Capítulo 9.
9.Elizabeth.Tenía mucho miedo, tanto, que me era incluso difícil respirar por encima de los nervios y la necesidad aberrante de querer huir.
Papá estaba molesto.
Eso era un problema porque normalmente su molestia terminaba con mi madre y yo repletas de morados y sangre.
Respira, respira, respira.
Me repetí lo mismo una y otra vez en mi cabeza, mientras trataba de mantenerme lo más serena posible.
—Elizabeth —me llamó mi madre, la cual se acercó a mí con rostro pálido—. Tienes que ayudarme.
Quise decirle que no, siempre que la ayudaba encubriendo algo, era yo quien pagaba las peores consecuencias.
—Tu padre ya viene en camino —dijo—. Necesito que le digas que fuiste tú, quien respondió el teléfono cuando los rusos llamaron y no diste la advertencia de eso.
Mis ojos se abrieron con sorpresa ante el pedido de mi madre y negué suavemente.
—Pero fue Nina quien hizo eso —susurré—. Fue ella la que desobedeció la orden de jamás entrar a la oficina de papá.
La mirada aterrada de mi madre creció y yo solté un jadeo de dolor cuando su mano fue a mi muñeca y me acercó a ella con fuerza.
—¡No puedes decirle que fue Nina! —espetó— ¡Es tu hermana! ¿Cómo vas a hacerle eso a tu hermana?
Abrí la boca para preguntarle a mi madre como podía ella hacerme eso a mí, a su hija más joven, pero decidí solo callar.
—Tienes diez, sabes que será menos duro contigo que con ella —me recordó—. Hazlo por mí.
Mi madre jamás en la vida había escondido el hecho de que mi hermana Nina, la cual era mayor que yo por dos años, era su favorita.
A Genneva nunca le importó aquello y a Bianca tampoco, sin embargo, no me era fácil el olvidar que siempre estaba a la sombra de mi hermana.
Aquella noche estaba lloviendo tan, pero tan fuerte, que parecía que en algún momento el cielo de Italia se iba a romper en dos e iba a inundarnos y ahogarnos a todos.
Esa noche solo éramos mamá, Nina y yo. No había nadie más, mis otras dos hermanas estaban visitando a un pariente cercano porque eran las únicas que habían conseguido el permiso para poder abandonar la casa.
Yo jamás podía dejar la casa. No sin papá.
Mi hermana Nina bajó corriendo las escaleras en ese entonces, cuando escuchamos el carro de papá parquearse a las afueras de la frívola mansión.
—Yo lo hice, lo siento, lo siento —dijo mi hermana—. Le explicaré las cosas a papá.
—Deja que Elizabeth se haga cargo —susurró mi madre—. Es una orden, Nina.
Mi hermana me miró y yo traté de decirle que estaba bien, que no importaba, pero no era real, de solo pensar lo que había sucedido la última vez que mi padre se había molestado conmigo, hacía que mi piel se erizara y mi corazón palpitara con tal urgencia que parecía que iba a detenerse de un segundo a otro.
—¡Bella! —mi padre entró como un tornado por la puerta, llamando a mi madre—. ¿Dónde estás?
Las manos de mamá comenzaron a temblar y sentí lástima de ella. Sentí pesar por lo desgraciada que era en su matrimonio y le rogué a la vida nunca tener que casarme con un mafioso porque sabía que me iba a tratarme de la misma manera que papá.
No podría soportarlo, preferiría escapar que tener que casarme con alguien de aquel oscuro mundo.
—A-aquí estoy —mi madre se adelantó para encontrarse con él—. Querido…
Antes de que mi madre siquiera pudiese terminar de hablar, padre levantó la mano y le soltó una bofetada tan fuerte, que su rostro giró hacia un lado y ella perdió el equilibrio y cayó al piso.
Miré la escena con terror y dolor, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
No llores, no llores, no llores.
—¡Qué les he dicho sobre entrar a mi oficina! —gritó, histérico—. ¿No les he dado una maldita orden?
Mi madre intentó explicarle lo que había sucedido, pero con una mirada mortal papá la calló y caminó como un ogro furioso hacia mi hermana y yo.
—¿Quién de las dos fue? —indagó, apretando los dientes—. ¿Cuál fue la bastarda que desobedeció mi orden?
Nina estaba en silencio temblando, pero supe que ella estaba a punto de admitir su error y recordé la orden de mamá y no pude permitirlo.
—L-lo siento, papá —susurré, llorando—. No quise hacerlo, prometo, no hacerlo jamás, lo juro, perdón, perdón, es que…
Antes de que yo pudiese terminar de hablar, mi padre se acercó a mí con una brutalidad que logró dejarme sin aliento y emití un grito de angustia cuando su mano llegó a mi garganta, mi espalda quedó atrapada entre la pared y su pecho y, sin más, me levantó en el aire y comenzó a ahogarme.
Papá gritó muchas cosas en mi rostro, pero la verdad es que no fui capaz de entenderlas porque estaba batallando contra la mano que estaba matándome lentamente.
Logré ver por encima de mi nubla y dolor que mi hermana Nina se acercaba corriendo a él e intentaba empujarlo para que me soltara, pero mi padre la tomó con su mano libre del cabello, la estampó contra la pared y vi a mi hermana de doce años caer inconsciente al piso, mientras mi madre gritaba por ella.
Pensé que ese día iba a morir. Tal vez una parte de mí lo hizo. No lo sabía y tampoco iba a investigarlo porque estaba demasiado aterrada como para hacer algo aparte de respirar.
Recuerdo haber despertado encerrada en el sótano de la casa. La ansiedad y la claustrofobia habían sido tantas, que incluso perdí el conocimiento más de dos veces, mientras mi cuerpo era molido por las bajas temperaturas y yo solo podía escuchar los rayos de la macabra lluvia, caer y caer.
Lo mismo se repitió por tres largos días, hasta que finalmente mi padre me permitió salir de aquel agujero, no si antes, recordarme que debía pedirle perdón y que tenía prohibido comer por dos días más.
***
Bostecé por tercera vez, mientras tomaba un poco del café que Mikhel me había preparado.
Otra semana había pasado desde el inconveniente con su padre y podía decir que mi esposo estaba más atento y sobreprotector que nunca —al menos si tenía de referencia como había sido desde mi llegada a aquel lugar—. Mikhel no me dejaba sola nunca, si él no estaba, afuera del apartamento había tres guardaespaldas que habían sido reubicados específicamente para mí.
También había tomado la manía de llamarme cada hora para preguntarme cómo estaba y si deseaba algo. Ayer también me pidió que le devolviera la llamada en algunas ocasiones y yo asentí en silencio.
Aquel día era Halloween.
Mikhel dijo que en Rusia no solía celebrarse ni aceptarse mucho aquella costumbre de disfrazarse, pero Sofiye y su hermana Sasha eran fans de todo lo que tenía que ver con esta tradición traída de otra parte y, por eso mismo, aquel día la pequeña de cuatro años andaba feliz porque irían a buscar su disfraz para la fiesta que su tía le había organizado.
—Quédate quieta un segundo, Solnyshko —la voz tranquila, pero profunda de Mikhel llegó hasta mí y sentí algo raro, pero cálido extenderse por mi pecho.
Jamás iba a olvidar la forma como me había defendido ante sus hombres. No podía no estar sorprendida ante su accionar, teniendo en cuenta que nunca nadie me había dado mi lugar de aquella manera.
—¡Estás tardando mucho, papá! —se quejó la niña—. ¡No podremos encontrar mi disfraz!
—Sí lo haremos. Sé paciente —ordenó.
Las quejas de la pequeña continuaron y sonreí de nuevo, mientras terminaba mi café y caminaba hacia donde estaban ellos.
Me detuve en seco en el pasillo que iba directo a uno de los baños, cuando noté que Mikhel estaba inclinado detrás de su pequeña hija, recogiéndole su largo cabello negro con dos ligas rosas.
La vista era extraña y de nuevo, la sensación cálida y confusa se presentó dentro de mí.
Mikhel no era, ni debía de ser, un hombre que expirara calidez o algo positivo. Había visto la manera como sus hombres lo miraron cuando entró a aquella habitación una semana atrás.
Respeto, lealtad, pero también precaución.
Mikhel Novikov era un hombre con el que nadie quería meterse, porque todos sabían la clase de poder absoluto que tenía y el que podía incluso conseguir. En pocas palabras, todo él, comenzando desde su mirada oscura y fría, hasta sus palabras neutras y tranquilas y su personalidad calculadora y silenciosa, eran sumamente letales.
Pero jamás me imaginé que un hombre tan alto, con rostro inexpresivo, atractivo y de ángulos duros, pudiera esconder tras de sí tanta… Calma y paciencia.
Al menos con su hija y…
También conmigo.
No sabía si podía confiar cien por ciento en él, pero, ya no le temía, yo no quería temerle. No cuando frente a mí tenía una imagen tan cálida.
Como si Mikhel pudiera sentir mis ojos sobre él, levantó la mirada del cabello de su hija y fijó aquellos mismos ojos negros y helados sobre mí, aun así…
No sentí ni un gramo de frío.
—Elizabeth —me saludó y decidí admitirme a mí misma que me gustaba como sonaba mi nombre en su boca—. ¿Está todo bien?
Asentí y caminé hacia ellos.
—¡Eli! —la voz emocionada de Sofiye llegó a mí—. ¡Por fin despertaste! ¡Vamos a ir de compras! ¿Quieres venir con nosotras? ¿Si? ¿Si?
Me reí ante la insistencia de la pequeña, pero Mikhel solo frunció el ceño.
—Te ves cansada —lo vi ponerse de pie y caminar hacia mí, pero se detuvo a un paso de mi cuerpo—. ¿Has estado durmiendo mal?
Negué.
—No mientas —advirtió—. Hay ojeras debajo de tus ojos. ¿Qué es?
Abrí la boca para decir nuevamente que «nada». Pero Mikhel me había advertido desde el inicio que nada de mentiras y así como él había evitado tocarme a toda costa, yo también debía cumplir mi parte.
—Pesadillas —dije—. He estado teniendo algunas pesadillas.
Sus ojos negros analizaron mi rostro y traté de no estremecerme ante la intensidad de aquellos.
—¡Eli! ¡Eli! —continuó Sofiye—. ¿Podrías venir con nosotros?
Estaba por aceptar, pero Mikhel se me adelantó.
—Elizabeth está cansada, solnyshko —dijo—. Vamos a dejarla descansar.
La desilusión picó fuertemente dentro de mí, pero no dije nada.
—Dame un segundo a solas con Elizabeth, Sofiye —pidió él y la pequeña comenzó a quejarse, pero se marchó después de que su padre le regaló una suave mirada de advertencia.
—¿Pesadillas? —indagó—. ¿Sobre qué?
—No es la gran cosa, Mikhel. En serio.
Me sentía avergonzada de admitir que incluso desde la distancia mi padre me aterraba.
—¿No es la gran cosa? —cuestionó—. A ver, oigámoslo y ya decidiré si es no la gran cosa.
Con un suspiro resignado, admití que había tenido algunas pesadillas con recuerdos de mi pasado. Sus ojos negros se oscurecieron aún más al escuchar mis palabras, pero asintió.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte, Elizabeth?
La pregunta quizás era algo casual, pero la calidez interna volvió.
—Yo… Solo quiero distraerme un poco —admití—. Sé que dijiste que no, pero ¿Puedo ir con ustedes?
—Dije que no porque no deseo que te sientas presionada por Safiye para nada —aclaró—. Pero puedes venir conmigo a todo lo que quieras.
Sonreí y sus ojos fueron inmediatamente a mis labios y se quedaron por un segundo ahí.
Tragué con fuerza y busqué sus ojos, preguntándome que estaba pensando, pero Mikhel se giró y dijo en voz firme: —Entonces nos vamos en 30 minutos.
Lo vi alejarse de mí en busca de la pequeña y esa fue la primera vez que me pregunté que se sentiría si sus grandes y firmes manos me tocaban.
Me tocaban a mí.
Y me aterré, no por él, sino por lo que mi mente al parecer comenzaba a desear.
***
Podía decir que ir de compras con Sofiye era toda una montaña rusa de emociones.
No existía nada que la pequeña de cuatro años no quisiera, por esa misma razón, Mikhel terminó comprando cuatro disfraces diferentes que ya había enviado a preparar con anterioridad para ella.
Un ángel, un gato, una mariposa y una princesa eran las cuatro opciones que tenía Sofiye.
—¿Cuál te gusta más para ponerte hoy? —preguntó Mikhel.
—Los cuatro —respondió ella.
Solté una risita ante la mirada que le regaló a su hija y sus ojos volaron rápidamente hacia mí y, una vez más, como si su atención fuese atraída por el sonido de mi risa, su mirada se quedó trabada unos segundos en mis labios.
Mi corazón latió con fuerza dentro de mi pecho.
—Eli —me llamó la niña—. ¿Debo escoger solo uno?
La observé fijamente y mirando después con duda a Mikhel, sugerí —: ¿Tal vez pueda rotar entre los cuatro estilos?
—¡Sí! —gritó la niña— ¿Vez papi? —lo acusó—. Eli si sabe.
Con un suspiro de resignación, él asintió y llevó todo.
—No se vale que uses a mi esposa para tu beneficio, Sofiye —le dijo él a su hija, cuando yo lo convencí de comprarle un helado de chocolate, teniendo en cuenta de que ya se había comido uno de fresa.
Ella sonrió y abrazó mi pierna.
—Eli es mía —aseguró—. ¿Verdad Eli?
Mikhel entrecerró los ojos hacia su hija y la pequeña traviesa le sonrió con picardía.
Salir y respirar aire para mí fue lo mejor, estar con Mikhel y Sofiye era como un bálsamo y aunque no lo diría en voz alta, yo… Quería quedarme ahí siempre.
Pasamos por una tienda de repostería y mis ojos se iluminaron cuando vi todo lo había ahí adentro.
—Vamos —dijo de repente Mikhel y yo lo miré.
—¿A dónde?
—A comprarte lo que sea que quieras de ahí.
La emoción burbujeó con más fuerza en mi pecho, porque siempre quise comprar muchas cosas para poder hornear pasteles y galletas, aún así, no llegué a responder porque de manera abrupta una mujer alta y pelirroja se acercó a nosotros sorteando al equipo de seguridad y fijándose exclusiva en Mikhel. La vi sonreírle tímidamente y cuando habló, todas las alarmas se prendieron en mi cabeza y sentí algo frío y pegajoso apagar la calidez que tuve todo el día en mi pecho.
—Mikhel, no esperaba encontrarte aquí, pero qué grata sorpresa, justo quería decirte algo que se me olvidó comentarte anoche…
Miré a Mikhel y, de repente, una pregunta amarga llegó a mi mente: ¿Creías que si les pedías, que no te tocará a ti… Él no iba a tocar a otras?