo adelantado, como si el hormigón le hubiera contado la Junta antes que yo. Los ojos grises me recorrieron el moño, la manga, la boca, y después midieron el hueco que Vale no había cruzado. En ese repaso había una posesión que no necesitaba ponerse de pie.
—Has hablado por mí —dijo, antes de que la carpeta tocara el metal—. En un cuarto con ventanas. Has usado tapar y prueba y folio, que son las palabras que ayer te pedí que no llevaras arriba. Te has puesto en el acta al lado de mi nombre, Serene, y eso no es el favor que yo te pedí cuando te dije que bajaras.
Me senté porque el temblor, de pie, le habría pertenecido entero. El metro de mesa olía a humo frío y a hierro, y ese olor me resultó más íntimo que el café de Vale en el pasillo.
—Ayer desapareció Aegis del sistema. Esta mañana había un formulario con mi firma falsa en el escritorio. Harrison ha escrito. Vale tiene la cinta. Aegis ha llamado a las siete para preguntar por el puerto. La Junta quiere el siete. Yo he comprado el alba. No he comprado su gratitud.
—No me debe gratitud. Me debe no convertir su cuello en el segundo folio que falta —dijo él, y la voz se le quedó baja, privada, de esa crueldad que me buscaba la boca sin tocarla—. Te mandé callar. Hablaste. Te mandé no cenar. Vale sigue oliendo a viernes en tu bata. Estás desobedeciendo en todas las direcciones menos en la que importa: has venido.
—He venido porque me lo pidió.
—Has venido porque la idea de esta silla vacía te ha sentado peor que Soler —corrigió, y por un instante me sostuvo la mirada con una intensidad que no podía firmarse en ningún informe—. No lo vuelvas a decir arriba. Dilo aquí. Aquí no hay ventanas y aquí el adjunto no puede ofrecerte un mantel para que se te olvide cómo te tiembla la mano cuando pronuncio tu nombre.
Miller golpeó desde fuera pidiendo los diez minutos del pliego. Luciann no giró la cabeza. Solo bajó los ojos a mi manga escondida y volvió a subirlos con una lentitud que me dejó el pulso a la vista.
—Que lea Vale la orden. Que practique de dueño. A ti te queda una noche. No la gastes en el italiano. No te interpongas en el muelle con el cuerpo cuando arranquen. El cuerpo que se interponga voy a ser yo, aunque estas barras digan lo contrario. Tú baja si puedes. Tú no firmes lo que Soler te ponga delante. Y si Vale te vuelve a hablar de salvación, recuérdale que ayer te tembló la voz con Aegis y no con su ticket.
Me levanté con la grabadora todavía encendida, inútil. Antes de llegar a la puerta, él añadió, para el metro que los testigos no iban a transcribir bien:
—No te pedí que me defendieras. Te pedí que volvieras. Son cosas distintas. La primera te pone en el acta. La segunda me sirve. No las mezcles otra vez, pequeña doctora. El fuego por el que te metí en esto se derrama aquí, no delante de quien paga la luz.
Salí. Vale me esperaba con el pliego y una rabia que, de cerca, se parecía a los celos de un hombre que todavía se cree la opción sana.
—Ha pedido que lo lea yo. Qué guerra. Has salido como si el camión te lo fueran a hacer a ti.
—El camión se lo hacen a él porque yo nombré Aegis y porque el archivo ahora quiere mi firma —dije—. Eso no es una cita, Adrián. Es un plazo.
—El viernes sigue siendo una cita —contestó él, y retuvo el borde del papel como si pudiera retenerme—. O vienes y me cuentas el folio sin que él te dicte el silencio, o el lunes firmo con Harrison. No porque quiera hundirte. Porque no voy a mirar cómo te desaparece la letra por un hombre que solo te toca el aire.
Miller carraspeó a nuestra espalda.
—Recado para usted sola. Dice que el siguiente folio no será de tinta. Que no cene. Que la noche que le ha comprado no se la gaste en un mantel. Y que, si el alba se adelanta, no se ponga delante del camión. Que se ponga delante de él.
El moratón me latía bajo la base. Arriba, el acta ya tenía nuestros nombres juntos. Abajo, las cadenas aguantaban hasta el amanecer porque yo había hablado de más.
Esta vez entendí la trama entera: el papel que faltaba ayer había convocado el camión de hoy, y el camión de hoy me había dejado a un metro de un hombre que no me agradecía la defensa, me la cobraba en horas, en cenas prohibidas y en la orden oscura de volver.