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Capítulo 10.

Black Death. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 10.

10.

Mikhel.

Escuché el informe que Relver Mozarov le dio a Vlader sobre las nuevas rutas hacia África que los italianos nos habían cedido y, al mismo tiempo, dejó en claro que las bandas de Odessa y Kiev estaban intentando otra vez recuperar el control que teníamos de la heroína y las armas que salían hacia Ucrania y países cercanos.

—Eso no es todo, las mafias Georgianas quieren ganarnos de nuevo territorio en Europa.

Tamboreé mis dedos sobre mi escritorio, mientras mi cabeza trabajaba a mil por hora y trataba de encontrar la respuesta a la pregunta que me estaba haciendo.

—Vamos a volar a todos esos hijos de puta de Odessa. Ya les hemos dado los suficientes ultimátums como para permitir que continúen jodiendo nuestra mierda —gruñó Vlader.

—Sería prudente que tomáramos las cosas con calma —dijo Relver, mirándome a mí—. No queremos comenzar una guerra ahora cuando estamos en medio de un trato pacífico con los ingleses.

Mi hermano no estuvo muy de acuerdo en ello. Si fuese por Vlader, él asesinaría a medio mundo sin miramiento o pausa alguna.

—Pakhan, hay que saber escoger las guerras y en este momento el comenzar a masacrar esas bandas no es lo ideal.

Había muchos asuntos alrededor de mi cabeza y una intuición que no me fallaba, porque era lo suficientemente inteligente para saber cuando algo se estaba saliendo de la ruta y haciendo que mis fichas de dominó cayeran una tras de otra.

Relver continuó explicando quién sabe qué, pero no presté atención, tomé mi teléfono del escritorio y revisé llamadas entrantes, pero, como lo supuse, no había nada.

Ni una sola llamada de Elizabeth.

Aquello me molestó, pese a que jamás dejaba prever cuando algo me molestaba lo suficiente como para sacarme de mis casillas. Era conocido por ser un hombre que jamás demostraba gran cosa alrededor de cualquier tipo de suceso, aún así, la molestia picó con fuerza mi ser cuando descubrí que ella no llamó en todo el transcurso del día.

Le había dado la orden explícita de hacerlo. No me gustaba ordenarle cosas a Elizabeth porque no quería que se sintiera como se sintió en su casa, aún así, en aquello no iba a ceder, no cuando sabía que ella quería irse de mi lado y tomaría cualquier primera opción para hacerlo.

Era bueno con ella, pero no dejaría que olvidara la clase de hombre perverso que podía llegar a ser cuando tenía que serlo.

No había olvidado que intentó escapar el día que nos casamos. ¿Cómo podía estar seguro de que no lo haría de nuevo?

Elizabeth estaba custodiada por varios de mis hombres, no solo por su seguridad, sino también porque me negaba a darle oportunidad alguna para que escapara de mí, por eso mismo, le pedí que me llamara cada una o dos horas. Qué lo hiciera para saber que estaba bien y si necesitaba algo.

No llamó.

Había salido del penthouse desde la mañana y no sabía nada de la boca de ella, pese a que había obligado a que los hombres que la cuidaban me dieran un informe cada hora.

—Se terminó la reunión —me puse de pie y Vlader y Relver me siguieron—. Hablaremos de esto después.

—Señor…

Con una única mirada silencié a Relver, dejándole en claro que no estaba de humor para terminar de hablar de aquel tema.

—Seguiremos después entonces.

Tras una inclinación de cabeza vi al anciano abandonar mi oficina y no dije nada. Solo lo observé en silencio.

Relver era el mediador de la mafia. Sus años y trayectoria trabajando para los diferentes Pakhan que habían estado en el poder; por ejemplo, mi padre. Le daban el conocimiento y la habilidad para desenvolverse en cualquier campo y poder no solo recolectar información, sino también transformarla en beneficio de la organización.

Era un buen tributo para la mafia y por eso era que lo tenía a mi lado, aún así, las cosas estaban tensas entre nosotros desde que rechacé casarme con su nieta y dos meses después, me casé con una italiana.

Nadie tenía derecho a decir nada sobre mis decisiones, y quién las cuestionaba moría a mis manos, aún así, sabía que muchas personas, no directamente mis hombres de confianza, pero si la vieja escuela que antes perteneció al mandato de mi padre, no estaban de acuerdo con aquella boda.

Esperaría pacientemente que cada uno de ellos se acercara a mí y me dijera personalmente su pensamiento, para tener la oportunidad de destripar sus lenguas ante la primera mención de mi esposa.

—¿Qué vamos a hacer con estos asuntos? —preguntó Vlader, pasando una mano por su cabello rubio.

—Alguien está filtrando información desde adentro —le dije, cuando quedamos a solas—. Las bandas de Odessa no tenían como saber cuando estaba saliendo la carga de armas.

—¿Desconfías de alguien en particular?

Caminé hacia el gabinete de licor y me serví un whisky.

—Aun no —admití—. Pero cuando sepa quién es, lo voy a despedazar con un cortaúñas y se lo daré de comer a las hienas.

Todo mundo sabía que en mi territorio no aceptaba a traidores y el castigo para ellos era sangriento y sumamente aterrador.

Vlader sonrió.

—Ya quiero ver eso.

Miré de nuevo el teléfono y nada. Ella continuó sin llamar y ya eran las diez de la noche.

—Voy a club de Eriks —dijo de repente él—. ¿Vienes?

—No, voy a casa.

Mi hermano me miró de nuevo, sorprendido.

—¿Desde cuándo eres tan desesperado por volver a casa? —dijo—. Sasha está cuidando a Sofiye.

—Elizabeth.

Esa fue mi única respuesta y no es como que tuviese que explicar algo más, ya que el nombre de ella era suficiente para dar entender que era algo importante.

Vlader no dijo nada por un rato, mientras caminamos hacia las afueras de la mansión.

—¿No confías en ella? —preguntó de repente él.

—¿Por qué lo preguntas?

—La tienes viviendo en el penthouse y no aquí en la mansión.

Lo miré.

—No confío en casi nadie, ya deberías de saberlo —mi voz fue uniforme—. Aún así, no estoy pensando que Elizabeth esté haciendo algo en mi contra.

—Es hija de Becob.

Asentí y llegué a la camioneta.

—Su padre le pidió expiarme.

—¿La descubriste haciéndolo?

—No, ella misma me contó —dije—. Además, creo que odia a su padre lo suficientemente como para querer tener que ver algo con él.

Vlader enarcó una ceja.

—¿El gran Mikhel Novikov subestimando a alguien? —indagó—. Jamás has sido de subestimar personas o creer ciegamente en ellas. ¿Cuál es la diferencia?

Mi hermano tenía razón, no era conocido por ser un hombre que subestimaba o tendía a defender el comportamiento y pensamiento en otras personas, porque yo más que nadie sabía que todo mundo era cambiante y la traición podía venir desde cualquier ángulo y quizás el más inesperado, aun así, a pesar de que sabía todo aquello, respondí con voz fría:

—La diferencia es que ninguna de esas otras personas es mi jodida esposa.

***

—Pakhan —todos los hombres que estaban instalados en las afueras del apartamento, inclinaron la cabeza cuando me vieron llegar.

—¿Todo en orden?

Todos asintieron.

Dándoles la orden de que ya podían dispersarse a lo largo de todo el edificio, los vi irse con pasos firmes, sin mirar atrás, mientras yo escribía el código de la puerta y entraba.

Todos sabían ya las reglas alrededor de Elizabeth: No la miran a los ojos, no la tocan, no le hablan, no le sonríen y no hacen nada que saque reacciones de ella.

Todo eso era mío.

El verla a los ojos y hablarle, era algo mío y de nadie más, además, si yo no podía tocarla, ningún otro bastardo lo haría a menos que deseara perder sus manos en el proceso.

Todo el lugar por dentro olía a vainilla y algo más dulce. Estaba seguro de que ella se había pasado gran parte del día horneando cosas que probablemente nunca terminaríamos de comer porque eran demasiadas, pero si a ella le gustaba hacerlo, yo no podría problema.

Caminé por todo el lugar quitándome la chaqueta del traje y la busqué a ella en la cocina, la biblioteca y demás habitaciones, hasta que me detuve lentamente en una de las salas opcionales, la cual tenía un balcón que dejaba ver casi todos los alrededores de la ciudad.

Elizabeth estaba sentada en un banco, con las rodillas abrazadas contra su pecho, mirando distraídamente hacia el exterior.

La imagen me molestó de alguna u otra manera, porque se veía hermosa, con su cabello largo, liso y negro, cayendo sobre su espalda y haciendo contraste contra la palidez de su piel. Mientras que la pijama rosa de seda que traía encima la hacían ver más delicada de lo normal y más…

Triste y más cautiva.

Ella se veía nostálgica ahí y por primera vez en mucho tiempo, saboreé amargura en mi pecho, porque no sabía que podía darle o hacer para que comenzara a abrirse conmigo e intentara hacer que todo funcionara entre los dos.

—Está haciendo frío. ¿Qué haces ahí? —le pregunté con voz tranquila y ella se tensó, pero no volteó a verme.

Por un momento ninguno de los dos dijo nada y caminé para acercarme un poco más a ella, teniendo cuidado de no invadir su espacio personal porque no la quería a la defensiva.

—¿Estás ignorándome, Elizabeth?

—No —respondió.

—Tus ojos en mí cuando hablas —ordené.

Pensé que iba a ignorarme de nuevo, pero después de una pequeña pausa, se giró y trabó aquella mirada oceánica con la mía.

—No tengo frío, Mikhel —su voz fue suave como siempre, pero había algo raro en aquella, algo desmotivado.

—No me llamaste —dije—. Te pedí que me llamaras en el transcurso del día para saber cómo estabas.

—Estaba bien, no quise molestar.

La observé en silencio y supe que ella ya no me temía, no como al inicio, sin embargo, tampoco confía en mí lo suficiente como para decirme que era eso que la tenía tan apagada.

Elizabeth no me había vuelto a sonreír desde aquella vez que probé su pasta o fuimos al centro comercial. De hecho, desde ese mismo día, después cuando volvimos a casa con los disfraces de Halloween de Sofiye, ella se mantuvo tranquila y en silencio. Apagada.

Era como si un muro hubiese sido construido entre los dos y hubiese opacado cualquier pequeño avance que habíamos hecho.

—No me molesta tus llamadas —respondí—. Lo intentaremos de nuevo mañana.

Algo brilló en sus ojos azules, pero se calmó y preguntó: —¿Va a ser siempre así? ¿Vas a controlarme por medio de llamadas?

—Solo quiero saber cómo estás. Es todo.

—¡Si quieres saber cómo estoy, entonces tendrás que venir a comprobarlo por ti mismo!

Las palabras salieron bruscamente de su boca y vi como la sorpresa y el arrepentimiento llenaron su mirada azul, cuando se dio cuenta la manera como acababa de hablarme.

—L-lo siento —susurró—. Yo… Iré a dormir.

Era evidente que ella toda su vida se la había pasado hablando en voz baja, sin atreverse a dejar salir lo que pensaba o creía, pero poco a poco, mientras se daba cuenta de que yo jamás utilizaría la fuerza bruta contra ella, había tomado un poco más de voz y confianza para hablar y…

Aquello no me molestaba. Una llama sedienta se encendía dentro de mí cuando era capaz de ver esa chispa que brillaba en sus ojos cuando algo la irritaba.

Elizabeth intentó pasar por mi lado para ir a su habitación y pese a que deseé tocarla y detenerla con mis propias manos, me abstuve.

—No te vayas —dije, ella se tensó—. Es un pedido, no una orden.

Sus ojos dieron con los míos y respiró con fuerza, antes de decir: —No era mi intención hablarte de esa manera y… Voy a llamarte si eso quieres.

Llevé mis dos manos al respaldo de una de las sillas más cercanas y traté de verme lo más calmado posible para poder tener aquella conversación con ella.

—Lo que quiero que me digas es que es lo que te tiene molesta.

No respondió.

—No soy adivino, Elizabeth. Un matrimonio solo funciona por medio del diálogo Y si tú no eres capaz de decirme qué es lo que te tiene así, es obvio que no voy a poder hacer nada para ayudar en la situación.

Sus ojos esquivaron los míos y la vi lamer sus sonrojados labios, mientras un pensamiento invasivo se adueñaba de mí y me hacía pensar que yo también quería lamer aquel par de carnosos y rosados labios.

Mierda.

—Yo… —comenzó a decir y se calló con indecisión.

—Adelante.

—Yo estoy molesta contigo —admitió.

—¿Debido a? —mi voz fue serena.

No la presioné a que hablara de manera rápida, ya que aquella era la primera vez, desde que nos casamos, que Elizabeth se atrevía a decirme que sentía.

—Hace tres semanas nos casamos y dices que en el matrimonio el diálogo es importante, pero no haces nada por conocerme —me sostuvo la mirada—. Yo… No te conozco y siento que jamás lo haré, no si te vas en la mañana, vienes en la noche y lo único que me pides es que… Te llame y te diga que hago y que dejo de hacer.

—Estoy tratando de darte espacio. ¿No es lo que deseabas?

—Sí.

—¿Entonces?

—Quiero… Quiero…

Me acerqué un paso hacia ella hasta que los dos quedamos frente a frente y pese a que no la toqué, hasta mí llegó su suave aroma a rosas y quizás algo más delicado y floral como… ¿El jazmín?

El deseo por enterrar mi nariz en su garganta y aspirar todo su aroma fue tan potente y bestial, que tuve que apretar los puños con fuerza y armarme de toda mi frialdad para no caer ante la tentación.

—Quiero conocerte realmente, yo quiero que este matrimonio funcione, pero —tragó con fuerza—. También quiero que seas sincero conmigo.

Enarqué una ceja ante aquello.

—Jamás he sido lo contrario, al menos contigo.

Supe por su mirada que tenía más por decir.

—¿Este matrimonio es real en todos los aspectos?

—Sí —dije, sin dudar.

Asintió y miró sus manos.

—T-tú… ¿Planeas continuar con otras mujeres mientras estás conmigo?

La pregunta me tomó por sorpresa, pero antes de que yo pudiera decir algo, ella se adelantó.

—Sé que te pedí que no me tocaras y probablemente llegas tarde aquí porque estás haciendo tus cosas con otras personas y yo, yo no tengo derecho a reclamar y lo sé, pero, no puedo.

Estaba seguro de que aquella era la primera vez que Elizabeth hablaba tanto y tan deprisa.

—¿Qué no puedes?

—No puedo estar contigo si estás con otras.

Aquello llamó mi atención.

—¿Estás planeando dejarme, Milashka?

No respondió y me lo tomé por un sí.

—Elizabeth, vamos a dejar algo claro de nuevo —miré sus labios y después sus ojos—. No importa que yo diga, haga y vuelva a hacer. Tú no vas a dejarme bajo ningún contexto porque eres mía. Mi mujer. Al menos hasta la muerte y si me da la gana, incluso después de aquella.

Contuvo la respiración.

—No confundas mi paciencia y amabilidad contigo. Porque estoy intentando por todos los medios tratarte como la reina que eres, pero si insistes en dejarme, no voy a ser tan paciente.

—¿Vas a golpearme? —me sostuvo la mirada con enojo y casi al borde del llanto.

—Jamás —prometí—. Pero perderás mi confianza y eso es peor que cualquier otra cosa.

Sus ojos se llenaron de más lágrimas y casi me odié por ser el causante de aquello. Pero ella necesitaba entender las cosas.

—En pocas palabras, tengo que quedarme aquí todo el día, llamarte cada hora y guardar silencio cuando te encuentras con tus amantes en el centro comercial. ¿No?

—¿Cómo?

—Si tienes a otras mujeres, yo… Esto, lo de nosotros, jamás funcionará, no dejaré que me toques nunca, Mikhel.

La miré fijamente, mientras mi cabeza conectaba las palabras específicas que ella acababa de decirme.

—¿No dejarás que te toque nunca, eh?

Sus labios se torcieron en un gesto obstinado y una lágrima se deslizó por su mejilla.

Prefería tenerla así, hablándome y desafiándome, qué sentada en un banco mirando la noche con nostalgia y tristeza.

—No.

—Así que si me alejo de otras mujeres, ¿podré tocarte?

No respondió deprisa, solo secó sus lágrimas.

—Quiero conocerte primero, quiero que esto funcione, pero…

—No estoy con otras mujeres, Elizabeth —dije con calma.

—No mientas —susurró.

—No lo hago —dije con simpleza—. ¿Estás así por Deniska? ¿La mujer que el otro día nos encontramos en el centro comercial?

No respondió y supe que sí. De hecho, debí haber sabido que había hecho algo mal, después de que Elizabeth pasó de sonreírme tímidamente a simplemente ni mirarme.

—No tengo nada con ella, ni con nadie —expliqué.

—E-ella dijo que se habían visto en la noche.

No podía creer el hecho de que yo, Mikhel Novikov, quién jamás le daba una sola explicación a nadie, me encontraba dándoselas a ella.

—Su abuelo es uno de mis hombres más importantes —expliqué—. La vi cuando iba saliendo de la mansión y eso fue todo.

Elizabeth no dijo nada, solo miró sus manos y yo suspiré.

—No estoy engañándote con nadie, Elizabeth —sentí de nuevo la necesidad de estirar mi mano y poder tocar así fuese su cabello—. Estoy comprometido con que este matrimonio funcione. ¿Bien?

—Sí.

—Mírame a los ojos y dime que está bien.

Levantó la mirada hacia mí.

—Está bien, Mikhel.

Había pensado que antes en mi vida conocí mujeres hermosas. Pero estaba seguro de que aquello había sido una ilusión porque ninguna de ellas podía hacerle justicia a Elizabeth, incluso cuando estaba sonrojada y llorosa.

—Jamás tienes porque sentirte celosa de otras mujeres.

Sus mejillas se sonrojaron aún más como si fuese posible.

—No estaba celosa —farfulló y la comisura de mis labios se curvaron—. Yo solo… nunca he tenido algo que sea solo mío y…

—¿Y qué?

—Quiero intentarlo —dijo tímidamente—. Quiero que seas solo mío.

La ardiente llama que existía dentro de mí cuando se trataba de ella, se avivó y dije con naturalidad:

—Si así quieres, soy única y exclusivamente tuyo, Elizabeth. ¿Lo deseas?

Mordió su labio inferior y asintió tímidamente.

—Sí, eso es justo lo que quiero, Mikhel.

Como si yo pudiera decirle que no a esa mirada oceánica y rostro angelical.