CAPÍTULO 8: El cacheo
A las nueve menos cinco el moratón seguía bajo la manga y la tarjeta de Caine seguía en el bolsillo, con esa línea que no era de Vale ni de Vance: si volvía a obedecerle en voz alta, el siguiente traslado no iba a ser el de él. Subí al despacho de Soler decidida a no regalarle el puerto, el cajón ni el brazo, y a no decir su nombre en la primera frase, como Miller me había pedido en el garaje.
Soler no estaba sola. Caine ocupaba la silla de las visitas como si el despacho ya fuera una sala de su firma, y junto a la puerta, con el parte en la mano y la sonrisa de siempre un poco más sucia, esperaba Garza. No debería haber estado en el cuarto piso. El hecho de que estuviera me dijo, antes de que nadie hablara, que el cacheo no iba a ser una metáfora.
—Siéntese, doctora —dijo Soler—. El señor Caine quiere papeles. El guardia Garza quiere constancia. Yo quiero que esta reunión acabe sin que Aegis vuelva a llamar antes del mediodía.
Me senté. Garza no se sentó. Se quedó de pie, lo bastante cerca para que yo recordara el peso de su mano en el brazo izquierdo, y dejó el parte sobre la mesa con un cuidado que pretendía ser oficial.
—Anoche registramos su taquilla, doctora Boonet. Protocolo de traslado suspendido, riesgo de filtración. En el bolsillo interior de la bata de repuesto había una copia manuscrita de una partida de donantes. No es el original. Es su letra. Y en el informe de incidentes he añadido que usted provocó el contacto del domingo al negarse a salir cuando se le ordenó, y que el interno reaccionó porque usted se lo permitió.
La mentira era tan limpia que durante un segundo no supe qué parte negar primero. Yo no había dejado ninguna copia en la taquilla. La hoja del cajón había desaparecido días atrás. Alguien la había movido, o alguien la había escrito otra vez con una caligrafía que se parecía a la mía lo bastante para un parte.
—Esa copia no la puse yo —dije—. Y el domingo usted me agarró del brazo antes de que la sesión terminara. El moratón sigue ahí. Si quiere constancia, súbase la suya a una inspección, no la mía a un parte falso.
Garza sonrió.
—El parte ya está firmado. Lo que falta es el cacheo de ahora, porque Caine no se fía de una taquilla y Soler no se fía de una adjunto que obedece a un interno en un garaje. Manga arriba. Bolsillos. Si lleva algo encima, mejor que salga aquí y no en Omega.
Caine no alzó la voz. Cruzó las manos sobre la carpeta y me miró como se mira una cerradura que ya ha decidido forzar con educación.
—No es un castigo, doctora. Es higiene. Ayer se calló cuando Vox se lo pidió. Hoy quiero saber si ese silencio venía con papeles. Garza procede. Yo miro. Soler firma. Si no hay nada, seguimos hablando del folio. Si hay algo, el camión deja de estar suspendido.
Vale entró sin llamar, y por una vez agradecí la interrupción antes de odiarla. Traía la acreditación a medio colgar y la cara de quien ha corrido un pasillo para llegar a tiempo a una humillación.
—No hay cacheo sin testigo clínico —dijo—. Y no hay testigo clínico que acepte que el mismo guardia que le dejó la marca le ponga otra vez las manos encima. Si hay que vaciar bolsillos, los vacía Miller o los vacío yo. Garza se queda donde está.
—El doctor Vale tiene un interés poco forense en la doctora —murmuró Garza—. Eso también puede ir al parte.
—Póngalo —contestó Vale, y me miró de una forma que ya no era solo la salida de incendios—. Serene, levántate, vacía la bata delante de mí y acabemos con esto. No le des el brazo. No le des el puerto. Dámelos a mí, que es la única manera de que no acaben en la carpeta de este hombre.
Me levanté. Saqué la tarjeta de Caine, la pluma, la grabadora apagada y el formulario falso que había llevado precisamente para decir que no era mío. Garza alargó la mano hacia la manga. Vale se la cortó con el cuerpo, no con un golpe, y el roce me llegó igual, indecente, porque durante un segundo tuve delante al hombre que quería salvarme y en la memoria al que me había cerrado la boca en el muelle.
—La manga —dijo Caine.
Me la subí yo. El moratón, ya amarillo en los bordes, quedó a la vista de Soler, de Caine y de Garza, que ni parpadeó. Vale sí. Se le tensó la boca de una manera que no supe si era rabia contra Garza o rabia contra el hecho de que Luciann hubiera visto esa marca antes que él.
—Esto no es una filtración —dije—. Esto es su mano. Y la copia de la taquilla no es mía. Si quieren un folio, búsquenlo en quien movió Aegis del sistema el mismo día que apareció una solicitud con mi firma.
Caine recogió el formulario, lo miró un segundo y lo devolvió a la mesa como quien devuelve una prueba que todavía no le sirve.
—Basta por hoy. Garza, retire el cacheo de persona. El de la taquilla queda. Doctora, no baja a Omega hasta que yo lo diga. Doctor Vale, acompáñela a su despacho y procure que no obedezca a nadie que no firme nóminas.
No obedecí del todo. Bajé igualmente, porque el parte falso me quemaba más que la prohibición, y porque necesitaba que Luciann supiera que Garza había vuelto a poner mi nombre en un papel. Miller me abrió sin preguntar demasiado. En el control, dos guardias nuevos hablaban bajo y se callaron cuando pasé, y esa callada ya era el miedo que todavía no tenía dueño.
Luciann estaba sentado. Encadenado. Dueño. Me miró la manga, que yo había vuelto a bajar, y después me miró la boca, como si pudiera leer en ella el cacheo que no había visto.
—Te han puesto las manos encima otra vez —dijo.
—No han llegado. Vale se ha puesto en medio. Garza ha firmado un parte en el que yo provoqué el domingo y ha encontrado en mi taquilla una copia que yo no dejé. Caine ha suspendido el cacheo de persona y me ha prohibido bajar. He bajado igual.
Luciann no sonrió. Apoyó las muñecas en la barra y se inclinó ese centímetro que convertía la mesa en una distancia indecente.
—Vale se ha puesto en medio. Qué útil. Qué a tiempo. Qué forma de cobrarte el silencio del muelle con su cuerpo.
—Me ha evitado otra marca.
—Te ha evitado a Garza para ponerte a él —corrigió, y la voz se le quedó baja, privada, de esa crueldad que me buscaba el pulso sin tomármelo—. Escúchame, porque no voy a repetirlo delante de Caine. Garza no vuelve a firmar tu nombre. No voy a salir. No hace falta. Este edificio tiene turnos, y los turnos tienen miedo, y el miedo se contagia más rápido que una orden de traslado.
—No le pida a nadie que le haga el trabajo sucio.
—No se lo estoy pidiendo a nadie. Se lo estoy diciendo a ti, para que cuando el pasillo se calle no creas que ha sido un milagro. Ha sido higiene. La misma que te pedí cuando te dije que te callaras.
Me quedé de pie, con las manos en el borde de la mesa, sin sentarme, porque sentarme era aceptar que la sesión existía y Caine me la había quitado. Él miró esa elección y no me ordenó la silla. Peor: me la dejó.
—Arriba te han enseñado el brazo —dijo—. Aquí no hace falta. Ya sé cómo está. Ya sé quién lo hizo. Y ya sé que has obedecido a Vale en el despacho y a mí en el garaje, y que las dos obediencias te están rompiendo la letra. Elige una. La otra te va a costar el cuello.
—No elijo un dueño.
—Ya has elegido una boca —murmuró—. En el muelle. Delante de un abogado. No me lo niegues ahora, que se te nota en cómo has bajado corriendo a contármelo.
Miller golpeó el cristal antes de que yo encontrara una respuesta que no fuera una confesión. Luciann no apartó los ojos de los míos.
—Sal. No cenes. No firmes el parte de Garza. Y si Caine te vuelve a preguntar por qué te callaste, dile que te doy miedo. Esta noche el ala va a entender por qué.
Salí. En el control, uno de los guardias nuevos tenía el parte de Garza en la pantalla y no quería tocarlo. Miller me acompañó hasta el ascensor sin el recado de siempre, y eso, viniendo de él, era una forma de aviso.
A media tarde el miedo ya tenía pasillo. Garza no apareció en el comedor de personal. Su taquilla, según contó una enfermera a la que yo no iba a convertir en confidente, había amanecido abierta y vacía de placas, y nadie quería ser el primero en entrar en Omega a cambiar el agua. Vale me encontró en el despacho, con el café intacto y la cena del viernes todavía en la boca como una deuda.
—El ala está rara —dijo—. Garza ha pedido la baja por amenaza no especificada. Nadie ha visto a Vox salir. Nadie ha visto una mano. Y aun así el parte contra ti ha desaparecido del sistema a las tres y diez. Eso no es clínica, Serene. Eso es un hombre que te está limpiando el nombre desde una jaula, y tú lo estás mirando como si fuera cuidado.
—Es una coincidencia.
—Es la segunda vez que te cierra la boca y el edificio obedece —contestó Vale, y se sentó en el borde de mi mesa, demasiado cerca, demasiado legal—. Viernes. Ocho. Si no vienes, firmo con Harrison y con Caine. No porque quiera entregarte. Porque acabo de entender que, si no te saco yo, te va a sacar él, y no hacia una calle.
No le dije que sí. Tampoco le dije que no. Cuando se fue, el teléfono interno sonó y Miller no se molestó en saludar.
—No ha salido. No ha pedido nada. A las tres ha dicho, en voz alta, que el parte de Garza era papel mojado y que el siguiente que firmara su nombre iba a descubrir lo que pesa una cadena sin necesidad de romperla. Los del control lo han oído. Desde entonces nadie quiere el tramo. Recado para usted: que no agradezca. Que baje mañana. Que el miedo del pasillo no es un regalo. Es un recordatorio de quién manda en la sala cuando usted tiembla.
Colgué. En el bolsillo, la tarjeta de Caine y la línea anónima seguían juntas, y ninguna de las dos me explicaba por qué el alivio me había llegado antes que el susto. Garza me había atacado con un parte. Luciann no había salido. El pasillo, aun así, ya no pronunciaba mi nombre en voz alta.
Y yo, sentada en el despacho con la manga bajada, supe que mañana iba a bajar otra vez, no a agradecerle el miedo, sino a verle la cara cuando me negara a llamarlo cuidado.