CAPÍTULO 9: La cinta de mañana
Bajé al día siguiente sin el agradecimiento que él me había prohibido y con el moratón ya más sombra que marca. En el control de Omega el miedo de la víspera no se había ido: los guardias hablaban menos, Garza no estaba en el cuadrante y Miller me abrió la secuencia con una cara de quien ha pasado la noche oyendo cadenas que no se rompían y aun así no quería entrar a cambiar el agua.
—No ha pedido sesión —dijo—. Ha pedido que baje usted. Caine ha dejado dicho que no hay grabadora hasta que él revise el protocolo. Yo la grabadora se la dejo igual, porque sin cinta Vance me come. Lo que no le prometo es que la cinta de mañana siga siendo una cinta de médico y paciente.
—¿Qué cambia mañana?
—Eso pregúnteselo a él. Y no le dé las gracias por Garza. Se lo ha tomado como una ofensa antes de que usted abriera la boca.
Entré. Luciann estaba sentado, encadenado, y me miró como se mira a alguien que ha vuelto demasiado pronto y demasiado tarde a la vez. No hubo saludo. Hubo inventario: la manga, la boca, la ausencia de Vale en el umbral, la grabadora que yo todavía no había encendido.
—No vengo a agradecerte el pasillo —dije, y el tuteo se me escapó antes de la bata—. Vengo a decirte que limpiarme el nombre desde una jaula no es cuidado. Es otra forma de ponerme en tu acta.
—Siéntate —contestó él, y no recogió el tuteo ni lo rechazó; lo dejó en el aire como se deja una puerta mal cerrada—. El cuidado es lo que Vale te ofrece con un ticket. Esto es higiene. Garza firmó tu nombre. El nombre ha dejado de estar. Si quieres llamarlo otra cosa, llámalo delante de Caine y mira cuánto tarda el camión en volver.
Me senté. Encendí la grabadora por oficio y él bajó la vista al aparato con un desprecio tranquilo.
—Apágala si vas a preguntarme por Dresner. Lo que voy a decirte no le sirve a Harrison y le sirve demasiado a Caine.
—No la apago.
—Entonces habla bajo, y procura que el cristal no te lea los labios. Anoche no solo desapareció el parte. Desapareció, del archivo muerto, la nota de enfermería de la tarde en que Dresner murió. No la copia. La original. Alguien la ha movido porque en esa nota no hay una cuchara. Hay una visita.
El golpe me llegó al pecho antes que a la libreta. Me incliné, no por protocolo, por no dejar que la frase se quedara en el centro de la mesa donde el micrófono la quería.
—¿Qué visita?
—Un hombre de traje, acreditado como asesor de contención, veinte minutos antes de que Miller encontrara el cuerpo. Dresner no estaba solo. Dresner había pedido que te asignaran a ti el caso si a él le pasaba algo. Eso tampoco está en el expediente que te dieron. Está en una hoja que la enfermera de noche guardó porque no se fiaba del parte. Esa hoja ya no está en el archivo. Está donde yo te diga, durante una hora, y luego vuelve a no estar.
—No voy a robar un papel.
—No vas a robarlo. Vas a leerlo antes de que Caine lo convierta en otra firma tuya. Pasillo de mantenimiento, detrás de la capilla, rejilla del tercer conducto. La enfermera se llama Mara Quinn. No es tu amiga. Es una mujer que no quiere otro cuello roto en su turno y que hoy, a las tres, finge revisar un carro. Si te pilla Soler, no me nombres. Si te pilla Vale, tampoco. Vale convertiría la hoja en una cena.
Mara Quinn no había estado en mis capítulos. Existía a partir de esa frase, y Luciann la puso en la sala con cargo, miedo y motivo, sin fingir que yo la conocía de antes. Asentí porque negarme era dejar a Dresner en la versión de la cuchara, y porque la proximidad de su voz, bajada hasta casi no ser cinta, me tenía la mano quieta sobre la mesa a un centímetro de la cadena.
—Si la hoja dice que no lo mataste tú, ¿por qué no la has usado?
—Porque no dice eso. Dice que yo no estaba solo con él, y que el hombre del traje salió antes de que llegara Miller. El cuello sigue roto. La duda es de quién fue la mano. A ti te basta la duda. A Caine no. Caine quiere que la duda sea tuya, para poder llamarte cómplice.
No le toqué la muñeca. Él no me tocó la mano. El centímetro siguió ahí, caliente, indecente, y yo me odié por medir cuánto faltaba para que dejara de ser un centímetro. Apagué la grabadora al salir, no porque él me lo hubiera ordenado esta vez, sino porque la siguiente hora no podía existir en una cinta de Vance.
La capilla de San Jude no se usaba. Olía a polvo y a cera vieja, y el pasillo de mantenimiento de detrás tenía una rejilla a la altura de la rodilla que alguien había dejado un milímetro desencajada. Dentro, doblada, estaba la nota. La letra no era mía. Era de enfermería, apresurada, con la hora, el nombre de Dresner y una línea que el parte oficial no había querido:
visita externa, acreditación Aegis, sale 16:40, paciente aún con pulso, Dresner pide que el caso pase a Boonet si él no firma el turno . Debajo, más pequeño:
no había cuchara en la mesa cuando entré. Apareció después .
Lo leí dos veces. El corazón me golpeaba las costillas con una violencia que no era solo miedo. Dresner me había pedido antes de morir. Alguien de Aegis había estado en la sala. La cuchara era un objeto puesto, no un arma encontrada. Y Luciann me había mandado a leerlo como se manda a alguien a quien ya se considera del mismo lado de la puerta.
Un paso sonó al fondo del pasillo. Guardé la hoja en el sujetador, debajo de la bata, con una torpeza que me habría delatado si la luz hubiera sido mejor, y me incorporé justo cuando Mara Quinn doblaba la esquina con el carro de medicación. Era una mujer de unos cuarenta, el pelo recogido sin vanidad, los ojos de quien ha visto demasiados turnos para hacerse la sorprendida.
—Usted no debería estar aquí, doctora —dijo, y no fue una acusación; fue un margen—. El carro se revisa a las tres. La rejilla se cierra a las tres y un minuto. Si Soler baja, yo he visto un fallo de luz. Si es usted la que baja otra vez, yo no la he visto. ¿Lo ha leído?
—Lo he leído.
—Entonces ya sabe que Dresner no se murió en la versión que les gusta. Y ya sabe que Vox no me ha pedido que la proteja a usted. Me ha pedido que no deje el papel en manos de Caine. Son cosas distintas. Váyase por la capilla, no por el archivo. Y mañana no traiga grabadora. Él me ha dicho que la cinta de mañana no va a ser una cinta normal, y yo no pienso estar en el cuadrante para oírla.
No le pregunté qué iba a ser. Salí por la capilla con la hoja quemándome el pecho y con la certeza de que, si Caine me paraba en el ascensor, el sujetador no iba a bastar como archivo. No me paró Caine. Me paró Vale, en el rellano del segundo, con dos cafés y la sonrisa cansada de quien ya no se cree del todo la salida de incendios.
—Te he buscado en el despacho. Miller ha dicho que estabas en Omega. Omega dice que has salido hace veinte minutos. ¿Dónde se pierden veinte minutos, Serene?
—En un pasillo con mala luz —dije, y apreté la carpeta contra el pecho para que no se notara lo que no estaba en la carpeta—. Garza no está. El parte no está. He bajado a decirle que eso no es un favor.
—¿Y él qué te ha dicho?
—Que baje mañana. Sin cinta.
Vale se quedó con los vasos en la mano, y por un momento vi al hombre que todavía podía ser la opción sana y al que ya entendía que yo no iba a elegir en un rellano.
—Sin cinta es exactamente lo que Caine quiere poder usar contra ti. Viernes, Serene. O esta noche. No me hagas esperar a que esa sesión sin grabadora se convierta en el párrafo de Harrison.
—Mañana hay sesión. El viernes lo decido cuando sepa qué queda de mí después de esa sala.
No le dejé seguirme. En el despacho escondí la nota de Mara dentro de un libro de farmacología que nadie consultaba, y a las seis el teléfono interno sonó con la voz de Miller, más baja que de costumbre.
—Caine ha pedido copia de todas las cintas de Omega a partir de mañana. Vance ha dicho que sí. Vox ha dicho, cuando se lo he comunicado, que mañana la grabadora puede entrar y que no va a servir de nada. Recado: que no lleve la hoja encima. Que la deje donde está. Que si Vale la espera en la puerta, no entre con él. Y que la cinta de mañana no va a ser una cinta normal porque él no piensa hablar para el aparato. Piensa hablarle a usted. Cierre la puerta por dentro si Miller se lo permite. Yo se lo voy a permitir cinco minutos. Después entro, diga lo que diga el protocolo.
Colgué. La nota de Dresner seguía en el libro. El moratón ya no dolía. Lo que dolía era la frase de Mara, repetida por Miller, dicha antes por Luciann sin haberla pronunciado del todo: mañana no habría cinta normal.
Me quedé hasta tarde con la mano en la tapa del libro, sin abrirla otra vez, porque ya sabía lo que decía y porque la sala de mañana, sin el aparato de por medio, iba a dejarme a un metro de un hombre que me había mandado callar, me había limpiado un parte y me había enseñado que Dresner me había elegido antes de morir. No era un beso. Todavía no. Era el último centímetro antes de que el centímetro dejara de bastar.