CAPÍTULO 7: El auditor
No dormí la noche que le había comprado. El formulario falso seguía bajo la lámpara, el moratón me latía bajo la base barata y el recado de Miller se me repetía con la voz de Luciann, no con la suya: que no cenara, que no me pusiera delante del camión, que el cuerpo que se interpusiera iba a ser el suyo. A las cinco y diez bajé igualmente al muelle interno, porque la idea de no ver cómo se lo llevaban me resultaba más indecente que desobedecerlo.
El muelle no era un puerto. Era un garaje de hormigón bajo el ala norte, con una furgonela blanca ya en marcha y dos guardias que no me conocían de Omega. Miller estaba junto a la rampa, chaleco puesto, la orden doblada en la mano. Vale llegó un minuto después que yo, con el café de tapa y esa cara de quien ha ensayado la decepción antes de encontrarme.
—Te dije que no aparecieras —dijo, y no fue un saludo—. Harrison va a sumar el párrafo. Soler va a decir que has venido a despedirte de un interno. Y yo voy a tener que explicar por qué la mujer a la que invité a cenar prefiere el alba de un camión a una calle.
—No he venido a despedirme —mentí, y la mentira se me notó en la forma de mirar la puerta lateral, por donde todavía no salía nadie—. He venido a comprobar que el traslado es un traslado y no otra firma que no es mía.
Miller no sonrió.
—El camión es un camión, doctora. Lo que no es de protocolo es usted. Si él la ve aquí, va a tomar nota. Si Soler la ve aquí, también. Quédese detrás de la columna o súbase. No se quede en medio, que es donde se rompe la gente.
No me subí. Me quedé donde el hormigón me dejaba ver la puerta y no donde Vale pudiera tomarme del codo. A las cinco y veinticinco la puerta se abrió y no salió Luciann. Salió Irene Soler, y detrás de ella un hombre que el edificio no había tenido la decencia de anunciarme.
Era alto, de traje oscuro demasiado bueno para un garaje, con una carpeta de cuero y una acreditación de visitante que todavía no había pasado por el plástico del control. Se detuvo a dos pasos de la furgonela, miró el motor en marcha como se mira un error de presupuesto y habló antes de que nadie le preguntara el nombre.
—Elías Caine. Abogado externo de Aegis Holdings. Me han enviado a auditar la contención del interno Vox, no a firmar su paseo. Apaguen el motor. El traslado queda suspendido hasta que yo haya visto la sala, la cinta y a la facultativo que ayer nombró a mi cliente en una junta.
Soler no discutió. Hizo un gesto y el conductor apagó el motor. El silencio que quedó fue peor que el ruido, porque en ese silencio Vale me miró como si Caine acabara de confirmarle un miedo, y Miller dobló la orden con una lentitud que no era alivio.
—¿Cliente? —pregunté, y odié que la voz me saliera antes de la prudencia.
Caine giró hacia mí. Tenía los ojos claros, la sonrisa de quien cobra por no alzarla, y una atención que no era la de Vale ni la de Luciann: era la de un hombre que ya ha decidido qué pieza sobra.
—Aegis financia este techo, doctora Boonet. Cuando el techo habla de nosotros en una cinta, el techo nos debe una explicación. Usted es la explicación de esta mañana. No se marche. Quiero oír, en presencia del interno, qué entiende usted por embargo, por folio y por puerto.
—Eso no es una auditoría —dijo Vale, y por una vez estuvo de mi lado sin convertirlo en una cita—. Es un interrogatorio. La doctora no declara delante de un interno ni delante de un abogado de donante.
—Declara donde yo diga, o el camión vuelve a arrancar con otra orden y con su nombre en la copia —contestó Caine, sin mirarlo—. Miller, traiga a Vox. Encadenado. Sin teatro. Doctora, usted se queda donde está. Si abre la boca antes de que yo se la abra, consideraré que la junta de ayer no fue un error clínico. Fue una filtración.
Me quedé. No porque él me lo ordenara, sino porque Luciann iba a cruzar esa puerta y yo necesitaba verle la cara cuando entendiera que el alba no se lo llevaba, que se lo devolvía a la misma jaula con un hombre nuevo encima. Vale se colocó a mi izquierda, demasiado cerca, y bajó la voz hasta el oído.
—No le des el puerto. No le des el cajón. No le des el moratón. Si te pregunta por él, di que es un paciente. Si te tiembla la boca, mírame a mí.
No le prometí nada. La puerta lateral se abrió otra vez y salieron dos guardias, y entre ellos Luciann, con el traje gris de contención, las muñecas sujetas delante y los tobillos unidos por una cadena corta que le medía el paso. No iba drogado. Iba despierto, y eso era peor, porque me encontró enseguida, en la columna, donde yo no debía estar, y la mirada se le quedó un segundo de más en mi boca antes de pasar a Caine, a Soler, a la furgonela apagada y otra vez a mí.
El aire del garaje cambió de densidad sin que nadie lo nombrara. Él no sonrió. No hizo el espectáculo que Harrison habría querido para el parte. Se detuvo donde la cadena se lo permitió, a tres pasos de mí, y el olor a humo frío y a hierro me llegó igual que en la sala, indecente de tan familiar.
—Veo que no has cenado —dijo, solo para mí, con esa voz baja que no necesitaba alzar para ocupar un garaje entero.
—No he venido a cenar —contesté, y Vale se tensó a mi lado como si la frase le perteneciera.
Caine se adelantó un paso, midiendo la distancia entre Luciann y yo con una precisión que me dio más miedo que los fusiles.
—Señor Vox. Soy el abogado de la firma que sostiene este edificio. El traslado queda en suspenso porque moverlo ahora sería regalarle un pasillo a quien ya habla de más. Usted se queda en Omega. La doctora Boonet va a explicarme, delante de usted, qué fue a buscar al archivo y por qué ayer usó la palabra prueba en una junta.
Luciann no lo miró al principio. Me miró a mí, y en esa mirada había la orden de siempre, la rabia de haberme encontrado en el muelle y algo más oscuro, más quieto, que no iba a nombrar delante de un abogado.
—No tiene nada que explicar —dijo.
—Eso lo decido yo —replicó Caine—. Doctora, el folio de Aegis desapareció después de su tarjeta. La solicitud de acceso lleva una firma que se parece a la suya. ¿La reconoce?
Abrí la boca. Iba a decir que no era mía, que el embargo tenía el nombre de Sterling, que el almacén no era un delirio. Iba a darle exactamente el puerto que Vale me había pedido que no le diera, porque el silencio me parecía, en ese segundo, una forma de dejar solo a Luciann delante del hombre que pagaba la luz.
Luciann habló antes.
—Cállate, Serene.
No fue un grito. Fue una frase sola, baja, absoluta, dicha con la misma higiene con la que me había pedido el pelo suelto y me había prohibido el mantel. El garaje entero la oyó. Vale dio un paso. Miller no se movió. Caine entornó los ojos, interesado de una manera que no tenía nada de legal.
Yo me callé. No porque el protocolo me lo exigiera, sino porque esa boca acababa de ponerme el silencio en el cuerpo y el cuerpo había obedecido antes que la bata. El calor me subió a la garganta con una falta de vergüenza que el alba no merecía. Él no me había tocado. Me había cerrado la frase, y eso era más íntimo que la mano de Garza en el brazo.
—Interesante —murmuró Caine—. El interno le da órdenes y la facultativo las cumple. Eso no es contención, doctora. Eso es otra cosa, y esa otra cosa me importa más que el camión.
—Es un paciente que intenta dirigir la sala —dije, y la voz me salió tarde, ronca, poco convincente hasta para mí—. No le debo obediencia.
—Se la acaba de deber —contestó Caine—. Señor Vox, va a volver a su caja. Doctora Boonet, mañana a las nueve en el despacho de Soler. Traiga lo que crea que no firmó. Si no viene, el traslado se reactiva y su acreditación se archiva con el folio. Vale, usted puede acompañarla si le tranquiliza hacer de niñera. No va a entrar en la reunión.
Luciann dio el paso que la cadena le permitía. No llegó a tocarme. El eslabón de la muñeca rozó el aire a un centímetro de mi manga, el mismo centímetro del dedo que no había llegado a la mejilla, y yo sentí el calor como si el hierro condujera. Vale lo vio. Caine lo vio. Miller apartó la vista con la discreción de quien ya ha decidido no declarar eso.
—No subas a esa reunión con la boca abierta —dijo Luciann, todavía para mí, como si el abogado fuera un mueble—. No le des el puerto. No le des el cajón. No le des el brazo. Si te pregunta por qué te has callado, dile que te doy miedo. Es la única mentira que ese hombre va a querer creer.
—Y si no me da miedo —susurré.
—Entonces mientes mejor —dijo él, y por un instante la mirada se le quedó en mi boca con una hambre que no era clínica y que el garaje entero podía malinterpretar como amenaza—. Vuelve a la sala. No al muelle. El muelle es de ellos. La sala, mientras yo esté encadenado en ella, sigue siendo el único sitio donde puedes temblar sin que te lo facturen.
Los guardias tiraron de la cadena. Él no forcejeó. Se dejó llevar hacia la puerta lateral con esa calma de depredador que espera, y antes de cruzar giró apenas la cara, lo justo para que yo entendiera que la suspensión del camión no era una victoria. Era una noche más que alguien iba a cobrarnos.
Vale esperó a que la puerta cerrara para hablar, y cuando habló ya no era el de la salida de incendios. Era un hombre herido en el sitio exacto donde yo había obedecido a otro.
—Te ha dicho que te calles y te has callado. Delante de mí. Delante de un abogado de Aegis. Eso no es miedo profesional, Serene. Eso es lo que yo te pedí que no le regalaras.
—Me ha impedido decir una estupidez.
—Te ha impedido decir la verdad, que es distinto, y tú se lo has agradecido con la boca cerrada —dijo Vale, y el café se le había enfriado en la mano—. El viernes sigue en pie. Si no vienes, no firmo solo con Harrison. Firmo que estás comprometida, porque acabo de verlo. Caine también lo ha visto. La diferencia es que yo todavía quiero sacarte. Él quiere usarte.
Soler pasó a nuestro lado sin detenerse.
—Nueve en punto, doctora. No llegue con poesías. Llegue con papeles, o no llegue.
Me quedé en el garaje hasta que el motor no volvió a arrancar. Miller se acercó lo justo para no parecer un aliado.
—Se ha callado cuando él se lo ha pedido. Eso, en mi turno, es una línea roja que no está pintada en el suelo. Mañana, si entra en el despacho de Soler, no lleve el moratón a la vista y no lleve el nombre de él en la primera frase. Caine cobra por oír lo que la gente no quería decir.
Subí al administrativo con el alba ya gastada y el camión quieto. En el escritorio, encima del formulario falso, alguien había dejado una tarjeta nueva, sin sobre: Elías Caine, Aegis Holdings, y una hora subrayada. Debajo, con una letra que no era la de Vale ni la de Vance, había una sola línea.
Si vuelve a obedecerle en voz alta, el siguiente traslado no será el de él.No reconocí la mano. Reconocí el efecto. Me senté, me subí la manga y miré el moratón como si todavía pudiera explicarme la diferencia entre una orden clínica y la frase que me había cerrado la boca en un garaje lleno de testigos.
No podía.
Y eso, más que Caine, más que el camión suspendido, era lo que iba a tener que llevarme a las nueve.